La Foto de la semana 21-04-2013: "El don"

Edurne Iza, El don
Cuando era un niño mi madre explicaba orgullosa a sus amigas que su hijo tenía el don de dibujar el alma de las personas. En la adolescencia, mi don sirvió para cautivar el corazón de algunas románticas quinceañeras, pero sobretodo fue utilizado como blanco para las burlas crueles de quienes se sentían amenazados por un carboncillo. Al alcanzar la edad adulta, muchos de los que habían alimentado mis sueños de artista se llevaron las manos a la cabeza cuando comuniqué con solemnidad mi intención de convertirme en pintor, estudiar Bellas Artes y hacer de mi "don" una profesión. Me tildaron de hippy, buscavidas, bohemio, insensato... "¿Por qué no se hará abogado, ingeniero o médico como la gente normal?". Mi madre sonreía indiferente y otorgaba por única respuesta un templado, lento y lapidario "Porque tiene un don". 
Cayeron las hojas del calendario, llovieron inviernos y florecieron primaveras y llegó un otoño en que mi don no pudo sanar la enfermedad de mi madre. Tampoco pudieron los años de universidad, las prácticas ni los simposios de mis antiguos compañeros, convertidos ahora en oncólogos y radiólogos. Una noche oscura y serena, ella, inició el camino hacia la eternidad y dejó tras de sí un enorme vacío repleto, sin embargo, de amor y gratas memorias. Me dejó un lienzo en blanco en el que dibujar su recuerdo.
Persiguiendo la inspiración expuse en París y Londres. El reconocimiento llamó a mi puerta y le atendí con exquisitez pero sin servilismo. Hoy, hebras grises decoran mi cabellera y mis cuadros se cotizan ya lo suficiente para seguir alimentando mi arte y el de mis descendientes. 
Es Domingo y sentado de espaldas al mundo, he colocado mis caballetes a la vista de los viandantes. Con mano firme dibujo los trazos de esta realidad que me rodea y que no necesito mirar para ver, porque como recordarán... tengo un don.


Nota: Dedicado a todos los que viven persiguiendo sus sueños y despiertan soñando que los han alcanzado.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto de la semana 14-04-2013: "El túnel"

Edurne Iza, El túnel
Mis pasos retumbaban contra las paredes de aquel pasillo. El suelo impecable brillaba orgulloso bajo los escasos rayos de sol que se colaban por los ventanucos del techo. Al fondo se veía una luz que hacía imaginar un mundo mejor, lejos de las tinieblas del callejón sin salida en el que me encontraba. Avanzaba con paso firme y sin embargo, lo que yo intuía como la vía de escape de aquel mundo de tinieblas, nunca llegaba. Era como si cada dos metros que yo recorría, el mundo exterior se alejara otros tantos. Cuanto más rápido avanzaba, más se alejaba la esperanza. Eché a correr con todas mis fuerzas y lo único que conseguí fue que el destello al final del túnel se redujera hasta el tamaño de un guisante. Desperté agotada, con el corazón agitado y la frente empapada en sudor. Con el estómago contraído en una indescriptible sensación de angustia. Me dirigí hasta la cocina para beber un vaso de agua. Poco a poco la realidad desplazó al miedo y mi respiración, hasta hacía unos segundos desbocada, retomó su ritmo normal. Sin embargo, con la lucidez, regresaron a mi mente, las preocupaciones que habían merodeado en mi cerebro momentos antes de caer rendida en un sueño profundo. La hipoteca, los escasos tres meses en los que aún cobraría la prestación por desempleo, los colegios de los niños, sus zapatos que ya empezaban a amordazar esos piececitos que no paraban de crecer, la nevera vacía, aquellas velas que yo intentaba convencerme de que daban un aspecto más romántico a la casa y que no servían más que para compensar el corte de luz de la compañía eléctrica después de dos recibos sin pagar... Comprendí que mi sueño no era sino una recreación del momento por el que atravesaba mi propia existencia. Así como me encontraba, inmersa en tan oscuros pensamientos, me sorprendió la mañana. El teléfono móvil era el único "lujo" que aún mantenía porque era mi esperanza de encontrar trabajo. Lo miré con ojos lánguidos y anhelantes. De pronto, el teclado se iluminó y el simpático soniquete de llamada entrante me sobresaltó. No reconocí el número que aparecía en pantalla. No era el del banco, ni de la compañía de aguas ni de ninguno de los acreedores que me acosaban cada día exigiendo una fecha de pago. Temblorosa pulsé el botón de respuesta:

- Buenos días, ¿ dígame?
- Buenos días, hemos estudiado su currículum y estamos interesados en entrevistarnos con usted. Sé que es un poco acelerado pero ¿podríamos vernos esta tarde?

La aguja marcaba las nueve de la noche cuando abría la puerta de casa. Los niños, que habían pasado la tarde con la vecina, ajenos a la realidad corrieron a saludarme. Vi sus caritas blancas y delgadas sonreírme con inocencia y me apresuré a preparar algo de cena. En mi camino de regreso había parado en el supermercado y había decidido hacer un derroche y comprar huevos, patatas fritas, salchichas y helado de chocolate. Los pequeños saltaban emocionados ante la visión del festín que nos esperaba.

Aquella noche dormí plácidamente. Volví a visualizar el túnel, con la luz al fondo. Pero esta vez mis pasos me acercaban a la salida. Subía unas escaleras y llegaba a un parque plagado de flores de colores iluminado por un radiante sol de primavera. 

A los pocos días, me incorporaba a mi nuevo trabajo. Mi primer salario lo repartí entre recibos atrasados, comida y zapatos para los niños. El día que nos conectaron de nuevo la luz eléctrica, guardé las velas en el fondo de un cajón, junto con el túnel de mis pesadillas. 




Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto de la semana 07-04-2013: "Plaga de medusas"

Edurne Iza, Plaga de medusas
En los últimos años hemos observado atónitos verano tras verano como nuestras costas se llenan de estos viscosos  animales cuya proximidad nos aterra con la misma intensidad que nos llena de curiosidad. Varios son los motivos que provocan este aumento estacional de medusas. En primer lugar la contaminación de las aguas marinas, acrecentada en las zonas costeras por la mezcla de corrientes de las desembocaduras de ríos. Éstos van cargados de nitratos y fosfatos procedentes de abonos y fertilizantes para la agricultura y residuos urbanos y de fábricas, provocando un incremento de la población de fitoplancton que en combinación con la subida estacional de las temperaturas del agua ofrecen un entorno ideal para la proliferación de diversas especies de zooplancton, alimento fundamental de las medusas, de modo que  proliferan de forma masiva en las épocas cálidas.
Al mismo tiempo en las últimas décadas, los principales depredadores de la medusa, la tortuga marina o el atún rojo, han visto disminuida su población por la contaminación de las aguas si hablamos de las tortugas o la pesca indiscriminada en el caso del atún. Esta pesca incontrolada ha disminuido en general la población de todo tipo de especies marinas, lo que a su vez contribuye a que nuestros mares contengan elevados niveles de zooplancton que dejan de ser ingeridos y sirven de caldo de cultivo a nuestras protagonistas de hoy. De igual modo el cambio climático, el calentamiento global y la construcción de espigones, muelles y zonas ganadas al mar, sirve de asentamiento para los pólipos facilitando de igual manera la proliferación de esta especie. 

Este verano cuando estéis paseando por la playa y diviseis las masas viscosas flotando en la orilla, veréis algo más que una simple medusa. Tendréis ante vuestros ojos un flash forward de la destrucción de nuestro planeta. 




Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto de la semana 31-03-2013: "Venganza"

Edurne Iza, Venganza
Aquella mañana del último día de Marzo en que los relojes habían cambiado de hora debían encontrarse en el puerto. Subir a aquel barco que les llevaría lejos de todo y de todos. Comenzarían una nueva vida juntos. En la otra orilla del mar, donde los viejos rencores de una pelea familiar que había sucedido hacía varias generaciones, no podrían alcanzarles. Donde eran dos jóvenes más. Enamorados y libres para disfrutar de sus vidas sin tener que honrar un apellido, una memoria que sólo les había traído tristeza y desgracia. 
Hacía más de doscientos años sus tatara-tatarabuelos se habían batido en duelo por un asunto de tierras. Era una historia oscura y siniestra cuyos motivos y circunstancias desequilibraban a un lado o al otro la balanza, dependiendo de cual de las dos familias la contara. Sin embargo, en ambas versiones coincidían dinero, poder, orgullo, alcohol, amor no correspondido y... armas. Una combinación que no importa la época, el lugar o el narrador, siempre tiene un desenlace dramático. Y tan dramático fue, que en pleno siglo XXI aún sus descendientes pagaban el precio de la histórica pelea. Los jóvenes, cansados de sentirse los protagonistas de un Romeo y Julieta con WhatsUp y iPad, decidieron poner distancia y comenzar de cero sin la herencia de rencor y venganza con la que sus familias respectivas les habían obsequiado.
"Mañana a las 16:00 en el Moll de Ponent. Te amo." Rezaba el mensaje que Daniela leía una y otra vez mientras observaba la placa de piedra que indicaba claramente "Moll de Ponent" y revisaba con nerviosismo la hora del reloj cuyo minutero avanzaba implacable y de uno en uno había pasado por todos los minutos hasta llegar hasta el 58. 16:59.... 17:00. Daniela envió docenas de mensajes, y llamó varias veces al número de su amado, pero el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura. ¡Cómo odiaba aquella frase!. Los minutos siguieron avanzando y las agujas marcaron las 18:00. Decidió acercarse a su casa. Quizá pudiera averiguar qué había sucedido. Estaba segura de que él no le habría abandonado así como así, por lo que algo realmente grave debía haber pasado. Recorrió media ciudad, tomó el funicular, para subir a la parte más alta. Todo un barrio construido en la ladera de la montaña. Llegó a la puerta de su casa y vio un grupo de gente arremolinada alrededor de una ambulancia. Su corazón se agitó y latía con tanta fuerza que pensaba que saldría por su boca. Vió a la madre siendo atendida por los servicios de emergencia. Al padre, detenido por la policía local y a la hermana llorando con desesperación y siendo consolada  por una vecina. Luego reparó en una camilla, que transportaba un cuerpo. Justo antes de que lo introdujeran en la ambulancia, logró acercarse a empujones y retirar la sábana que cubría el cadáver. Sus ojos de aquel verde imposible que tan dulcemente le miraran, estaban abiertos. Perdidos para siempre en el infinito. Sin expresión. 
Daniela comprendió en ese instante que de algún modo, el padre había descubierto sus planes de huida y antes que permitir a su hijo escapar con la heredera de su archienemigo, en un instante de locura, había matado a su propio hijo. Cuando el filicida estaba siendo introducido en el furgón policial sus miradas se encontraron. La del hombre destilaba locura, la de Daniela por primera vez odio. 
Por más que intentaron sustituir el odio por amor... Daniela ya sólo viviría para fraguar su venganza. El mal había vencido.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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