La Foto de la semana 10-03-2013: "Hijos del Rock & Roll"

Edurne Iza, Hijos del Rock & Roll
De lunes a viernes me disfrazo de profesional. De persona seria y responsable, con  traje y corbata. Mi cara de pocos amigos me protege contra preguntas indiscretas acerca de mi vida privada. No soporto a las malas personas cargadas de buenas intenciones que se acercan armados de una amplia sonrisa con el claro propósito de saber. Sobre las vidas de los demás. Quizá con la esperanza de descubrir algún oscuro secreto que les haga olvidar por un momento sus existencias oscuras y monótonas. Yo sin embargo, los mantengo a raya, convenciéndolos de que soy un huraño y amargado cincuentón que vive para y por su empleo. De ese modo, mi verdadero yo , que es en realidad por el que trabajo tan duro, revive cada viernes a las seis de la tarde, cuando me enfundo mis tejanos raídos, y lo dejo aflorar. Pues sí, señoras y señores, los viejos roqueros nunca mueren y yo al igual que el Maestro Ríos, soy un hijo del Rock and Roll. Del sol, la arena, el mar y el Windsurf, siempre que su majestad el astro rey se digne a soplar. De primera fila de concierto apestando a cerveza y sudor. Soy fan de los karaokes y de pasar tiempo con mis amigos. Estoy ahorrando para tomarme un año sabático y dar la vuelta al mundo con una mochila cargada a la espalda. Dejar atrás a esas personas cuyas mentes nunca han salido de sus diminutos pueblos porque están convencidos que más allá no hay nada mejor. Mientras ellos se sumergen en su rutina, yo me dejaré arrastrar por los aromas de otros mundos. El suave tacto de la libertad acariciará mi rostro. Y a lo lejos seguiré escuchando el familiar soniquete del Bien-ve-ni dos.






Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto de la semana 03-03-2013: "Mar de espuma"

¿Nunca os habéis preguntado por qué se forma esa deliciosa espuma blanca cuando el agua de mar choca contra las rocas o la orilla de la playa?. Según Wikipedia (http://es.wikipedia.org/wiki/Espuma), se forma como consecuencia de la aglomeración de burbujas que persiste durante un corto tiempo en la superficie del mar, agitada por causas mecánicas. La formación de la espuma marina se facilita por varios factores químicos o físicos: una diferencia muy grande entre el aire y el agua, la alcalinidad del agua, el contenido de ésta en encoloides disueltos etc. Sin embargo existen lugares de nuestro planeta donde como consecuencia de la coincidencia de una serie de fenómenos, podemos asistir al maravilloso espectáculo de ver el mar literalmente convertido en espuma. Esto sucede en Australia cada tres a cinco años, donde debido a una combinación de vientos extremadamente fuertes y lluvias torrenciales se produce una agitación de la materia orgánica que contiene el océano provocando que los amantes del agua y los deportes acuáticos puedan experimentar la increíble sensación de nadar, surfear o simplemente flotar en espuma. A pesar de la extraña sensación visual que produce, los expertos aseguran que esta espuma no es en absoluto nociva para la salud.



Algo similar sucedió en la localidad escocesa de Footdee, donde los ciudadanos y sus mascotas, tuvieron la oportunidad de disfrutar de este curioso capricho natural.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto de la semana 24-02-2013: "Justicia"


Arrastraba mi maleta por la calle. Las últimas luces del día iluminaban el cielo tiñéndolo de un  azul intenso y profundo. Los arcos de la estación de autobuses resplandecían, blancos. A mis ojos se aparecían como las mismísimas puertas del paraíso. Después de tanto sufrimiento y penalidades para mí era la oportunidad de volver a empezar. Desde cero. Una nueva vida. Nadie encontraría jamás las huellas de mi pasado.  Las aguas bravas rompiendo contra los acantilados de piedra, arrastrarían los restos de aquel cuerpo donde nadie jamás pudiera encontrarlo. La voracidad de los peces y otros animales marinos, harían el resto. Nunca había pensado que sería capaz de matar a nadie y sin embargo no tenía remordimientos. Sólo una palabra retumbaba en mi mente... Justicia. En realidad no lo había planeado. Sencillamente sucedió. La semana anterior había acudido a una reunión a su flamante despacho de la sucursal bancaria. La única solución, me dijo, es que embarguemos su vivienda. Si hubiera cumplido usted con los plazos de la hipoteca no nos veríamos obligados a tomar esta dolorosa decisión.
Dolorosa?, sonaba extraño, viniendo de aquel tipo desalmado y sin escrúpulos... Dolorosa. Por eso, viéndome sola, desvalida, sin trabajo, sin el techo que me había dado cobijo desde hacía mas de veinte años, no me lo pensé dos veces cuando aquella mañana fría del mes de Enero, el azar que es sin duda caprichoso, me había hecho cruzarme con él en aquel acantilado solitario. Más de cien kilómetros al norte de mi ciudad de residencia. Nada podía relacionarme con ese lugar. Sólo había decidido pasear cerca del mar para intentar aclarar mis ideas. Tomé el primer autobús y me bajé en aquel pequeño pueblo de costa al que nada me unía, con el que nadie podría jamás relacionarme. Caminé durante horas a la orilla del mar, al borde de los acantilados solitarios. Hacía frío, pero iba enfundada en una gruesa bufanda y unos guantes de lana que me protegían. A lo lejos apareció una silueta que me resultaba conocida. Mis ojos se encontraron por un segundo con los del hombre, una vertiginosa sucesión de imágenes atravesó mi mente. Mi casa, las escrituras, los documentos de la hipoteca, el momento en que la policía me obligaba a abandonar mi hogar... Simplemente le empujé y observé su cara de horror mientras caía al vacío.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto de la semana 17-02-2013: "La frontera"

Edurne Iza, La frontera
Había caminado durante horas por aquel sendero rocoso que bordeaba el mar. Los serpenteantes muros de piedra, las casas que moldeaban sus paredes curvas como en un juego al vaivén de las olas y sin embargo, ni una sola persona en horas. Había sido un día soleado, de cielo raso y despejado y en mi caminar, la noche había ganado terreno, las sombras se habían apoderado del mar, las rocas y el cielo. Sólo escuchaba los gritos lejanos de algunas aves marinas y el jugueteo del agua acariciando las rocas. Si prestaba atención, también mis pisadas y el susurro de mi respiración. Había caminado durante horas pero no me sentía cansada. Necesitaba llegar a la frontera y desaparecer como la espuma de las olas. Dejar atrás un pasado oscuro y triste. Lleno de nombres, de caras y lugares que no quería recordar. De malas personas cargadas de buenas intenciones. De lobos con piel de cordero. Había comenzado aquella aventura con mi inseparable compañero de viaje. Ambos nos habíamos infiltrado en las filas enemigas. Éramos dos soldados adiestrados para obedecer, para no fallar, para alcanzar nuestro objetivo o morir por él. Y era la muerte la que había truncado mi destino. Él había caído prisionero y había elegido morir antes que delatarme o dar información sobre la operación en la que trabajábamos. No sé por qué me sorprendo, yo habría hecho lo mismo. Estábamos entrenados para abstraer la mente del dolor. No pensar, abandonar nuestro cuerpo, bajar las pulsaciones, morir. Pero para mí había marcado un antes y un después. Ya no encontraba sentido a aquella guerra absurda. No sin él. Así que emprendí mi camino, por una ruta poco transitada. Antiguo camino de piratas  y contrabandistas. Ya debía estar cerca, tan sólo unos pocos kilómetros me separaban de un nuevo nombre, un pasaporte diferente, la oportunidad de comenzar de cero.
Frente a mí, se mostraba un nuevo recodo del camino. Estaba muy iluminado y eso me asustaba. Había aprendido que la oscuridad es la mejor aliada del que huye y yo llevaba mucho tiempo huyendo, demasiado. Desconfiaba de la luz. Agucé el oído y el inconfundible eco de las órdenes militares me hizo estremecer. Si me encontraban estaba perdida. Si eran los de mi bando, me juzgarían por desertar. Si eran los del contrario me torturarían hasta la muerte para obtener información. Ya no había amigos o enemigos. Eran el resto... Y yo. Salté al otro lado del muro agazapándome entre las rocas, manteniéndome donde la luz no pudiera delatarme. Los pasos se acercaban y también las voces, cada vez más claras. Junto a mi mano cayó la colilla aún encendida de un cigarro. Los soldados continuaron su marcha, distraídos y confiados. Permanecí oculta aún varios minutos. Luego atravesé la zona iluminada por el otro lado del muro, no quería más sorpresas. Dos horas más tarde, arropada por la oscuridad y con la cara llena de salitre llegué a la frontera. Lo había conseguido.




Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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