La Foto de la semana 01-06-2014: "El errante caminante"

Descalzo, con pobres y raídos ropajes, una vieja capa y un sombrero por toda protección, caminaba errante Bartolomé. Era un hombre joven, curtido por el sufrimiento, de cuerpo musculoso y huesos fortalecidos por la dureza de una vida plagada de escollos. Agricultor de profesión, cultivaba sus tierras de sol a sol con la esperanza de conseguir algún día una vida mejor: una esposa, hijos, un hogar que defender y en el que refugiarse. Una mañana lluviosa los tesoreros del rey irrumpieron en casa de Bartolomé. Le mostraron unos documentos que no consiguió comprender y asaltaron su cabeza con palabras que nunca había escuchado. Tras unos minutos lo sacaron a patadas de su cabaña y le dijeron que se marchara, todo aquello por lo que había luchado era ahora propiedad del soberano. ¡Lárgate cucaracha!, fue lo último que escuchó mientras caía rodando por la ladera. Aquella noche durmió en el bosque. Protegido por los árboles y arrullado por el suave canto de las aves nocturnas. Por la mañana se sentía algo menos desgraciado. Pensó que aún era joven y fuerte y podía continuar peleando por su futuro. Decidió pasar el día descansando y recuperando fuerzas y comenzar al día siguiente la aventura de su nueva vida. No se daría por vencido. En busca de bayas y frutos silvestres caminó sin rumbo durante horas. Se adentró en una zona del bosque totalmente desconocida para él. Los árboles eran altos y frondosos y apenas dejaban pasar la luz del sol. Intentó regresar pero ya anochecía y no consiguió encontrar el camino de vuelta. Se sentía observado, algo le inquietaba pero no podía explicar el qué. Decidió borrar aquellos oscuros pensamientos y descansar en una hendidura de la roca que le protegería del frío. Bartolomé desconocía que había llegado al territorio del señor de los sueños. Un ser despiadado que robaba los sueños de cuantos se atrevieran a acercarse a su reino. Durante la noche colocó sus manos de uñas negras y afiladas a ambos lados de la cabeza de Bartolomé y mientras él dormía, ajeno a su destino, robó todas las bellas imágenes que le mantenían con vida. Le arrebató la casa, la esposa, los hijos, el perro, se apropió del único y más preciado bien del campesino. Le robó sus sueños. Al amanecer, Bartolomé despertó vacío. No sabía que le había sucedido durante esa fatídica noche, pero sentía en lo más hondo de su ser, que ya no tenía una razón para luchar, no tenía sueños, dentro de su alma, la nada. Así el hombre pasó el resto de su existencia errando por los caminos sin rumbo ni destino. Hoy, en cada plaza de cada pueblo y ciudad podemos ver una estatua que simboliza al errante caminante, para que cada hombre, mujer y niño recuerde que no importa cuan dura sea nuestra vida y empinado nuestro camino, todo irá bien mientras mantengamos a salvo nuestros sueños.




Fotografía: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto de la semana 25-05-2014: "El mundo es redondo"

Mi día empezó en blanco y negro. A la hora indicada, tomé el vuelo hacia mi nueva vida. En la maleta llevaba tan sólo lo necesario, el resto me seguiría en un camión de mudanzas. Apenas ocho kilos de ropa y zapatos perfectamente ordenados en un trolley de cabina. No pagué penalización por exceso de equipaje y sin embargo sentía sobre mis hombros la pesada carga de dirigirme a un destino lleno de incertidumbre. 

Dentro del avión las acciones rutinarias se sucedían una a la otra con perfecta armonía. Los mensajes de megafonía, el catering, los avisos de seguridad... Zumo de tomate con sal y pimienta por favor. Mi petición fue recibida con una amplia sonrisa, un gesto diligente y la entrega de un vaso con mi bebida favorita. Conecté el iPod en modo aleatorio y la selección automática del reproductor fue perfecta. Sonó el hit de aquel verano inolvidable, la melodía con la que tantas bromas hicimos en la universidad, la que le regalé a mi mejor amiga por su cumpleaños, la que no podía evitar bailar aunque fuera siguiendo el ritmo con los dedos de la mano, la que siempre cantaba a voz en cuello... Mi gesto gris se había tornado en sonrisa sin apenas darme cuenta. Terminé el zumo y miré por la ventanilla:




Descubrí la belleza del cielo, los picos nevados, las nubes al alcance de mi mano... Sonreí. Acababa de descubrir que el paisaje no termina allá donde nuestra vista ya no puede alcanzar; que la vida no es una gama de grises; que hay tantos colores como estados de ánimo; que las fronteras las marcan las personas; que la vida termina en muerte, pero lo que pase entre ambos momentos sí, está en nuestras manos; que por muy mala que sea la noche siempre sale el sol; que el invierno nos enseña lo hermoso que será el verano... En un corto vuelo de apenas dos horas, descubrí que el mundo es redondo.



Fotografías: CC Edurne Iza: sobrevolando los Pirineos
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto de la Semana 18-05-2014: "Artillería"

  

El origen etimológico del término «artillería» es bastante confuso y se han planteado diversas teorías destinadas a dar una explicación para el mismo. Podría provenir del latín artillus que significa ingenio. Otra explicación posible es aquella que atribuye la palabra al nombre de un fraile llamado Juan Tillery: con el paso del tiempo el «arte de Tillery» se habría transformado en la palabra «artillería». Una segunda hipótesis sostiene que, específicamente, el término «artillero» era utilizado para designar a aquella persona que «artillaba» o «armaba» un castillo o fortaleza, basándose en una antigua ordenanza del rey Eduardo II de Inglaterra, la cual ordenaba que un sólo artillero (o maestre de artillería, conforme al término utilizado en la época) se encargara de la construcción de balistas, arcos, flechas, lanzas y otras armas para abastecer al ejército. Aún hasta el año 1329, el término seguía siendo utilizado de forma genérica y abarcativa, incluyendo no sólo a la estricta maquinaria de guerra, sino también a todo tipo de artefactos civiles y armamento diverso.
La invención de la pólvora (conjuntamente con la de otro artefacto estrechamente ligado al anterior: el cañón) constituíria el próximo hito que revolucionaría el sentido de la artillería y acabaría por definir la actual concepción. En Europa, hay varias referencias en el siglo XIV al uso de piezas artilleras primitivas por los árabes en el sitio de Baza, y se sabe que el ejército de Alfonso XI la utilizó en 1312 en el sitio de Algeciras[cita requerida]. O en una obra sobre los oficios del rey escrita en Inglaterra. En todos los casos se describen una especie de potes de hierro que disparan bolas de piedra y flechas de gran tamaño. En la Batalla de Crécy en 1346 entre Inglaterra y Francia, se tiene constancia del uso de un cañón que empleaba bolas de piedra como munición.
En el siglo XVI, se sabe que se fabricaban cañones de bronce fundido y de hierro, estos últimos con una técnica parecida a la elaboración de toneles, juntando láminas de hierro al rojo y luego colocando aros de refuerzo alrededor y una tapa gruesa en la parte posterior. Las piezas eran relativamente peligrosas y tenían la tendencia a explotar matando a sus servidores al ser sometidas a mucho esfuerzo. Para disparar una pieza, había que meter primero por la boca de la misma un taco con una esponja húmeda para apagar posibles restos que quedaran del disparo anterior, a continuación introducir la pólvora, apretándola con un taco, luego la bala y se comprimía el conjunto. En la parte posterior del arma había un orificio denominado oído por el que se introducía una pequeña cantidad de pólvora a la que se aplicaba una mecha para provocar el disparo. Con el retroceso, el cañón saltaba varios metros hacia atrás y los sirvientes debían empujarlo de nuevo a su posición. El alcance máximo eficaz era entre uno y dos kilómetros.
En estos momentos las piezas de artillería son de dos tipos: por un lado, el cañón, pieza larga en relación a su calibre, pensado para disparar sobre un blanco que está a la vista de los artilleros en una trayectoria casi plana en lo que se denomina tiro directo o tiro tenso y, por otro, el mortero, con un cuerpo metálico corto y ancho, que permite inclinaciones entre 45° y 90° para bombardear objetivos dentro de posiciones fortificadas o desde detrás de muros o elevaciones de terreno con municiones explosivas. Las piezas son generalmente de fundición de bronce o latón. La mayoría de la artillería se destina a atacar o defender ciudades y fortificaciones por su escasa movilidad, aparte de montarse en navíos.
Existían en los siglos XV y XVI varios tipos de cañón, como la bombarda, con un tubo atado a un bastidor de madera montado en una cureña sencilla que se apuntaba metiendo o sacando tacos de madera de un rudimentario dispositivo elevador, o el falconete, un cañón ligero, normalmente montado en una especie de horquilla de hierro fija a un muro o a la borda de un navío, con una barra que salía por su parte posterior para apuntar la pieza con una mano mientras con la otra se daba fuego al oído del arma para disparar. Una innovación importante fueron los muñones, piezas integradas en la boca de fuego que salían como un cilindro a cada lado que encajaba en la cureña y permitía cambiar el ángulo de elevación, eliminándose así el tosco sistema de atar las piezas a un bastidor.
Aligerando las bombardas surge en el siglo XVI la culebrina, cañón que llegaba a tener 30 veces la longitud del calibre, montada sobre una cureña con dos grandes ruedas para facilitar el transporte por los caminos y que permite disponer de una primitiva artillería de campaña para el campo de batalla. En dicho siglo, Carlos I de España intenta por vez primera en Europa, homogeneizar los calibres y piezas de sus ejércitos para terminar con los problemas de intendencia que suponía fabricar piezas totalmente distintas y establece siete modelos (seis cañones y un mortero) de calibre entre 40 y 3 libras (entonces los calibres se medían por el peso del proyectil). La mayoría de los ejércitos europeos intentan seguir por el mismo camino, aunque continuarán existiendo piezas no reglamentarias en uso durante muchos años. Desde el siglo XVII, la denominación cañón sustituye a las antiguas de bombarda, culebrina, etc. para designar a ese tipo de piezas.


Fotografía Edurne Iza. Exposición de cañones en el castillo de Hohenzollern, Alemania.
Artículo: Artillería. Fuente http://es.wikipedia.org/wiki/Artilleria

La Foto de la semana 11-05-2014: "No hay problema que no solucione... Maya"

Toda una generación creció al ritmo de la pegadiza canción y atrapada por el encanto de las aventuras de la traviesa abeja Maya y su inseparable amigo Willy. Durante años fueron nuestros compañeros de juegos y aún hoy se repone la serie en televisión y los DVD causan furor entre los hijos de quienes entonces disfrutábamos con tan dulce personaje. Sin embargo, el promedio de vida de una abeja obrera es de cuarenta y cinco días y en el caso de los zánganos, de tres meses. Estos períodos de vida varían en función de la época de más o menos actividad de las abejas. En tiempos de recolecta y dado el elevado número de vuelos que realizan las obreras en busca de polen, sus alas se deterioran a gran velocidad y su esperanza de vida ronda los quince días. En el momento en que las abejas pican, pierden su aguijón, que al tener forma de anzuelo queda prisionero en su víctima y sin su aguijón, mueren a los pocos minutos. Ahora que se un poco más sobre la azarosa vida de tan trabajadores insectos veo si cabe con mejores ojos los entrañables dibujos animados, sin embargo me alegro infinitamente de no haber sabido de la dureza de la vida de las abejas hasta muchos años después. Sinceramente nuestra infancia ya quedó suficientemente marcada con perder a la madre de Bambi, a David el gnomo y con las lloreras provocadas por Heidi, Marco, El Patito Feo, Oliver Twist... 



Fotografía: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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