La Foto de la semana 03-11-2013: "Escala de Beaufort"

    "Escala de Beaufort"

La Escala de Beaufort es una medida empírica para la intensidad del viento, basada principalmente en el estado del mar, de sus olas y la fuerza del viento. Su nombre completo es Escala de Beaufort de la Fuerza de los Vientos.
a escala fue creada por Sir Francis Beaufort (oficial naval e hidrógrafo), alrededor de 1805. Antes de 1800, los oficiales navales hacían observaciones regulares del tiempo, pero no tenían "escala" haciendo mediciones muy subjetivas.
La escala inicial no tenía velocidades de vientos, sino que detallaba un conjunto de condiciones cualitativas desde 0 a 12 de acuerdo a cómo un navío actuaría bajo cada una de ellas, desde 'apenas suficiente para maniobrar' hasta 'insostenible para las velas'. La escala se transformó en un parte estándar de las bitácoras para navíos de la Marina Británica a finales de los 1830s.
La escala fue adaptada para uso no naval a partir de los 1850s, cuando los números de Beaufort se asociaron con el número de rotaciones de un anemómetro para medir la velocidad del viento.
En 1906, con el advenimiento del vapor, las descripciones se cambiaron de cómo el mar se comportaba y se extendieron a las observaciones en tierra. El meteorólogo George Simpson, director de la Oficina Meteorológica, fue quien agregó dichos descriptores para tierra.
La velocidad del viento en la Escala de Beaufort puede expresarse por la fórmula:
v = 0,837 B3/2 m/s
Esta relación sólo se estandarizó en 1923, y la medida fue ligeramente alterada algunas décadas más tarde para mejorar su utilidad para los meteorólogos. Hoy, usualmente se numera a los huracanes con valores entre 12 y 16 utilizando la Escala de Huracanes de Saffir-Simpson, donde un huracán de categoría 1 lleva un número de Beaufort de 12, el de categoría 2, Beaufort 13, etc. La Categoría 1 de tornados en la escala de Fujita y en la escala de TORRO también comienza al final del nivel 12 en la Escala Beaufort.
La Escala Beaufort se extendió en 1944, donde se agregaron las fuerzas 13 a 17. Sin embargo, las fuerzas 13 a 17 solo se aplican en casos especiales, como en ciclones tropicales. Actualmente, la escala extendida se usa en Taiwán y en China, que frecuentemente son afectados por tifones.
Número de BeaufortVelocidad del viento (km/h)Nudos (millas náuticas/h)DenominaciónAspecto del marEfectos en tierra
00 a 1< 1CalmaDespejadoCalma, el humo asciende verticalmente
12 a 51 a 3VentolinaPequeñas olas, pero sin espumaEl humo indica la dirección del viento
26 a 114 a 6Flojito (Brisa muy débil)Crestas de apariencia vítrea, sin romperSe caen las hojas de los árboles, empiezan a moverse los molinos de los campos
312 a 197 a 10Flojo (Brisa Ligera)Pequeñas olas, crestas rompientes.Se agitan las hojas, ondulan las banderas
420 a 2811 a 16Bonancible (Brisa moderada)Borreguillos numerosos, olas cada vez más largasSe levanta polvo y papeles, se agitan las copas de los árboles
529 a 3817 a 21Fresquito (Brisa fresca)Olas medianas y alargadas, borreguillos muy abundantesPequeños movimientos de los árboles, superficie de los lagos ondulada
639 a 4922 a 27Fresco (Brisa fuerte)Comienzan a formarse olas grandes, crestas rompientes, espumaSe mueven las ramas de los árboles, dificultad para mantener abierto el paraguas.
750 a 6128 a 33Frescachón (Viento fuerte)Mar gruesa, con espuma arrastrada en dirección del vientoSe mueven los árboles grandes, dificultad para caminar contra el viento
862 a 7434 a 40Temporal (Viento duro)Grandes olas rompientes, franjas de espumaSe quiebran las copas de los árboles, circulación de personas muy dificultosa
975 a 8841 a 47Temporal fuerte (Muy duro)Olas muy grandes, rompientes. Visibilidad mermadaDaños en árboles, imposible andar contra el viento
1089 a 10248 a 55Temporal duro(Temporal)Olas muy gruesas con crestas empenachadas. Superficie del mar blanca.Árboles arrancados, daños en la estructura de las construcciones
11103 a 11756 a 63Temporal muy duro(Borrasca)Olas excepcionalmente grandes, mar completamente blanca, visibilidad muy reducidaDestrucción en todas partes, lluvias muy intensas, inundaciones muy altas
12+ 118+64Temporal huracanado(Huracán)Olas excepcionalmente grandes, mar blanca, visibilidad nulaVoladura de autos, árboles, casas, techos y personas. Puede generar un huracan o un tifón
De Wikipedia "La enciclopedia libre"

La Foto de la semana 27-10-2013: "La caída de la hoja"


Sólo debemos darnos un paseo por cualquiera de nuestros bosques para comprobar que la mayoría de caminos están recubiertos de una acolchada capa de hojas secas. Verdes, amarillos, ocres... Nos sumergen en un océano de color, que bien podría haber estado pintado por el mismísimo Monet.

El fenómeno de la caída de la hoja, afecta a los árboles caducifolios. En otoño, las horas de luz disminuyen, la radiación solar pierde fuerza y las temperaturas nocturnas bajan. Todo ello dificulta que las raíces puedan absorber agua y nutrientes. Llega un punto, en que mantener el follaje es excesivamente costoso y la naturaleza elabora una estrategia defensiva para compensar la escasez de alimento. Se genera una película aislante entre la rama y la hoja, de modo que ésta no puede recibir savia ni clorofila. Las hojas perecen literalmente de hambre. Van amarilleando y perdiendo fuerza, hasta que el ligero peso de las gotas de lluvia o el vaivén de la brisa hacen que caigan, convirtiéndose en decoración estacional de nuestros bosques, pueblos y ciudades.

Los árboles pasan el invierno en un estado de baja actividad y por tanto mínimo consumo y aguardan silenciosos la luz y tibias temperaturas de la primavera para comenzar a trabajar a toda velocidad en generar el proceso inverso y poblar de nuevo sus ramas de vida y color.


Fotografía: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza

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La Foto de la semana 20-10-2013: "El corazón mágico"


Anelisa era una chica muy hermosa. La más bella de cuantas jóvenes casaderas habitaban en el reino. La muchacha vivía feliz y ajena a los planes de Edgar, su padre. Edgar había sido uno de los nobles de mejor posición y nombre de cuantos habitaban aquellas tierras, pero su afición a la bebida y a las apuestas le habían llevado al borde de la miseria. Tan sólo conservaba el título que preservaba su buen nombre y el de su pequeña. Por eso, le urgía organizar una boda conveniente lo antes posible para evitar su quiebra económica. Era consciente de que su hija estaba enamorada de un plebeyo. El hijo del herrero. 
Aprovechaban cualquier instante para estar juntos, pasear de la mano y dedicarse dulces miradas. Una tarde, se acercaron a la playa y grabaron un corazón en un árbol que miraba melancólico hacia la inmensidad del océano. Era un dibujo sencillo, tan sólo un  contorno negro. Satisfechos y cómplices sellaron el momento con un beso. 

Pasaron un par de semanas en que cada tarde los enamorados se encontraban furtivamente junto al árbol. Observaron con asombro que poco a poco, el corazón se iba tornando de un color rojo que cada tarde era un poco más intenso. Era su secreto de amor y disfrutaban de aquella mágica transformación mientras planeaban cómo y cuándo compartirían su felicidad con sus familias. Imaginaban su casa, su futuro juntos... Soñaban con una vida que aún no sabían que nunca llegaría.

Era sábado y el padre de Anelisa llevaba muchos días callado y ausente. Por fin rompió su silencio y durante el desayuno, anunció a su desconcertada hija que al día siguiente contraería matrimonio con el Conde de FiloAgudo. La joven tuvo que sentarse para no desmayarse. A sus ojos, el conde debía tener más de cien años y era conocido por su afición a los cuchillos. Vivía rodeado de ellos, colocados en las paredes, afilados y amenazantes. 

Anelisa suplicó, lloró y rogó a su padre que anulara la boda, le prometió trabajar para garantizar una buena vida para ambos... Nada le hizo cambiar de opinión. Se trataba de un acuerdo muy suculento que aseguraría su bienestar hasta el fin de sus días y no pensaba dejar escapar esa oportunidad. Terminarás por cogerle cariño, ya lo verás.

En un último intento por ablandar la voluntad de su progenitor, Anelisa confesó su amor por el herrero e intentando urdir un plan para escapar con él solicitó el último deseo de despedirse de su amado y ser ella la que le explicara la situación en persona. Edgar olfateó el peligro y encerró a su hija en su habitación junto a su ama. "Encárgate de que esté hermosa para la ceremonia de mañana." Cerró la puerta con violencia y giró dos vueltas la llave en el interior de la cerradura.

La muchacha no podía creer que no hubiera opciones. Tenía que haber una salida. Intentó convencer a su ama de que le dejara escapar y tras horas de llanto y desesperación, tan sólo consiguió que la vieja doncella aceptara entregar una nota de despedida de su puño y letra al herrero. 

A la mañana siguiente todo estaba listo para la ceremonia. Camino a la iglesia, el ama se escabulló entre la muchedumbre que aclamaba la belleza de la novia y cuchicheaba acerca del espanto que la joven sufriría junto a FiloAgudo durante la noche de bodas. El casamiento apenas duró unos minutos, no hubo celebración ni convite posterior. Edgar tenía prisa por disfrutar de su recompensa, que según el acuerdo no recibiría hasta después de la noche de bodas y FiloAgudo por quedarse a solas con su nueva esposa. 

El herrero destrozado por la desgarradora carta de despedida, corrió a refugiarse a su escondite secreto, junto al árbol testigo de su amor. Pensando tan sólo en cómo rescatar a su amada de las garras de FiloAgudo. 

Anelisa entraba en ese momento en el que iba a ser su nuevo hogar. Los cuchillos, espadas, floretes, hachas... eran la exclusiva decoración de las paredes. La muchacha se giró con agilidad tomó una de las dagas expuestas y se atravesó el corazón al tiempo que pronunciaba el nombre de su amado.

A la orilla del mar, el corazón grabado en el árbol, más rojo que nunca, dibujó dos hilos de sangre que descendían por el tronco. 

En ese instante, él supo que era demasiado tarde. 



Fotografía: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza

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La Foto de la semana 13-10-2013: "El árbol y yo"


El cielo amenazaba con derramar más lluvia sobre la ya caída los días anteriores. Paseaba despacio, con el paso lento del que arrastra una carga pesada. Los expertos dicen que tan sólo utilizamos un diez por ciento de nuestro cerebro y por el contrario, el mío, parecía rebosar información, como un disco duro a punto de explotar.   
Una alarma sonaba en mi interior, demasiadas batallas libradas en el mismo campo, balas perdidas, brazos cortados, piernas amputadas, luces rojas, sirenas… ¡Peligro!. Sin embargo, todos a mi alrededor sonreían con dulzura y me prodigaban esas odiosas miradas benevolentes, dando por hecho que los fuertes siempre ganan. Que yo era fuerte y por tanto nada suponía un problema para mí, para acto seguido pasar a hablarme de sus vidas miserables y cargadas de vicisitudes que por su debilidad como seres humanos no conseguían gestionar. “Si yo fuera tan fuerte como tu…” terminaban diciendo. Si supieran cuánto había llegado a aborrecer esa frase. Un tremendo improperio estaba a punto de salir por mi boca cuando reparé en un árbol  justo delante de mí. En realidad eran dos árboles. El real y su reflejo en una balsa de agua.

Tan cotidiana visión me hizo reflexionar. El primero, alto, erguido, robusto, preparado para soportar cualquier inclemencia, retando impasible a cielo y mar. El segundo, tan frágil como cualquier proyección de uno mismo, dispuesto a romperse por unas gotas de lluvia o un paso despistado en mitad del charco. No sé cuánto tiempo permanecí absorto en mis propios pensamientos. Mirando el árbol, el charco y el mar. Luego el charco, el mar y el árbol. En realidad, me estaba viendo a mí mismo… Y mi reflejo.

El cielo se abrió por la mitad bajo el filo de un rayo y en pocos segundos comenzó a descargar millones de furiosas gotas de agua. El charco se convirtió en un amasijo de diminutas explosiones acuosas y entonces comprendí que estábamos solos. El árbol y yo. 




Fotografía: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza

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