La Foto de la semana 09-12-2012: "Tres eran tres..."

Edurne Iza, Tres eran tres...

Tres eran tres las hijas de Elena; tres las hijas del Rey; Los Reyes Magos de Oriente; los cerditos; los monos sabios; tres eran los ángeles de Charlie; los mosqueteros; tres son los puntos de apoyo necesarios para mantener un objeto en equilibrio; tres puntos no alineados son suficientes para determinar un plano y una circunferencia; un número natural es divisible entre tres, si la suma de sus dígitos es divisible entre tres; no podemos olvidar la regla de tres; las medallas olímpicas; los premios de la lotería; a la tercera va la vencida; WWW; tres en raya; el concurso un, dos tres; la cuenta atrás... Tres, dos uno...

Detalle de la fachada del Colegio de Arquitectos de Barcelona. Una parte de los Frisos realizados por Picasso en 1960. Leer más en:

http://www.blogmuseupicassobcn.org/2012/07/50-anos-de-los-esgrafiados-de-picasso-en-el-col%C2%B7legi-d%E2%80%99arquitectes-de-catalunya/?lang=es


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto de la semana 02-12-2012: "¡Qué vienen!"

Edurne Iza,¡Qué vienen!

Las acrobacias de los aviones habían dejado el cielo pintado con curiosas líneas blancas. Recreando las piruetas que tan sólo unos minutos antes aquellos colosos de acero habían realizado en un claro desafío a la gravedad. Miguel, como siempre, seguía con su cámara todos los movimientos para dejar constancia gráfica e informar al mayor número posible de personas. Absorto como estaba en su tarea, se quedó perpelejo cuando divisó a lo lejos una luz muy brillante. Parecía moverse de un lado al otro del horizonte y Miguel la observó con curiosidad durante unos segundos. De pronto escuchó gritos, carreras y en tan sólo unos instantes la confusión reinó a su alrededor.
No entendía lo que estaba sucediendo, pero algo le decía que debía seguir grabando. Así que asió con determinación la empuñadura de su cámara y enfocó al punto de luz. La multitud pasaba a su lado aterrorizada, el público que asistía a la exhibición acrobática era muy numeroso e impresionaba ver aquella masa de gente corriendo descontrolada. Una mujer tropezó con la cámara y cayó al suelo aparatosamente. Miguel se agachó para ayudarle al tiempo que aprovechaba para obtener algo de información

- ¿Qué sucede? ¿Por qué corre toda esta gente? ¿De qué huyen?
- ¡De qué no, de quién! ¡Huya! ¡Qué vienen!
- ¿Pero quienes vienen?
- ¡Hágame caso y huya!- es lo único que la mujer atinó a gritar antes de continuar con su carrera

Miguel estaba desconcertado y el pánico comenzaba a apoderarse de él. Entonces, a lo lejos distinguió una especie de enormes monstruos metálicos que daban grandes saltos y arrasaban todo cuanto quedaba a su paso. Ajustó el Zoom de su cámara y vio que los robots bajaban por cientos de tres naves de color marrón que cubrían por completo la línea del horizonte y emitían la extraña luz que había visto al principio. No daba crédito a lo que estaba viendo. Algo parecido sólo era posible en una de esas taquilleras películas hollywoodienses, pero no aquí, en la pequeña ciudad de provincias que le vio nacer.
Cuanto más se acercaban los gigantes de metal, mejor podía distinguir la crueldad de sus movimientos. Agarraban a la gente por la cabeza arrancándosela de cuajo, aplastaban con sus pies los coches con sus ocupantes dentro, por los ojos, lanzaban una especie de llamaradas que calcinaban todo lo que hubiera podido quedar con vida. Miguel apartó la vista del visor y se percató de que podía ver la matanza sin necesidad de utilizar el aumento del objetivo, eso significaba que avanzaban muy deprisa y en ese momento comprendió que ya no tenía tiempo. Miró su cámara, la devastación que había a su alrededor y decidió continuar de pie, grabando aquel cataclismo. Uno de los gigantes metálicos se dirigió hacia él y levantó su enorme pie para aplastarlo. Entonces vino a la mente de Miguel, la imagen de aquellos pobres músicos del Titanic que optaron por continuar tocando mientras las aguas devoraban el coloso y todo cuanto en él había. Sólo deseó que la cinta se salvara para que las generaciones venideras, supieran alguna vez lo que había pasado en aquella tranquila mañana de Domingo. El pie del robot bajó a toda velocidad justo sobre Miguel, luego... Oscuridad.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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Texturas Naturales

Hojarasca,rocas, raices, tierra...La naturaleza nos ofrece infinitas texturas para utilizar en nuestros diseños. Os dejamos unas cuantas. ¡Qué las disfrutéis!

Fotografías: Edurne Iza
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La Foto de la semana 25-11-2012: "Tic-Tac"

Desde el origen de la vida, el ser humano ha necesitado dividir su paso por este planeta en diminutas unidades. Concretas, mesurables, visibles e incluso audibles a través del artilugio llamado reloj. No existe un único inventor del medidor del tiempo. El Sol y la Luna sirvieron a las civilizaciones antiguas para cuantificarlo. Se evolucionó después hacia los relojes solares y de arena. Galileo Galilei contribuyó con sus estudios sobre el movimiento pendular, que remató Christian Huygens en el siglo XVII con el primer reloj de péndulo. Le siguió Peter Henlein en 1524 con la modalidad de bolsillo que, aunque sólo ofrecía una hora de autonomía, se hizo muy popular entre los caballeros de la época, y lo culminó en el siglo XIX Patek Philippe inventando la versión para muñeca.
 
Edurne Iza, Tic-Tac
 
Me resulta muy curioso que estemos tan obsesionados por el segundero. Por cuánto dura esto o tarda aquello. Y sin embargo no se cuestione lo efímero de la felicidad. Decimos que tal o cual persona es feliz y que la otra es desgraciada y en el fondo nadie sufre o disfruta de manera constante. Si pensamos en las situaciones que nos hacen sentir bien, durante ese espacio de veinticuatro horas que hemos decidido denominar día, probablemente descubriremos, que no van más allá de unos pocos segundos. Y esa diminuta cantidad de tiempo, durante la que sonreímos, es suficiente para decir que somos felices.

Por eso hoy, queridos lectores, os invito a la reflexión acerca de nuestro sistema de medida de ese bien de valor incalculable llamado tiempo. No damos aprecio a los pocos segundos que dura nuestra satisfacción al recibir el beso de un ser querido tras un largo período de separación y sin embargo suele ser suficiente para que definamos que el día ha sido feliz, olvidando el sufrimiento de las horas, días o meses de ausencia. Toda una jornada frente a unos pocos segundos.

Por eso, he decidido, no dividir mis veinticuatro horas en 1440 minutos ni en 86400 segundos. Lo mediré por el número de instantes felices, de sonrisas en mi rostro. Por el torrente de lágrimas derramadas o de suspiros de satisfacción. De ese modo, tendré la sensación de que mi vida cuenta, más allá del monótono tic-tac de mi reloj de pared.




Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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