La Foto de la semana 18-11-2012: "Mi deseo de Navidad: Yo no te pido la Luna"

Edurne Iza, Mi deseo de Navidad: Yo no te pido la Luna

Yo no te pido la Luna, sólo un trabajo y comida en el plato de mis hijos. No te pido joyas, ni perfumes caros, ni muebles de madera noble. No te pido viajes exóticos ni una casa de veraneo. No necesito una cuenta en Suiza ni un coche de alta gama.
 
Mi voz es la de uno de tantos ciudadanos que está sufriendo en sus carnes la mala gestión de los políticos. La ambición desmedida de algunos empresarios y la incapacidad de los gobernantes.
 
No hay trabajo para mí. Porque soy hombre, porque soy mujer, porque tengo más de cincuenta, porque tengo menos de treinta, porque estoy en ese intermedio que ni treinta ni cuarenta, porque tengo demasiados estudios, porque no tengo formación suficiente, porque no hablo inglés, porque mi inglés is too good, porque me fascina la tecnología, porque soy de la escuela del papel y el lápiz. Lo cierto es, que no hay trabajo para mí.
 
Hoy he venido ante ti para entregarte una carta con el regalo que me gustaría recibir en estas fiestas. Espíritu de la Navidad, yo no te pido la  Luna, sólo vivir con dignidad.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto de la semana 11-11-2012: "La Fuente de los Deseos"


Edurne Iza, La Fuente de los Deseos
En las frías tardes de invierno, cuando el viento azota las calles solitarias de la ciudad y el agua de las fuentes  se solidifica formando puentes de hielo, es entonces cuando al abrigo del calor de las cocinas, las viejas leyendas pasan de abuelos a nietos. Son tardes de olor a leña, a castañas asadas. Son tardes de hogar y tradición. Hoy voy a contaros una de esas historias cocinada a fuego lento durante generaciones. Que ha pasado de boca en boca y ha llegado hasta nuestros días. Sólo sabemos que ocurrió hace muchos, muchos años, cuando dos jóvenes enamorados soñaban con el día en que sus corazones pudieran unirse para formar uno solo. Sin embargo, desde que eran niños, sus familias tenían planes ajenos al amor que se profesaban. Él debía convertirse en médico, para lo cual debería atravesar el océano y aprender técnicas vanguardistas de curación. Ella había sido prometida en matrimonio a un comerciante rico, poderoso y viejo a partes iguales. Eran tiempos en que el futuro de los jóvenes lo decidían los mayores. Eran tiempos en los que los hijos heredaban la profesión de los padres y las hijas no eran sino un favorable intercambio comercial que posicionaba a la familia en sociedad. Tiempos en los que el amor no iba más allá de unos cuantos versos en un viejo libro de poesía. En los que revelarse significaba morir y no hacerlo era vivir encerrado en un cuerpo sin alma. 
Lucharon intentando eludir el futuro que les había sido asignado. Desesperados acudieron a visitar a la vieja Gestern, conocida por su pócimas, ungüentos y hechizos capaces de hacer desaparecer una verruga, proporcionar ricas cosechas o convertir el agua en vino. Les aseguró que si su deseo era permanecer juntos para el resto de su existencia, debían acudir a la plaza del pueblo, junto a la Fuente de los Deseos y pronunciar unas palabras que la misma vieja escribió con mano temblorosa en un trozo de papel. Les hizo beber un brebaje a base de hierbas y frutas del bosque y les advirtió de que la magia había comenzado, de que una vez leído el conjuro, no podrían echarse atrás y de que si ambos no acudían a la cita, exactamente a la media noche y pronunciaban las palabras al unísono las consecuencias serían terribles.
La joven acudió unos minutos antes al punto de encuentro. Justo a las doce apareció la vieja. Los segundos avanzaban sin piedad y cuando la aguja amenazaba con marcar el primer minuto del nuevo día, la hechicera gritó desesperada

- ¡Las palabras mágicas, ahora!

La joven, desconcertada, obedeció. La última letra del conjuro enmudeció cuando el minutero se detuvo. Segundos de eterno silencio, de rostros desencajados, de miradas de despedida. La muchacha comenzó a transformarse, adoptando la forma de una pétrea figura que pasó a adornar la parte superior de La Fuente de los Deseos. En ese momento, irrumpió en la plaza el joven enamorado, cubierto de sangre, era evidente que había librado una encarnizada batalla para conseguir reunirse con su amada. Se abalanzó sobre la anciana mientras imploraba una respuesta. Ésta señaló la grácil figurita de piedra que vertía agua por la boca. El muchacho al comprender la tragedia, se sumergió en La Fuente, mirando la estatuilla,  mirando a su amada. Dejó que el agua llenara su cuerpo, inundara sus pulmones y lo llevara para siempre junto a ella. Cuenta la leyenda, que cuando los padres de ambos acudieron a la plaza e intentaron recuperar el cuerpo del joven, este se deshizo, formando una gruesa capa de musgo verde que envolvió la piedra y rodeó con suavidad la figura de la joven. La hechicera, regresó a su cabaña no sin antes dedicar una mirada melancólica a La Fuente de los Deseos, al tiempo que decía "Musgo y Piedra, eternamente juntos".




Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto de la semana 04-11-2012: "Santa Caterina"

Edurne Iza, Santa Caterina

Deambulaba por la ciudad, sin rumbo. El cielo amenazaba tormenta y se iba tiñendo de un gris plomizo y algo tenebroso. Bajé la vista aun calculando cuantos minutos quedarían hasta que comenzara a llover y descubrí ante mí un edificio majestuoso. El tejado estaba formado por miles de diminutas piezas de cerámica de diferentes colores que simulaban las frutas y verduras que se vendían en su interior. Al acercarme a la fachada principal comprendí que se trataba de un mercado. Un mercado con vida propia pero sobretodo con una larga historia de la que han sido parte muchos de los ciudadanos de Barcelona.

En sus orígenes, allá por el siglo XIII, Santa Caterina era un monasterio dominicano que se constituyó más adelante en la primera sede del consejo de ciento de la ciudad. Sin embargo, fruto de las revueltas de la época y pese a su elevado contenido artístico, fue derruido en 1835.  Sobre sus ruinas, se levantó el primer mercado cubierto de Barcelona y del antiguo convento, sólo quedó el nombre, convirtiéndose así en el Mercado de Santa Caterina. Su construcción comenzó en 1844 y finalizó cuatro años más tarde. Durante la posguerra en los años cuarenta del siglo XX, se convirtió en un centro crucial de abastecimiento tanto de Barcelona como de las ciudades aledañas: Sant Adriá del Besós, Badalona, Santa Coloma de Gramanet, el Masnou, Mataró... Los tranvías facilitaban a los ciudadanos el traslado desde estas poblaciones, hasta la calle Trafalgar y la Ronda de Sant Pere, situadas en las inmediaciones del mercado.

Este espectacular edificio ha sido recientemente restaurado, manteniendo la estructura original, pero resaltando el llamativo tejado mediante mosaicos inspirados en el trabajo de Gaudí. El de Santa Caterina, es el segundo mercado de Barcelona en antigüedad después del de la Boquería. Hoy en día además de un centro de compra de productos frescos de primera calidad para los vecinos de Barcelona, se ha convertido en punto de encuentro y atracción turística. En sus inmediaciones la oferta de restauración y ocio es amplia y diversa, lo cual ofrece un aliciente adicional a quienes deciden visitar tan singular construcción. Además el mercado se encuentra adaptado a las nuevas tecnologías ofreciendo servicios de compra on line.

Tras un colorido e histórico paseo por las más de 180 paradas de fruta, verdura, carne, pescado, flores o legumbres, salí a la calle y casi había anochecido. Decidí quedarme a cenar por la zona y disfrutar en Santa Caterina, de una velada perfecta ayer, hoy y siempre.
 


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto de la semana 28-10-2012: "Far, far away"


Edurne Iza, Far, far away
Se acabó el dinero. Se acabó la suerte. Atrás quedaba la quimera que les había hecho abandonar el pueblo varias semanas atrás. Con lo puesto y una maleta de piel raída que contenía algunos recuerdos familiares y apenas un palmo reseco de lo que había sido un jugoso salchichón, tenían frente a sí la llanura de lo desconocido. Decidieron hacer un alto en el camino. No tenían prisa. No les esperaban en su destino, ni les extrañaban allá de donde venían. En realidad, no había nadie. Sólo se tenían el uno al otro y ambos, sólo tenían sus sueños. Buscaban un mundo mejor, donde formar un hogar, encontrar un trabajo, vivir con dignidad, tener hijos quizá...
Observaron las nubes, formando caprichosos dibujos, como si alguien trazara círculos con el humo de su cigarro. El sol reconfortaba sus cuerpos cansados del viaje, pero sabían que en unas horas oscurecería y debían encontrar un lugar donde pernoctar. Caminaron hasta el ocaso. Sin saber cómo, llegaron a un enorme vertedero de basuras donde las aves carroñeras revoloteaban en círculos mientras emitían desagradables chillidos. Decidieron bordear la inmensa explanada de desperdicios. De vez en cuando miraban con disimulo, por si descubrían algo que les fuera de utilidad para resguardarse aquella noche. En una de aquellas miradas furtivas, detectaron lo que parecía un edredón. Les daba asco, vergüenza, pero era grande y mullido y la noche amenazaba con ser gélida. Estiraron cada uno de un extremo con todas sus fuerzas. Estaba atrapado debajo de algo pesado. Hicieron un último intento y descubrieron con horror, que lo que aprisionaba la tela, era el cuerpo de un hombre. Estaba medio descompuesto, con una espantosa mueca de dolor en su rostro agusanado. Se apartaron de allí entre nauseas y gritos. El pánico les hizo correr por entre las montañas de basura, hasta que ella tropezó con un hierro y cayó de bruces al suelo. Con enorme ternura él la abrazó y le ayudó a sentarse sobre una especie de maletín negro que había a su lado. Con el peso de la mujer, los cierres de la valija cedieron y su contenido se desparramó a su alrededor. ¡Billetes de quinientos Euros! Había docenas de fajos enormes de aquellos billetes de color violeta, que en su vida habían tenido la oportunidad siquiera de ver.
Aturdidos miraron a su alrededor. Los pájaros seguían disfrutando escandalosamente de su festín. A lo lejos la mano podrida del muerto parecía decirles "vamos ¿a qué esperais?, yo di la vida por esos billetes". Temblorosos, abrieron su vieja maleta de piel, introdujeron todos los billetes que cupieron. El resto, los apretujaron en sus bolsillos, cuidando que no sobresaliera ninguna delatora punta. Caminaron hasta bien entrada la madrugada. Llegaron a una ciudad y buscaron una pensión modesta, donde su aspecto no destacara. A solas en la habitación recontaron su botín. Había varios millones de euros ¡Varios millones!. De un plumazo, su vida estaba resuelta. Sólo tenían que escoger un destino y disfrutar. Eso sí, como en los más tradicionales cuentos de hadas, su nueva vida comenzaría... Far, far away...





Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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