La Foto de la semana 26-04-2015: "Por los pelos"


Era un perro pequeño. Con el pelaje blanco y varias áreas negras en algunas zonas de su cuerpo. Hubiera preferido llamarse Golfo, Beethoven, Pluto o Lassie, pero tuvo que conformarse con Manchas. Ese era el nombre grabado en la placa que colgaba de su cuello. No era una mascota cinematográfica, ni sería recordado por millones de niños y adultos, sin embargo, Manchas estaba a punto de salvar a la humanidad, desde el anonimato de sus veinte centímetros de estatura y su nombre de andar por casa. Miguel había camuflado en su collar un microchip que contenía los códigos de bloqueo de todas las centrales de gas del país. Consiguió esconderlo justo antes de que una bala de 9 milímetros atravesara su sien. Manchas tenía que entregar el chip en la embajada antes de que cayera en manos de los asesinos que pretendían mezclar una sustancia tóxica con el gas ciudad y distribuirla a través de las tuberías a los hogares de millones de personas que quedarían fulminadas en cuanto encendieran sus radiadores, el agua caliente o el fuego para cocinar. Miguel cayó al suelo y su cabeza se rodeó rápidamente de un enorme charco de sangre. Manchas corrió escaleras abajo, tan rápido como sus diminutas pero ágiles patitas le permitían. En pocos instantes, los asesinos reconocieron la situación. En el silencio de una tarde de domingo se oyó retumbar entre las paredes de las desiertas calles ¡A por el perro! ¡Lo tiene el perro!. 
Manchas continuó corriendo, salió del laberinto de callejas del casco antiguo, cruzó una de las plazas más grandes de la ciudad donde por poco cae aplastado bajo las ruedas de un turista que paseaba en bibicleta. Casi no podía respirar pero continuó corriendo. Podía escuchar los gritos amenazadores de sus perseguidores, pero estaba muy cerca, divisó a tan sólo unos metros los brillantes barrotes de acero con adornos dorados de las rejas de la embajada. No quedaba tiempo, Manchas tomó impulso en sus patas traseras y en un último y desesperado esfuerzo saltó por encima de la verja. Las afiladas puntas de los barrotes rasgaron su barriga al tiempo que a lo lejos oía salvar los disparos de sus perseguidores en un último intento por detenerle. La guardia de la embajada que le esperaba salió a su encuentro en el patio trasero. Recuperaron el chip de su collar, transmitieron los datos a las centrales para asegurar que los conductos de la ciudad estaban a salvo y trasladaron a Manchas al interior del edificio. Tenía varios cortes en la panza por los rasguños de los barrotes y una bala había rozado su costado izquierdo por donde sangraba abundantemente, pero nada que hiciera temer por su vida. Manchas había salvado el futuro de la humanidad. Aquel pequeño perrillo con nombre de andar por casa, descansaba con la satisfacción del deber cumplido. Una vez sus heridas estuvieron vendadas, lo colocaron en una pulida cesta para que durmiera un rato. Manchas apoyó la cabeza en los almohadones y resoplando pensó ¡Por los pelos!.



Fotografía: Edurne Iza: Black White photography series (Datos de disparo: f/8.0; 1/20; ISO 100)

Texto: Onintza Otamendi Iza

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