La Foto del día: 03-10-2011 "Josephine vs Joseph II"

Edurne Iza, Josephine vs Joseph II
Regresé a la posada, con una inmensa sensación de triunfo. Sabía que no sería fácil dejar de lado mis modales de señorita de buena cuna y las ropas femeninas, pero aquella oportunidad, me llenaba de esperanza.
Por la mañana, liquidé el importe correspondiente a mi estancia, recogí mis limitadas pertenencias y desaparecí, sin dejar el menor rastro. Emprendí el camino de una pequeña colina que rodeaba la aldea. Poco tiempo después, me encontraba en lo alto de una loma, disfrutando de una espectacular panorámica del pueblo. Desde allí, divisaba perfectamente, la estrecha bahía que alojaba el puerto, donde un par de buques estaban entrando en ese preciso momento. Las murallas que rodeaban y protegían la diminuta urbe y la torre de la iglesia, resaltaban sobre el resto de la modesta arquitectura. Por el camino había parado para comprar una camisa y un jubón, adecuados a las escasas posibilidades de un aprendiz huérfano, unos zapatos masculinos, un espejo pequeño y una navaja bien afilada. Coloqué ordenadamente mis nuevas propiedades a los pies de un frondoso árbol y comencé por el cabello. Con gran dificultad, me deshice de la larga melena rojiza y ensortijada, que solía llevar recogida en una trenza y con ayuda del espejo, fui dando forma a los enormes tirabuzones, hasta convertirlo en un peinado apropiado para un mozalbete. Después, extraje las enaguas de debajo de mi vestido y las convertí en largas y estrechas tiras de tela blanca, que utilicé para vendar mis pechos y disimular, mis para entonces, evidentes redondeces. Luego me enfundé en cada una de las prendas de ropa cuidadosamente. Me resultaba extraño vestir de aquel modo. Realicé un círculo con piedras y en su interior  prendí un fuego aprovechando algunas ramas secas. Arrojé los vestidos y prendas femeninas que me quedaban en el hatillo y una vez se hubieron convertido en cenizas, sólo quedaron de mi vida anterior, las tiras de tela que me servirían para ocultar mi condición de mujer.
Me miré unas cuantas veces al espejo, para asegurarme que ningún detalle me delatara, tizné mi rostro de polvo y tierra, para eliminar la blancura y dar un aspecto más rudo a mi expresión y cuando tuve la sensación de estar preparada, emprendí camino hacia el taller de encuadernación. Me recibió el mismo hombre de rostro redondo del día anterior. Pronto descubrí, que se llamaba August Peterson.

- Buenos días, me envía mi hermana, para el puesto de aprendiz. Creo que habló ayer con usted...
- Buenos días muchacho, pasa adentro y siéntate, te pondré un vaso de leche.
- Gracias, pero no debe molestarse por mí.
- No hay discusión. Adelante, te presentaré a mi esposa Margaret. ¡Santo cielo, el parecido con tu hermana es asombroso!
- Sí, la verdad es que todos nos lo dicen y de hecho, por eso mis padres decidieron llamarnos Josephine y Joseph.
- Debes echarlos mucho de menos. Si trabajas bien, Margaret y yo nos encargaremos de que te encuentres como en casa.

Margaret, a quien desde ese mismo momento, llamé señora Margaret. Era muy cariñosa, me mostró mi habitación, me indicó los horarios de las comidas y luego me envió con su esposo August, para comenzar el trabajo.

- Los primeros días me ayudarás en todo lo que yo te indique, barrer, recoger los materiales, acompañarme a comprar... conforme te familiarices con el oficio y compruebe tus aptitudes, te iré enseñando más cosas. Pareces un chico despierto, pero todo a su tiempo. Todo a su tiempo.
- Sí señor August, no le defraudaré.

Y así comenzó una nueva rutina en mi vida. No me resultaba difícil ocultar mis cualidades, bajo las amplias ropas de trabajo. Los Peterson, eran gente honesta. Tenían normas muy estrictas, pero me trataban como a uno más de la familia. Durante las cenas, que eran los momentos en que más disfrutaba, los observaba y charlábamos animosamente. Pasaron dos años, en los que me acostumbré sin dificultades a mi nueva vida, aunque por las noches, cuando el cerebro pierde la consciencia, y se traslada a los confines más remotos del corazón, un sueño se repetía insistentemente. Veía el dulce rostro de mi madre. Me sonreía y besaba mis mejillas, pero luego desaparecía, como si de una nube de humo se tratara. Sin embargo, aquella noche, el sueño no terminó como los demás. Mi madre lloraba, gritaba con desesperación y me pedía ayuda. Me desperté con una terrible angustia y bañada en sudor. Parecía tan real, que no conseguía convencerme a mí misma de que fuera un sueño.
Continuará...



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 02-10-2011 "Josephine vs Joseph I"

Edurne Iza, Josephine vs Joseph ILa sólida entrada de hierro, engalanada con remaches alrededor de sus marcos y una enorme aldaba, del mismo material, se cerró a mi paso. Los goznes chirriaron y el giro de las bisagras, culminó en un sonoro impacto. Metal contra piedra y madera. El eco del cierre de aquel portón, resonó en mi cerebro el resto de mi vida. No era una puerta cualquiera la que había traspasado. Suponía un antes y un después. Dejar atrás una infancia de protección y privilegios y enfrentarme al mundo real. A la inmensidad de lo desconocido, un universo que se me aparecía hostil y emocionante a partes iguales. No era fácil ser mujer en aquellos tiempos. En realidad, nunca ha sido fácil ser mujer. Coloqué el pie en el estribo de mi caballo y recorrí los serpenteantes caminos de tierra y piedras hasta llegar a la aldea más cercana. Mi padre había "accedido", tras muchas peleas, a darme mi tan ansiada libertad. A  renunciar al atractivo negocio, que suponía mi boda con aquel seboso terrateniente, que llevaba desde mis trece años tentando a la familia, con suculentos beneficios a cambio de su consentimiento para el matrimonio. Las discusiones con mi padre subieron de tono e intensidad cada día. Al cumplir los quince, debía decidir si casarme con el viejo gordo, que era el más adinerado de mis pretendientes, o ingresar en la orden de las hermanas de la caridad. No había muchas opciones para una joven en edad casadera. Mi resistencia e insubordinación, acabaron con la paciencia de mi enfermo padre, que optó por una tercera vía. Ni matrimonio, ni convento, sencillamente, me borró de su vida. Ordenó preparar un hatillo con algo de ropa, una pequeña bolsa de cuero con un puñado de monedas y ensillar mi caballo. Cuando todo estuvo listo, abrió la puerta de su casa, en silencio, para cerrarla inmediatamente después de mi salida. Atrás quedó el gesto ceñudo de mi progenitor y las súplicas de mi madre arrodillada a sus pies pidiendo clemencia para su pequeña Josephine. Esa es la última imagen que tengo de mis padres juntos. Me juré a mí misma, que fueran como fuesen, las desdichas a las que me tuviera que enfrentar en un futuro, jamás permitiría que mi esposo arrojara a las garras del destino, a uno de mis hijos. Amaba a mi madre, pero la desprecié en aquel momento, y pido perdón por ello, pero no pude evitar un sentimiento de repulsa, al verla lloriqueando como un niño desvalido, en lugar de luchar, como intentaba hacer yo.
La aldea, era un enorme conjunto de callejas entrelazadas, con gente arremolinada en las esquinas. Era ruidosa, sucia y se me antojaba muy peligrosa. Decidí acercarme a la posada, conocía a la hija de los dueños, una joven de mi edad, que había trabajado algún tiempo, cosiendo para mi madre. Me acogieron con amabilidad y me ofrecieron un precio justo por la habitación. La primera noche fue lúgubre y triste. No pude pegar ojo. Angustiada por la incerteza de mi futuro y sobresaltada por los juegos amorosos de mis vecinos del cuarto contiguo. Tenía la sensación de haber nacido aquel mismo día. De tener casi todo por aprender. Pero era valiente y estaba dispuesta a tomar las riendas de mi destino. Con los primeros rayos del alba, salí decidida a adquirir algunas ropas más adecuadas para mi nueva vida. Los elegantes vestidos a los que estaba acostumbrada, no hacían más que ponerme en un grave peligro y cerrarme la mayoría de las puertas. A mediodía, había conseguido mimetizarme con la muchedumbre y caminar por los atestados callejones, sin siquiera llamar la atención. Recorrí talleres de costura, mesones y todos los lugares en los que pensaba que podría encontrar un trabajo, pero todo fue inútil. Mis delicados modales y mis escasos conocimientos, recibían un rechazo inmediato. Me senté en unas escaleras, junto a la fuente del pueblo, a pensar. Debía centrarme y analizar qué sabía hacer, antes de correr como un pollo sin cabeza, que es lo que llevaba haciendo todo el día. Pero tenía que darme prisa, las monedas de la bolsa mermaban con mucha rapidez. Reemprendí la marcha y pasé frente a una tienda con puerta de madera labrada. Muy bien decorada y de la que salía un agradable olor a madera, cuero y tintas. Era un taller de encuadernación de libros. Yo adoraba los libros. Me fijé en un pequeño cartel colgado en la entrada "se necesita aprendiz". Entré decidida a conseguir el puesto. Me recibió un hombre de rostro redondo, que transmitía alegría y tranquilidad.
- Buenos días, vengo por el anuncio de la entrada. Quisiera saber cuáles son las condiciones.
El hombre dio por hecho que yo venía a negociar el puesto para mi hijo o hermano, así que afablemente me prodigó todo lujo de detalles, que yo por supuesto recibí con gran seriedad, adoptando desde el primer momento, el papel de adulta responsable, que él mismo me había otorgado.
- Verá señora. Mi esposa y yo, nos hacemos mayores. Hemos llevado este negocio durante más de treinta años y ahora necesitamos un mozalbete fuerte y con ganas de aprender, que colabore con las tareas más pesadas. Le ofrecemos una profesión que le ayudará a abrirse camino en la vida. Vivirá en este mismo edificio, en la buhardilla, que mi mujer ha acondicionado con sus propias manos, para que se sienta como en casa. Ofrecemos un salario simbólico, y todas las comidas del día. Si el muchacho trabaja bien, lo trataremos como a un hijo y cuando poco a poco, su aportación al negocio le haga rentable, recibirá una remuneración acorde con su trabajo. Somos personas honradas.
- Entiendo, ¿ustedes no tienen hijos?
- Tuvimos uno, que murió de fiebres a la corta edad de cuatro años.
- Lo lamento mucho. Mi hermano mellizo Joseph y yo, nos hemos quedado sin padres y yo, intento velar por el mejor futuro para ambos. Pronto me casaré y no quisiera dejar a Joseph solo.
- Pobres muchachos. La vida es dura a veces, pero hay que mirar adelante. Su hermano estará en muy buenas manos con nosotros, y usted y su futuro esposo podrán venir a visitarle siempre que lo deseen.
- Lamentablemente, no veré a Joseph en un largo tiempo. Mi esposo tiene previsto nuestro traslado al extranjero después de la boda. Por eso busco un lugar, donde sepa que estará bien cuidado. Creo  que  Joseph, es el chico que están buscando.
- ¡Perfecto! ¿cuándo podremos conocer al muchacho?

Continuará...


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día 01-10-2011 "Oto, Ota, el cuervo y el reloj de sol"

Edurne Iza, Oto, Ota, el cuervo y el reloj de sol- ¡Hola Gavi!
- ¡Hola Ota!
- ¿Cómo tu por aquí?
- Pues mira, he decidido salir a dar un paseo. Hace un día espléndido y dado que pronto llegarán los rigores del invierno, hay que aprovechar, no crees?.El aire y el sol favorecen mis viejas articulaciones.
- Desde luego. La temperatura es ideal y el sol brilla con fuerza.
- Por cierto ¿te has fijado que han vuelto a instalar el viejo reloj de sol?
- ¡Desde luego! pasé el otro día volando por esta zona y me di cuenta que la fachada estaba recién pintada, la reja de hierro forjado reluciente y el reloj de sol como nuevo. Me alegré mucho. Para míi son tantos recuerdos...
- ¿Recuerdos?
- Sí, cuando conocí a Oto, solíamos acercarnos a retozar a esta casona. La claraboya que está cerca del tejado no tenía cristal y daba acceso al interior de la casa. Era una estancia amplia, con vigas de madera en el techo y donde había amontonados muchos muebles antiguos, cuadros, fotografías, y en un rincón estaba el reloj de sol. Apoyado en una esquina, lleno de telarañas y polvo. Al principio no sabía exactamente para qué servía pero Oto me lo explicó. Me pareció asombroso utilizar las sombras producidas por el propio sol, para determinar la hora del día. Lo encontrarás estúpido, pero para nosotros, era como un talismán. Testigo mudo de nuestro amor de juventud, el que sellamos para toda la vida, como buenas gaviotas que somos. Aunque siguiendo las costumbres de nuestro género, nos separamos durante el año y volvemos a reunirnos para la cría. Nada nuevo, vamos.
- No me parece en absoluto estúpido. Todo lo contrario, es muy tierno. Continua con la historia por favor.
- De acuerdo. Seguimos visitando el trastero y cuando algún tiempo después, nuestra relación estuvo consolidada, decidimos tener descendencia. Nos pareció buena idea, proteger e incubar los tres huevos que puse, bajo aquel mágico instrumento de medir el tiempo.
- Es curioso, normalmente los de nuestra especie, escogen acantilados y zonas de difícil acceso para proteger a sus crías.
- Lo sé, pero a Oto y a mí, nos pudo el romanticismo y aquel lugar parecía seguro y resguardado para los pequeños. Una mañana, habíamos salido de pesca y tuve un presentimiento. Un escalofrío recorrió mi plumaje y pensé que algo terrible les estaba sucediendo, así que convencí a Oto y regresamos raudos, para comprobar la situación. Efectivamente, el instinto de una madre no suele fallar y encontramos a un cuervo viejo, de destartaladas plumas negras, a punto de clavar su pico, de color naranja intenso, en uno de los huevos. Aterrorizada, emití un angustioso graznido que alertó al depredador, Oto se lanzó en picado para atacarle. El cuervo separó sus alas, arqueándolas y preparándose para la lucha. Entonces sucedió. Como por arte de magia, el viejo reloj de sol, se resbaló de tal modo, que clavó el estilete metálico que sirve para proyectar su sombra sobre el cuadrante de cerámica, en el pecho del cuervo. Éste, lanzó un grito desgarrador, aleteó con fuerza y se rindió a la muerte. Oto, se apresuró a estirarlo con su pico y llevarse el cuerpo inerte del lugar. Unos instantes después, regresó para estar a mi lado y comprobar que todo estuviera bien. En ese preciso momento, uno de los huevos se agrietó y vimos un diminuto pico asomar con timidez, luego una cabecita despeinada y una pata y la alas... era nuestro primer retoño, que nacía a salvo protegido por sus padres y por nuestro amigo, el reloj de sol. Por eso, verlo de nuevo instalado en la pared de la casa, reluciente y en plena forma, me ha llenado de emoción. Sé que para un reloj de sol, es el máximo estado de felicidad, igual que para una joven pareja de gaviotas, ver la carita de su polluelo por primera vez.
- ¡Snif!, caramba que historia más conmovedora. No sabía nada de esto.
- Sí. Para Oto y para mi, siempre ha sido un lugar secreto y mágico. Han pasado más de quince años, Oto nos dejó el pasado invierno y yo probablemente no supere éste. Así que me gustaría, que nuestra historia permanezca viva y que las gaviotas respeten por siempre a nuestro amigo y protector, que por fin fue rescatado de las sombras de un trastero.
- Tranquila Ota, me encargaré de que el resto de gaviotas lo sepan y lo transmitan a las generaciones venideras.


Foto: Edurne Iza
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La Foto del día: 30-09-2011 "Eran otros tiempos"

Edurne Iza, Eran otros tiempos
Paseaba, como tantas veces, por el camino empedrado que bordeaba la costa. Al pasar por una calita de fina arena de color dorado, dejé a mi derecha, las barcas alineadas una detrás de otra y protegidas, lo más posible, de la furia del mar. Me detuve allí, mirando al infinito, deslumbrado por los reflejos del sol sobre la arena y ausente, trasladándome, casi sin querer, al universo de mis recuerdos. Como una película en blanco  negro, pasaban ante mí, imágenes de otra época. En realidad, no habían pasado tantos años, pero sí los suficientes para que el mundo en el que paseaba mi madurez, no fuera en absoluto comparable al que viví en mis años mozos. Visualicé los amaneceres rojizos, en los que mi padre y yo, arrastrábamos el bote que teníamos varado en la arena y lo hacíamos flotar en la orilla. Subíamos a bordo todos los aparejos y nos echábamos a la mar. Pasábamos horas. Primero buscando la zona adecuada, inspeccionando el fondo, intentando detectar algún suculento banco de peces, donde soltar nuestras redes y sacar las cañas. La preparación de los cebos, la colocación de los aparejos... Pero sobretodo la paciencia. Cómo esperábamos horas, hasta conseguir nuestro botín y cómo a veces, tras la larga espera, volvíamos a casa con las manos vacías. 
Eran otros tiempos. Épocas de meticulosidad, de artesanía, de pesca para el consumo. Ahora, la imagen de aquellas lanchas olvidadas, vestigios minúsculos de tiempos felices, eran para mí el símbolo de cómo había cambiado el mundo.
De pronto, de debajo de una de las lonetas que protegía la embarcación más próxima a mi posición, salió un hombre. Menudo, con ropas muy flojas y destartaladas. Por el tono de  su piel, parecía africano. Se giró por un momento y nuestras miradas se cruzaron. La mía era tan sólo de sorpresa, no esperaba ver salir una persona de allí abajo. La suya, una mezcla de terror y desesperada petición de socorro.
Pronto comprendí, que se trataba de algún desdichado, que huyendo de la hambruna de su país natal, habría recorrido muchas millas hasta llegar a la tierra donde probablemente, le habían asegurado que encontraría trabajo. Que podría ahorrar y enviar dinero a los suyos, que esperaban allá, al otro lado del mar. Sentí curiosidad por su historia y solidaridad por su desgracia. Pensé que debía estar solo y asustado y quise ayudarle.
-¡Hola!, me llamo Javier ¿y tú?
Era una pregunta tonta, a la que obviamente no obtuve respuesta. Con toda seguridad, ni siquiera me entendió. En lugar de eso, abrió mucho los ojos, acentuando el contraste del blanco, con el negro de sus pupilas y echó a correr, ágil como una gacela. Intenté perseguirle y hacerle comprender, que no le haría ningún daño. Pero  fui casi tan torpe en mis movimientos, como en mi comunicación gestual, por lo que sólo conseguí aterrorizarlo y perderlo de vista.
Apesadumbrado, continué mirando las barcas de pesca. Pasados unos minutos, decidí que probablemente había un modo de ayudar al joven. Compré varias bolsas de comida, un par de mantas y algo de ropa y zapatos. Lo coloqué todo bajo la lona de la que había salido y me marché.
Al día siguiente, regresé y vi que la ropa no estaba, las mantas habían sido utilizadas y faltaba una parte de la comida. Repuse los alimentos y dejé varias hojas de papel con nombres de países. Nigeria, Kenia, Etiopía... Regresé por la mañana y sólo uno de los letreros continuaba allí, Nigeria. Gracias  a un traductor online, pude escribir algunas frases cortas, presentándome, hablándole de mis intenciones de ayudarle y preguntándole su nombre. Parecía haber encontrado el modo de acercarme a aquel hombre. Pronto supe que se llamaba Kingsley, que había sido pescador en su país, hasta que la necesidad de conseguir una vida mejor para los suyos, le había empujado a arriesgar su vida, en un mundo desconocido. Pasada una semana, conseguí aproximarme a él. Llevé mi portátil, para asegurarme que conseguiríamos comunicarnos, gracias al traductor.
Han pasado cinco años. Kingsley habla mucho mejor mi idioma que yo el suyo, pero con esfuerzo, ambos conseguimos charlar durante horas. Ahora trabaja en la sección de pescado del mercado mayorista, ha logrado traer a su familia y algunos domingos, salimos con la vieja barca de mi padre y recordamos épocas anteriores. Él sonríe, porque siempre repito con nostalgia las mismas palabras... Eran otros tiempos.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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