La Foto de la semana: 05-02-2012 "Desertización"

Edurne Iza, Desertización
La zona más al sur de la geografía europea, se encuentra afectada por un proceso de desertización cada vez más preocupante. Se trata de una característica frecuente en los países de la cuenca mediterránea y disminuye la productividad del suelo, debido a inundaciones, incendios, actividad humana o contaminación. Si la situación sigue agravándose, sin que pongamos freno, en unos años, existirán zonas yermas, en las que la vida no será posible y la población deberá abandonarlas para dirigirse a zonas aún ricas y fértiles.
Hace ya años que Naciones Unidas decidió intervenir en este problema, creando el Convenio contra la Desertización, que propone acciones ganaderas, forestales y agrícolas contra esta devastación. No obstante el poder frenar o revertir estos procesos, conlleva una cooperación a gran escala, que contemple cambios en el modelo de gestión y la implicación y colaboración de las autoridades locales, nacionales y europeas. Una utilización más inteligente del suelo, alternando pastoreo con agricultura, creación de bancos de semillas, reforestación mediante siembra de árboles y especies autóctonas, aportación de nutrientes esenciales, contención de la erosión mediante el abancalamiento... Son sólo algunas de la medidas que pueden tomarse para evitar que la desertificación, siga convirtiendo parte de nuestro planeta en un lugar pobre, donde humanos y animales, terminan por morir o consiguen emigrar.
Es evidente que las medidas estratégicas y estructurales deben ser tomadas desde las instituciones gubernamentales. Sin embargo, cierto es, que una cultura de la prevención, en la que podemos participar todos los ciudadanos, contribuye a ralentizar el proceso devastador y en algunos casos, incluso a invertirlo. Las acciones individuales, pueden tener un impacto exponencial, sumado a que en la mayoría de casos, hablamos de actitudes sencillas como días sin automóviles, potenciar el desplazamiento urbano con bicicletas, campañas escolares de concienciación, plantación de árboles, acciones ciudadanas de limpieza de parques y jardines, reciclaje de residuos domésticos, concursos fotográficos de temática natural... Son pequeños gestos y contribuciones que entre todos podemos aportar, para disminuir la devastación a la que nuestro estilo de vida  nada sostenible está llevando al planeta.
Las grandes corporaciones y gobiernos, deben actuar con urgencia, pero mientras tanto podemos ayudar a que nuestros suelos no se cuarteen y la vida desaparezca sin remedio.




Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto de la semana: 22-01-2012 "Resplandor"

Edurne Iza, Resplandor

Koko siempre me insistía en lo saludable que era correr. Equiparse con ropa cómoda, un reproductor de mp3 y salir a ejercitar los músculos y desconectar el cerebro. No podría contar, las veces que me animó a practicar este deporte. Las innumerables alabanzas y la detallada descripción de todos los beneficios que obtendría de tan económica y sencilla actividad. Sin embargo, para mí se aproximaba bastante a la definición de tortura corporal y angustia mental. Lo intenté, eso seguro, pero me concentraba tanto en mantener el ritmo adecuado de mi respiración, que terminaba por descoordinar el paso, no escuchar la música y sentirme invadida por una sensación de ahogo, que terminaba por agotarme físicamente.
Pasó el tiempo y cada día era más consciente de que debía realizar algún tipo de ejercicio. Estaba convencida de que la vida sedentaria sólo conseguiría destrozar mi salud. Hacía tiempo que Koko había dejado de hablar sobre el jogging como opción deportiva, simplemente lo practicaba en solitario y con disciplinada regularidad, mientras yo fingía no prestarle atención. Aquella mañana, soleada y primaveral, decidí aprovechar que él estaba de viaje, para intentar por última vez, aficionarme a correr. Pensé en no compartirle mis intenciones, para evitar crear falsas expectativas y reavivar los fantasmas del pasado. Mi plan era sencillo. Mentalizarme, vestirme apropiadamente y subir tanto el volumen de la canción de moda http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=yR5jN_vLYgw, que no pudiera escuchar mi propia respiración, disfrutar del paisaje y... ¡Todo saldría bien!. Decidí tomar el paseo junto a la costa. Un recorrido llano, sinuoso, con aire puro y la espectacular vista del mar, infinito, desapareciendo en el horizonte.
Comencé a avanzar con torpeza, reconozco que durante unos minutos, la belleza del paisaje era tal, que conseguí evadirme de todo cuanto me rodeaba. "Esta es la sensación de la que tanto habla Koko", pensé, y me inundó una intensa sensación de satisfacción. Entonces, de reojo, vi como un par de tipos avanzaban hacia mí. Me giré sin dejar de correr y tenían un aspecto escalofriante. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que estaba completamente sola. Nadie paseaba a esa hora, ni jubilados, ni gente con sus perros, ni madres con los niños. Aceleré y ellos hicieron lo propio. Pronto mis piernas no podían estirarse más en cada zancada y sin embargo ellos acortaban distancias. Podía oir sus pasos y respiración agitada. Continué corriendo, no tenía alternativa. Ante mi, justo al llegar a una curva del camino, apareció una intensa luz, un resplandor de un brillo inusual, que cegó mi carrera. Avancé unos metros, casi a ciegas y de pronto los gritos de mis perseguidores me hicieron frenar en seco.
- ¿Dónde está?
- ¡No lo sé!  ¡Estaba ahí ahora mismo y ha desaparecido justo al doblar el recodo!
- ¡No es posible! ¡Busca por ese lado, se habrá tirado al agua!
Allí estaba yo, a tan sólo unos pasos de distancia, mirándoles fijamente, jadeando por el esfuerzo de la carrera y sorprendentemente a salvo. Podía verles, desde la intensa luz que me protegía. Les escuchaba con claridad y sin embargo, yo había cruzado una barrera, encubierta por una dimensión desconocida. Era como estar escondida tras una cortina invisible. Igual que en las series de ciencia ficción que veía siendo una niña.
Esperé un buen rato, hasta que mis perseguidores se convencieron de que, de algún modo, yo, me había evaporado. Cejaron en el intento y se fueron en busca de una víctima menos escurridiza. Me acerqué a la luz de nuevo, intentando descubrir el instante exacto en que cruzaba al "otro lado". Obviamente, no lo conseguí. Me senté sobre el muro de piedra mirando al mar, iluminado con aquella intensidad que lo hacía parecer blanco, fundido con el cielo, desapareciendo en el infinito. Subí el volumen y continué corriendo. La experiencia había sido tan intensa, que cuando llegué a casa, tras más de media hora de recorrido, me percaté de que no había controlado mi respiración ni una sola vez. Había memorizado la letra de un par de canciones y había logrado que la tensión acumulada durante la semana de duro trabajo, saliera expulsada de mi cuerpo en cada zancada. Había descubierto cómo aislar el cuerpo de la mente y disfrutar, aunque para ello hubiera sido necesario, cruzar al otro lado del crepúsculo.
Koko regresó a casa el viernes por la tarde, agotado, tras un viaje salpicado de atascos de tráfico, llamadas, correos electrónicos, reuniones interminables y tediosas cenas en las que inevitablemente se come y bebe más de la cuenta. Como siempre, el sábado, se enfundó su ropa deportiva y se preparó para salir a correr. Cuál fue su sorpresa cuando al venir a despedirse con la retórica frase de "hasta luego cariño, estaré de vuelta en una hora", me encontró perfectamente equipada y lista para acompañarle. A su cara de estupefacción, respondí con una mueca sarcástica y un divertido,
-¡Vamos holgazán! ¡Hay que mover los músculos!


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto de la semana: 15-01-2012 "La cara oculta de la luna"

La noche era cálida. Salí al jardín, para disfrutar de mi copa, arropada por la luz de la luna, contrastada con la blancura de las callas, que adornaban la escalera.  Celebrábamos nuestra despedida. La de los cuatro intrépidos astronautas, que partiríamos en pocos días, con la especial misión, de inspeccionar la cara oculta de la luna. Me senté en uno de los peldaños de brillante mármol ante un espléndido espécimen  de calla blanca. Por un momento, mis pensamientos se centraron únicamente en aquella bella flor, importada desde Sudáfrica allá por 1731, símbolo de distinción, belleza y estabilidad. Protagonista de grandes eventos y acontecimientos inolvidables. Blanca, misteriosa y sola, igual que el satélite que nos esperaba a más de 380.000 kilómetros de distancia.

Nuestro objetivo una vez realizado el alunizaje, sería recorrer la superficie, tomando muestras de rocas, minerales y cualquier indicio de vida actual o anterior, que permitiera a los científicos, determinar la viabilidad de una futura adaptación humana, a la supervivencia en nuestro satélite natural. Los científicos aseguran, que las constantes catástrofes, provocadas por el hombre y que están acelerando el deterioro de nuestro planeta, han puesto en marcha un mecanismo de cuenta atrás, hacia la destrucción inminente de la Tierra. Así pues, las grandes fortunas, pensadores, científicos y gobiernos de naciones influyentes, han aunado esfuerzos para asegurar la supervivencia de unos pocos elegidos, que llevarán consigo el conocimiento acumulado durante siglos y la tarea de asegurar la perpetuación de la especie. 
Una suave brisa alborotó mi cabello, haciendo que mi cerebro volviera al momento actual, justo en el instante en que un intenso sonido, retumbó en la noche. Le siguieron los ladridos  de los perros de la finca, un agudo grito de terror y numerosas carreras previas al caos y la confusión total. Intenté regresar al salón principal, de donde procedía el bullicio, pero una marea de personas corriendo despavoridas me lo impidió. Me crucé con una mujer vestida de verde que tenía la cara salpicada de sangre. En su carrera, los invitados se empujaban, perdían zapatos y bolsos. Sólo deseaban salir de la casa y sentirse a salvo. Me acerqué con cautela al salón principal. Vi a mis tres compañeros de expedición, junto a varios hombres de traje oscuro y a sus pies... ¡El señor Morrison!. Yacía inerte y ensangrentado, mientras unos intentaban reanimarlo y otros llamar a los servicios de emergencia. Angustiada pregunté:
- ¿Qué ha pasado?
- ¡Es terrible! alguien ha asesinado a Morrison. No hemos visto nada. Tan sólo el disparo y ha caído fulminado.
De pronto, me sentí protagonista de una historia al más puro estilo Agatha Christie. Una mansión perdida en la campiña. Invitados distinguidos, astronautas con la misión de salvar la raza humana y el magnate que financia tan descabellado plan, es asesinado sin que haya testigos. En pocos minutos llegaron la ambulancia y varias unidades de la policía. Nada pudo hacerse por el desdichado, que falleció en el acto. La bala, atravesó el hueso frontal  y salió por la nuca, levantándole parte del cráneo. A los ojos de las autoridades, todos éramos sospechosos e incluso muchos, podían tener motivos de venganza. Morrison, no era precisamente conocido por su transparencia en los negocios. Los escándalos amorosos y los escarceos con las drogas, teñían su existencia de un blanco sucio, igual que la masa encefálica que se esparcía alrededor de su cabeza.
La policía cerró todos los accesos a la finca y nos pidió que permaneciéramos allí, hasta que hubieran tomado los nombres, huellas y declaración a todos los asistentes, invitados y servicio. La noche, prometía ser larga e intensa.
Habían pasado unas tres horas, aún no habían atestiguado ni la mitad de los asistentes, cuando una mujer vestida de blanco, elegante, sobria y con gesto ausente, avanzó lentamente por la estancia. Me llamó la atención, que llevara una calla blanca en la mano izquierda. Acercó la flor a su mejilla, recorrió su rostro hasta la boca, donde se detuvo un instante, la besó, imprimiendo sus rojos labios en la gran hoja con forma de corazón. Entonces, con levedad, dejó caer la calla sobre el cuerpo inerte de Morrison, levantó la mano derecha, en la que empuñaba un revólver y se disparó en la sien. Cayendo sin vida sobre el hombre.
Días después nos enteramos que la mujer, era la señora Morrison y la pistola había sido disparada otra vez aquella noche. La policía cerró el caso como un crimen pasional. Yo... No puedo parar de pensar en aquella luna llena, la brisa tibia y la calla blanca.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto de la semana: 08-01-2012 "Siempre amanece"

Edurne Iza, Siempre amaneceEl golpe había sido demasiado fuerte. Siempre fui de aquellos ingenuos, que pensaban que mi dedicación a la empresa, algún día se vería premiada. Las tardes infinitas de despacho, de llegar a casa y no ver a los niños antes de acostarse, de discusiones con mi mujer... Una y otra vez, me dije a mi mismo que era mi obligación, que lo hacía por el bien de la familia, que ellos algún día me agradecerían el haber podido ir a un colegio mejor, no al concertado al que asistían el resto de los niños del barrio. Los caros vestidos y los tratamientos de belleza, los inviernos en la estación de esquí y los veranos de playa... Cada vez que pasaba por alto una función de fin de curso o un aniversario, me justificaba con la gran vida que les estaba dando gracias a ese enorme sacrificio que yo hacía. Hoy me han hecho pasar a esa sala de suelo resplandeciente, que conozco tan bien. Esa, por la que antes que yo, pasaron otros muchos y por la que seguirán pasando cuando yo me haya marchado. Al final de la mesa de cristal, redonda y brillante, estaba sentado el director. Por un momento pensé que el tan ansiado día había llegado, que por fin mis desvelos serían recompensados, pero sólo me ha hecho falta observar el gesto en su rostro y reconocer el tono de voz condescendiente. No he necesitado, más que las primeras palabras, "Nunca pensé que tendría que comunicarte esto, a ti no..." para saber que habían decidido prescindir de mí. He permanecido allí, largo rato, sin aceptar la silla que me ha ofrecido. De pie, parecía quedarme algo más de dignidad. No podría repetir sus palabras, porque aunque las he oído, no las he escuchado. Sólo recuerdo que al final, he firmado el finiquito, he colocado mis cosas en una caja y me he marchado. Tras veinte años... He salido por la puerta con una caja de cartón llena de trastos inservibles y la vida vacía. He caminado sin rumbo, los pies me han llevado al puerto, inconsciente imagen de libertad, supongo, y me he sentado en el lugar más recóndito, a observar cómo la urbe oscurecía. Cómo las sombras de la noche disimulaban su vida, igual que la mía. He hecho balance, si, balance de esos veinte años y he descubierto que en el fondo, he mentido. No lo hice por mis hijos, ni por las escuelas caras, ni las vacaciones exclusivas. Lo hice por mí. Por miedo. Terror a creer en mí mismo, a intentar comprobar si mis ideas gustaban, a caminar bajo la lluvia, sin el paraguas de una multinacional. Un día fui escritor, de cuentos infantiles. Nunca me atreví a mostrar mi obra al mundo, oculté mi valía a la sombra de una gran editorial. Otros firmaban, ponían el capital y corrían el riesgo. Yo sólo trabajaba, de incógnito. Fue suficiente durante mucho tiempo. Cuando dejó de ser suficiente... Había pasado demasiado tiempo. No me quedaba valor.
Edurne Iza, Siempre amaneceEl tiempo parece haberse detenido, mientras mi cerebro luchaba por encontrar una excusa. Cuando las primeras luces del alba han coloreado el cielo, he comprendido que el reloj nunca para de avanzar. La vida pasa y sólo nosotros, decidimos si queremos aprovecharla. "¡Nunca es tarde!", me he dicho, puedo empezar de cero, escribir aquel libro de cuentos que siempre soñé. El eterno proyecto, que el director rechazó una y otra vez. Es paradójico, un libro infantil, yo que nunca leí para mis propios pequeños. Una herramienta para unir a padres e hijos, cuando ni siquiera recuerdo la última cena familiar. Quizá sea un modo de enmendar mi error. De evitar que otros tropiecen, en la piedra que arruinó mi vida. Arropado por la calidez del amanecer, he tomado el camino a casa. Cada reflejo en el agua, me ha hecho pensar que aún hay esperanza. He abierto la puerta de mi hogar de par en par. Me he dirigido al dormitorio y allí estaba ella, dormida, acostumbrada a las veladas de soledad. Somnolienta ha entreabierto los ojos. - Cariño ¿estás bien?
- ¡Mejor que nunca! Siento que hoy, es el primer día de nuestra nueva vida. Por fin voy a cumplir mi sueño, voy a escribir ese libro que nunca debí dejar a un lado. ¿Qué me dices?
- Que soy muy feliz, y sólo lamento que hayan tardado tanto tiempo en despedirte.
Me hubiera encantado ver mi propio rostro, mientras se fundía conmigo en un cariñoso abrazo. Ella siempre supo, lo que me costó veinte años comprender.
El cielo, ya de color rosa intenso, me hizo pensar que por muy larga que sea la noche... Siempre amanece.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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