La Foto de la semana: 15-01-2012 "La cara oculta de la luna"

La noche era cálida. Salí al jardín, para disfrutar de mi copa, arropada por la luz de la luna, contrastada con la blancura de las callas, que adornaban la escalera.  Celebrábamos nuestra despedida. La de los cuatro intrépidos astronautas, que partiríamos en pocos días, con la especial misión, de inspeccionar la cara oculta de la luna. Me senté en uno de los peldaños de brillante mármol ante un espléndido espécimen  de calla blanca. Por un momento, mis pensamientos se centraron únicamente en aquella bella flor, importada desde Sudáfrica allá por 1731, símbolo de distinción, belleza y estabilidad. Protagonista de grandes eventos y acontecimientos inolvidables. Blanca, misteriosa y sola, igual que el satélite que nos esperaba a más de 380.000 kilómetros de distancia.

Nuestro objetivo una vez realizado el alunizaje, sería recorrer la superficie, tomando muestras de rocas, minerales y cualquier indicio de vida actual o anterior, que permitiera a los científicos, determinar la viabilidad de una futura adaptación humana, a la supervivencia en nuestro satélite natural. Los científicos aseguran, que las constantes catástrofes, provocadas por el hombre y que están acelerando el deterioro de nuestro planeta, han puesto en marcha un mecanismo de cuenta atrás, hacia la destrucción inminente de la Tierra. Así pues, las grandes fortunas, pensadores, científicos y gobiernos de naciones influyentes, han aunado esfuerzos para asegurar la supervivencia de unos pocos elegidos, que llevarán consigo el conocimiento acumulado durante siglos y la tarea de asegurar la perpetuación de la especie. 
Una suave brisa alborotó mi cabello, haciendo que mi cerebro volviera al momento actual, justo en el instante en que un intenso sonido, retumbó en la noche. Le siguieron los ladridos  de los perros de la finca, un agudo grito de terror y numerosas carreras previas al caos y la confusión total. Intenté regresar al salón principal, de donde procedía el bullicio, pero una marea de personas corriendo despavoridas me lo impidió. Me crucé con una mujer vestida de verde que tenía la cara salpicada de sangre. En su carrera, los invitados se empujaban, perdían zapatos y bolsos. Sólo deseaban salir de la casa y sentirse a salvo. Me acerqué con cautela al salón principal. Vi a mis tres compañeros de expedición, junto a varios hombres de traje oscuro y a sus pies... ¡El señor Morrison!. Yacía inerte y ensangrentado, mientras unos intentaban reanimarlo y otros llamar a los servicios de emergencia. Angustiada pregunté:
- ¿Qué ha pasado?
- ¡Es terrible! alguien ha asesinado a Morrison. No hemos visto nada. Tan sólo el disparo y ha caído fulminado.
De pronto, me sentí protagonista de una historia al más puro estilo Agatha Christie. Una mansión perdida en la campiña. Invitados distinguidos, astronautas con la misión de salvar la raza humana y el magnate que financia tan descabellado plan, es asesinado sin que haya testigos. En pocos minutos llegaron la ambulancia y varias unidades de la policía. Nada pudo hacerse por el desdichado, que falleció en el acto. La bala, atravesó el hueso frontal  y salió por la nuca, levantándole parte del cráneo. A los ojos de las autoridades, todos éramos sospechosos e incluso muchos, podían tener motivos de venganza. Morrison, no era precisamente conocido por su transparencia en los negocios. Los escándalos amorosos y los escarceos con las drogas, teñían su existencia de un blanco sucio, igual que la masa encefálica que se esparcía alrededor de su cabeza.
La policía cerró todos los accesos a la finca y nos pidió que permaneciéramos allí, hasta que hubieran tomado los nombres, huellas y declaración a todos los asistentes, invitados y servicio. La noche, prometía ser larga e intensa.
Habían pasado unas tres horas, aún no habían atestiguado ni la mitad de los asistentes, cuando una mujer vestida de blanco, elegante, sobria y con gesto ausente, avanzó lentamente por la estancia. Me llamó la atención, que llevara una calla blanca en la mano izquierda. Acercó la flor a su mejilla, recorrió su rostro hasta la boca, donde se detuvo un instante, la besó, imprimiendo sus rojos labios en la gran hoja con forma de corazón. Entonces, con levedad, dejó caer la calla sobre el cuerpo inerte de Morrison, levantó la mano derecha, en la que empuñaba un revólver y se disparó en la sien. Cayendo sin vida sobre el hombre.
Días después nos enteramos que la mujer, era la señora Morrison y la pistola había sido disparada otra vez aquella noche. La policía cerró el caso como un crimen pasional. Yo... No puedo parar de pensar en aquella luna llena, la brisa tibia y la calla blanca.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto de la semana: 08-01-2012 "Siempre amanece"

Edurne Iza, Siempre amaneceEl golpe había sido demasiado fuerte. Siempre fui de aquellos ingenuos, que pensaban que mi dedicación a la empresa, algún día se vería premiada. Las tardes infinitas de despacho, de llegar a casa y no ver a los niños antes de acostarse, de discusiones con mi mujer... Una y otra vez, me dije a mi mismo que era mi obligación, que lo hacía por el bien de la familia, que ellos algún día me agradecerían el haber podido ir a un colegio mejor, no al concertado al que asistían el resto de los niños del barrio. Los caros vestidos y los tratamientos de belleza, los inviernos en la estación de esquí y los veranos de playa... Cada vez que pasaba por alto una función de fin de curso o un aniversario, me justificaba con la gran vida que les estaba dando gracias a ese enorme sacrificio que yo hacía. Hoy me han hecho pasar a esa sala de suelo resplandeciente, que conozco tan bien. Esa, por la que antes que yo, pasaron otros muchos y por la que seguirán pasando cuando yo me haya marchado. Al final de la mesa de cristal, redonda y brillante, estaba sentado el director. Por un momento pensé que el tan ansiado día había llegado, que por fin mis desvelos serían recompensados, pero sólo me ha hecho falta observar el gesto en su rostro y reconocer el tono de voz condescendiente. No he necesitado, más que las primeras palabras, "Nunca pensé que tendría que comunicarte esto, a ti no..." para saber que habían decidido prescindir de mí. He permanecido allí, largo rato, sin aceptar la silla que me ha ofrecido. De pie, parecía quedarme algo más de dignidad. No podría repetir sus palabras, porque aunque las he oído, no las he escuchado. Sólo recuerdo que al final, he firmado el finiquito, he colocado mis cosas en una caja y me he marchado. Tras veinte años... He salido por la puerta con una caja de cartón llena de trastos inservibles y la vida vacía. He caminado sin rumbo, los pies me han llevado al puerto, inconsciente imagen de libertad, supongo, y me he sentado en el lugar más recóndito, a observar cómo la urbe oscurecía. Cómo las sombras de la noche disimulaban su vida, igual que la mía. He hecho balance, si, balance de esos veinte años y he descubierto que en el fondo, he mentido. No lo hice por mis hijos, ni por las escuelas caras, ni las vacaciones exclusivas. Lo hice por mí. Por miedo. Terror a creer en mí mismo, a intentar comprobar si mis ideas gustaban, a caminar bajo la lluvia, sin el paraguas de una multinacional. Un día fui escritor, de cuentos infantiles. Nunca me atreví a mostrar mi obra al mundo, oculté mi valía a la sombra de una gran editorial. Otros firmaban, ponían el capital y corrían el riesgo. Yo sólo trabajaba, de incógnito. Fue suficiente durante mucho tiempo. Cuando dejó de ser suficiente... Había pasado demasiado tiempo. No me quedaba valor.
Edurne Iza, Siempre amaneceEl tiempo parece haberse detenido, mientras mi cerebro luchaba por encontrar una excusa. Cuando las primeras luces del alba han coloreado el cielo, he comprendido que el reloj nunca para de avanzar. La vida pasa y sólo nosotros, decidimos si queremos aprovecharla. "¡Nunca es tarde!", me he dicho, puedo empezar de cero, escribir aquel libro de cuentos que siempre soñé. El eterno proyecto, que el director rechazó una y otra vez. Es paradójico, un libro infantil, yo que nunca leí para mis propios pequeños. Una herramienta para unir a padres e hijos, cuando ni siquiera recuerdo la última cena familiar. Quizá sea un modo de enmendar mi error. De evitar que otros tropiecen, en la piedra que arruinó mi vida. Arropado por la calidez del amanecer, he tomado el camino a casa. Cada reflejo en el agua, me ha hecho pensar que aún hay esperanza. He abierto la puerta de mi hogar de par en par. Me he dirigido al dormitorio y allí estaba ella, dormida, acostumbrada a las veladas de soledad. Somnolienta ha entreabierto los ojos. - Cariño ¿estás bien?
- ¡Mejor que nunca! Siento que hoy, es el primer día de nuestra nueva vida. Por fin voy a cumplir mi sueño, voy a escribir ese libro que nunca debí dejar a un lado. ¿Qué me dices?
- Que soy muy feliz, y sólo lamento que hayan tardado tanto tiempo en despedirte.
Me hubiera encantado ver mi propio rostro, mientras se fundía conmigo en un cariñoso abrazo. Ella siempre supo, lo que me costó veinte años comprender.
El cielo, ya de color rosa intenso, me hizo pensar que por muy larga que sea la noche... Siempre amanece.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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Domingo 15 de Enero: Salida Fotográfica en Sitges
Punto de encuentro: Estación del tren
Lláma y te informaremos: 932189558 / 610045474 / 638616760
Si lo prefieres, escríbenos un mail: talleres@edurneiza.com


Domingo 22 de Enero: Salida Fotográfica en Barcelona
Punto de encuentro: Esquina de Correos / Vía Laietana
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Domingo 29 de Enero: Salida Fotográfica nocturna en Barcelona
Punto de encuentro: Torre Mapfre
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La Foto de la semana: 25-12-2011 "Una Navidad diferente"

Aquellas Navidades no iban a ser, ni mucho menos como Flor había imaginado. Era una tortuga con un bello caparazón decorado por caprichosas líneas, de un color más oscuro que el resto de su concha, y que miradas desde lejos, parecían flores salpicadas. Por eso, el día que nació, sus padres, orgullosos de la belleza de su pequeña, decidieron que Flor, era el nombre adecuado para ella. Creció rodeada de amor y cuidados y desarrolló una imaginación prodigiosa, gracias a los cuentos de hadas y bosques encantados, que su abuelita le contaba cada noche, antes de dormir. Vivían en un bosque frondoso, donde los árboles, el musgo y las hojas secas, les servían de hogar. La naturaleza les regalaba setas, lombrices, insectos, frutas y diversas especies vegetales, con las que alimentarse y crecer sanas y fuertes. La armonía y el equilibrio, reinaron durante muchos años en aquel paraíso, hasta que un día, apareció una enorme y escurridiza rata de colmillos afilados y cola zigzagueante. Los más ancianos, aseguraban que la rata se había escapado de una ciudad.
- ¿Qué es una ciudad mamá? -preguntó Flor con inocencia-
- Es un lugar remoto, en el que viven animales de dos patas, llamados humanos. Son unas bestias despiadadas, que destruyen todo cuanto tocan
- ¡¿Tienen poderes?! -espetó entre sorprendida e incrédula-
- Si cielo, poseen el poder más destructivo que jamás haya existido... El progreso
- ¿El progreso? Nunca he oído nada similar en los cuentos de la abuela
- Eso es, porque se trata de un don capaz de devastar cuanto conocemos. Enferma a todos cuantos toca con un ansia infinita de poseer más y más. Entonces, son arrastrados hacia un infinito laberinto de exterminio donde quedan atrapados para siempre. Así que, hija mía, aléjate de esa rata. Sólo nos traerá desgracias
Aterrada por las palabras de su madre, la pequeña tortuga, extremó las precauciones, para intentar evitar un encuentro fortuito con el desagradable roedor. Sin embargo, la mañana de Navidad, mientras todos dormían, aletargados por las viandas de la noche anterior, decidió que no había nada malo, en salir a dar un paseo por el bosque. Se entretuvo mirando como unas coloridas mariposas revoloteaban por encima de su cabeza. Luego pasó por una charca, donde una rechoncha rana de un verde intenso jugueteaba con sus renacuajos. Unos metros más allá, descubrió una enorme y carnosa seta de color blanco con motas marrones y cuando había sacado su lengua y estaba dispuesta a saborear tan delicioso manjar, escuchó una vocecilla que parecía provenir del fondo de la tierra. Aguzó un poco más la vista y allí estaba aquel precioso y diminuto ser, rogando clemencia.
- ¡No! ¡Por favor, por caridad, no arranques mi casa!
- ¿Quién o qué eres?
- Soy Grendel, un duende -respondió con solemnidad-
- ¡Vaya! o sea que la abuela no mentía ¡Existís de verdad!
- ¡Pues claro que existimos! Mucho antes que las tortugas habitaran este bosque, ya había duendes.
Pasados unos minutos y con la misma naturalidad con que los niños entablan amistad, Grendel se había sentado en la parte más elevada del caparazón de Flor, y paseaban charlando animosamente. Hablaron de pócimas maravillosas, aderezadas con unas lágrimas de dragón, de remedios mágicos a base de extracto de rosa negra y de malévolos conjuros llegados de otras tierras, para los que los  duendes se afanaban en encontrar el antídoto. Ensimismadas en su hechizante conversación, no detectaron la presencia de dos ojillos oscuros, redondos y malignos que les acechaban desde hacía ya un buen rato. De entre unos troncos cercanos, saltó una gigantesca y repugnante rata, que se colocó en el centro del camino, impidiendo su avance. Instintivamente el ágil duendecillo, se deslizó de lo alto de su amiga y se sumergió entre la frondosidad de las hojas secas, quedando oculto entre sus ocres.
- Hola tortuguita, ¿hacia dónde te diriges? -pregunto la rata con malicia-
- Yo... En realidad estaba dando un paseo, sin rumbo fijo -titubeó Flor-
- ¿No te gustaría que te permitiera ver algo increíble?
- Verá, es que tengo un poco de prisa, mis padres me estarán esperando -intentó escabullirse la pequeña, al recordar los consejos de su madre-
- No te preocupes, será sólo un momento y luego te dejaré marchar
Flor intentó avanzar, ignorando la propuesta de tan peligroso ser. Grendel mientras tanto, temblaba oculto bajo una enorme rama de acebo, con los ojos cerrados y rogando que su amiga pudiera zafarse de tan amenazante situación. Sin embargo, la joven tortuga, apenas si pudo dar dos pasos seguidos. El roedor, saltó con una insospechada agilidad, bloqueó su marcha y abrió la boca mostrando dos afilados caninos, dispuestos a desgarrar su cuello si insistía en continuar. Luego se acercó lentamente y cuando estuvo a la altura de su cabeza, susurró unas palabras en el oído de Flor. Desde su escondite, Grendel no pudo escuchar con exactitud, pero al ver la reacción de su amiga, comprendió que había caído presa de un hechizo.
Edurne Iza, Una Navidad diferente
La rata, le había hipnotizado y movía pausadamente las manos delante de su cara. Consiguiendo que Flor, viera exactamente lo que ella deseaba. Sus ojos estaban muy abiertos, como velados por una cortina de seda blanca. Estaba inmóvil, en el centro del camino, con la cabeza algo elevada, árboles a ambos lados y un colchón de hojas y musgo bajo sus paralizadas patitas. El roedor, le estaba mostrando un universo de cemento, aparatos electrónicos, humanos desplazándose en vehículos motorizados, animales encerrados en grandes escaparates de cristal, ruidos de motores y escapes, humos, polución... Entre tal amasijo de plástico y hormigón, pudo ver algunos árboles, tristes, atrapados en minúsculos cuadrados de tierra, ríos intoxicados de residuos venenosos, mares recubiertos de espuma ponzoñosa, cuyas olas luchaban infructuosamente por disolver. La rata reía poseída por el placer de las imágenes y Flor aterrorizada intentaba cerrar los ojos con desesperación para borrar el horror de sus retinas, cuando una voz maliciosa llegó a sus oídos
- ¿No te gustaría visitar un mundo como este?
- ¡No por favor! ¡Quiero volver a casa con mi familia! ¡Es Navidad!
- Así es pequeña y por eso he pensado, que a mis amigos humanos, impregnados de progreso les encantaría recibir una preciosa tortuga como tú, para decorar su terrario. Luego les mostraré el camino a este bosque y pronto lo convertirán en otra manzana de rascacielos coronados por un ramillete de antenas ¡Ja, ja ja! -rió embriagada por los efluvios del mal-
Grendel, comprendió que si él no hacía algo para remediarlo, Flor estaría perdida y pronto el bosque, los animales y por supuesto, los duendes. Corrió, saltando de rama en rama y resbalando por las piedras cubiertas de musgo, hasta llegar al poblado, donde su abuelo Erendel, el más anciano de la comunidad, estaba dispuesto a dar comienzo oficial a la comida de Navidad. Agitado por la carrera y la angustia del inminente peligro, Grendel explicó atropelladamente la situación y pronto se escuchó el veredicto de Erendel "La única esperanza es conseguir extracto de rosa negra". Un murmullo de inquietud invadió el ambiente. Frendel, el padre de Grendel y primogénito de Erendel, dijo
- ¿Extracto de rosa negra? Padre, sabes que hace décadas que no hemos visto rosas negras. No podremos encontrarlas a tiempo
- Es necesario. Sólo una sustancia tan pura y extraña como esa, podría dominar el maligno espíritu de la rata
- Abuelo, padre ¿dónde crece la rosa negra?
- Grendel, la rosa negra no es una flor. Es una marca mágica que sólo una de entre millones de jóvenes tortugas poseen al nacer. Raspando superficialmente su caparazón, se obtiene el extracto de rosa negra. Hace muchos años, que no hemos visto un ejemplar así
- ¡Flor tiene esas marcas! -gritó Grendel, sin poder contener la emoción- ¡Seguidme, me encaramaré a su cáscara, sin que la rata pueda verme, limaré una de las rosas con gran cuidado y podremos deshacer el hechizo.
Con más ilusión que esperanza corrieron hasta el camino donde Flor había quedado sola. Seguía en la misma posición, pero ahora sus patas temblaban con debilidad.
- Queda poco tiempo -afirmó Erendel-
Con determinación, el joven duendecillo se deslizó entre la hojarasca hasta colocarse justo debajo de las patas traseras de Flor. De un pequeño salto se encaramó a su caparazón, estirando una mano provista de una afilada navaja hasta la primera de sus flores y dejando el resto del cuerpo a cubierto. Con cautela, comenzó a rascar la rosa negra recogiendo el polvillo, en un cucurucho improvisado con las hojas de un helecho. Todo parecía ir bien, cuando el roedor comenzó a agitar su naricilla a ambos lados mientras exclamaba "¡Sal de ahí maldito duende, no conseguirás arrebatarme este tesoro!". Frendel y Erendel, observaron con el corazón encogido, como la rata saltaba por encima de Flor y con sus garras afiladas, propinaba un zarpazo, que recorría el torso de Grendel. Su cuerpecillo zarandeado se elevó unos centímetros, para luego caer desplomado e inerte. En su vuelo, el duende, no pudo evitar soltar el recipiente con la rosa negra, que cayó directamente sobre los ojos de la rata, haciendo que se desintegrara de inmediato.
Tras unos segundos de confusión, padre y abuelo, corrieron a socorrer al joven Grendel, mientras Flor, aún aturdida, no daba crédito a lo sucedido. Frendel tomó en brazos a su hijo, repitiendo con desconsuelo "ha muerto como un héroe". Flor se acercó con torpeza y no pudiendo reprimir su tristeza, dejó resbalar por su mejilla una enorme y redonda lágrima. Primero rebotó en una hoja, que la canalizó a través de uno de sus nervios, vertiéndola directamente sobre el pálido rostro de Grendel. En ese preciso instante, el joven carraspeó y abrió lentamente los ojos.
- ¿Qué ha pasado?
Los saltos y gritos de alegría inundaron la estampa. Flor sonreía mientras observaba a sus nuevos amigos, Frendel abrazaba y besaba a su hijo y Erendel suspiraba con erudita paciencia, mientras explicaba parsimonioso, que si la rosa negra de la cubierta de una tortuga, sirve para destruir a los malos espíritus, sus lágrimas, sanan a las almas puras.
Flor llegó a casa a punto para la comida de Navidad, que se prolongó animosamente hasta bien entrada la noche. Cuando llegó la hora de acostarse, Flor se dirigió a su abuela y sin dudarlo afirmó
- Hoy yo te contaré un cuento. "Erase una vez una rata de afilados colmillos, que llegó a un bosque el día de Navidad..."


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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