La Foto del día: 26-10-2011 "El pensador flotante"

Edurne Iza, El pensador flotante
Cuando era pequeño, mi madre siempre me decía que "andaba en las nubes", que no se podía estar siempre abstraído "pensando en las musarañas". Y es que ya desde niño, me fascinaba la observación, el análisis de mi entorno y de la realidad que mis ojos percibían.
Nunca me atrevería a discutir sobre términos como realidad o verdad, de otro modo que no fuera con cierta relatividad. Al fin y al cabo, quién soy yo, quiénes somos cualquiera de nosotros, para decidir que una idea o pensamiento, sean ciertas para otra persona, con diferente cultura, ideología o escala de valores. Este tipo de razonamientos, eran los que me atribuían la etiqueta de soñador. Para la inmensa mayoría yo era un ser lejano, con ideas extravagantes y sobretodo... Muy aburrido. Cierto día, decidí pasear por el puerto, era primavera y la temperatura era muy agradable. El sol flotaba en el horizonte, otorgando al cielo bellos matices anaranjados y rosados. Caminaba con la cabeza elevada, disfrutando del bello panorama y las manos entrelazadas a la espalda, cuando si darme cuenta, choqué con una mujer:

- ¡Disculpe, qué torpeza la mía! ¿se encuentra bien? -dije mientras reparaba en la belleza de sus ojos-
- No se preocupe, estoy bien, no ha sido nada.
- Déjeme al menos invitarla a un café
- Bueno, la verdad es que no se...
- Mire, ahí mismo hay una cafetería
- De acuerdo ¿por qué no?

Nos sentamos en una mesita en la terraza y comenzamos de forma inesperada una larga charla. La mujer, Griselda, parecía disfrutar de la conversación y sin darnos a penas cuenta, pasaron las horas y las palabras. La sintonía era tal, que ninguno de los dos teníamos la fuerza necesaria para dar por finalizada la conversación. Finalmente y con sutileza, lancé un "¡Caramba qué tarde es!" y nos despedimos, asegurando que volveríamos a vernos por la zona y a disfrutar, por qué no, de una conversación tan animada como la de aquella tarde.
Pocos días después, regresé a la zona y allí estaba ella, de nuevo dispuesta a intercambiar comentarios, anécdotas, vivencias, reflexiones... Repetimos nuestros encuentros, que cada vez eran más frecuentes, hasta que un día quise dar un paso adelante en nuestra relación. Le planteé ir a cenar y quizá después, tomar una copa en mi casa. Era evidente que la atracción física era mutua, que disfrutábamos pasando tiempo juntos. En nuestras conversaciones, ella nunca mencionó esposo ni hijos y yo, hacía varios meses que no tenía pareja... ¿Por qué no intentarlo?. Ante mi propuesta, Griselda se mostró nerviosa, respondió con evasivas. "Es difícil" "no sé si será posible" "quizá otro día". Nos despedimos y me dirigí a casa con un regusto amargo. Con la extraña sensación de que me estaba perdiendo algo. Regresé al día siguiente y al otro. Volví a nuestro punto de encuentro cada tarde durante semanas y Griselda nunca apareció. Justo un año después de nuestro primer encuentro, la tristeza de no comprender qué había sucedido, inundaba mi corazón. Había repasado mentalmente, cientos de veces nuestras conversaciones, intentando detectar qué fue lo que le hizo desaparecer. Me senté en un banco, observando la caída del sol. De pronto, me fijé en una figura que flotaba sobre las tranquilas aguas del puerto. Era la figura de un hombre, de color blanco. con la cabeza hacia arriba y las manos cruzadas en la espalda. ¡Era una representación de mi mismo, el día en que nos conocimos!. No pude evitar el impulso y me lancé al agua, intentando acercarme a la escultura. Con la esperanza de descubrir algo que me acercara a Griselda. Cuando estuve junto al hombre, en la zona que servía de base a la estructura, pude ver la firma de la autora. Griselda, claro está. La obra se llamaba "El pensador flotante". Algo más arriba había un sobre con un rótulo negro que indicaba "Ábrelo". Tomé el sobre entre los dientes y nadé hasta el muelle. ante los atónitos ojos de los caminantes, me senté empapado en un banco y con evidente nerviosismo, abrí el sobre, extraje la larga carta contenida en él y comencé a leer con avidez. Descubrí que Griselda, había sido una afamada escultora venida a menos. Sus obras, aclamadas en otro tiempo, habían sido consideradas subversivas por hacer una mordaz crítica a determinados políticos y personajes influyentes. Pronto se encargaron de eliminar del panorama público a la escultora, que fue perdiendo todos sus clientes, no recibía encargos, su obra era despreciada y fue consumiendo con impotencia sus ahorros hasta verse condenada a vivir en la indigencia. Dormía aquí y allá, comía en comedores sociales y lo poco que ganaba, procedía de unas cuantas clases de escultura que impartía en una organización benéfica dos días por semana, pero era del todo insuficiente para alquilar una vivienda y vivir dignamente. En esas circunstancias y aunque reconocía que yo era el hombre con el que le hubiera gustado compartir el resto de su vida... no tuvo el valor de confesar su situación y le resultó más sencillo desaparecer. "Ha pasado un año desde el día en que nos conocimos y necesito que sepas la verdad. He pensado mucho en ello y creo que no es justo permitir que la incertidumbre te corroa. Por eso hoy, he decidido escribirte. Si nuestros paseos me sirvieron para conocerte, y estoy convencida de que así fue, hoy recorrerás melancólico, el muelle en el que nos vimos por primera vez y ésta figura es mi regalo y mi modo de pedirte perdón..."
No pude contener el llanto y me prometí que la encontraría. Tenía varias pistas y decidí comenzar por los comedores de beneficencia. Tardé tres días y cuando casi comenzaba a perder la esperanza... La encontré. Cabizbaja frente a un plato de sopa, pensativa, triste y sola.

- Griselda... -musité-

Ella alzó la mirada y pude detectar una mezcla de vergüenza y alegría en sus ojos. La tomé entre mis brazos y la besé con pasión infinita. Salimos del local y caminamos sin rumbo durante horas. Los pies nos llevaron a nuestro muelle donde contemplamos la bella escultura, mientras alternábamos besos y palabras con la misma intensidad.

- Buscaremos la solución, Griselda.
- No hay solución, nadie se atreverá a contradecir a las altas esferas...
- Si la hay -dije con determinación y saqué del bolsillo unos billetes de avión, que puse en sus manos-
- ¡Nueva Zelanda!
- Si, el país de la nube blanca
- Romper con todo, una nueva vida
- Juntos, para siempre. Te amo, mi escultora de realidades
- Te amo, mi pensador flotante


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 25-10-2011 "Informadores deportivos"

Edurne Iza, Informadores deportivos
Ser informador deportivo, conlleva una serie de peculiaridades, que no siempre son fáciles de traducir en un trabajo profesional y de alta calidad. El público desea, y más hoy en día, recibir la información en directo, con los comentarios técnicamente adecuados y capaces de transmitir la emoción propia de la competición.
Las primeras agencias dedicadas con exclusividad a cubrir acontecimientos deportivos, surgieron en las décadas de los 50 y 60 del pasado siglo XX. Nació entonces toda una gama de profesionales dedicados  a esta vertiente del periodismo y comenzaron a hacerse populares fotorreporteros como Tony Duffy, que fue el fundador de la agencia londinense AllSport. Duffy, será recordado además, por las increíbles instantáneas tomadas durante los juegos Olímpicos de México en 1968, cuando captó el vuelo de Bob Beamon hacia su récord mundial de salto de longitud, que quedó imbatible durante casi 23 años en 8.90 metros. Esta toma, le procuró a Duffy una inmensa fortuna y le atribuyó el mérito de ser el creador de las llamadas "imágenes gancho".
Sin embargo, las primeras incursiones aún sin la especialización del AllSport, de la prensa en asuntos deportivos, se remontan ya al 1908, cuando un flamante Arthur ConanDoyle, en misión especial para el Daily Mail, tuvo el honor de desplazarse al White City Stadium, para cubrir las finales de la prueba de maratón en los primeros juegos olímpicos de la edad moderna. El italiano Dorando Pietri, sufrió un colapso ante la línea de meta, lo que le impidió ganar la medalla. Sin embargo, tal fue la campaña pública, liderada por Doyle, que consiguió que la reina Alejandra, entregara una copa especial de plata al desconsolado Pietri. Esta fue tan sólo una pequeña muestra, de la influencia que los expertos en espectáculos deportivos estaban por adquirir.
Ya en nuestros días, sabemos que hay programas radiofónicos, diarios deportivos e incluso semanarios televisivos, con audiencias masivas. Millones de personas, adictas a los comentarios y crónicas de unos profesionales que baten récords.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 24-10-2011 "Ni un pelo de tonto"

Edurne Iza, Ni un pelo de tonto

Estaba disfrutando de un espectáculo de acrobacias aéreas. El día era perfecto. Soleado, cálido y sin una sola nube molestando en el cielo. Dos avionetas de color anaranjado, se cruzaban en el aire, dejando tras de sí, estelas de humo que dibujaban su recorrido, subían y bajaban en picado, simulaban un choque en pleno vuelo y realizaban piruetas imposibles. El público estaba relajado, observando la magnífica exhibición. Su posición era perfecta, no sólo para no perderse el más mínimo detalle, si no para poder desempeñar su misión sin ser descubierto. Hacía un par de años que trabajaba para el servicio de espionaje químico-biológico. No es extraño que no hayáis oído hablar de él, puesto que su existencia forma parte de uno de los secretos mejor guardados de la mayoría de las naciones. Su labor, consistía en pasar desapercibido para poder obtener una determinada información, entregar un mensaje o incluso, en ocasiones, "persuadir" a alguien para ocultar un descubrimiento, que sus superiores consideraban perjudicial para el equilibrio de la humanidad. Para que me entendáis, estos descubrimientos, a menudo, estaban relacionados con fórmulas químicas, vacunas milagrosas o cualquier avance científico, que pudiera arruinar el negocio de más de un avaricioso empresario.
Hacía tiempo que quería dejarlo. No intentaré haceros creer que le remordía la conciencia. La verdad es que llevaba los suficientes años en el "negocio", como para saber cuándo algo no iba bien. Tenía indicios suficientes para saber, que la seguridad de la organización estaba comprometida y muy pronto dejaría de existir, tal y como él la conocía. Eso podía implicar una decisión drástica de sus superiores, que no estaba dispuesto a esperar obedientemente. Era el momento de desaparecer. De aprovechar los jugosos beneficios que había obtenido, durante sus más de veinte años de servicio y retirarse a disfrutar, en algún paraíso estratégicamente olvidado. En esta ocasión, se le había encargado localizar entre los asistentes al espectáculo, a un alto mandatario de una nación de las denominadas emergentes. Se encontraba de visita en Europa, ya que estaba punto de dar a conocer al mundo, el increíble descubrimiento de un equipo de investigadores de su país. Se trataba de una fórmula química capaz de elaborar de modo artificial diamantes más perfectos, cristalinos y robustos, que los que otorga la propia naturaleza. Era evidente, que había muchas personas, de impecable reputación, a las que no les interesaba que sus tan bien guardados y tan mal conseguidos stocks de brillantes, pasaran de valer millones, a ser considerados como simples baratijas. Habían sido capaces de manchar sus manos, con la sangre de muchos inocentes, para conseguir mantener en los mercados de valores el elevado coste de las piedras y ahora no estaban dispuestos a que un grupo de mentecatos idealistas, arruinara su negocio. Como parte de la agenda de actividades durante su visita, se encontraba la asistencia a la exhibición aérea, así que debía identificarlo entre la muchedumbre, conseguir que le acompañara y convencerlo de que no hiciera pública la fórmula. Sus instrucciones eran claras: "no importa los métodos que deba utilizar". Se acercó al objetivo, y comenzó a hablar con él. No parecía que acabaran de conocerse

- Ha tardado usted mucho, llegué a pensar que no aparecería
- Sólo esperaba el momento adecuado, no deje de sonreír por favor. Señale los aviones, finja que comentamos algo del vuelo. Luego cambie su gesto, fingiré que le encañono con una pistola por debajo de la gabardina. Piense que estoy apuntando a sus costillas,
- Claro...
- Ahora avance en la dirección que le marco con mi paso y recuerde, rostro de angustia

Avanzaron entre los despistados asistentes al acto y pronto se hubieron alejado lo suficiente. Se aproximaron a los muelles donde hidroaviones y helicópteros de salvamento, esperaban su turno para participar. Se instalaron en la cabina de uno de los aviones contraincendios. Verificaron la sujeción de sus arneses y acto seguido, el piloto tomó vuelo. Realizaron diferentes ejercicios ante los ojos fascinados del público que no cesó de aplaudir ni un momento. Una vez hubieron acabado, la aeronave giró y desapareció en el horizonte. No se reunió con el resto de aparatos, y aprovechó los primeros minutos de desconcierto para alejarse hasta cruzar la frontera norte. Allí, el político fue abandonado, fingiendo haber sido agredido, nuestro protagonista recibió la última y sustanciosa recompensa y subió a un avión hospital, donde un reconocido cirujano plástico le esperaba para cambiar su rostro y sus huellas dactilares. En pocas horas, comenzaría su nueva vida. Al despedirse cruzaron unas breves palabras:

- Permítame que le pregunte ¿por qué ahora? ¿qué le ha llevado a retirarse?
- Señor mío, no es que me haya vuelto honrado de pronto -afirmó con una sonrisa cínica- es que un jugador inteligente, debe saber cuándo retirarse y yo, como mi brillante calva anuncia, no tengo un pelo de tonto.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 23-10-2011 "Stand up Paddle, SUP"

Edurne Iza, Stand up Paddle, SUP
Cuando aquel verano decidí pasar mis vacaciones en Fuerteventura, jamás hubiera imaginado, lo mucho que mi vida estaba a punto de cambiar. Siempre había sido delgado, pero debo reconocer que más bien sedentario. De hecho, a pesar de que muchos amantes de los deportes náuticos escogen la isla, como un paraíso para disfrutar de sus hobbies, en mi caso buscaba tan sólo relax, sol y naturaleza en estado puro. En resumen, desconectar del estrés que invadía mi vida de ejecutivo urbanita. Llegué al hotel y quedé maravillado por la amabilidad del personal, la luminosidad y espacio de las habitaciones. La primera tarde la dediqué a inspeccionar los servicios y las instalaciones. Tenía casi tres semanas por delante y decidí aprovecharlas al máximo. Esa noche decidí cenar en el hotel y degustar la deliciosa cocina guanche que ofrecía uno de los restaurantes. Al retirarme a descansar, pensando en continuar devorando páginas del libro que me acompañaba en el viaje, me detuve en recepción para recoger la llave de la habitación. Entonces, la empleada, con gran diligencia me ofreció el catálogo de actividades y excursiones que el propio hotel ofrecía a sus huéspedes. Tomé el folleto y decidí hojearlo antes de dormir. Me sorprendió una actividad, para mi desconocida, "stand up paddle", estaba ilustrado por una imagen que mostraba a una especie de surfista, que de pie sobre su tabla, avanzaba con la ayuda de un remo. Despertó mi curiosidad así que a la mañana siguiente, tras un abundante y variado desayuno, me encaminé al centro deportivo y decidí informarme. Me atendió un joven con el pelo algo largo, rubio y digno de aparecer en un vídeo clip  de los Beach Boys, su aspecto fornido y típico de quien ha nacido con la tabla bajo el brazo, estaba a punto de disuadirme en el intento, cuando apareció ella. Me pareció muy hermosa, pero llamó mi atención, que vestida con traje y zapatos de tacón, podía perfectamente haber pasado por cualquiera de mis compañeras de trabajo. Quiero decir, que no parecía una deportista si no una persona normal. Eso, junto al magnetismo de su belleza me hicieron escuchar un poco más. Ella, me dedicó una amplia sonrisa y preguntó si podía ayudarme. A partir de ese momento, comencé a ignorar al guaperas y dirigí toda mi atención a la joven, que resultó ser Gabriela, la monitora de stand up paddle, o sea de SUP. Le expliqué que no era un gran deportista, en realidad, no ejercitaba mis músculos con asiduidad pero que me había resultado curioso este deporte y me apetecía aprender algo nuevo. Ella se entusiasmó, me indicó que esa misma tarde comenzaba a dar clases a otros tres principiantes y me invitó a unirme al grupo con tanta naturalidad, que no pude decir que no. Así que allí estaba yo, con mi bañador de marca azul marino y sin saber por dónde comenzar. Pasados unos minutos, me animé al ver que gracias a las técnicas que nos mostraba Gabriela, conseguía mantener el equilibrio sobre la tabla. Al final de la primera clase, había aprendido ya algunos movimientos y trucos básicos y me sentí realmente feliz. Varios días después, cuando el curso básico finalizó, Gabriela me anunció que no podría seguir impartiéndome clases, puesto que no se había conseguido grupo para el siguiente nivel. No quería dejar de practicar aquella maravilla que transportaba mi mente lejos de los despachos llenos de guerras económicas en los que viviría sumergido el resto del año. Tampoco deseaba perder a Gabriela, había notado alguna mirada intensa de la joven y estaba convencido de que podía tener la oportunidad de invitarla a cenar alguna noche, así que le propuse contratarla como profesora particular, durante el resto de mis vacaciones. Ella accedió y desde aquel momento pasábamos juntos la mayor parte del día. Pronto mis sospechas se confirmaron y salimos a cenar, luego a comer, de paseo, a bailar... Y antes de darnos cuenta, yo había dormido más noches en su casa que en la preciosa habitación del resort. Quedaban pocos días para mi regreso a la realidad de la gran ciudad y sin poder evitarlo, entré en un proceso de análisis de mi propia existencia. Comencé a realizarme preguntas que nunca antes se me habían pasado por la mente, como ¿eres feliz? ¿en realidad, te gusta tu trabajo? ¿es tu objetivo en la vida continuar haciendo cada día lo mismo? ¿manteniendo las mismas estúpidas discusiones con tus jefes? ¿defendiendo los mismos intereses ante los clientes? ¿librando batallas sin sentido con compañeros y subordinados? Cuando resultó que todas las respuestas con las que yo mismo me contestaba fueron un rotundo NO, pensé que me estaba equivocando. Que ese no era en realidad, el camino que yo había deseado recorrer en mi vida. Entonces pensé en las últimas semanas, en la sensación de libertad, de placer en contacto con la naturaleza. Pensé en Gabriela y tomé una decisión.
Han pasado tres años desde aquel verano, Gabriela y yo, regentamos un pequeño negocio de deportes marinos. No nos da para vivir rodeados de lujo, pero sí lo necesario para disfrutar de la comodidad de una bonita casa y del tiempo libre que nos queda para leer, respirar, cocinar, o sencillamente mirar al horizonte.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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