La Foto del día: 09-10-2011 "Achille Lauro"

Edurne Iza, Achille Lauro
Fueron unas vacaciones diferentes. Por primera vez, disfrutaba de un verano en alta mar. Un crucero, que mis padres habían pagado con los ahorros de toda una vida. Mi hermano y yo nos hacíamos mayores. Estábamos en esa época de transición, en que los chicos y chicas comienzan a sentirse demasiado mayores,  para acompañar siempre a la familia, pero no lo suficientemente adultos como para volar solos y por tanto, la compañía de amigos de la misma edad, es la combinación perfecta para sentirse arropados y protegidos. Por eso, nuestros progenitores intuían, que quizá sería el último mes de Agosto, que pasáramos todos juntos. Comenzaba una nueva etapa, en la que Tomás y yo, comenzaríamos a tomar decisiones propias, no siempre del agrado de los demás. Nuestros padres sabían que el cariño que nos teníamos los cuatro, era inquebrantable y que siempre estaríamos cerca los unos de los otros, pero eran conscientes, de que la organización familiar tal y como había sido concebida en los últimos veinte años, llegaba a su fin. Por eso deseaban pasar este verano con nosotros. Por eso, para ellos, el crucero era mucho más que unas vacaciones en el mar.
Al principio, Tomás y yo, nos lo tomamos con cierta resignación, pero pronto disfrutamos de los atardeceres del color del fuego, de las paradas en distintos puertos del Mediterráneo, de las excursiones para visitar monumentos y joyas arquitectónicas, de las suculentas comidas de a bordo, de las noches de espectáculos en alta mar... Mi madre estaba exultante, vestía trajes preciosos por las noches y se acicalaba frente al espejo durante horas. Nosotros fuimos poco a poco contagiándonos del glamour que ambos transmitían y un par de días después de abandonar el puerto de Barcelona, ya nos sentíamos perfectamente integrados en la vida del barco.
Tomás, gran aficionado a la fotografía, me llamó sobresaltado una soleada mañana que nos encontrábamos atracados en el puerto de Tenerife. En un espigón, en el otro extremo del puerto se encontraba, el tristemente famoso buque Achille Lauro, que fue secuestrado en el puerto de Alejandría en Octubre de 1985. Viajaban en su interior un total de 480 pasajeros y 344 tripulantes. A su arribada a Alejandría la mayoría de los viajeros había descendido, para visitar la ciudad, excepto 97 pasajeros que decidieron permanecer a bordo. Los secuestradores, cuatro hombres que aseguraban actuar en nombre del Frente para la Liberación de Palestina (FLP),  fueron descubiertos y obligaron al capitán a poner rumbo al puerto sirio de Tartus. Exigían la liberación de 50 palestinos detenidos en Israel. El capitán, pudo enviar un mensaje de auxilio y el barco, nunca pudo entrar en el puerto de Tartus. Ante el abordaje inminente que el ejército estaba preparando, los secuestradores colocaron en cubierta a todos los rehenes y a modo de amenaza dispararon mortalmente a Leon Klinghoffer, uno de los pasajeros. Intervinieron gobiernos de varios países, se hizo navegar al Achille Lauro hasta Port Said, donde se consiguió trasladar a los secuestradores a un avión, en el interior del cual, tuvieron lugar las tensas negociaciones durante varios días, en los que políticos y fuerzas armadas de numerosas naciones, involucradas en el conflicto, mediadoras y observadoras de medio mundo, tomaron parte en el acuerdo que terminó con el traslado a prisión de los secuestradores. Los siguientes días estuvieron llenos de confusión, noticias controvertidas e intervenciones militares y políticas al más alto nivel. El caso fue finalmente llevado por el tribunal de Génova.
Habían transcurrido más de cinco años desde la tragedia y sin embargo, aún resultaba escalofriante observar a unos pocos metros, al flamante Achille Lauro.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 08-10-2011 "Quien juega con fuego... Se quema II"

Edurne Iza, Quien juega con fuego... Se quema II
Pasados unos minutos, el crepitar de las llamas, dejó colarse un sonido diferente, que cada vez se escuchaba con mayor nitidez. Aquel ratear de motores, se convirtió en un sonido de esperanza, un alarido de vida que hizo a nuestros corazones bombear con más fuerza. "¡Aquí, ayuda, aquí!" gritábamos con desesperación, cuando vislumbramos un colorido Canadair CL-215, surcando el firmamento. El amarillo con que estaba pintado su fuselaje, contrastaba con el azul intenso del cielo. Mariana, seguía conectada por radio con los yates cercanos, que asistían impotentes a nuestra tragedia. Volvió a contactar con el joven, que había avisado a su amigo de los servicios contraincendios y le agradeció su rápida reacción.
- ¡Gracias, nos estáis salvando la vida!
- Agradécenoslo cuando estéis en tierra firme. Os esperamos esta noche, para una barbacoa de celebración.
- ¡Trato hecho! nos vemos esta noche en la playa
- ¡Allí estaremos!
Mariana regresó junto a las demás. Abrazadas y atenazadas por el calor creciente de las llamas, que cada vez estaban más cerca, observamos cómo el hidroavión se acercaba a la superficie marina y recorría bastantes metros llenando sus depósitos con agua. Luego se elevaba de nuevo, viraba y se acercaba hacia nosotras. Escuchamos una voz que a través de un megáfono y desde el interior del anfibio, nos daba instrucciones para colocarnos a cubierto. Justo cuando terminábamos de protegernos, cayó sobre el buque una enorme bolsa de agua, que hizo tambalearse el cascarón de madera ya debilitado por las llamas pero que consiguió su objetivo primero. Extinguir el incendio. Empapadas y aturdidas por el impacto, por fortuna indirecto, del agua, nos disponíamos a celebrar nuestra salvación, cuando fuimos conscientes, de que el peligro, no había terminado en absoluto. La estructura del barco, había quedado demasiado dañada por efecto de las llamas. La gran cantidad de agua, que se introdujo en su interior, no hizo sino desestabilizar aún más la vieja nave. Comenzó a inclinarse hacia proa. El castillo frontal se encontraba ya a pocos centímetros de la superficie. En ese instante, comprendimos, que sólo permanecería a flote unos minutos. Nuevamente recibimos instrucciones desde el hidroavión.
- ¡Muévanse con rapidez hacia popa! ¡Mantengan la calma. Descenderemos para rescatarlas!
Y así fue, pronto vimos como por una cuerda que descolgaron desde una puerta próxima a la cabina del piloto, se deslizaba un hombre con gran destreza y rapidez. Se colocó sobre cubierta y recogió a una de las chicas. Para nuestro asombro, no la izó al avión, si no que volaron colgando de aquella soga, durante unos cientos de metros y descargó a la primera superviviente, sobre la cubierta de uno de los veleros más próximos. Repitió la operación tantas veces como hizo falta, hasta que sólo quedaba yo sobre la cada vez más diminuta cubierta. Me había arrinconado contra la barandilla de popa a la que me asía con fuerza, para evitar resbalar y sumergirme en el océano. Más de la mitad del barco, se encontraba ya bajo las aguas y la parte que quedaba a flote, había adoptado una posición casi vertical que anunciaba una inmersión inminente. Con angustia creciente, vi como la última de mis amigas era depositada a salvo y el aeroplano viraba nuevamente, para regresar en mi busca. Mis pies se encontraban a escasa distancia del agua que ya chapoteaba engullendo la carbonizada madera, cuando observé como los depredadores no se hacían esperar, cortaban las mansas aguas, las aletas de algunos escualos, alertados por el sonido submarino del naufragio. Sabía que si mi salvador, no llegaba hasta mí en unos segundos, estaría perdida. En el tiempo que tardara en salir a la superficie, tras luchar contra la fuerza del agua que tiraría de mí hacia el fondo, los tiburones me habrían alcanzado. Mi nerviosismo era tal, que cerré los ojos, escuchaba los motores cada vez más cerca, el crujido de las tablas retorciéndose y el intenso olor a salitre invadiendo mis fosas nasales. Noté cómo las puntas de mis zapatillas se mojaban y abandoné la mente a mi fatal destino. Entonces, unos brazos poderosos me asieron por la cintura y noté que nos elevábamos, al tiempo que una voz contundente pero calmada, me susurraba al oído. "Tranquila, estás a salvo". Abrí los ojos, justo a tiempo de ver cómo la baranda de popa se sumergía para siempre en la profundidad del pacífico. Giré la cabeza hacia mi salvador y me encontré con una amplia sonrisa de alineados y blancos dientes y unos almendrados ojos de color miel. Observé sus brazos, definidos y robustos, enfundados en el traje de neopreno y escuché aquella maravillosa voz, diciendo
- Un placer, mi nombre es Hugo
- Yo... Esto... Encantada, yo soy Clara. Muchas gracias, por un momento pensé...
Entonces posó su dedo índice sobre mi boca en señal de silencio y acto seguido me besó con una pasión que tenía casi olvidada. Y así, de esa guisa, nos depositaron sobre las finas arenas de la playa. Cuando mis cuatro amigas se reunieron conmigo, nos encontraron charlando animosamente. Hugo, se había liberado del traje de inmersión hasta la cintura y su torso, moldeado por los ejercicios de pesas, brillaba bajo los rayos del sol.  Corrí a abrazarme con mis compañeras de aventuras y tras las primeras preguntas para comprobar que todas nos encontrábamos en perfecto estado, levanté mi copa de piña colada hacia mi rescatador y pronuncié con cierto tono triunfal
- Chicas... Os presento a Hugo.
PD: Para los que os guste atar todos los cabos, os contaré, que el fuego lo ocasionó Gabriela, quedándose dormida mientras fumaba un apestoso cigarrillo mentolado. El seguro que habíamos contratado para el viaje, cubrió con los gastos del siniestro y el desplazamiento del equipo contraincendios. Que nos desplazaron hasta un yate cercano, en lugar de izarnos al interior de la cabina del hidroavión, para realizar una maniobra más rápida y porque dentro, no hubiera habido espacio para las cinco y la tripulación, ya que sólo caben seis personas. Aquella noche, cenamos en la playa, disfrutando de una enorme barbacoa, junto con el grupo de rescate y los ocupantes del yate que dio la alarma. Fueron unas vacaciones inolvidables para mis cuatro amigas, pero para mí... Fue el principio de una nueva vida. En la actualidad, soy monitora de buceo, sigo disfrutando de la playa, el sol y la piña colada junto a Hugo, con el que tengo dos hijos maravillosos y formamos una familia unida y feliz. Hugo me confesó, días después, que jamás había sentido algo así y mucho menos en mitad de un rescate, era un profesional. Pero estábamos hechos el uno para el otro y la locura nos invadió, en aquel momento de emoción. Una vez al año, Gabriela, Carlota, Mariana y Blanca, nos visitan y rememoramos con nostalgia nuestra aventura.
Cuando la vida os cierre las puertas, girad talones y buscad un nuevo camino.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 07-10-2011 "Quien juega con fuego... Se quema I"

Edurne Iza, Quien juega con fuego... Se quema I
Disfrutaba de aquellos días, como nunca antes lo había hecho. El sol, el mar y el contacto con la naturaleza, hacían que mi cuerpo se sumiera en un profundo relax. Una sensación de paz conmigo misma y con el resto del universo. Armonía y sosiego. Para variar, aquel año habíamos alquilado un barco, para navegar por el Pacífico, durante las vacaciones de verano. Desde mi divorcio, no había tenido un minuto de descanso. Todo habían sido peleas, reproches, disputas y acusaciones. Al final, giré talones y pronuncié la lapidaria frase de "quédate con todo". Decidí dejar atrás el dolor y mirar hacia adelante. Un vasto mundo de oportunidades se extendía ante mis ojos y como no me decidía por un camino a emprender, decidí pasar un verano inolvidable.
Hablé con mis amigas, las cinco mujeres, que nos contábamos nuestras vivencias con todo lujo de detalles, desde que éramos unas niñas. Juntas, habíamos vivido enamoramientos, desengaños, matrimonios, divorcios, nacimientos... Habíamos disfrutado en la alegría y compartido el dolor de las malas noticias. Por lo tanto, no se me ocurrió mejor modo, de dar la bienvenida a mi nueva vida. El presupuesto era bastante limitado y lo mejor que pude conseguir, fue un viejo barco de madera, bastante más amplio de lo necesario, con anchas cubiertas donde tomar el sol. Grandes neveras para aprovisionarnos de comida y bebida. Un potente equipo de música y camarotes individuales, que nos permitían disfrutar de un espacio para leer, dormir o pensar en intimidad.
Mariana, tenía la titulación necesaria para poder pilotar la nave, lo cual nos encantaba, puesto que eliminaba, la necesidad de realizar aquel viaje con algún "intruso" a bordo. Llevábamos más de dos semanas recorriendo las diminutas islas de la zona y decidimos organizar una fiesta. Fondeadas cerca de una bahía, enloquecimos con la música, el baile y las copas, hasta bien entrada la madrugada, por lo que era más de mediodía cuando, Carlota nos despertó de nuestro denso sopor, con un grito espeluznante

- ¡Fuego! ¡Fuego!

Somnolientas y aturdidas, saltamos de las camas y pronto comprendimos que el fuego procedía del camarote de Gabriela. Mojamos toallas con las que envolver cara y brazos, y de una patada accedimos al interior del camarote. Como habíamos previsto, el acceso extra de oxígeno en la cabina, provocó una enorme lengua de fuego que se extendió con rapidez por el pasillo, pero no podíamos dejar a Gabriela allí dentro. Con dificultad, conseguimos arrastrarla hasta una zona segura. Estaba inconsciente por la inhalación de humo y decidimos subirla a cubierta, para que pudiera respirar aire limpio. El viejo casco de madera, crujía devorado por las llamas. El incendio se propagaba más rápido que nuestras reacciones y pronto nos vimos acurrucadas en cubierta sin saber exactamente qué hacer. Por fortuna, Mariana, tomó las riendas de la situación, nos ordenó permanecer en el exterior y ella accedió al puente por uno de los alerones, para enviar mensajes de socorro. Por la zona, navegaban veleros y yates de recreo, con lo que no fue difícil contactar por radio. Uno de ellos, nos dijo que tenía un amigo que trabajaba como voluntario en los servicios contraincendios y que tenían su base muy cerca de allí. No se atrevían a acercarse y rescatarnos, por miedo al fuego. Era verano y la temperatura de las aguas no sería un problema en caso de naufragio, pero no podíamos saltar para nadar hasta los navíos cercanos porque nos encontrábamos en una zona infestada de tiburones. Sólo nos quedaba esperar que los socorros no tardaran demasiado.
Continuará...



Foto: Edurne Iza
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La Foto del día: 06-10-2011 "Canadair CL-215"

Edurne Iza, Canadair CL-215
A pesar de que la definición más estricta, nos lleva a entender por hidroavión, cualquier aeronave con alas fijas y capaz de despegar o descender sobre el agua, sabemos que existen diversas estructuras, que  lo hacen posible. Los denominados hidroflotadores, que disponen de dos flotadores alargados que sustituyen a las ruedas del tren de aterrizaje y que le permiten, permanecer sobre el agua, durante las operaciones de ascenso y aterrizaje. Los hidrocanoas, mientras tanto, utilizan el propio fuselaje de la nave, para ejercer de casco y esto les permite, mantenerse a flote. Ambos tipos, son considerados como hidroaviones puros. Además, existen los anfibios que pueden utilizar tanto pistas convencionales, como superficies líquidas para su elevación y descenso.
Hoy centra nuestra atención, el Canadair CL-215, anfibio contraincendios, nacido en las fábricas de la empresa canadiense, a finales de la década de los 60. Se trata de un avión grande, muy estable y en cuyo diseño primó la seguridad, la estanqueidad, sistemas anticorrosivos y dar mayor prioridad a los espacios destinados a la carga, de manera que en un sólo trayecto, pudiera transportar, repartidos en dos depósitos, más de cinco mil litros de agua y más de seis mil de sustancias químicas. Adicionalmente, dispone de dos tanques, con capacidad para trescientos litros cada uno, para almacenar el retardante ignífugo. Es capaz de realizar una carga completa, durante el amerizaje, en escasos doce segundos, gracias a dos sondas retráctiles ubicadas bajo el casco. El CL-215, debe localizar para la operación de recarga, zonas con al menos dos metros de profundidad y si se encuentra sobre el mar, con olas inferiores, a un metro de altura. Una vez situada la aeronave sobre el incendio, arroja todo el líquido en aproximadamente un segundo. Durante las labores de extinción, suele prescindirse de un depósito auxiliar de combustible, que le otorgaría una autonomía de vuelo de doce horas. Extrayendo este recipiente, para dar prioridad a las funciones de lucha contra el fuego, el avión no necesita repostar durante cinco horas.
El habitáculo delantero, está preparado para transportar a seis personas, incluyendo a piloto y copiloto. Dispone de un radar meteorológico y de exploración, un radioaltímetro, un radiofaro direccional y un equipo medidor de distancia DME.
En la actualidad, más de diez países en todo el mundo, utilizan sus servicios y debemos agradecerle, desde su primera aparición, la salvación de millones de vidas humanas y la de varios miles de especies animales y vegetales.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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