La Foto del día: 30-09-2011 "Eran otros tiempos"

Edurne Iza, Eran otros tiempos
Paseaba, como tantas veces, por el camino empedrado que bordeaba la costa. Al pasar por una calita de fina arena de color dorado, dejé a mi derecha, las barcas alineadas una detrás de otra y protegidas, lo más posible, de la furia del mar. Me detuve allí, mirando al infinito, deslumbrado por los reflejos del sol sobre la arena y ausente, trasladándome, casi sin querer, al universo de mis recuerdos. Como una película en blanco  negro, pasaban ante mí, imágenes de otra época. En realidad, no habían pasado tantos años, pero sí los suficientes para que el mundo en el que paseaba mi madurez, no fuera en absoluto comparable al que viví en mis años mozos. Visualicé los amaneceres rojizos, en los que mi padre y yo, arrastrábamos el bote que teníamos varado en la arena y lo hacíamos flotar en la orilla. Subíamos a bordo todos los aparejos y nos echábamos a la mar. Pasábamos horas. Primero buscando la zona adecuada, inspeccionando el fondo, intentando detectar algún suculento banco de peces, donde soltar nuestras redes y sacar las cañas. La preparación de los cebos, la colocación de los aparejos... Pero sobretodo la paciencia. Cómo esperábamos horas, hasta conseguir nuestro botín y cómo a veces, tras la larga espera, volvíamos a casa con las manos vacías. 
Eran otros tiempos. Épocas de meticulosidad, de artesanía, de pesca para el consumo. Ahora, la imagen de aquellas lanchas olvidadas, vestigios minúsculos de tiempos felices, eran para mí el símbolo de cómo había cambiado el mundo.
De pronto, de debajo de una de las lonetas que protegía la embarcación más próxima a mi posición, salió un hombre. Menudo, con ropas muy flojas y destartaladas. Por el tono de  su piel, parecía africano. Se giró por un momento y nuestras miradas se cruzaron. La mía era tan sólo de sorpresa, no esperaba ver salir una persona de allí abajo. La suya, una mezcla de terror y desesperada petición de socorro.
Pronto comprendí, que se trataba de algún desdichado, que huyendo de la hambruna de su país natal, habría recorrido muchas millas hasta llegar a la tierra donde probablemente, le habían asegurado que encontraría trabajo. Que podría ahorrar y enviar dinero a los suyos, que esperaban allá, al otro lado del mar. Sentí curiosidad por su historia y solidaridad por su desgracia. Pensé que debía estar solo y asustado y quise ayudarle.
-¡Hola!, me llamo Javier ¿y tú?
Era una pregunta tonta, a la que obviamente no obtuve respuesta. Con toda seguridad, ni siquiera me entendió. En lugar de eso, abrió mucho los ojos, acentuando el contraste del blanco, con el negro de sus pupilas y echó a correr, ágil como una gacela. Intenté perseguirle y hacerle comprender, que no le haría ningún daño. Pero  fui casi tan torpe en mis movimientos, como en mi comunicación gestual, por lo que sólo conseguí aterrorizarlo y perderlo de vista.
Apesadumbrado, continué mirando las barcas de pesca. Pasados unos minutos, decidí que probablemente había un modo de ayudar al joven. Compré varias bolsas de comida, un par de mantas y algo de ropa y zapatos. Lo coloqué todo bajo la lona de la que había salido y me marché.
Al día siguiente, regresé y vi que la ropa no estaba, las mantas habían sido utilizadas y faltaba una parte de la comida. Repuse los alimentos y dejé varias hojas de papel con nombres de países. Nigeria, Kenia, Etiopía... Regresé por la mañana y sólo uno de los letreros continuaba allí, Nigeria. Gracias  a un traductor online, pude escribir algunas frases cortas, presentándome, hablándole de mis intenciones de ayudarle y preguntándole su nombre. Parecía haber encontrado el modo de acercarme a aquel hombre. Pronto supe que se llamaba Kingsley, que había sido pescador en su país, hasta que la necesidad de conseguir una vida mejor para los suyos, le había empujado a arriesgar su vida, en un mundo desconocido. Pasada una semana, conseguí aproximarme a él. Llevé mi portátil, para asegurarme que conseguiríamos comunicarnos, gracias al traductor.
Han pasado cinco años. Kingsley habla mucho mejor mi idioma que yo el suyo, pero con esfuerzo, ambos conseguimos charlar durante horas. Ahora trabaja en la sección de pescado del mercado mayorista, ha logrado traer a su familia y algunos domingos, salimos con la vieja barca de mi padre y recordamos épocas anteriores. Él sonríe, porque siempre repito con nostalgia las mismas palabras... Eran otros tiempos.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 29-09-2011 "La rivalidad acaba en el terreno de juego"

Edurne Iza, La rivalidad acaba en el terreno de juego

Así debería ser, desde luego. Que una vez el árbitro ha pitado el final del partido, la competitividad y los nervios propios del juego, queden sobre el césped y prime el espíritu deportivo de los jugadores profesionales. Sin embargo, en el fútbol de este país, estamos asistiendo constantemente a espectáculos bochornosos en los que hombres adultos, con nóminas de cifras impronunciables, intentan buscar excusas, culpar al rival, al árbitro, al juez de línea, al césped, a la climatología... Sería tan sencillo decir, "el equipo contrario jugó mejor", "nuestro oponente mereció la victoria". Por desgracia, cada vez es más difícil, escuchar estas palabras de boca de entrenadores o jugadores. En lugar de un deporte parece que practiquen el estúpido juego de niños de "yo no he sido". Lo que estos hombres hechos y derechos parecen olvidar, es que tienen una responsabilidad, que va mucho más allá de los colores de la camiseta que defienden. No parecen tener presente que no juegan en el patio de su casa, que son ídolos de masas y se han convertido en referente de miles de jóvenes y niños. Que de algún modo, sus actitudes, son replicadas por la sociedad. Son seres admirados por su habilidad deportiva, por el club al que defienden y por los millones que mueven alrededor del negocio del balompié. Todo ello debería hacerles tener muy presente, que sus palabras, gestos, protestas y actitudes son seguidas de cerca y tomadas, en muchos casos, como palabra de ley.
Igual que sucede con otros muchos aspectos sociales, creo que las leyes deportivas deberían ser modificadas. No basta con decir "me han golpeado", "han jugado sucio", "el árbitro nos tiene manía". Pienso que todo este tipo de acciones deben demostrarse. Existen cámaras grabando cada instante de los encuentros, desde diversos ángulos y perspectivas. ¿Por qué no se utiliza la información que se obtiene en esas grabaciones para sancionar y actuar de forma contundente a los que practican el juego sucio?. Del mismo modo, podría demostrarse cuando los protagonistas mienten o desvirtúan la realidad y aplicar los correspondientes castigos.
En mi opinión, la respuesta de que tal o cual acción no figuraba en el acta del partido, es bastante pobre. Es evidente que el ojo humano no puede percibir lo que sucede en el otro extremo del campo, por tanto, debería ser válido lo captado por las cámaras, aún sin constar en el acta del partido, para infringir el correspondiente castigo a quienes llevan la picaresca hasta traspasar los límites de la ética.
Hacen falta sanciones ejemplares, que demuestren a la población que el poderío de un club, los millones de Euros o la popularidad no lo son todo. Al contrario, deberían ser precisamente el premio al trabajo duro, a la deportividad y al juego limpio.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 28-09-2011 "Mi tesoro"

Edurne Iza, Mi tesoro¡Hola!, os presento mi tesoro. A muchos humanos, que viven en una sociedad rodeada de aparatos electrónicos, de alta tecnología, de palabras casi impronunciables como WIFI, GPRS, 4G... Una pelota pinchada les puede parecer una estupidez y sin embargo, es la más preciada de mis pertenencias. Lo que me consuela es que si a un niño de cinco años le permites escoger entre un iPad 2 con 64Gb y 3G y un balón, en la mayoría de casos, no dudará en dar la primera patada al esférico y comenzar a gastar energía corriendo arriba y abajo a toda velocidad, y velocidad es una de las palabras clave de este mundo civilizado en el que viven los humanos. Para mí, termina siendo una paradoja. Fabrican coches cada vez más potentes, que pueden circular a 180 kilómetros a la hora sin ningún tipo de problema, pero luego limitan la circulación en sus autopistas a 120. Tienen mucha prisa para todo, necesitan más velocidad de descarga de datos, ahora piensan en redes de fibra óptica, trenes de alta velocidad, cargadores rápidos... Pero yo, con mi humilde cerebro perruno, me hago una pregunta ¿con tanta celeridad, tienen al menos un minuto al día para disfrutar? ¿son conscientes de que con tantas urgencias, en el fondo también están teniendo prisa porque se les pase la vida?. Nuestro período vital es limitado, el de las personas, algo más largo que el de los canes, pero aún así breve y ellos se empeñan en condensar tanta actividad y extraer el máximo rendimiento de cada uno de los minutos de su existencia, que el día que levanten los ojos de la pantalla del ordenador, los dedos del teclado táctil o las orejas del móvil... serán ancianos enfermos de tecnología a punto de agotar sus baterías. Algunos de ellos, cerrarán los ojos, y expulsarán su último aliento intentando aún, enviar un sms, para que familiares y amigos estén informados con puntualidad de que está muriendo. Otros, descubrirán que han enfilado por la recta final de su existir e intentarán echar la vista atrás y hacer balance de sus biografías. Su decepción será hallar, que hay muy poco que evaluar... ¡Fue todo tan rápido!.
Por eso yo, me dedico a jugar con mi pelota pinchada siempre que puedo, que la climatología me lo permite y si además hay algún pequeño humano cerca con quien compartir carreras, mejor que mejor. Por eso queridos humanos... ¡Disfrutad, que son cuatro días!.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 27-09-2011 "Cuando el invierno entra en casa"

Edurne Iza, Cuando el invierno entra en casa
Se abrió la puerta. Como cada tarde, pasadas las seis y media. Hacía un tiempo precioso, soleado, cálido. Conforme su cuerpo avanzaba hacia el interior de la casa, el ambiente se tornaba frío, oscuro. Donde hacía unos minutos había paz, armonía y color, ahora sólo quedaban sombras. No dijo hola. Se derrumbó en el sofá y gritó pidiendo una cerveza. A los pocos minutos, ella salió temblorosa de la cocina, llevaba una pequeña bandeja plateada, con un mantelito bordado, un vaso alto con la cerveza dorada y espumosa y un plato lleno de crujientes cacahuetes. Depositó la bandeja con mucho cuidado en la mesita auxiliar, junto al sillón. Él tomó el vaso con fuerza, se giró hacia ella y le vació su contenido en la cara, al tiempo que gritaba "¡maldita inútil! ¡cuántas veces tengo que decirte que la cerveza me gusta sin espuma! ¡sin espuma!". Luego se levantó airado, mientras ella se arrodillaba gimoteando a recoger con un trapo, todo el líquido vertido por el suelo y aprovechando la debilidad de su postura, le propinó una brutal patada en las costillas. Cogió su chaqueta y salió a la calle, cerrando, al salir, con un brusco golpe. 
Allí se quedó ella, acurrucada en el suelo, protegiendo con sus brazos la magullada zona lateral. Desde su posición, podía ver en uno de los muebles, un jarrón, decorado con  pequeños cuadraditos en relieve. En su interior, unas flores acompañadas de ramas verdes, cuyos tallos terminaban en hojas pequeñas y ovaladas,  de color anaranjado. Con el portazo, la corriente de aire y la vibración, habían hecho que algunas de las hojas cayeran sobre la mesa de cristal. A medida que el dolor y el miedo aumentaban, toda la escena perdía tonalidad. Se volvía blanca y negra. Fría, triste...
Pasaron varias horas, en las que se quedó recostada e inmóvil sobre el suelo. Observando como el invierno había entrado en su casa, en su vida y en su corazón. Se incorporó, acercó su mano hacia una estantería y recuperó un viejo álbum de fotografías. Pasaba las páginas lentamente, recorriendo con las yemas de sus dedos, una cara que ya no existía. El rostro de una mujer joven y bella, llena de ilusiones, de esperanza y de frescura. Se acercó al espejo del salón y éste le devolvió un reflejo de amargura y terror. Esa no era ella. Ella era primavera, sol y música. Ella era la muchacha de las fotografías. Ahora, tan sólo quedaban las frías sombras de un invierno, que había irrumpido en su  alma, antes de tiempo. Estaba acarreando las frustraciones de un ser débil, sin personalidad y que subsistía en este mundo, a costa de robar la energía de aquella, que un día, le entregara su vida por amor. Por cariño y lealtad le entregó flores y sólo recibió a cambio hojas secas.
Aún dolorida, se dirigió al dormitorio, abrió el armario y sacó una maleta, que colocó sobre la cama. Miró al interior del ropero y vio, colgados en las perchas, retales de infelicidad, que tan sólo le recordaban golpes, gritos y humillaciones. Miró a su alrededor y no vio nada que valiera la pena llevar consigo. Cogió su bolso de mano con algo de dinero y la documentación. Atravesó el salón, haciendo volar las hojitas naranjas que habían caído del jarrón. Tomó una en la palma de su mano, la observó por unos instantes y al introducirla en uno de sus bolsillos dijo, "te llevo conmigo, para no olvidar que aún es primavera y  me queda todo un verano por delante hasta llegar al otoño. Para tener presente, que falta mucho, para que a mi vida lleguen las primeras nieves". Abrió la puerta de la calle dejando entrar un torrente de luz y sencillamente, se marchó. Para siempre.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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