La Foto del día: 27-09-2011 "Cuando el invierno entra en casa"

Edurne Iza, Cuando el invierno entra en casa
Se abrió la puerta. Como cada tarde, pasadas las seis y media. Hacía un tiempo precioso, soleado, cálido. Conforme su cuerpo avanzaba hacia el interior de la casa, el ambiente se tornaba frío, oscuro. Donde hacía unos minutos había paz, armonía y color, ahora sólo quedaban sombras. No dijo hola. Se derrumbó en el sofá y gritó pidiendo una cerveza. A los pocos minutos, ella salió temblorosa de la cocina, llevaba una pequeña bandeja plateada, con un mantelito bordado, un vaso alto con la cerveza dorada y espumosa y un plato lleno de crujientes cacahuetes. Depositó la bandeja con mucho cuidado en la mesita auxiliar, junto al sillón. Él tomó el vaso con fuerza, se giró hacia ella y le vació su contenido en la cara, al tiempo que gritaba "¡maldita inútil! ¡cuántas veces tengo que decirte que la cerveza me gusta sin espuma! ¡sin espuma!". Luego se levantó airado, mientras ella se arrodillaba gimoteando a recoger con un trapo, todo el líquido vertido por el suelo y aprovechando la debilidad de su postura, le propinó una brutal patada en las costillas. Cogió su chaqueta y salió a la calle, cerrando, al salir, con un brusco golpe. 
Allí se quedó ella, acurrucada en el suelo, protegiendo con sus brazos la magullada zona lateral. Desde su posición, podía ver en uno de los muebles, un jarrón, decorado con  pequeños cuadraditos en relieve. En su interior, unas flores acompañadas de ramas verdes, cuyos tallos terminaban en hojas pequeñas y ovaladas,  de color anaranjado. Con el portazo, la corriente de aire y la vibración, habían hecho que algunas de las hojas cayeran sobre la mesa de cristal. A medida que el dolor y el miedo aumentaban, toda la escena perdía tonalidad. Se volvía blanca y negra. Fría, triste...
Pasaron varias horas, en las que se quedó recostada e inmóvil sobre el suelo. Observando como el invierno había entrado en su casa, en su vida y en su corazón. Se incorporó, acercó su mano hacia una estantería y recuperó un viejo álbum de fotografías. Pasaba las páginas lentamente, recorriendo con las yemas de sus dedos, una cara que ya no existía. El rostro de una mujer joven y bella, llena de ilusiones, de esperanza y de frescura. Se acercó al espejo del salón y éste le devolvió un reflejo de amargura y terror. Esa no era ella. Ella era primavera, sol y música. Ella era la muchacha de las fotografías. Ahora, tan sólo quedaban las frías sombras de un invierno, que había irrumpido en su  alma, antes de tiempo. Estaba acarreando las frustraciones de un ser débil, sin personalidad y que subsistía en este mundo, a costa de robar la energía de aquella, que un día, le entregara su vida por amor. Por cariño y lealtad le entregó flores y sólo recibió a cambio hojas secas.
Aún dolorida, se dirigió al dormitorio, abrió el armario y sacó una maleta, que colocó sobre la cama. Miró al interior del ropero y vio, colgados en las perchas, retales de infelicidad, que tan sólo le recordaban golpes, gritos y humillaciones. Miró a su alrededor y no vio nada que valiera la pena llevar consigo. Cogió su bolso de mano con algo de dinero y la documentación. Atravesó el salón, haciendo volar las hojitas naranjas que habían caído del jarrón. Tomó una en la palma de su mano, la observó por unos instantes y al introducirla en uno de sus bolsillos dijo, "te llevo conmigo, para no olvidar que aún es primavera y  me queda todo un verano por delante hasta llegar al otoño. Para tener presente, que falta mucho, para que a mi vida lleguen las primeras nieves". Abrió la puerta de la calle dejando entrar un torrente de luz y sencillamente, se marchó. Para siempre.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día 26-09-2011 "El fantasma de la grada"

Edurne Iza, El fantasma de la grada

Allí estaba él. Sentado a sus anchas. Disfrutando del sol de justicia que reverberaba sobre los asientos de plástico blanco. La mayoría del escaso público asistente, estaba colocado en la grada de enfrente, bajo el tejadillo que protegía de la brillante luz veraniega y el calor. Pero él, se enfundó en el bañador más pequeño que tenía por casa y se dirigió al estadio. Una vez allí, se colocó una máscara para preservar su intimidad, se desprendió de la camiseta y estiró su generoso físico, ocupando cuatro asientos. Pasados unos minutos, el partido se tornó tedioso y el público disfrutaba más señalando e intentando fotografiar al individuo del traje de baño, que apreciando el esfuerzo de los jugadores por recorrer el campo arriba y abajo, atenazados por la brisa húmeda y bochornosa. Ajeno a la expectación suscitada, nuestro protagonista, parecía ser el único que atendía al juego. Llegó el tiempo de descanso y sacó un enorme bocadillo envuelto en papel de plata y un refresco en lata. Los engulló con avidez y fue el primero en levantarse a aplaudir a su equipo, cuando los sofocados deportistas regresaron al terreno de juego. Sus vecinos del otro lado, se entretenían haciendo la ola humana y no tardó en aparecer el espectador ocurrente, que megáfono en mano comenzó a corear ¡fantasma de la grada, eo eo ehh! ¡fantasma de la grada, eo eo ehh! ¡la la la laaaa, la la, la la la la laaa laaaaa, eeeeo eeeeo ehhhhh!. Lejos de amilanarse, nuestro protagonista se vino arriba, al comprender que varios cientos de desconocidos, acababan de bautizar su ocurrencia de combinar, bañador, máscara y pelo en pecho, con partido dominguero y decidió regalarles el momento más cómico al menos, del fin de semana. Así que, sin dudarlo un instante, se bajó el diminuto pantalón azul, dejando libertad a sus oprimidos genitales, saltó de una en una, el puñado de filas que le separaban del campo y recorrió a la carrera la banda izquierda. Luego, se internó en el centro del campo, dribló a un par de jugadores que lo miraban atónitos y continuó de regreso por el lateral derecho, hasta que finalmente quedó estampado contra el césped, bajo el pesado cuerpo de un sudoroso guardia de seguridad, que sujetó sus muñecas a la espalda y lo condujo al túnel de vestuarios ante las sonoras protestas de la grada, que coreaban a voz en cuello el simpático soniquete ¡fantasma de la grada, eo eo ehh! ¡la la la laaaa, la la, la la la la laaa laaaaa, eeeeo eeeeo ehhhhh!. A la mañana siguiente y para desesperación de los jugadores, que terminaron el partido con la misma parsimonia con que había comenzado, los principales periódicos deportivos, coronaban sus portadas con una fotografía, más o menos enfocada de nuestro amigo y un enorme titular ¡El Fantasma De La Grada, man of the match!.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 25-09-2011 "Rodando hacia una nueva vida III"

Edurne Iza, Rodando hacia una nueva vida III
Llegué al trabajo y no era capaz de concentrarme en nada. Veía las enormes piezas de carne colgadas, fantasmagóricas, balanceándose en los ganchos de acero y no podía evitar imaginarme a los hombres de Gael, introduciendo los paquetes de coca en su interior. ¡Debía evitarlo como fuese!. Poco a poco, llegué a la conclusión, de que no podría confiar en una única persona. Hablábamos de ingentes cantidades de dinero. Suficiente para corromper a políticos, policías o periodistas. Por tanto pensé que la solución no era uno de ellos, si no todos al mismo tiempo. Si contactaba por separado, con los medios de comunicación, con algún político que me inspirara relativa confianza y con la policía, sería difícil que Gael pudiera controlarlos a todos de forma simultánea.
Así, decidí continuar simulando que aceptaba el acuerdo. Gael, me enviaba emisarios, gente desconocida, en forma de cartero, empleado de la compañía de aguas, de la luz... Todos ellos con instrucciones acerca del siguiente paso que yo debía dar. Colocar una determinada partida de carne en una zona específica de las cámaras frigoríficas, modificar en el registro los números de lote... Pequeños cambios que iban cimentando su malévolo plan. Cada vez que me veía forzada a ejecutar alguna de sus indicaciones, me preocupaba de dejar constancia. Intentaba establecer mi propia coartada por si algo salía mal. Me grababa en vídeo con un periódico del día en cuestión, y explicaba lo que me estaban obligando a hacer, luego recopilaba documentos, fotografías o cualquier dato que me parecía importante para demostrar mi inocencia. Pasaron los días y un hombre en moto, vestido de negro y que decía ser empleado de un servicio de mensajería, me entregó las últimas órdenes. El primer envío, se realizaría aquella misma noche. Estaba muy nerviosa. No podía evitar la angustia de pensar que algo podría salir mal. Preparé meticulosamente doce sobres, cada uno con un CD y un paquete de fotografías y documentación idénticos. Los puse por correo certificado, dirigidos al redactor jefe, de cada uno de los periódicos europeos más importantes. Guardé uno de los sobres en una consigna de la estación del tren, este era especial, puesto que contenía una información mucho más detallada y los originales de todos los documentos que había ido reuniendo en mi investigación. Mis nervios crecían conforme pasaban las horas. Las 17:15, era el momento en que se realizaría la operación. Yo debía asegurarme que durante quince minutos, nadie tuviera acceso a la sala de despiece. En lugar de eso, una vez estuvieron dentro los hombres de Gael, cerré todas las puertas de entrada. Fue fácil convencerles de que era el mejor modo de garantizar su seguridad. Luego conecté las alarmas y comencé a realizar llamadas. Tenía exactamente trece minutos hasta que los esbirros, se percataran de que estaban encerrados y empezara "la fiesta". Contacté con varias comisarías, con los bomberos, llamé al alcalde de la ciudad, radios televisiones y periódicos. En escasos diez minutos comenzaron a sonar alarmas, a llegar apresurados coches con estrepitosas sirenas y luces giratorias. Los hombres de Gael, se estaban inquietando, intentaban desesperadamente salir de la sala y al no conseguirlo, sacaron las armas y dispararon a discreción. Las cámaras de televisión se agolpaban en las inmediaciones, los efectivos policiales y de bomberos intentaban mantener a los civiles lejos del área que habían acordonado para intentar garantizar su seguridad. En pocos minutos, todo había acabado, con sólo un herido leve. Los secuaces de Gael, fueron conducidos al interior de los furgones policiales y trasladados a comisaría.
En realidad, esto había sido la parte fácil. Ahora, debía mantenerme con vida, así que tomé un taxi para que me llevara a casa de Ismael Gael. Abrió él mismo la puerta al escuchar  el sonido de la gravilla bajo las ruedas del coche y me recibió batiendo suavemente las palmas, clap, clap, clap
- Bien, bien, bien Elena. Me las has jugado. ¿Eres consciente de que tu vida está a punto de terminar?
- Hola Ismael. No tuve opción. Pero vengo a proponerte un trato. Soy consciente de tu poder y me conformo con que dejes de traficar con drogas.
- ¡Estúpida niñata! ¡Con quién te crees que hablas!
- Tengo pruebas esparcidas a lo largo y ancho de Europa. He diseminado tanto la información, que te será imposible corromperlos a todos. Por si esto fallara, tengo además un seguro de vida en una caja que nunca encontrarás. Documentos fotografías y grabaciones que te involucran. Así que no pierdes nada por escucharme.
- Adelante...
- Tienes una fortuna incalculable. Olvídate del tráfico de drogas y desaparece. Garantízame que no correré peligro. No quiero dinero, sólo continuar con mi vida. 
- ¡Maldita soñadora!

Entonces Gael, sacó del bolsillo un arma y se acercó apuntándome con ella entre los ojos.  Con mucho cuidado, deslicé mi mano derecha en el bolsillo del abrigo y apreté el botón rojo del pequeño dispositivo que había preparado. Una gran explosión sacudió el lugar, el techo comenzó a desmoronarse y aproveché la confusión para salir corriendo. Cuando el último milímetro de mi cuerpo abandonaba el lugar, que se vino abajo por completo, me giré con el tiempo justo para ver como el cuerpo de Gael, se agitaba presa de los estertores de la muerte, atrapado bajo una enorme lámpara de cristal que se había desprendido del techo durante la detonación. Caminé y caminé durante horas. Llegué al centro de la ciudad y tomé una de las bicicletas del Bicing. Rodé sin rumbo y llegué, sin querer a la Villa Olímpica. Era ya noche cerrada, la ciudad estaba en calma. Al pasar por delante de una cafetería llena de turistas vi en la pantalla de televisión la noticia de la central cárnica, seguida de la explosión en la casa de Gael.
Apoyé la bicicleta sobre su pata auxiliar, me senté mirando al mar y pensé en mis diseños. Miré mis manos, enrojecidas por el duro trabajo en la industria cárnica y suspirando profundamente,  me dije, hoy comienza mi nueva vida. Hoy voy a luchar por ser la diseñadora que llevo dentro. La Elena conformista ha muerto y ha nacido una nueva yo, la que siempre quise ser. La que no se rinde ante lo imposible, la que no desfallece ante lo inalcanzable. La que lucha por sus sueños hasta conseguirlos.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 24-09-2011 "Rodando hacia una nueva vida II"

Edurne Iza, Rodando hacia una nueva vida II





Un elegante coche me recogió en la puerta del hospital y rodamos por diversas calles de la ciudad hasta adentrarnos en una lujosa urbanización. Me puse algo nerviosa al comprender que el conductor me llevaba a casa de Gael. Yo había dado por hecho que el almuerzo, tendría lugar en un restaurante, en un lugar público. Al fin y al cabo, acababa de conocer a aquel hombre. Atravesamos una enorme puerta negra de hierro forjado , engalanada por puntas de lanza de color dorado. Recorrimos un camino empedrado hasta una pequeña plaza con una preciosa fuente de piedra en el centro. La puerta de la casa se abrió y Gael me recibió con una enorme sonrisa. Almorzamos en el comedor, decorado con muebles modernos de estilo minimalista y donde predominaba el color blanco y gris perla. Era una estancia relajante y muy agradable. Durante la comida hablamos un poco de todo, actualidad, política, sociedad... Durante el café, Gael abordó el tema que había ocasionado aquel encuentro.
- Elena, ¿me permite llamarle Elena?
- Sólo si yo puedo hacer lo mismo
- Por supuesto, mi nombre es Ismael. Disculpa mis modales
- No hay por qué, todo ha sido algo precipitado
- Bien, Elena, creo que tu talento está desperdiciado
- En fin, no es fácil abrirse camino en el mundo del diseño. Soy completamente desconocida, no tengo dinero y eso se paga caro
- Lo entiendo pero ¿qué me dirías si te ofrezco cambiar todo eso?
- No comprendo...
- Muy sencillo, hagamos un trato
- ¿Un trato? no veo qué podría ofrecerle yo a cambio
- Mucho más de lo que piensas. Trabajas en una de las compañías cárnicas más importantes del país y eso a mi me interesa sobremanera. Pero deberás ser extremadamente discreta. No hacer preguntas. Ver, oír y callar.
Ismael dio muchos rodeos, poca información y bastante ambigua, pero pronto comprendí de lo que se trataba. Querían utilizar los envíos de carne hacia el norte de Europa para camuflar alijos de cocaína. Yo debía facilitarles el acceso a las instalaciones y asegurarme, que mientras manipulaban las piezas, no pudieran ser descubiertos. Tuve que realizar verdaderos esfuerzos, por no dejar traslucir mi sorpresa, mi inquietud y sobretodo mi repulsa hacia semejante propuesta. No estaba dispuesta a prestarme a aquellos negocios sucios, pero al mismo tiempo, era consciente de mi posición. Si me negaba, era posible que me mataran allí mismo e hicieran desaparecer mi cuerpo. En realidad, no llegué a hablar con nadie desde el accidente. Podrían inventarse una complicación, involucrando a algún médico que firmara un informe falso y utilizar el atropello como coartada.
Conseguí convencer a Gael de mi entusiasmo con el plan. A cambio él me ofrecía un mecenazgo total, para dar a conocer mis diseños y poder trabajar en lo que siempre había sido mi sueño. Sólo me pedía dos envíos. Me dijo que tras esos "encargos", pensaba retirarse a algún paraíso fiscal y disfrutar de su fortuna. Que entonces yo sería libre y tendría un prometedor futuro por delante. Como es evidente, mis principios morales me lo impedían.
El chófer me devolvió a casa bien entrada la noche. El primer envío se produciría en una semana así que tenía pocos días para urdir un plan que me sacara de aquel embrollo.
A la mañana siguiente regresé a la parada del Bicing, para encaminarme al trabajo. El sol reflejaba en los charcos de la calzada y las bicicletas, perfectamente colocadas en hilera, me recordaron mi propia vida. Una repetición interminable de escollos que salvar. Como no sabía por cual empezar, decidí hacerlo por el primero. Ir a trabajar. Agarré el primer manillar disponible y comencé a pedalear. Continuará...


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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