La Foto del día: 16-09-2011 "Esta es mi casa I"

Edurne Iza, Esta es mi casa I
Hola a todos, dejadme que me presente, soy un ave zancuda, también me llaman de patas largas o ave de la marisma. Vivo en áreas de tierras bajas, mal drenadas y generalmente cerca de la costa en la desembocadura de los ríos. A causa de las mareas, el agua dulce se mezcla en cierta medida con la salada y contribuye al depósito de sedimentos, limo, arcilla y arena, que se mezclan con la turba. Todo ello convierte mi hogar, en una tierra fértil y muy rica en diferentes especies, que convivimos en perfecta armonía.
Últimamente, tenemos una actividad frenética, es época de cría y los mayores de la familia, se dedican a amenizar los ratos aburridos contando historias fantásticas. Algunas son vivencias de su juventud. Otras, sencillamente invenciones que les gusta explicarnos para conseguir nuestra admiración.
Sin embargo, hay un relato que se repite de forma periódica y me tiene algo preocupado. Habla de un futuro próximo en el que una especie llamada ser humano, destruirá nuestras casas. Contaminará las marismas, los ríos y los mares y no podremos sobrevivir. Dice que algunos de nosotros, los individuos más fuertes, mutarán en especies sobrenaturales, como único modo de resistir a la falta de alimento y a la desaparición de nuestro hábitat. Describe terribles sufrimientos para quienes consigan resistir, tales como ceguera, caída de plumas, sarpullidos sobre la piel e incluso la caída del pico.
Mi hermano y yo nos reímos cuando los mayores comienzan con lo que nosotros denominamos el momento apocalíptico, porque estamos convencidos que ningún ser vivo de este mundo, podría ser tan estúpido, como para destruir el bello planeta que nos ha sido regalado. Solemos dejar a los más jóvenes horrorizarse con los cuentos para niños y nos vamos a dar un baño en la orilla, donde el fondo es fangoso y revitaliza nuestro plumaje.
A veces pescamos pequeños pececillos, capturamos insectos o rebuscamos bajo el fondo hasta encontrar algún suculento gusano. A la caída del sol, me encanta alzar el vuelo y observar desde las alturas, como el laberinto de agua que viene desde las montañas, se diluye en la inmensidad del océano. La vegetación, el colorido y la belleza de la naturaleza en su máximo esplendor. Luego desciendo, me acurruco en mi nido para pasar la noche y me duermo satisfecho pensando, esta es mi casa.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 15-09-2011 "Twister"

Edurne Iza, Twister
Hacía un día precioso y mi hermana y yo, decidimos acercarnos paseando hasta una zona boscosa, que termina en unos acantilados, que descienden casi en vertical hasta el mar. Desde allí, las vistas son preciosas. Parece que se pudiera tomar el océano con una mano, tocar la línea del horizonte y casi acariciar el sol. Corría el mes de Mayo y aunque la temperatura era agradable, la fresca brisa marina, recordaba que aún no había llegado el verano. Me senté en la rama de un árbol que sobresalía retorcida entre la hojarasca y miré hacia el infinito. Disfruté de una sensación de relax indescriptible. Mi hermana se entretenía observando pequeñas flores, arbustos y cualquier especie que no hubiera visto antes. Cerré los ojos para sentir en la profundidad de mi ser que en aquel momento, el tiempo no importaba, ni los correos electrónicos, ni las llamadas. Por un momento, creo que incluso me dormí. Sin embargo, al cabo de unos minutos, noté por encima de mis párpados cerrados, que la intensidad de la luz había disminuido. El sol ya no calentaba mi rostro. Una nube, pensé, e instintivamente miré al cielo. Observé una especie de mancha oscura y vertical. Parecía salir del mar y la vista se perdía antes de que acabara, muy arriba. Llamé a mi hermana para que me diera su opinión sobre el extraño fenómeno y pronto comprendimos que se trataba de un tornado. Se movía en círculos y avanzaba a gran velocidad. Escuchamos el ruido de un  motor y casi de la base del remolino, vimos aparecer una embarcación fuera borda. No era muy grande, pero navegaba a toda potencia. En su interior viajaban dos ocupantes. Un hombre y una mujer. Con espanto, comprendimos su lucha por escapar de la masa de aire, el motor gemía cada vez más fuerte y nosotras observábamos impotentes la escena. Se estaba acercando hacia la costa a gran velocidad y sabíamos que una vez tocara tierra, su fuerza disminuiría, pero no sin antes, causar una larga lista de pérdidas humanas, sin contar con los destrozos materiales. Pensé que sería genial poder elevarme por encima de la vorágine, introducirme en su zona central y desde allí provocar una explosión que consiguiera desintegrarlo. Me concentré tanto, que perdí la noción del tiempo. Noté como mi cuerpo se transformaba, lentamente. Comencé a ascender y podía ver cómo eso sucedía, sentada en el árbol, como si otro yo, hubiera salido de mi interior y fuera él, quien se alejaba del lugar, subiendo cada vez más. Pronto estuve tan arriba, que podía distinguir perfectamente el ojo del twister. Tenía bastantes metros de diámetro, lo cual me permitió introducirme en su zona central. Era una sensación extraña, rodeada de una pared de aire, agua y objetos en movimiento. Una falsa calma que podía quebrarse en cualquier instante. Entonces, aspiré con fuerza y mi cuerpo comenzó a inflarse, más y más hasta que podía tocar con mis manos, ambos lados del fenómeno natural. Desde donde me encontraba, era imposible saber, si los desdichados de la motora, habían conseguido huir, pero decidí no alargar más el sufrimiento, ni correr el riesgo de que la ventisca llegara a tierra, así que, como quien respira profundamente, solté todo el aire de una vez. Me deshinché como si de un globo se tratara, con tanta fuerza, que generé un agujero sobre la superficie del mar, capaz de absorber, toda la furia del tornado. El sol volvió a lucir, el viento cesó y divisé, como la lancha llegaba a puerto, con sus ocupantes sanos y salvos. Yo seguía allí, sentada sobre el raigón y mi hermana continuaba mirando la vegetación,como si nunca hubiera sucedido nada.

- ¿Has visto eso?
- ¿Qué?
- El tornado, yo volando por encima, el globo, la lancha...
- No se de que me hablas
- Pero si estabas junto a mí, hace unos minutos
- Creo que tanto sol te está afectando. Anda, vámonos a casa, es hora de comer.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 14-09-2011 "El profesor Virulet III, el desenlace"

Edurne Iza, El profesor Virulet III, el desenlace- ¡Julio, Doctor!, como me alegro de encontrarles sanos y salvos.
- ¿Quién es usted?
- ¿No me recuerda?
- Profesor, ella es de toda confianza, no hace falta fingir
- ¿Fingir?, no entiendo nada
- El profesor ha estado simulando un proceso de amnesia temporal para intentar ganar algo de tiempo. Sabíamos que vendríais a rescatarnos y no podíamos revelar la fórmula del combustible, porque sabíamos que era nuestra única oportunidad de permanecer con vida. Esta gente es peligrosa y están dispuestos a todo por conseguir la riqueza que se oculta tras el descubrimiento del doctor.
- Lo entiendo. Está bien, ahora deberíamos concentrar nuestros esfuerzos en salir de aquí. Cuando llegué estaban cenando, buen momento para escabullirse. Intentémoslo ahora. ¡Rápido!.
Con frenético nerviosismo recorrimos los pasillos y escaleras hasta llegar al nivel de la cubierta superior, por donde yo había accedido. A cada voz, risa o crujido, permanecíamos inmóviles unos segundos, hasta asegurarnos que  nadie se acercaba. Una vez arriba debíamos pensar en el modo de descender a tierra, ya que el profesor no estaba en condiciones físicas de deslizarse por la estacha. Teníamos muy poco tiempo así que mientras Julio y los ayudantes iniciaban el descenso por el cabo, abracé al profesor, le tapé nariz y boca y salté al agua con él. El sonido de los cuerpos cayendo al mar, alertó a los marineros que pronto se asomaron para ver qué había sucedido. Me moví con rapidez, nadando hasta tocar el casco, de modo que la propia estructura del buque impedía que fuéramos vistos desde arriba. Haciendo un gesto de silencio al profesor, le dejé respirar con normalidad. Esperamos unos minutos, hasta que la tripulación desistió y dejó de mirar. Nos reunimos con el resto del grupo, detrás de un contenedor de carga. Les pedí que me siguieran sin hacer ruido. Caminamos con sigilo hasta la otra punta del muelle, donde Manuel, había seguido mis instrucciones a la perfección y había dejado una barca preparada para partir, con mantas, ropa seca y algo de comida y agua. Embarcamos y nos dirigimos hacia una zona más segura. El sol comenzaba a salir cuando llegamos a la playa.
 Al principio de la aventura para liberar al profesor y sus acompañantes, sabía que si los encontraba con vida, el único modo de preservarla, sería hacer pública la fórmula sin perder un minuto. Así que convoqué a los medios de comunicación en un punto cercano de la costa, con la esperanza de poder conseguir mi objetivo. Así había sido y allí estábamos los cinco, con un aspecto un tanto destartalado, pero sanos y salvos.

- Profesor, me he permitido la libertad de organizarlo todo. Creo que va usted a protagonizar el minuto más visto de la historia de la televisión.
- Siempre estaré agradecido por su ayuda incondicional. Guarde esto. Le entregué otro igual a Julio y a mis ayudantes. Sólo puedo fiarme de ustedes.
- ¿Qué es?
- Un disco con todos los resultados de mi investigación. Si algo me pasara, ya saben lo que deben hacer.

Virulet subió un par de peldaños, hasta un pequeño atril que le habían preparado. Comenzó a explicar los pormenores de su descubrimiento. Escribió fórmulas, diagramas y flechas en una enborme pizarra que se había dispuesto al efecto. Cuando estaba a punto de completar la deducción final de la fórmula, un punto rojo se iluminó entre sus ojos. Tuvo el tiempo justo de percibir la extraña luz en su rostro, me dirigió una mirada de resignación y cayó al suelo con la cabeza destrozada en medio de la histeria general. Sin pensarlo, Julio y yo cogimos a los ayudantes del profesor y nos lanzamos dentro de una de las furgonetas de la televisión que estaba retransmitiendo el momento en directo. Saqué el disco, se lo extendí al tembloroso realizador y le dije:

- ¡Que salga en antena, ahora!. Sólo así cesará esta barbarie.

Las imágenes del profesor, diversos documentos escaneados, las formulas, ensayos y conclusiones científicas, ocuparon las pantallas durante muchos días. La generosidad y valentía de Virulet, frente a la codicia desmesurada de sus asesinos, se instaló para siempre en nuestros corazones.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 13-09-2011 "El profesor Virulet II"

Edurne Iza, El profesor Virulet II
Me giré sobresaltada y vi de pie a mi lado a un oficial de la marina, con su uniforme blanco reluciente y sus galones brillando sobre los hombros. Era joven, bien parecido, pero con un aire un tanto arrogante.

- Buenos días, soy estudiante de fotografía y estoy preparando un trabajo.
- Un trabajo, ¿sobre qué?
- Bueno, el tema es la profundidad de campo, en blanco y negro. Como me encanta el mar y los barcos, he venido al puerto a encontrar inspiración y he visto aquel magnífico buque que ha enamorado a mi cámara.
- Ya... en cualquier caso, aquí no puede estar, es zona restringida, así que si no quiere tener problemas, le aconsejo que recoja sus bártulos y se vaya de inmediato.
- Vaya, lo lamento, pensaba que estaba en una zona pública.
- ¡No discuta!, es mejor para usted.
Por el nerviosismo y la contundencia del hombre, supe que no era momento para discutir, así que fingí convicción y respeto, plegué el trípode y me marché. Me temblaban las piernas, pero al mismo tiempo, me sentía orgullosa por haber sabido improvisar y convencer al hombre. Sin embargo, todo aquello corroboraba mi teoría de que el velero ocultaba mucha información. Me fui al hotel y me recosté un buen rato. No podía dormir, pensando en mi amado Julio. Todo eran incógnitas. ¿Seguiría vivo? ¿estaría a bordo? quizá había estado tan sólo a unos metros de él sin poder acercarme. Tal vez me hubiera visto por uno de los ojos de buey y yo ni siquiera me había percatado. ¿Y el profesor?, si habían conseguido la fórmula, su vida apenas tenía valor para sus secuestradores. Aunque yo, confiaba en que hubiera sido lo suficientemente inteligente como para ganar tiempo. Debía suponer que había gente intentando rescatarle.
Cuando anocheció, me dirigí nuevamente al puerto. Esta vez, llevaba un equipo mucho más discreto, de hecho, un cámara con carcasa acuática y de reducidas dimensiones, colgada en bandolera. Ropa oscura ajustada, que me permitía camuflarme en la oscuridad y un pañuelo  que me servía al mismo tiempo para recogerme el pelo y para evitar que se mojara. Sigilosamente, me deslicé entre los malecones, ocultándome tras montañas de redes y contenedores, hasta situarme bastante cerca del velero. La única forma de acceder a él, era colgándome de una de las estachas que lo retenía a los noráis del muelle, concentrándome para no ser vista y no hacer ruido. Escogí, el que se encontraba más alejado de la zona de actividad de la tripulación. Una farola iluminaba bastante bien la zona, pero una vez consiguiera encaramarme a la soga, y recorrer los tres primeros metros, ésta quedaba oculta por la oscuridad de las aguas y la sombra del casco. Con la agilidad de un felino, comencé mi recorrido, cuando escuché un gran revuelo en cubierta. Pensé que me habían descubierto y estuve a punto de dejarme caer al agua y desaparecer buceando, pero controlé mis nervios y pronto comprendí que las carreras, no tenían nada que ver conmigo si no con el aviso de la hora de la cena. Pensé que era un momento estupendo para colarme. Tras grandes esfuerzos, conseguí por fin pisar el brillante suelo de madera. Me escabullí entre los botes salvavidas y detecté un acceso al interior. A lo lejos se escuchaban las risas y la conversación animada de quienes comían despreocupadamente. Encontré unas escaleras y bajé varios pisos. Me topé con una gran puerta metálica, cerrada y asegurada con un barrote de hierro que la atravesaba de lado a lado. Cuando por fin conseguí abrirla, recorrí un laberíntico pasillo oculto tras ella, llegué a una estancia amplia, húmeda, llena de sacos con herramientas y materiales de mantenimiento. Acurrucados entre los bultos, distinguí a Julio, al profesor Virulet y a sus ayudantes. ¡Estaban vivos!. Ahora había que salir de allí... Continuará



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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