La Foto del día: 13-09-2011 "El profesor Virulet II"

Edurne Iza, El profesor Virulet II
Me giré sobresaltada y vi de pie a mi lado a un oficial de la marina, con su uniforme blanco reluciente y sus galones brillando sobre los hombros. Era joven, bien parecido, pero con un aire un tanto arrogante.

- Buenos días, soy estudiante de fotografía y estoy preparando un trabajo.
- Un trabajo, ¿sobre qué?
- Bueno, el tema es la profundidad de campo, en blanco y negro. Como me encanta el mar y los barcos, he venido al puerto a encontrar inspiración y he visto aquel magnífico buque que ha enamorado a mi cámara.
- Ya... en cualquier caso, aquí no puede estar, es zona restringida, así que si no quiere tener problemas, le aconsejo que recoja sus bártulos y se vaya de inmediato.
- Vaya, lo lamento, pensaba que estaba en una zona pública.
- ¡No discuta!, es mejor para usted.
Por el nerviosismo y la contundencia del hombre, supe que no era momento para discutir, así que fingí convicción y respeto, plegué el trípode y me marché. Me temblaban las piernas, pero al mismo tiempo, me sentía orgullosa por haber sabido improvisar y convencer al hombre. Sin embargo, todo aquello corroboraba mi teoría de que el velero ocultaba mucha información. Me fui al hotel y me recosté un buen rato. No podía dormir, pensando en mi amado Julio. Todo eran incógnitas. ¿Seguiría vivo? ¿estaría a bordo? quizá había estado tan sólo a unos metros de él sin poder acercarme. Tal vez me hubiera visto por uno de los ojos de buey y yo ni siquiera me había percatado. ¿Y el profesor?, si habían conseguido la fórmula, su vida apenas tenía valor para sus secuestradores. Aunque yo, confiaba en que hubiera sido lo suficientemente inteligente como para ganar tiempo. Debía suponer que había gente intentando rescatarle.
Cuando anocheció, me dirigí nuevamente al puerto. Esta vez, llevaba un equipo mucho más discreto, de hecho, un cámara con carcasa acuática y de reducidas dimensiones, colgada en bandolera. Ropa oscura ajustada, que me permitía camuflarme en la oscuridad y un pañuelo  que me servía al mismo tiempo para recogerme el pelo y para evitar que se mojara. Sigilosamente, me deslicé entre los malecones, ocultándome tras montañas de redes y contenedores, hasta situarme bastante cerca del velero. La única forma de acceder a él, era colgándome de una de las estachas que lo retenía a los noráis del muelle, concentrándome para no ser vista y no hacer ruido. Escogí, el que se encontraba más alejado de la zona de actividad de la tripulación. Una farola iluminaba bastante bien la zona, pero una vez consiguiera encaramarme a la soga, y recorrer los tres primeros metros, ésta quedaba oculta por la oscuridad de las aguas y la sombra del casco. Con la agilidad de un felino, comencé mi recorrido, cuando escuché un gran revuelo en cubierta. Pensé que me habían descubierto y estuve a punto de dejarme caer al agua y desaparecer buceando, pero controlé mis nervios y pronto comprendí que las carreras, no tenían nada que ver conmigo si no con el aviso de la hora de la cena. Pensé que era un momento estupendo para colarme. Tras grandes esfuerzos, conseguí por fin pisar el brillante suelo de madera. Me escabullí entre los botes salvavidas y detecté un acceso al interior. A lo lejos se escuchaban las risas y la conversación animada de quienes comían despreocupadamente. Encontré unas escaleras y bajé varios pisos. Me topé con una gran puerta metálica, cerrada y asegurada con un barrote de hierro que la atravesaba de lado a lado. Cuando por fin conseguí abrirla, recorrí un laberíntico pasillo oculto tras ella, llegué a una estancia amplia, húmeda, llena de sacos con herramientas y materiales de mantenimiento. Acurrucados entre los bultos, distinguí a Julio, al profesor Virulet y a sus ayudantes. ¡Estaban vivos!. Ahora había que salir de allí... Continuará



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 12-09-2011 "El profesor Virulet I"

Edurne Iza, El profesor Virulet I
Hacía días que había llegado a mis oídos la noticia de la arribada del buque a un puerto cercano. Sabía que aquellos mamparos, encerraban mucho más que marineros y carga comercial. Pero necesitaba pruebas. Nadie iba a creerme. "La gente no desaparece sin dejar rastro", me habían dicho, al intentar investigar sobre la desaparición del profesor Virulet. Me había interesado por él en una de las numerosas conferencias, que había ofrecido al colectivo científico, para compartir sus avances acerca de un compuesto químico de su invención, que se convertiría en la energía del futuro. No contaminante, barata, casi gratuita, en realidad, y al no tener necesidad de ser extraída de ningún fondo marino o terrestre, no habría riesgo de agotamiento, puesto que se creaba fácilmente en un laboratorio. Cuando presentó la primera propuesta en la cumbre de Sebastopol el año anterior, hubo una auténtica convulsión mediática. Periodistas de medio mundo fuimos movilizados y Virulet, se convirtió en una de las personalidades más fotografiadas del mundo. En su última ponencia, hacía tan sólo un par de semanas, había afirmado que las pruebas se habían superado satisfactoriamente y que en un par de meses, la fórmula estaría preparada para ser comercializada. El profesor, había reiterado su intención de donar su descubrimiento a la ciencia de manera gratuita y contribuir de ese modo al progreso y el desarrollo sostenible de nuestro planeta. Lo único que pedía a cambio, era que se dotara al nuevo combustible con su nombre. Sería un buen modo de pasar a la posteridad. Estaba claro, que había muchos intereses para que Virulet no fuera tan altruista. Más de uno había vislumbrado un modo de incrementar sus riquezas de forma rápida y no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad porque un generoso investigador se conformara con dar su nombre a la energía del futuro. Una semana más tarde, Virulet junto a un par de colaboradores del laboratorio y el reportero que cubría sus movimientos, desaparecieron de forma misteriosa, cuando viajaban de regreso de su último evento público y pasaban en coche, por una aldea próxima a los Balcanes. Fui puesta al cargo de la investigación y desde el primer día, topé con muros imposibles de flanquear, cada vez que intentaba conseguir información. La mayoría reaccionaban sugiriendo que tanto Virulet como quienes le acompañaban, estaban escondidos, esperando que la receta mágica se revalorizara lo suficiente como para llenar sus alforjas, para el resto de sus vidas. Sin embargo, yo sabía que no podía ser. Había escuchado y leído cada una de las presentaciones del doctor, conocía perfectamente a Julio, mi compañero de profesión y de vida y sabía que ni uno ni otro, eran la clase de persona a la que se pudiera sobornar con dinero. Las pocas pistas que pude encontrar, me llevaban a aquel buque. Flamante velero de tres palos, pintado y engalanado como si recién saliera del astillero para su botadura. Me escondí en los muelles, oculta entre los cascos de otras embarcaciones y una montaña de redes secándose al sol, con la cámara sobre el trípode y enfocando las cubiertas. Quizá los tuvieran retenidos allí. La emoción de pensar que podían estar tan sólo a unos metros de distancia, me invadía y me impedía respirar con normalidad. Pasaron las horas. Sólo veía movimientos normales, marineros en su actividad de cubierta, oficiales dirigiendo maniobras de simulacro de salvamento, carga y descarga de ropa de cama, provisiones... Nada que pareciera inusual para un buque de sus características. De pronto, noté unos golpecitos en el hombro:

- ¡Oiga! ¿Qué hace usted aquí?... Continuará

Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 11-09-2011 "Enredados"

Edurne Iza, EnredadosTodo parecía producto de una broma macabra. Mi hermana y yo habíamos salido aquella mañana a dar un paseo por el bosque. "Id con cuidado", dijo mamá. "No os alejéis demasiado, amenaza tormenta". Tan atrevidos como inconscientes, jugamos durante horas, ajenos a las distancias, al tiempo y a cualquier peligro que pudiera acecharnos. Unos sonoros truenos, retumbaron sobre las copas de los árboles y pocos segundos después, el cielo parecía romperse atravesado por deslumbrantes rayos. Nos quedamos parados en mitad de la espesura, mirándonos con los ojos muy abiertos y las manos aún agarrando los palos secos que hasta hacía pocos segundos habían ejercido de brillantes espadas en nuestros juegos infantiles. La pequeña Andrea soltó el trozo de madera y su frente se arrugó, con intención de echarse a llorar, pero un segundo rayo, cayó justo encima de la arboleda y dando un salto, se abrazó a mi, presa del pánico. Mi hermana era tres años menor que yo, pero su cuerpo menudo le hacía parecer aún más niña. Le tomé la mano intentando transmitirle tranquilidad, cuando a mi me temblaban las rodillas. Vimos un fogonazo brillar en unas ramas a pocos metros de nosotros y comprendimos que el rayo había calcinado uno de los árboles del bosque. Comenzamos a correr sin dirección, aterrados e inseguros, mientras la tormenta seguía castigando la zona. Comenzó a llover copiosamente, cuando vislumbré una cabaña de madera en un claro frente a nosotros. Al acercarnos, comprobé que debía llevar abandonada mucho tiempo, por el mal estado en que se encontraba. Me aterrorizaba la idea de entrar en la casa oscura, sin saber lo que podría hallar en su interior, pero cuando los relámpagos vinieron acompañados de grandes cantidades de agua y ví el cuerpecito de Andrea empapado y temblando, decidí correr el riesgo. La tomé en brazos y dando una patada en la puerta con cautela, nos adentramos en la estancia. "¡Hola!¡Hola!", avisé de nuestra presencia, pero nadie contestó. La caseta estaba distribuida en dos estancias, la principal, que bien podía haber sido una sala de estar y otra más pequeña, en la que había los restos de lo que fuera una cama. Nos acurrucamos en un rincón, donde el tejado aún aguantaba las inclemencias del tiempo. Frente a nosotros había una ventana, que golpeaba a merced de la tempestad y por la que se habían hecho espacio las hojas de una tupida enredadera. Ahora lamentaba profundamente no haber hecho caso a mi madre y me sentía responsable por lo que pudiera sucedernos. Cuando logré controlar el miedo, decidí revisar el lugar y ver si podía encontrar algo que nos sirviera de ayuda. En un rincón, encontré una vieja y raída manta de lana, la sacudí con fuerza para eliminar lo más posible los restos de maleza y polvo, ayudé a mi hermana a desvestirse y la envolví en la manta.

- Tenemos que evitar que cojas una pulmonía
- ¿Y tú?
- No te preocupes por mí.

En lo que parecía haber sido una cocina de leña, detecté un par de fósforos reblandecidos. Intenté hacer fuego con uno de ellos, pero se dobló y la cabeza se deshizo entre mis dedos. Tomé el otro con mucho cuidado entre mis manos, intentando transmitirle el calor de mi cuerpo para secarlo. Luego soplé, y colocando la yema de mi dedo índice sobre la parte más abultada, conseguí una gruesa chispa que se volvió una tímida llama e inmediatamente deposité sobre unos pequeños maderos. Minutos más tarde teníamos un buen fuego que nos daba calor y luz. La noche ya había llegado y el temporal continuaba arreciando. Iba a ser una noche larga. Intenté no dormirme, pero pasadas varias horas, al calor de la hoguera y con el sonido crujiente de la madera, no podía evitar dar cabezadas. De pronto, con las primeras luces del alba, escuché unos ruidos en el exterior. Parecía un animal deslizándose entre la frondosidad del bosque. No se escondía, quizá era grande, un oso, tal vez. Aterrado, desperté a Andrea que descansaba con placidez. Se levantó de un respingo y se colocó detrás de mí, mientras yo sujetaba una tea con gesto amenazador. La puerta se abrió bruscamente y cuando estaba a punto de desmayarme esperando las hambrientas fauces de un animal salvaje, descubrí el rostro angustiado de mi madre.

-¡Mamá! ¡Has venido a buscarnos!
- Hijos míos, ¿estáis bien? ¡Casi me muero de preocupación pensando que algo terrible os había sucedido
- No mami, estamos bien, no digas nada, por favor, no nos regañes. Hemos aprendido la lección.

Y la terrible experiencia terminó fundida en un tierno abrazo de los tres.




Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 10-09-2011 "¿Cuándo acabará esta guerra?

Edurne Iza, ¿Cuándo acabará esta guerra?
Desde que tengo uso de razón, había acompañado a mi padre y a otros hombres del pueblo, a la cala. Protegidos por la inmensidad del océano y por aquel pasillo de roca natural, esperábamos escuchar el batir lento de un par de remos y el deslizar de la barca de madera de los contrabandistas. Eran tiempos difíciles. La guerra había terminado en los campos de batalla. Los soldados se habían retirado de pueblos y ciudades subidos en sus tanques. Cubiertos de gloria unos y vencidos los otros. Dejaron a su paso tristeza, soledad, destrucción. Un país en ruinas, que debía afrontar una nueva batalla. Sin sangre, sin armas, pero más dolorosa si cabe. La lucha contra el hambre, las enfermedades, el frío del invierno y las casas derruidas. El combate contra el ego de los ganadores y el rencor de sus humillados oponentes. Para muchos, supuso una muerte lenta, resultado de una penosa agonía. Para otros, comenzó una desgarradora peregrinación por los caminos de la supervivencia. Los pocos hombres, que como mi padre, volvieron a casa sin mutilaciones o invalidez, abrieron las puertas de sus hogares heridos de muerte. Corazones disecados por la violencia de una guerra. Veían a sus mujeres e hijos, recibirlos con sonrisas y abrazos y reproducían en su mente las imágenes de aldeas arrasadas, niños descuartizados ante los ojos de sus madres ultrajadas sin piedad. La mayoría, habían participado en la barbarie. Los pocos que no lo hicieron, llevaban en sus almas, las imágenes de los ojos de los civiles desamparados pidiendo ayuda y sus propias sombras, dándoles la espalda. Unos por cobardía, otros por impotencia. Cada uno buscaba en su interior, la respuesta que le permitiera seguir adelante. Algunos no la hallaron y se volaron los sesos, como único modo de borrar las atrocidades cometidas. Veredicto, culpable.
Mi padre, no hablaba de aquellos días. Se dedicó en cuerpo y alma a procurarnos alimentos y a compensar las privaciones de la época, con suculentos botines. Con un grupo de hombres de confianza, establecieron contacto con unos marinos contrabandistas que traían, del otro lado de la frontera, lanchas cargadas de los más preciados tesoros. Comida, alcohol, tabaco, chocolate, especias... De buena calidad y en cantidad suficiente para abastecer a varias aldeas. Al principio, las entregas eran mensuales, luego quincenales y más tarde varias veces por semana. El riesgo era enorme, pero todos sentíamos que no existía otra opción. Yo tenía once años. Mi misión, consistía en vigilar desde una elevación del terreno, que no se acercara nadie. Al menor movimiento sospechoso, debía imitar el graznido del cuervo. Entonces, todos se ponían a cubierto. A mi madre no le gustaba que los acompañara, pero eran tiempos salvajes, en los que no había espacio para los juegos de niños. Tuve que comportarme como un adulto, casi desde el día en que pude caminar por mí mismo.
Cuando los contrabandistas se acercaban, les pedíamos un santo y seña, que en cada visita se cambiaba y se acordaba, para la siguiente entrega. El sol se colaba entre las piedras, iluminándonos con sus rayos de esperanza cuando mi padre dijo:
- ¡Quien vive!
- ¡La gaviota marinera de pico anaranjado!
- Está bien, acercaros. ¿Qué traéis hoy?
La descarga del bote, el pago y el establecimiento de la nueva contraseña, se realizaban en silenciosa parsimonia. Minutos después, la embarcación desaparecía. Como siempre, nos quedábamos organizando la carga. Cada uno se llevaba una parte, que negociaba o disfrutaba, según sus necesidades. Permanecí con mi padre, ordenando los dos sacos que nos correspondían. Camuflándolos entre el heno, para poderlo transportarlos con discreción en el carro de caballos. Dejamos atrás la cala, el reflejo de las rocas en el agua y llegamos a casa satisfechos, un día más. Al abrir la puerta, mi madre, abrazó a mi padre con vehemencia y dijo "¿Cuándo acabará esta guerra?". 


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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