La Foto del día: 12-09-2011 "El profesor Virulet I"

Edurne Iza, El profesor Virulet I
Hacía días que había llegado a mis oídos la noticia de la arribada del buque a un puerto cercano. Sabía que aquellos mamparos, encerraban mucho más que marineros y carga comercial. Pero necesitaba pruebas. Nadie iba a creerme. "La gente no desaparece sin dejar rastro", me habían dicho, al intentar investigar sobre la desaparición del profesor Virulet. Me había interesado por él en una de las numerosas conferencias, que había ofrecido al colectivo científico, para compartir sus avances acerca de un compuesto químico de su invención, que se convertiría en la energía del futuro. No contaminante, barata, casi gratuita, en realidad, y al no tener necesidad de ser extraída de ningún fondo marino o terrestre, no habría riesgo de agotamiento, puesto que se creaba fácilmente en un laboratorio. Cuando presentó la primera propuesta en la cumbre de Sebastopol el año anterior, hubo una auténtica convulsión mediática. Periodistas de medio mundo fuimos movilizados y Virulet, se convirtió en una de las personalidades más fotografiadas del mundo. En su última ponencia, hacía tan sólo un par de semanas, había afirmado que las pruebas se habían superado satisfactoriamente y que en un par de meses, la fórmula estaría preparada para ser comercializada. El profesor, había reiterado su intención de donar su descubrimiento a la ciencia de manera gratuita y contribuir de ese modo al progreso y el desarrollo sostenible de nuestro planeta. Lo único que pedía a cambio, era que se dotara al nuevo combustible con su nombre. Sería un buen modo de pasar a la posteridad. Estaba claro, que había muchos intereses para que Virulet no fuera tan altruista. Más de uno había vislumbrado un modo de incrementar sus riquezas de forma rápida y no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad porque un generoso investigador se conformara con dar su nombre a la energía del futuro. Una semana más tarde, Virulet junto a un par de colaboradores del laboratorio y el reportero que cubría sus movimientos, desaparecieron de forma misteriosa, cuando viajaban de regreso de su último evento público y pasaban en coche, por una aldea próxima a los Balcanes. Fui puesta al cargo de la investigación y desde el primer día, topé con muros imposibles de flanquear, cada vez que intentaba conseguir información. La mayoría reaccionaban sugiriendo que tanto Virulet como quienes le acompañaban, estaban escondidos, esperando que la receta mágica se revalorizara lo suficiente como para llenar sus alforjas, para el resto de sus vidas. Sin embargo, yo sabía que no podía ser. Había escuchado y leído cada una de las presentaciones del doctor, conocía perfectamente a Julio, mi compañero de profesión y de vida y sabía que ni uno ni otro, eran la clase de persona a la que se pudiera sobornar con dinero. Las pocas pistas que pude encontrar, me llevaban a aquel buque. Flamante velero de tres palos, pintado y engalanado como si recién saliera del astillero para su botadura. Me escondí en los muelles, oculta entre los cascos de otras embarcaciones y una montaña de redes secándose al sol, con la cámara sobre el trípode y enfocando las cubiertas. Quizá los tuvieran retenidos allí. La emoción de pensar que podían estar tan sólo a unos metros de distancia, me invadía y me impedía respirar con normalidad. Pasaron las horas. Sólo veía movimientos normales, marineros en su actividad de cubierta, oficiales dirigiendo maniobras de simulacro de salvamento, carga y descarga de ropa de cama, provisiones... Nada que pareciera inusual para un buque de sus características. De pronto, noté unos golpecitos en el hombro:

- ¡Oiga! ¿Qué hace usted aquí?... Continuará

Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 11-09-2011 "Enredados"

Edurne Iza, EnredadosTodo parecía producto de una broma macabra. Mi hermana y yo habíamos salido aquella mañana a dar un paseo por el bosque. "Id con cuidado", dijo mamá. "No os alejéis demasiado, amenaza tormenta". Tan atrevidos como inconscientes, jugamos durante horas, ajenos a las distancias, al tiempo y a cualquier peligro que pudiera acecharnos. Unos sonoros truenos, retumbaron sobre las copas de los árboles y pocos segundos después, el cielo parecía romperse atravesado por deslumbrantes rayos. Nos quedamos parados en mitad de la espesura, mirándonos con los ojos muy abiertos y las manos aún agarrando los palos secos que hasta hacía pocos segundos habían ejercido de brillantes espadas en nuestros juegos infantiles. La pequeña Andrea soltó el trozo de madera y su frente se arrugó, con intención de echarse a llorar, pero un segundo rayo, cayó justo encima de la arboleda y dando un salto, se abrazó a mi, presa del pánico. Mi hermana era tres años menor que yo, pero su cuerpo menudo le hacía parecer aún más niña. Le tomé la mano intentando transmitirle tranquilidad, cuando a mi me temblaban las rodillas. Vimos un fogonazo brillar en unas ramas a pocos metros de nosotros y comprendimos que el rayo había calcinado uno de los árboles del bosque. Comenzamos a correr sin dirección, aterrados e inseguros, mientras la tormenta seguía castigando la zona. Comenzó a llover copiosamente, cuando vislumbré una cabaña de madera en un claro frente a nosotros. Al acercarnos, comprobé que debía llevar abandonada mucho tiempo, por el mal estado en que se encontraba. Me aterrorizaba la idea de entrar en la casa oscura, sin saber lo que podría hallar en su interior, pero cuando los relámpagos vinieron acompañados de grandes cantidades de agua y ví el cuerpecito de Andrea empapado y temblando, decidí correr el riesgo. La tomé en brazos y dando una patada en la puerta con cautela, nos adentramos en la estancia. "¡Hola!¡Hola!", avisé de nuestra presencia, pero nadie contestó. La caseta estaba distribuida en dos estancias, la principal, que bien podía haber sido una sala de estar y otra más pequeña, en la que había los restos de lo que fuera una cama. Nos acurrucamos en un rincón, donde el tejado aún aguantaba las inclemencias del tiempo. Frente a nosotros había una ventana, que golpeaba a merced de la tempestad y por la que se habían hecho espacio las hojas de una tupida enredadera. Ahora lamentaba profundamente no haber hecho caso a mi madre y me sentía responsable por lo que pudiera sucedernos. Cuando logré controlar el miedo, decidí revisar el lugar y ver si podía encontrar algo que nos sirviera de ayuda. En un rincón, encontré una vieja y raída manta de lana, la sacudí con fuerza para eliminar lo más posible los restos de maleza y polvo, ayudé a mi hermana a desvestirse y la envolví en la manta.

- Tenemos que evitar que cojas una pulmonía
- ¿Y tú?
- No te preocupes por mí.

En lo que parecía haber sido una cocina de leña, detecté un par de fósforos reblandecidos. Intenté hacer fuego con uno de ellos, pero se dobló y la cabeza se deshizo entre mis dedos. Tomé el otro con mucho cuidado entre mis manos, intentando transmitirle el calor de mi cuerpo para secarlo. Luego soplé, y colocando la yema de mi dedo índice sobre la parte más abultada, conseguí una gruesa chispa que se volvió una tímida llama e inmediatamente deposité sobre unos pequeños maderos. Minutos más tarde teníamos un buen fuego que nos daba calor y luz. La noche ya había llegado y el temporal continuaba arreciando. Iba a ser una noche larga. Intenté no dormirme, pero pasadas varias horas, al calor de la hoguera y con el sonido crujiente de la madera, no podía evitar dar cabezadas. De pronto, con las primeras luces del alba, escuché unos ruidos en el exterior. Parecía un animal deslizándose entre la frondosidad del bosque. No se escondía, quizá era grande, un oso, tal vez. Aterrado, desperté a Andrea que descansaba con placidez. Se levantó de un respingo y se colocó detrás de mí, mientras yo sujetaba una tea con gesto amenazador. La puerta se abrió bruscamente y cuando estaba a punto de desmayarme esperando las hambrientas fauces de un animal salvaje, descubrí el rostro angustiado de mi madre.

-¡Mamá! ¡Has venido a buscarnos!
- Hijos míos, ¿estáis bien? ¡Casi me muero de preocupación pensando que algo terrible os había sucedido
- No mami, estamos bien, no digas nada, por favor, no nos regañes. Hemos aprendido la lección.

Y la terrible experiencia terminó fundida en un tierno abrazo de los tres.




Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 10-09-2011 "¿Cuándo acabará esta guerra?

Edurne Iza, ¿Cuándo acabará esta guerra?
Desde que tengo uso de razón, había acompañado a mi padre y a otros hombres del pueblo, a la cala. Protegidos por la inmensidad del océano y por aquel pasillo de roca natural, esperábamos escuchar el batir lento de un par de remos y el deslizar de la barca de madera de los contrabandistas. Eran tiempos difíciles. La guerra había terminado en los campos de batalla. Los soldados se habían retirado de pueblos y ciudades subidos en sus tanques. Cubiertos de gloria unos y vencidos los otros. Dejaron a su paso tristeza, soledad, destrucción. Un país en ruinas, que debía afrontar una nueva batalla. Sin sangre, sin armas, pero más dolorosa si cabe. La lucha contra el hambre, las enfermedades, el frío del invierno y las casas derruidas. El combate contra el ego de los ganadores y el rencor de sus humillados oponentes. Para muchos, supuso una muerte lenta, resultado de una penosa agonía. Para otros, comenzó una desgarradora peregrinación por los caminos de la supervivencia. Los pocos hombres, que como mi padre, volvieron a casa sin mutilaciones o invalidez, abrieron las puertas de sus hogares heridos de muerte. Corazones disecados por la violencia de una guerra. Veían a sus mujeres e hijos, recibirlos con sonrisas y abrazos y reproducían en su mente las imágenes de aldeas arrasadas, niños descuartizados ante los ojos de sus madres ultrajadas sin piedad. La mayoría, habían participado en la barbarie. Los pocos que no lo hicieron, llevaban en sus almas, las imágenes de los ojos de los civiles desamparados pidiendo ayuda y sus propias sombras, dándoles la espalda. Unos por cobardía, otros por impotencia. Cada uno buscaba en su interior, la respuesta que le permitiera seguir adelante. Algunos no la hallaron y se volaron los sesos, como único modo de borrar las atrocidades cometidas. Veredicto, culpable.
Mi padre, no hablaba de aquellos días. Se dedicó en cuerpo y alma a procurarnos alimentos y a compensar las privaciones de la época, con suculentos botines. Con un grupo de hombres de confianza, establecieron contacto con unos marinos contrabandistas que traían, del otro lado de la frontera, lanchas cargadas de los más preciados tesoros. Comida, alcohol, tabaco, chocolate, especias... De buena calidad y en cantidad suficiente para abastecer a varias aldeas. Al principio, las entregas eran mensuales, luego quincenales y más tarde varias veces por semana. El riesgo era enorme, pero todos sentíamos que no existía otra opción. Yo tenía once años. Mi misión, consistía en vigilar desde una elevación del terreno, que no se acercara nadie. Al menor movimiento sospechoso, debía imitar el graznido del cuervo. Entonces, todos se ponían a cubierto. A mi madre no le gustaba que los acompañara, pero eran tiempos salvajes, en los que no había espacio para los juegos de niños. Tuve que comportarme como un adulto, casi desde el día en que pude caminar por mí mismo.
Cuando los contrabandistas se acercaban, les pedíamos un santo y seña, que en cada visita se cambiaba y se acordaba, para la siguiente entrega. El sol se colaba entre las piedras, iluminándonos con sus rayos de esperanza cuando mi padre dijo:
- ¡Quien vive!
- ¡La gaviota marinera de pico anaranjado!
- Está bien, acercaros. ¿Qué traéis hoy?
La descarga del bote, el pago y el establecimiento de la nueva contraseña, se realizaban en silenciosa parsimonia. Minutos después, la embarcación desaparecía. Como siempre, nos quedábamos organizando la carga. Cada uno se llevaba una parte, que negociaba o disfrutaba, según sus necesidades. Permanecí con mi padre, ordenando los dos sacos que nos correspondían. Camuflándolos entre el heno, para poderlo transportarlos con discreción en el carro de caballos. Dejamos atrás la cala, el reflejo de las rocas en el agua y llegamos a casa satisfechos, un día más. Al abrir la puerta, mi madre, abrazó a mi padre con vehemencia y dijo "¿Cuándo acabará esta guerra?". 


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 09-09-2011 "Y se hizo la luz"

Edurne Iza, Y se hizo la luz
Desde niña me han atraído los faros. En mi mente, los he mitificado e idealizado como lugares fantásticos, donde habitan seres especiales, dispuestos a entregar su vida a las tempestades. Capaces de vivir aislados del mundo, para evitar accidentes y salvaguardar la existencia de muchos hombres y mujeres de mar. Por eso esta mañana, he decidido que es hora de cambiar mi rumbo. En realidad, el mérito no es del todo mío. Tras doce años de fieles servicios, la empresa en la que he trabajado desde que salí de la universidad, ha decidido prescindir de mi puesto. Me han entregado una carta preciosa. El papel es de color vainilla, de textura rugosa, con los sobres a juego. La letra de color negro y el logotipo de la compañía impreso en el lado superior derecho. Comenzaba diciendo "Sentimos un gran pesar al comunicarle la decisión que el consejo...". Fueron muy amables, correctos. Estrechaban mi mano y me miraban con gesto de pesar. La coyuntura económica actual, dijeron. Mis compañeros me han organizado una hermosa despedida. Ha habido flores, lágrimas, abrazos, postales con dedicatorias, y entre todos han hecho una colecta para comprarme un iPad. Saben que adoro la electrónica. Luego me han ayudado a recoger mis pertenencias. Lo hemos colocado todo en una caja de cartón y me han acompañado hasta el coche. Ahora que recreo la escena en mi mente... Todo ha sido al más puro estilo americano. He llegado a casa, me he sentado en el sofá con una taza de café caliente y he pensado. He recordado los días que he acudido a trabajar con fiebre, los días que no atendí a mi familia como se merecía, por obligación profesional. He revisado cada discusión con mi ex marido por llegar tarde a cenar, por cancelar un viaje de fin de semana, por saltarme un aniversario... Fui toda una ejecutiva. Era mi objetivo y lo conseguí. Vivía el trabajo, la empresa y sus necesidades, como si fuesen las mías propias. Me tragué el anzuelo de darlo todo por la empresa y cuando ha llegado el momento de la reciprocidad... Me he dado cuenta que he cometido uno de los errores más grandes de mi vida. "Los números no salen", "la estructura ha cambiado", "no sabes lo mucho que nos duele"...
He estrenado el iPad y en el buscador de Internet he escrito "se buscan fareros". Ha aparecido una larga lista de vacantes. Parece que la contemplación y la vida solitaria, no estén muy en boga. Los faros de hoy en día, disponen de bastante tecnología, equipos modernos de iluminación y comunicación. Perfecto para saciar mi sed de conocimiento. He contactado con dos de los anuncios. En uno, me han informado que optarán por sustituir todo el equipamiento actual, por otro completamente automático y autónomo, para evitar la contratación de una persona. En el segundo, me ha contestado un hombre de voz profunda y pausada. Me ha hablado de la responsabilidad del puesto. Ha mencionado las vidas humanas, la seguridad, la vocación de servicio. Se ha detenido largo rato, para detallar la sensación de soledad y desamparo frente a la indescriptible recompensa emocional de una amanecer rojizo y cálido, tras una noche de tormenta. Luego ha hecho un silencio y ha titubeado
- ¿Y bien?. Usted parece una chica de ciudad, acostumbrada al gentío de una gran multinacional, a la lucha por la consecución de objetivos, conferencias, análisis... ¿Cree que podría adaptarse a la vida de un faro?.
- Llevo doce años trabajando rodeada de cientos de personas, pero luchando en solitario por demostrar cada día mi valía. He perdido a las personas que más amaba en la vida, las que me decían verdades dolorosas y me reconfortaban cuando me caía. Ahora merodean mis días seres incapaces de contradecirme, que me sonríen siempre y jamás me critican. Llego a casa y ni siquiera me recibe mi perro. Se lo dí a mi hermano, porque mis horarios no me permitían cuidarlo convenientemente. ¿Qué mejor objetivo que el de salvar vidas?. He pasado la mía, analizando estrategias, enfoques, clientes y comportamientos y he pasado por alto mis propios sentimientos. Es momento de recuperar el tiempo perdido. ¿Cree ahora que podría adaptarme a la vida de un faro?.
- ¿Sinceramente?
- Por favor
- Pienso que no podría tener un mejor relevo en mi cargo.
- Entonces ¿usted es el actual farero?
- Así es. Tras treinta años, ha llegado el momento del retiro. Acérquese mañana por la mañana y cerraremos las condiciones. ¡Será usted una excelente farera!.
He suspirado con profundidad, he cogido la agenda y he marcado el número del refugio municipal de perros abandonados. Luego he marcado el número de mi ex. Presa de un ataque de pánico, he colgado rápidamente. A los pocos segundos, él me ha devuelto la llamada.
- Hola, ¿me has llamado?, ¿estás bien?
- Si... Yo... Me gustaría verte y charlar.
- No se.
- Por favor, tengo mucho que contarte.
- Me alegro que me llames... Te echo de menos
- ¡Y yo! ¡No sabes cuánto!

 


Foto: Edurne Iza
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