La Foto del día: 10-09-2011 "¿Cuándo acabará esta guerra?

Edurne Iza, ¿Cuándo acabará esta guerra?
Desde que tengo uso de razón, había acompañado a mi padre y a otros hombres del pueblo, a la cala. Protegidos por la inmensidad del océano y por aquel pasillo de roca natural, esperábamos escuchar el batir lento de un par de remos y el deslizar de la barca de madera de los contrabandistas. Eran tiempos difíciles. La guerra había terminado en los campos de batalla. Los soldados se habían retirado de pueblos y ciudades subidos en sus tanques. Cubiertos de gloria unos y vencidos los otros. Dejaron a su paso tristeza, soledad, destrucción. Un país en ruinas, que debía afrontar una nueva batalla. Sin sangre, sin armas, pero más dolorosa si cabe. La lucha contra el hambre, las enfermedades, el frío del invierno y las casas derruidas. El combate contra el ego de los ganadores y el rencor de sus humillados oponentes. Para muchos, supuso una muerte lenta, resultado de una penosa agonía. Para otros, comenzó una desgarradora peregrinación por los caminos de la supervivencia. Los pocos hombres, que como mi padre, volvieron a casa sin mutilaciones o invalidez, abrieron las puertas de sus hogares heridos de muerte. Corazones disecados por la violencia de una guerra. Veían a sus mujeres e hijos, recibirlos con sonrisas y abrazos y reproducían en su mente las imágenes de aldeas arrasadas, niños descuartizados ante los ojos de sus madres ultrajadas sin piedad. La mayoría, habían participado en la barbarie. Los pocos que no lo hicieron, llevaban en sus almas, las imágenes de los ojos de los civiles desamparados pidiendo ayuda y sus propias sombras, dándoles la espalda. Unos por cobardía, otros por impotencia. Cada uno buscaba en su interior, la respuesta que le permitiera seguir adelante. Algunos no la hallaron y se volaron los sesos, como único modo de borrar las atrocidades cometidas. Veredicto, culpable.
Mi padre, no hablaba de aquellos días. Se dedicó en cuerpo y alma a procurarnos alimentos y a compensar las privaciones de la época, con suculentos botines. Con un grupo de hombres de confianza, establecieron contacto con unos marinos contrabandistas que traían, del otro lado de la frontera, lanchas cargadas de los más preciados tesoros. Comida, alcohol, tabaco, chocolate, especias... De buena calidad y en cantidad suficiente para abastecer a varias aldeas. Al principio, las entregas eran mensuales, luego quincenales y más tarde varias veces por semana. El riesgo era enorme, pero todos sentíamos que no existía otra opción. Yo tenía once años. Mi misión, consistía en vigilar desde una elevación del terreno, que no se acercara nadie. Al menor movimiento sospechoso, debía imitar el graznido del cuervo. Entonces, todos se ponían a cubierto. A mi madre no le gustaba que los acompañara, pero eran tiempos salvajes, en los que no había espacio para los juegos de niños. Tuve que comportarme como un adulto, casi desde el día en que pude caminar por mí mismo.
Cuando los contrabandistas se acercaban, les pedíamos un santo y seña, que en cada visita se cambiaba y se acordaba, para la siguiente entrega. El sol se colaba entre las piedras, iluminándonos con sus rayos de esperanza cuando mi padre dijo:
- ¡Quien vive!
- ¡La gaviota marinera de pico anaranjado!
- Está bien, acercaros. ¿Qué traéis hoy?
La descarga del bote, el pago y el establecimiento de la nueva contraseña, se realizaban en silenciosa parsimonia. Minutos después, la embarcación desaparecía. Como siempre, nos quedábamos organizando la carga. Cada uno se llevaba una parte, que negociaba o disfrutaba, según sus necesidades. Permanecí con mi padre, ordenando los dos sacos que nos correspondían. Camuflándolos entre el heno, para poderlo transportarlos con discreción en el carro de caballos. Dejamos atrás la cala, el reflejo de las rocas en el agua y llegamos a casa satisfechos, un día más. Al abrir la puerta, mi madre, abrazó a mi padre con vehemencia y dijo "¿Cuándo acabará esta guerra?". 


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 09-09-2011 "Y se hizo la luz"

Edurne Iza, Y se hizo la luz
Desde niña me han atraído los faros. En mi mente, los he mitificado e idealizado como lugares fantásticos, donde habitan seres especiales, dispuestos a entregar su vida a las tempestades. Capaces de vivir aislados del mundo, para evitar accidentes y salvaguardar la existencia de muchos hombres y mujeres de mar. Por eso esta mañana, he decidido que es hora de cambiar mi rumbo. En realidad, el mérito no es del todo mío. Tras doce años de fieles servicios, la empresa en la que he trabajado desde que salí de la universidad, ha decidido prescindir de mi puesto. Me han entregado una carta preciosa. El papel es de color vainilla, de textura rugosa, con los sobres a juego. La letra de color negro y el logotipo de la compañía impreso en el lado superior derecho. Comenzaba diciendo "Sentimos un gran pesar al comunicarle la decisión que el consejo...". Fueron muy amables, correctos. Estrechaban mi mano y me miraban con gesto de pesar. La coyuntura económica actual, dijeron. Mis compañeros me han organizado una hermosa despedida. Ha habido flores, lágrimas, abrazos, postales con dedicatorias, y entre todos han hecho una colecta para comprarme un iPad. Saben que adoro la electrónica. Luego me han ayudado a recoger mis pertenencias. Lo hemos colocado todo en una caja de cartón y me han acompañado hasta el coche. Ahora que recreo la escena en mi mente... Todo ha sido al más puro estilo americano. He llegado a casa, me he sentado en el sofá con una taza de café caliente y he pensado. He recordado los días que he acudido a trabajar con fiebre, los días que no atendí a mi familia como se merecía, por obligación profesional. He revisado cada discusión con mi ex marido por llegar tarde a cenar, por cancelar un viaje de fin de semana, por saltarme un aniversario... Fui toda una ejecutiva. Era mi objetivo y lo conseguí. Vivía el trabajo, la empresa y sus necesidades, como si fuesen las mías propias. Me tragué el anzuelo de darlo todo por la empresa y cuando ha llegado el momento de la reciprocidad... Me he dado cuenta que he cometido uno de los errores más grandes de mi vida. "Los números no salen", "la estructura ha cambiado", "no sabes lo mucho que nos duele"...
He estrenado el iPad y en el buscador de Internet he escrito "se buscan fareros". Ha aparecido una larga lista de vacantes. Parece que la contemplación y la vida solitaria, no estén muy en boga. Los faros de hoy en día, disponen de bastante tecnología, equipos modernos de iluminación y comunicación. Perfecto para saciar mi sed de conocimiento. He contactado con dos de los anuncios. En uno, me han informado que optarán por sustituir todo el equipamiento actual, por otro completamente automático y autónomo, para evitar la contratación de una persona. En el segundo, me ha contestado un hombre de voz profunda y pausada. Me ha hablado de la responsabilidad del puesto. Ha mencionado las vidas humanas, la seguridad, la vocación de servicio. Se ha detenido largo rato, para detallar la sensación de soledad y desamparo frente a la indescriptible recompensa emocional de una amanecer rojizo y cálido, tras una noche de tormenta. Luego ha hecho un silencio y ha titubeado
- ¿Y bien?. Usted parece una chica de ciudad, acostumbrada al gentío de una gran multinacional, a la lucha por la consecución de objetivos, conferencias, análisis... ¿Cree que podría adaptarse a la vida de un faro?.
- Llevo doce años trabajando rodeada de cientos de personas, pero luchando en solitario por demostrar cada día mi valía. He perdido a las personas que más amaba en la vida, las que me decían verdades dolorosas y me reconfortaban cuando me caía. Ahora merodean mis días seres incapaces de contradecirme, que me sonríen siempre y jamás me critican. Llego a casa y ni siquiera me recibe mi perro. Se lo dí a mi hermano, porque mis horarios no me permitían cuidarlo convenientemente. ¿Qué mejor objetivo que el de salvar vidas?. He pasado la mía, analizando estrategias, enfoques, clientes y comportamientos y he pasado por alto mis propios sentimientos. Es momento de recuperar el tiempo perdido. ¿Cree ahora que podría adaptarme a la vida de un faro?.
- ¿Sinceramente?
- Por favor
- Pienso que no podría tener un mejor relevo en mi cargo.
- Entonces ¿usted es el actual farero?
- Así es. Tras treinta años, ha llegado el momento del retiro. Acérquese mañana por la mañana y cerraremos las condiciones. ¡Será usted una excelente farera!.
He suspirado con profundidad, he cogido la agenda y he marcado el número del refugio municipal de perros abandonados. Luego he marcado el número de mi ex. Presa de un ataque de pánico, he colgado rápidamente. A los pocos segundos, él me ha devuelto la llamada.
- Hola, ¿me has llamado?, ¿estás bien?
- Si... Yo... Me gustaría verte y charlar.
- No se.
- Por favor, tengo mucho que contarte.
- Me alegro que me llames... Te echo de menos
- ¡Y yo! ¡No sabes cuánto!

 


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 08-09-2011 "Carisma... O algo más"

Edurne Iza, Carisma... O algo más
Vivimos rodeados de personas que nos hablan dirigiéndose a nosotros de diferentes modos. Los hay dubitativos, nerviosos, convincentes, aburridos, persuasivos, armoniosos, chillones, susurrantes... Algunos no hacen pausas, puntos ni comas. A otros apetece darles un empujoncito, para que puedan terminar la frase. En una época marcada por la búsqueda del éxito, la comunicación efectiva se ha convertido en el santo grial, por todos deseado.
Se busca, ser capaces de desarrollar un discurso impactante, que sugiera e influya en las decisiones de los demás. Que convierta a quien lo pronuncie en líder, de forma espontánea y natural. Y es, en este preciso instante, donde surge una de las cuestiones clave. Un líder, ¿nace o se hace? ¿Llegamos a este mundo con unas determinadas dotes de comunicación, o podemos moldear y aprender mediante técnicas específicas?.
A mi juicio, la respuesta es una mezcla de ambas. Pienso que el carácter, los bloqueos que determinadas personas poseen, la falta de confianza en uno mismo, el miedo al ridículo, al rechazo o al fracaso, son factores determinantes, que si bien podemos moldear, mejorar e incluso vencer, asistiendo a cursos y siendo orientados por especialistas en la materia, no podremos eliminar por completo de nuestra personalidad.
Hay personas que poseen un carisma especial, lo que coloquialmente denominamos ángel, que hará que prácticamente sin esfuerzo, convenzan, atraigan la atención de los demás y consigan transmitir, desde el minuto cero, el mensaje exacto, preciso y sin adulteraciones. Mantendrán el tempo, variarán el tono y elaborarán un discurso poderoso y cargado de credibilidad.
Al otro lado, encontraremos a quienes deberán esforzarse por vencer sus obstáculos interiores y poner en práctica las técnicas aprendidas con terapias y largas horas de estudio. Es probable, que alcancen un buen nivel de comunicación, pero corren el riesgo de perder espontaneidad y naturalidad y caer en un aburrido perfeccionismo.
No hay una fórmula mágica, ni un modo correcto de enfocar estos temas. Simplemente, estoy convencida que cada ser humano posee una serie de cualidades. De habilidades y actividades en las que puede destacar. Parece que nos hayamos contagiado con la fiebre de la comunicación. Que todos debamos ser carismáticos, extrovertidos y convincentes. Es como si de pronto, quisiéramos convertirnos en un prototipo de persona que en el fondo no somos.
Con La Foto del día de hoy, me gustaría lanzar al viento un mensaje. Este mundo, necesita investigadores, médicos, escritores, poetas, filósofos, matemáticos, arquitectos, ingenieros, fotógrafos, actores, químicos, bailarines, cantantes, locutores, bibliotecarios, funcionarios, albañiles, fontaneros, enfermeros, peluqueros, cocineros, pilotos... Este mundo necesita que cada uno de nosotros, mire en su interior y encuentre aquello en lo que es realmente bueno. Si todos nos dedicáramos a vender, terminaríamos por no tener nada que ofrecer. Por tanto desde aquí reivindico el derecho, el orgullo y la necesidad de ser tan sólo, lo que somos.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 07-09-2011 "La ventana de Enriqueta"

Edurne Iza, La ventana de EnriquetaPaseaba por el empedrado, despistado, mirando las hermosas paredes bien conservadas. La calle se curvaba ligeramente, justo en el punto en que una escalinata daba acceso a una de las viviendas, coronada por una ventana enrejada y adornada por una frondosa enredadera. Tan sólo los cables de la luz y el edificio, algo más moderno, de mi izquierda, impedían que mi mente se transportara por completo a la ciudad de los Capuleto y los Montesco. Sin quererlo, alcé mi mano derecha hacia el balcón y me puse a repetir en voz alta, algunas frases del clásico de Shakespeare "¡Pero calla! ¿Qué luz brota de aquella ventana? ¡Es el Oriente, Julieta es el sol! Alza, bella lumbrera y mata a la envidiosa luna, ya enferma y pálida de dolor, porque tú, su sacerdotisa, la excedes mucho en belleza". De pronto, por el mirador del primer piso, asomó una mujer desaliñada, con el pelo revuelto y vestida con un camisón de lunares blancos, sobre fondo rosa chillón. Me quedé petrificado, mirando la espantosa imagen, mientras ella, lanzaba una colilla al vacío. Nuestros ojos se encontraron.
- ¿Tu qué miras?
- Disculpe, pasaba por aquí y observaba la arquitectura.
- ¿Crees que soy estúpida? Estabas diciendo algo mientras mirabas a mi casa. ¿Qué eres, poeta?.
Pensé que dado el tono agresivo de la mujer, era preferible decir la verdad.
- Verá, soy escritor y estaba caminando y buscando la inspiración para mi nueva novela. Su casa me ha recordado a la obra "Romeo y Julieta" y como es una de mis favoritas, sin querer he verbalizado algunas frases. Lamento haberle molestado. Ya me marcho.
- No, no, espere. Suba.
- ¿Cómo?
- Deme un par de minutos, me arreglaré un poco y le ofreceré una taza de café.
- Bueno... Yo... De acuerdo.

No tenía nada mejor que hacer y el cambio de actitud y tono de la mujer, despertaron mi curiosidad. Cuando abrió la puerta, tenía mejor aspecto. Se había enfundado unos pantalones vaqueros y un polo de manga larga y cuello vuelto. Había recogido sus encrespados cabellos rojizos en un moño y olía a colonia de baño recién puesta. Me invitó a pasar y nos sentamos en un destartalado sofá. El salón estaba repleto de cuadros, fotografías y recortes de periódico enmarcados. En algunos de ellos, identifiqué su imágen. Mucho más joven y elegantemente vestida, pero era ella, sin duda alguna. Señalé a una de las paredes, con gesto interrogante.

- ¿Eso?. Mi otra vida. Antes de que el pánico escénico, como lo titularon los diarios, me relegara a la oscuridad y el olvido.
- ¿Era usted actriz?
- Sí. Hace más de diez años. Mi nombre artístico era Enriqueta Smith... ahórrese los comentarios, fue idea de mi manager.
- ¿Y qué sucedió?, ¿por qué lo dejó?
- Habíamos estrenado una versión de Romeo y Julieta, en uno de los más prestigiosos teatros londinenses. Estaba siendo un éxito de crítica y taquilla. La función prometía estar en cartelera muchos meses. Yo era la protagonista. Una Julieta moderna y glamurosa. Romeo, era además, mi pareja fuera del escenario. Todo era perfecto. Nuestro primer trabajo internacional, amor, reconocimiento profesional... Pero entonces, un buen día, él se marchó.
- ¿Cómo que se marchó?
- Así, sencillamente, desapareció. No le encontré en los camerinos y pensé que se había retrasado. Comenzamos sin él. Utilizamos a otro joven de la compañía, más o menos de su misma estatura y peso, un tanto girado de espaldas al público, con la esperanza de que tras el primer acto pudiéramos cambiarlo y el público no se hubiera dado cuenta. Bajó el telón y alguien me pasó una nota. Era suya, la letra era suya. "Adiós, tengo que partir, no me olvides".
- ¿Nada más?
- Nada más. El director anunció el comienzo del siguiente acto. Debía regresar y mantener un diálogo con Romeo. Susurrarnos palabras de amor. Era una parte que nos encantaba representar y solíamos decir que no interpretábamos, que nos lo decíamos sinceramente el uno al otro. Levanté la mirada y me crucé con los ojos aterrados del sustituto, que hacía lo posible por improvisar. Me quedé observándole, en silencio, varios minutos. El público comenzó a protestar. Bajaron el telón e intentaron hacerme reaccionar, pero todo fue inútil. Estuve en ese estado varios días, durante los cuales, por supuesto, encontraron actores para ambos papeles y me despidieron de la obra. Volví a casa, hundida, triste y desconcertada. Y así llevo los últimos años. Con una baja por depresión detrás de otra, que me imposibilita trabajar y llevar una vida normal.
- ¿Cómo se llamaba él?
- Teodoro Estravaganzzi
- ¡No es posible! ¡Yo conocí a un Teodoro Estravaganzzi!
- ¿Está de broma?
- En absoluto. Ahora lo entiendo todo...
- Pues si es tan amable y puede explicármelo...
- Antes de ser escritor, fui médico especializado en enfermedades minoritarias y desconocidas. Traté a Teodoro de un virus extraño y muy agresivo. La ciencia no pudo hacer nada por él. Pero durante las semanas que duró el tratamiento, hablábamos mucho. Era reservado, pero tenía un gran pesar en su corazón, que, a su manera, compartía conmigo. Siempre me hablaba de Shakespeare. Admiraba su obra, pero sentía una especial debilidad por Romeo y Julieta. De algún modo, él me contagió esa pasión. Decía haber dejado atrás al amor de su vida. A su Julieta. Creo que se apartó para evitarle el sufrimiento de su muerte. Intuía que no sobreviviría a su afección.
- Pero, ¿por qué?. Hubiera querido estar con él, cuidarle, mimarle. Estar junto a su lecho hasta el último minuto. Cerrar sus ojos, si hubiera sido necesario.
- En ocasiones, las personas queremos proteger y estamos destruyendo. Creemos odiar y en el fondo amamos. Deseamos construir y nuestro afán lo destruye todo. No le culpe, lo hizo con la mejor intención.

La tarde se hizo noche y la noche, mañana y luego tarde y noche otra vez. Enriqueta pasaba de la contemplación al llanto, al silencio, a las maldiciones. No me vi capaz de dejarla sola. En cierta forma, me sentía responsable. Intenté consolarla, hacerle comprender las buenas intenciones de Teodoro. Y al final halló paz en el último deseo que su amado me transmitió antes de morir. "Ella será una actriz famosa, reconocida en todo el mundo. Y algún día, me dedicará su éxito y quizá yo pueda verlo, dondequiera que esté mi cuerpo, mi alma o mi energía". Meses después, Enriqueta se recuperó. Continué visitándola y le pedí permiso, para inspirar mi novela en su historia. Han pasado tres años. "La ventana de Enriqueta" ha sido galardonada con algunos de los premios más importantes de la literatura actual. Se ha convertido en best seller y se ha versionado para el teatro. Hoy, tomaré un taxi para acudir al estreno. Llegaré pronto. La actriz principal, mi musa y amiga, me espera entre bambalinas. Se llama Enriqueta Smith. Juntos, pronunciaremos unas palabras para el público, antes del comienzo de la obra. ¡Por supuesto!... dedicadas a Teodoro.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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