La Foto del día: 07-09-2011 "La ventana de Enriqueta"

Edurne Iza, La ventana de EnriquetaPaseaba por el empedrado, despistado, mirando las hermosas paredes bien conservadas. La calle se curvaba ligeramente, justo en el punto en que una escalinata daba acceso a una de las viviendas, coronada por una ventana enrejada y adornada por una frondosa enredadera. Tan sólo los cables de la luz y el edificio, algo más moderno, de mi izquierda, impedían que mi mente se transportara por completo a la ciudad de los Capuleto y los Montesco. Sin quererlo, alcé mi mano derecha hacia el balcón y me puse a repetir en voz alta, algunas frases del clásico de Shakespeare "¡Pero calla! ¿Qué luz brota de aquella ventana? ¡Es el Oriente, Julieta es el sol! Alza, bella lumbrera y mata a la envidiosa luna, ya enferma y pálida de dolor, porque tú, su sacerdotisa, la excedes mucho en belleza". De pronto, por el mirador del primer piso, asomó una mujer desaliñada, con el pelo revuelto y vestida con un camisón de lunares blancos, sobre fondo rosa chillón. Me quedé petrificado, mirando la espantosa imagen, mientras ella, lanzaba una colilla al vacío. Nuestros ojos se encontraron.
- ¿Tu qué miras?
- Disculpe, pasaba por aquí y observaba la arquitectura.
- ¿Crees que soy estúpida? Estabas diciendo algo mientras mirabas a mi casa. ¿Qué eres, poeta?.
Pensé que dado el tono agresivo de la mujer, era preferible decir la verdad.
- Verá, soy escritor y estaba caminando y buscando la inspiración para mi nueva novela. Su casa me ha recordado a la obra "Romeo y Julieta" y como es una de mis favoritas, sin querer he verbalizado algunas frases. Lamento haberle molestado. Ya me marcho.
- No, no, espere. Suba.
- ¿Cómo?
- Deme un par de minutos, me arreglaré un poco y le ofreceré una taza de café.
- Bueno... Yo... De acuerdo.

No tenía nada mejor que hacer y el cambio de actitud y tono de la mujer, despertaron mi curiosidad. Cuando abrió la puerta, tenía mejor aspecto. Se había enfundado unos pantalones vaqueros y un polo de manga larga y cuello vuelto. Había recogido sus encrespados cabellos rojizos en un moño y olía a colonia de baño recién puesta. Me invitó a pasar y nos sentamos en un destartalado sofá. El salón estaba repleto de cuadros, fotografías y recortes de periódico enmarcados. En algunos de ellos, identifiqué su imágen. Mucho más joven y elegantemente vestida, pero era ella, sin duda alguna. Señalé a una de las paredes, con gesto interrogante.

- ¿Eso?. Mi otra vida. Antes de que el pánico escénico, como lo titularon los diarios, me relegara a la oscuridad y el olvido.
- ¿Era usted actriz?
- Sí. Hace más de diez años. Mi nombre artístico era Enriqueta Smith... ahórrese los comentarios, fue idea de mi manager.
- ¿Y qué sucedió?, ¿por qué lo dejó?
- Habíamos estrenado una versión de Romeo y Julieta, en uno de los más prestigiosos teatros londinenses. Estaba siendo un éxito de crítica y taquilla. La función prometía estar en cartelera muchos meses. Yo era la protagonista. Una Julieta moderna y glamurosa. Romeo, era además, mi pareja fuera del escenario. Todo era perfecto. Nuestro primer trabajo internacional, amor, reconocimiento profesional... Pero entonces, un buen día, él se marchó.
- ¿Cómo que se marchó?
- Así, sencillamente, desapareció. No le encontré en los camerinos y pensé que se había retrasado. Comenzamos sin él. Utilizamos a otro joven de la compañía, más o menos de su misma estatura y peso, un tanto girado de espaldas al público, con la esperanza de que tras el primer acto pudiéramos cambiarlo y el público no se hubiera dado cuenta. Bajó el telón y alguien me pasó una nota. Era suya, la letra era suya. "Adiós, tengo que partir, no me olvides".
- ¿Nada más?
- Nada más. El director anunció el comienzo del siguiente acto. Debía regresar y mantener un diálogo con Romeo. Susurrarnos palabras de amor. Era una parte que nos encantaba representar y solíamos decir que no interpretábamos, que nos lo decíamos sinceramente el uno al otro. Levanté la mirada y me crucé con los ojos aterrados del sustituto, que hacía lo posible por improvisar. Me quedé observándole, en silencio, varios minutos. El público comenzó a protestar. Bajaron el telón e intentaron hacerme reaccionar, pero todo fue inútil. Estuve en ese estado varios días, durante los cuales, por supuesto, encontraron actores para ambos papeles y me despidieron de la obra. Volví a casa, hundida, triste y desconcertada. Y así llevo los últimos años. Con una baja por depresión detrás de otra, que me imposibilita trabajar y llevar una vida normal.
- ¿Cómo se llamaba él?
- Teodoro Estravaganzzi
- ¡No es posible! ¡Yo conocí a un Teodoro Estravaganzzi!
- ¿Está de broma?
- En absoluto. Ahora lo entiendo todo...
- Pues si es tan amable y puede explicármelo...
- Antes de ser escritor, fui médico especializado en enfermedades minoritarias y desconocidas. Traté a Teodoro de un virus extraño y muy agresivo. La ciencia no pudo hacer nada por él. Pero durante las semanas que duró el tratamiento, hablábamos mucho. Era reservado, pero tenía un gran pesar en su corazón, que, a su manera, compartía conmigo. Siempre me hablaba de Shakespeare. Admiraba su obra, pero sentía una especial debilidad por Romeo y Julieta. De algún modo, él me contagió esa pasión. Decía haber dejado atrás al amor de su vida. A su Julieta. Creo que se apartó para evitarle el sufrimiento de su muerte. Intuía que no sobreviviría a su afección.
- Pero, ¿por qué?. Hubiera querido estar con él, cuidarle, mimarle. Estar junto a su lecho hasta el último minuto. Cerrar sus ojos, si hubiera sido necesario.
- En ocasiones, las personas queremos proteger y estamos destruyendo. Creemos odiar y en el fondo amamos. Deseamos construir y nuestro afán lo destruye todo. No le culpe, lo hizo con la mejor intención.

La tarde se hizo noche y la noche, mañana y luego tarde y noche otra vez. Enriqueta pasaba de la contemplación al llanto, al silencio, a las maldiciones. No me vi capaz de dejarla sola. En cierta forma, me sentía responsable. Intenté consolarla, hacerle comprender las buenas intenciones de Teodoro. Y al final halló paz en el último deseo que su amado me transmitió antes de morir. "Ella será una actriz famosa, reconocida en todo el mundo. Y algún día, me dedicará su éxito y quizá yo pueda verlo, dondequiera que esté mi cuerpo, mi alma o mi energía". Meses después, Enriqueta se recuperó. Continué visitándola y le pedí permiso, para inspirar mi novela en su historia. Han pasado tres años. "La ventana de Enriqueta" ha sido galardonada con algunos de los premios más importantes de la literatura actual. Se ha convertido en best seller y se ha versionado para el teatro. Hoy, tomaré un taxi para acudir al estreno. Llegaré pronto. La actriz principal, mi musa y amiga, me espera entre bambalinas. Se llama Enriqueta Smith. Juntos, pronunciaremos unas palabras para el público, antes del comienzo de la obra. ¡Por supuesto!... dedicadas a Teodoro.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 06-09-2011 "Publipenting"

Era verano y caía la tarde sobre el cielo de Barcelona, tiñéndolo de violetas y naranjas. Había decidido dar un paseo por la montaña de Montjuic y caminando distraída, llegué hasta el Museo Nacional de Arte de Catalunya. Contemplé el hermoso edificio y al girarme, descubrí la más bella panorámica de la ciudad, que había visto desde hacía mucho tiempo. Las luces de la urbe ya estaban encendidas y mezcladas con los últimos rayos del sol, proporcionaban una calidez casi mágica. Por un momento olvidé que hacía dos años y un mes que me habían despedido del trabajo y que había consumido el período máximo para cobrar la prestación por desempleo. Dejé de llorar por no saber cómo alimentar a mi familia, cómo pagar las facturas de la luz y el agua. Por no tener nada más que vender, excepto mi adorado parapente. Había practicado con él durante muchos años. Algunos fines de semana, nos reuníamos unos amigos, nos alejábamos un poco de la gran ciudad y nos lanzábamos al vacío desde alguna montaña. Sobrevolábamos valles plagados de viñedos y playas de arenas blancas. Si cierro los ojos aún puedo encontrar, en el fondo de mi corazón, esa indescriptible sensación de libertad. Había salido de casa por la mañana, con la intención de vender mi parapente. Sabía que podían darme algún dinero por él, y con eso quizá pudiera comprar comida para los niños durante un par de semanas. Quizá durante ese tiempo ocurriera alguna cosa que pudiera cambiar mi mala racha. Sin embargo, había paseado todo el día, sin rumbo, resistiéndome a desprenderme de aquel objeto que tan buenos recuerdos me traía. Luchaban en mi interior la practicidad contra el sentimentalismo. De pronto, se me ocurrió una idea descabellada. ¿Y por qué no disfrutarlo una vez más?. Al fin y al cabo, ya era casi de noche y ese día, no podría venderlo. Arrastrada por la emoción, preparé el equipo, verifiqué la dirección y velocidad del viento y subí hasta la zona más elevada del museo. Cuando todo estuvo listo, respiré con profundidad y salté al vacío. Habían pasado apenas unos segundos, cuando noté un brusco cambio de aire y sin poder controlarlo, choque lateralmente con un enorme cartel vertical que anunciaba la exposición del museo. Las sujeciones del cartel quedaron atrapadas entre las cuerdas y el letrero me acompañó el resto del viaje. Pasé por encima de la fuente en el preciso instante en que se iluminaba y el interior del parapente, el cartel y yo misma, quedamos sucesivamente coloreados de azul, amarillo, verde, y rojo. Luego sobrevolé los jardines que decoran el acceso principal a la feria de muestras, pasé entre las dos torres, giré y volví a realizar el recorrido en sentido inverso. Al acercarme de nuevo a la fuente, observé muchas personas arremolinadas señalándome y haciendo fotografías. Pensé que era momento de descender y retirarme, antes de que los curiosos hicieran que la autoridad se fijara en mi. Durante mi bajada, tuve la delicadeza de colocar el cordón del cartel, colgando de la cabeza de una de las estatuas y quedó extendido a lo largo de modo que se leía perfectamente su eslogan: "Hay muchos modos de disfrutar del museo". Doblé con rapidez la tela, la guardé en la mochila que me servía para transportarla y me escabullí en el metro con discreción. Mi situación era igual de desesperada que un par de horas antes y sin embargo, aquella noche dormí plácidamente. El agresivo sonido del despertador, me hizo regresar a la realidad. Aún quedaba algo de café en el armario de la cocina, así que me preparé uno bien cargado. Sonó el timbre de la puerta y encontré en el umbral a dos policías perfectamente uniformados.

- ¿Estaba usted volando con un parapente anoche sobre el Museo Nacional de Arte y la fuente de Montjuic?.
- Esto... Yo...
- Conteste por favor. Si o no.
- Sí, balbuceé.
- Acompáñenos por favor.

El trayecto en el coche patrulla fue interminable. Me sorprendió que no me esposaran y que no me hicieran ningún tipo de preguntas. Llegamos a las puertas del museo y los agentes me hicieron un gesto para que los siguiera. Entramos en una sala majestuosa, rodeados de obras de arte. Aparecieron tres hombres trajeados y una mujer con un elegante vestido camisero de color marrón chocolate. Yo llevaba unos tejanos raídos y una camiseta con una mancha de lejía. Me sentí mal.

- Tome asiento. -Obedecí sin rechistar-.
- ¿Sabe que es la persona más importante del día de hoy y probablemente de los siguientes?
- Lamento mucho los inconvenientes que pueda haber causado. Yo sólo quería despedirme de mi parapente. Voy a venderlo y...
- ¿Despedirse? ¡Paparruchas! - espetó la mujer - Le quedan muchas horas de vuelo. Ha inventado usted el publipenting y queremos tener la exclusividad de esta idea para los próximos veinticinco años.
- Perdone, pero no entiendo...
- Ha salido usted en las televisiones de medio mundo. Ha inventado un modo llamativo y ecológico de invadir las ciudades de publicidad. Fue genial la forma en que sorteó las columnas, pasó por encima de la fuente en el momento de su encendido y coronó la estatua con el cartel y el lema perfectos. Soy la directora de marketing de una empresa alemana del sector textil y quiero que forme parte de nuestro equipo.
- Pero, no es tan sencillo.
- Soy consciente del valor de su idea y el dinero no será un problema. Estoy convencida que llegaremos a un acuerdo.

¡Y por supuesto que lo hicimos!. Han pasado tres años, maravillosos en los que he visto mis cuentas sanearse, mis ahorros crecer, mi familia disfrutar y cubrir mucho más que sus necesidades básicas. ¡Mi vida ha cambiado gracias al publipenting!


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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Concurso de micro relatos románticos de Barcelona Divina

Onintza Otamendi IzaComo ya sabéis, nos encanta combinar, en Fotoblog Edurne Iza, diferentes expresiones artísticas. Fotografía con literatura, es nuestra favorita, así que nos colamos en vuestros ordenadores, y nos gusta pensar que en vuestras vidas, con La Foto del día. Nos entusiasma transmitir a traves de las imágenes y las letras. Edurne captura con su cámara los escenarios, para que mis palabras broten una detrás de otra y os ofrezcan estos breves relatos diarios.
Además de la Foto del día, participo en varias actividades literarias y hoy he despertado con la estupenda noticia, de haber sido una de los tres ganadores, del concurso de micro relatos románticos, que la revista Barcelona Divina, en colaboración con la escritora Megan Maxwell han organizado y que se ha fallado hoy mismo. Os dejo el link donde ha quedado reflejada la decisión del jurado y os adjunto más abajo el texto original del micro relato.

Son tan sólo otra pareja de enamorados
Elena había escuchado que una de las grandes multinacionales de la electrónica de consumo, había sacado al mercado un tablet adaptado para invidentes. Sí, era ciega, de nacimiento. Había desarrollado otros sentidos, y había aprendido a adaptarse hasta tal punto, que era difícil detectar su minusvalía hasta tenerla muy cerca o llevar un buen rato hablando con ella. Loca por las nuevas tecnologías y dispuesta a adquirir su nuevo juguete, se acercó a un centro comercial.
- Buenos días, he visto anunciado un tablet con aplicaciones para ciegos.
- Mire, aquí mismo lo tengo, es la última novedad.
El vendedor extendió el aparato, invitándola a probarlo, sin siquiera percatarse de su discapacidad. Al recogerlo, sus manos se tocaron, ella percibió el tacto de su piel, el tamaño de los dedos y la redondez de las uñas. “Es guapo pensó”. La belleza era un concepto diferente para ella. El timbre de voz o una textura, podían dejar de lado cualquier rasgo físico estereotipado según los cánones de belleza tradicional. De pronto un murmullo invadió el lugar. “¡Se ha ido la luz, hay que evacuar el local!”. La gente caminaba alborotada, casi a la carrera. “¡No se ve nada!”. El dependiente, estaba tembloroso. Ella tomó su mano y con voz tranquilizadora dijo:
- Todo está bien, yo sé el camino, acompáñame.
- Pero si apenas puedo distinguir el suelo, hay escaleras, vamos a tropezar.
- Confía en mí.
Con asombrosa destreza, lo condujo entre pasillos, y detenidas escaleras mecánicas, hasta que la luz del sol, relajó la tensión de la mano del joven.
- ¡Increíble! ¿Cómo lo consigues?
- Soy ciega, me llamo Elena. Busco la luz en las sombras que me rodean.
- Oh, vaya, lo siento, yo… No me había dado cuenta.
- Quizá en lugar de sentirlo podrías invitarme a tomar un café, creo que me lo he ganado, ¿no?
- ¡Por supuesto!
Desde ese día los dos jóvenes se encuentran a menudo. Entrelazan sus manos, charlan y acarician sus cabellos. Se miran sin verse. Para el resto del mundo, son tan sólo otra pareja de enamorados.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza

La Foto del día: 05-09-2011 "Cuatrodedos, la venganza"

Edurne Iza, Cuatrodedos, la venganzaAmaneció soleada la mañana que arribamos a puerto. La travesía fue larga. De esas, en las que los músculos del estómago se endurecen, a base de soportar el movimiento. Llena de largas noches de tormenta. De crujidos de madera y golpear de olas en el casco. Pero ese día, el mar despertó inmóvil... Y llegamos a nuestro destino. Mi acuerdo con el capitán había terminado. Baldear la cubierta dos veces al día, remendar velas y redes y colaborar con la limpieza del pescado y las tareas de la cocina, no me parecieron mal pago por una travesía que me llevara al otro lado del océano. Él consideró que hacía un trato ventajoso. Yo era un joven fornido, rebosante de salud y dispuesto a trabajar de sol a sol, para ganar mi pasaje. Para mí, era probablemente, la única posibilidad de culminar mi venganza.
Sabía que los viejos filibusteros disfrutaban frecuentando las tabernas del puerto, así que decidí comenzar mi búsqueda en un típico local de la zona. Debía ser cauto. Si dejaba traslucir mi interés por encontrar a Cuatrodedos, podría dar al traste con todas mis esperanzas de acabar con el canalla que destrozó mi familia. Un cartel decorado con la figura de un lúgubre capitán al timón de su barco señalaba el lugar. Ocupé una mesa vacía y pedí una jarra de vino tinto y un plato de olivas. El cantinero, trajo además, unas cuantas hogazas de pan y una botellita de aceite de oliva de un tono verde intenso, tapada con un tapón de corcho. Me pareció el más delicioso manjar desde hacía muchos días. Levanté el tapón, cerré los ojos y aspiré con fuerza, deseando que el aroma llegara hasta lo más profundo de mi nariz. Una voz rota y seca rompió el placentero momento.
- ¡Queso, pan y vino! - rugió al tiempo que golpeaba la madera de la mesa con su puño.
Escuché al resto de clientes cuchicheando al fondo. Agucé el oído. Alguien decía "ya está aquí de nuevo este Cuatrodedos, sólo nos traerá desgracias". Un escalofrío erizó el pelo de mi nuca. ¿Sería posible que estuvieran hablando del mismo Cuatrodedos?¿Del que asesinó a mi padre a sangre fría para robarle los ahorros de su duro trabajo, dejando a un chiquillo de tan sólo diez años abandonado en plena noche?. Habían pasado mucho años. Cuatrodedos llamó a nuestra puerta una fría noche de Enero. Estaba herido, mi padre era el único médico del pueblo y vino a pedir socorro. Tenía una herida muy profunda en el antebrazo izquierdo y le faltaba un dedo de la mano derecha. De inmediato, le hizo pasar y le acomodó en una silla. Inspeccionó la herida, detuvo la hemorragia, desinfectó la zona y la vendó. Administró unos analgésicos al herido y le preguntó su nombre y cómo se había herido. Al extraño, no le gustaban las preguntas. Moviendo su mano derecha en clara alusión a la mutilada extremidad dijo, "Cuatrodedos, me llaman Cuatrodedos. Lo del brazo ha sido un accidente y estoy seguro que no necesitas más información". Había acompañado su escueta explicación con un amenazante gesto tocando un enorme cuchillo que llevaba al cinto. Cuando mi padre comprendió que estábamos en peligro, salió un momento de la estancia y con precaución para que el hombre no descubriera que había alguien más en la casa, me envió a esconderme bajo la cama de mi habitación. Desde allí, paralizado por el terror, a través de la puerta entornada que daba al comedor, presencié la discusión posterior, el forcejeo y el asesinato de mi padre. Con la impotencia de quien se sabe débil e indefenso, permití que aquel desgraciado saqueara las pertenencias de la familia. Incluso se llevó un camafeo que había sido de mi difunta madre y que guardábamos como el mayor de los tesoros en una cajita de madera en el comedor.
Mi corazón clamaba venganza desde entonces y pensaba obtenerla ese mismo día. Me acerqué a su mesa y con frío y cínico gesto, me senté a su mesa y entablé una estúpida conversación de borracho de taberna sobre los barcos, el clima, el vino... Pasados unos minutos, había comprobado que tenía una enorme cicatriz que atravesaba su brazo izquierdo y le faltaba un dedo en el lado derecho. De pronto el hombre se puso tenso y me preguntó:

- ¿Qué te ha traído por aquí forastero?
- Busco trabajo en algún barco de pesca ¿conoce algún patrón interesado?.

El hombre parloteó bajo los efectos del vino y las horas pasaron sin casi darse cuenta. Al final del día, sólo quedaban ellos en la taberna. El mesonero los echó para poder cerrar el local. Borracho como una cuba, le ayudé a arrastrarse hasta la calle. Nos acercamos a los muelles, lo llevé hasta el más oscuro y apartado del puerto. Permanecimos allí un buen rato, sin apenas movernos. Cuando comprobé que nadie merodeaba por la zona, lo tumbé al filo del espigón, lo até de pies y manos con un pañuelo fino para evitar las marcas, me deslicé silenciosamente en el agua y arrastré su cuerpo hacia el interior. El contacto con el frío del mar le despabiló e intentó protestar sin comprender lo que estaba sucediendo, pero no le di opción. Simplemente lo sumergí con todas mis fuerzas y aguanté el bamboleo de su cuerpo intentando luchar por salir a la superficie. Cuando dejó de moverse, le liberé las ataduras, lo coloqué cabeza abajo y lo abandoné flotando entre los cascos de los barquichuelos amarrados.
Nunca he podido borrar la mirada de Cuatrodedos mientras perdía la vida, pero ya no recuerdo a mi padre inerte sobre un charco de sangre, sino curando a sus enfermos, abrazando a mi madre o contándome un cuento antes de dormir.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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