La Foto del día: 25-07-2011: "Dónde estás, Julieta"

Paseaba por aquellos patios rodeados de muros de piedra. El sol se colaba entre la estructura, otorgando a los muros un tono anaranjado que contrastaba con el verde intenso de los árboles y las plantas que lo decoraban. La tarde era cálida y el aire denso. Se respiraba historia, literatura y fantasía. No pude evitar imaginarme a una joven Julieta, correteando por los jardines a la espera de su amado Romeo. Historia dulce y trágica fruto de la privilegiada pluma de Shakespeare y llevada al teatro y al cine en infinidad de ocasiones. Nuestra Foto del día de hoy, pretende ser un homenaje a tan bella obra y por ello, os dejamos una lista de las versiones cinematográficas de la historia. Para los despistados, os recordamos que la trama se desarrolla en Verona, Italia, donde viven dos familias rivales, los Capuleto y los Montesco. Sus hijos respectivos, Julieta y Romeo, se enamoran a primera vista y deciden hacer prevalecer su pasión por encima de las estúpidas disputas de sus linajes. Como argucia para escapar a la persecución a que son sometidos, deciden con ayuda de Fray Lorenzo, hacer pasar a la joven por muerta y avisar a su amado para que la recoja y puedan huir lejos de las luchas de las que se sienten ajenos. Sin embargo, el mensaje nunca llega a manos de Romeo, que convencido de haber perdido al amor de su vida, decide arrebatarse la suya propia. Julieta al descubrir la tragedia, se clava un puñal para descansar eternamente junto a su adorado.

Edurne Iza, Dónde estás Julieta


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 24-07-2011 "El secreto del fin del mundo"

Edurne Iza, El secreto del fin del mundo

Las mareas son vivas, y pasan, de cubrir la playa casi en su totalidad a dejar al desnudo el fondo rocoso, de arena y lodo, que rodea la pared de piedra, construida por el ser humano, en su constante lucha de poder contra los elementos. Ese muro sólido, bordea el cementerio del pueblo y durante la pleamar, las olas golpean a escasos metros del camposanto.
Cuenta la leyenda, que a treinta pies bajo las lápidas, se encuentra el más magnífico tesoro que jamás se haya descubierto. Protegido entre almas que duermen el sueño eterno y golpes de mar, reposan doblones de oro, procedentes de un galeón español y joyas que con su brillo deslumbrarían al mismísimo sol. Dicen que también hay documentos. Papeles antiguos, que guardan entre sus fibras amarilleadas por el tiempo, el secreto por el que muchas personas venderían su alma al diablo. Las palabras en ellos escritas, narran cómo y cuándo desaparecerá el planeta Tierra.
Hace pocas semanas, un diario local, tuvo la desastrosa idea, de publicar una entrevista a un anciano de la zona, en la que se relataba la historia, que hasta ahora había pasado de padres a hijos sin mayor trascendencia. Desde entonces el pueblo se ha llenado de oportunistas, curiosos y buscavidas, que intentan acceder al camposanto a cualquier precio. Las autoridades, han tenido que organizar turnos de  vigilancia, para proteger el lugar. Los desconocidos, llegados de todas partes, intentan sobornar a los agentes. La desconfianza y la ambición se respiran en el ambiente. La aldea pacífica y tranquila en la que crecí, se ha convertido en un hervidero de intereses y codicia.
Esta mañana, ha amanecido lloviendo. El cielo estaba de color gris plomizo y los rayos y truenos se sucedían, amenazando con partir el cielo. Al principio, la mar estaba tranquila, pero poco a poco se ha ido agitando, enfadando, al tiempo que la marea subía. La flota pesquera ha tenido que ser amarrada en puerto. El viento era cada vez más fuerte, las olas más altas. El mar barría las cruces, como limpiándolas del oportunismo de los recién llegados, que a pesar de todo, se aferraban a las rejas del recinto, no queriendo alejarse demasiado de su botín. De pronto una gigantesca masa de agua se ha elevado desde la orilla, cubriendo la colina durante varios minutos. La violencia del golpe ha sido brutal y cuando por fin el océano se ha retirado, el paisaje del litoral había cambiado por completo. El cementerio y toda la loma en la que se encontraba, habían desaparecido. En su lugar había quedado un profundo socavón, que sin duda había servido de lecho a las riquezas y secretos que allí habían permanecido ocultos. Me acerqué a curiosear, encontré una perla enorme, del tamaño de una nuez. Pequeño resto de las maravillas desaparecidas. Me acerqué a la orilla y encontré sobre la arena, arrastrados por la resaca, los cuerpos de varios de los ambiciosos visitantes. Uno tenía entre los dedos un collar de esmeraldas, otro un sólido lingote de oro macizo. Más allá un tercero, agarraba con sus manos ya rígidas de muerte, unos papeles. Corrí hacia él. Tomé los documentos y me paré a pensar unos segundos antes de leerlos. Tenía en mis manos los detalles del ocaso de nuestra civilización. Las habladurías de los ancianos del lugar eran ciertas ¡los papeles existían!. Finalmente, los deposité sobre las olas, y desaparecieron mar adentro, mientras la tinta se emborronaba y el papel se iba deshaciendo. El pensar que nuestra existencia tiene fecha de caducidad, casi nos destruye. Así que decidí seguir viviendo en la ignorancia, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 23-07-2011 "Un amanecer de verano"

Edurne Iza, Un amanecer de verano

Han pasado los años. Mi piel se ha cuarteado por efecto del sol y la brisa marina. Bueno, y por la edad, no nos engañemos. Mis huesos están cansados y mi alma golpeada por los avatares de la vida, pero en mi recuerdo, permanece intacta aquella escena. El amanecer más bello de mi vida. La aventura que cualquiera desearía vivir. Nunca se lo he contado a nadie, ni siquiera a mi hijo, para protegerle de su propió instinto de venganza, que podría llevarle a luchar contra un enemigo demasiado poderoso. En el ocaso de mi recorrido vital, quiero compartir este hermoso recuerdo. Será la manera de que mi historia, no muera el día que mi corazón decida dejar de bombear. 
Corría el mes de Julio. Inusualmente fresco, comparado con los bochornosos años anteriores. Había terminado mi segundo curso en la universidad. Como cualquier jovencita, me encantaba ir al cine con mis amigas. Me quedaba embelesada con las historias de amor, de aventuras y de héroes imposibles. Esas dos horas con gesto ojiplático, palomitas y Coca-Cola, me recargaban las pilas para el resto de la semana. Vimos una película, en la que el protagonista, mi actor favorito, el ídolo de mis sueños de juventud, defendía una causa justa y daba la vida por ello y por defender el amor. Con el corazón aún compungido por la pérdida en pantalla de mi héroe, me despedí de las chicas y emprendí el camino de regreso. Vivíamos en una casita de piedra, mirando al mar, en un saliente de roca y bosque, que invadía un pedazo de océano. Distraída, aún pensando en la escena final, escuché un ruido procedente de unos matorrales cercanos. Parecía una voz masculina. Mi primer impulso fue echar a correr, pero la curiosidad pudo más y me aproximé al origen del sonido. Entonces distinguí lo que decía, "help". Separé los arbustos y encontré un hombre tumbado en el suelo, levantaba una mano pidiendo auxilio. Volvió a pronunciar la misma palabra y entonces se desmayó. Su rostro quedó tendido hacia arriba y el reflejo de la luna me permitió distinguir sus facciones. No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Me froté los ojos con incredulidad. Era él. No cabía la menor duda. Mi actor adorado. El que acababa de morir en el celuloide, defendiendo la honradez, la justicia y el amor. El temor desapareció, me acerqué e intenté reanimarle. Aún me quedaba un poco de refresco, así que le mojé los labios con él. Se despertó un poco. Me miró con languidez y soltó una retahíla que apenas pude comprender. Con mi mal inglés le dije "slowly please". Él me miró fijamente. ¡Dios, qué guapo era!. El intenso azul de sus ojos, se clavó en la miel de los míos. Era apenas un par de años mayor que yo, pero lo envolvía sin duda, el glamour de la gran pantalla. Me cogió la mano con fuerza. Esta vez, habló más despacio y a pesar de que había muchas palabras desconocidas para mí, pude comprender la esencia de su mensaje. Las misivas de sus películas, no eran del todo ficticias. En la vida real, luchaba contra la especulación inmobiliaria y sobre todo, contra aquellos que querían destruir paradisíacos entornos naturales para construir gigantescos hoteles resort. En aquella zona, estaba planificada la apertura de un espacio de ocio de muchas hectáreas en unos pocos años y él estaba a la cabeza de la lucha, para defender ese enclave a orillas del Mediterráneo.
Su enemigo era muy poderoso, había demasiados millones en juego y no estaban dispuestos a permitir que aquel niñato guaperas e idealista, venido del nuevo continente, les fastidiara el negocio. Así que haciendo uso de la fama de los artistas de llevar una mala vida, le inyectaron una potente droga, que acabaría con él en unas pocas horas y lo abandonaron en medio de la nada. Nunca pudieron imaginar, que yo pasaría por allí esa noche.
Le obligué a recostarse y le tapé con unas plantas. Como pude, le dije que me esperara, que iba a buscar ayuda y volvería a rescatarle. Corrí como nunca antes lo había hecho. Llegué a casa. Mi padre, se había quedado dormido en el sofá, con las gafas puestas y un libro apoyado en sus rodillas. Le gustaba esperarme despierto cuando salía de noche.
- ¡Padre, por favor necesito tu ayuda! ¡ven rápido!
Sobresaltado por mis gritos, tardó unos segundos en reaccionar y comprender lo que entre nervios y desesperación intentaba explicarle. Finalmente tomó su maletín y una camilla portátil y me siguió lo más velozmente que pudo. Mi padre era médico investigador. Trabajaba en un prestigioso hospital de la ciudad, y tenía un futuro prometedor, hasta que mi madre falleció víctima de una misteriosa enfermedad. Se sintió culpable por no encontrar la curación al maldito virus y se refugió en sus libros e investigaciones.
- ¡Hija mía, no sé si podré hacer algo por ese muchacho!
- ¡Podrás papá, sé que podrás! ¡tienes que hacerlo!
Encontramos al joven tal y como lo había dejado minutos atrás. Mi padre, realizó unas cuantas inspecciones. Con gesto de preocupación, observó su boca, pupilas, pulso. Tocó sus manos y brazos. Finalmente levantó la manga de su camisa e inyectó un líquido directo a sus venas.
- Ayúdame, hay que colocarlo en la camilla y llevarlo a un lugar seguro. Los que hicieron esto, pueden querer comprobar el resultado de su trabajo.
- Claro, además la noche será fría y no podemos dejarlo a la intemperie.
Con esfuerzo, lo transportamos hasta casa, lo acostamos en la habitación de invitados y velamos junto a su cama. Pasé toda la noche con su mano en la mía. A ratos mirándole y a ratos observando el reflejo de la luna sobre el mar. Cuando las primeras luces del alba hicieron su aparición, tiñendo el cielo de un intenso azul, sus ojos se abrieron con debilidad y de sus labios aún amoratados, pude escuchar "thank you".
Los días pasaron, y los sueros y conocimientos de mi padre ayudaron a su recuperación. Nos contó con detalle, todos los entresijos de la red mafiosa contra la que estaba luchando. Estábamos indignados. Queríamos ayudar y él insistía en que era peligroso y ya habíamos hecho bastante. Contactó con sus abogados y hombres de confianza al otro aldo del charco. Y desde la protección y anonimato de nuestra modesta casita de piedra, consiguió deshacer la trama de estafas y abusos contra el medio ambiente.
Para entonces estaba perdidamente enamorada de él. Y él de mí. Decidimos que se trasladaría a vivir con nosotros una temporada. Hasta que yo terminara mis estudios. Nuestro hogar se llenó de alegría, de vida y felicidad. Él viajaba a filmar sus películas, en ocasiones le acompañaba y eran viajes de ensueño. Habían pasado dos años y tras terminar la carrera, decidimos pasar el verano juntos, con mi padre, en nuestro refugio frente al mar. Además, tenía que darle una gran noticia. ¡Estaba embarazada!. Su avioneta aterrizaba por la mañana, no pude conciliar el sueño por la emoción y las ganas de contarle la buena nueva. Sin embargo, el aparato explotó en el aire en extrañas circunstancias. No pudo comprobarse, pero yo siempre he sabido que su muerte no fue un accidente. Le arrebataron su bien más preciado, por luchar contra la mafia de la construcción indiscriminada. Cómo en sus cintas, la honestidad le costó la vida. Y con él se fue un pedazo de mí.
En una alborada de un añil intenso, como los ojos de mi amado, llegó al mundo mi pequeño ángel. Y el resto de mi historia, son sólo retales de una vida discreta y sencilla. De una existencia honesta y solitaria, refugiada en los bellos recuerdos de un amanecer de verano.


Foto: Edurne Iza
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La Foto del día: 22-07-2011 "Manual del buen atleta"

Edurne Iza, Manual del buen atletaDesde niño me había gustado practicar pruebas de atletismo. Solía correr los ciento diez metros vallas. Era bastante bueno. Con catorce o quince años, incluso llegué a ganar un par de medallas en competiciones europeas juveniles. Luego la universidad, el trabajo y las responsabilidades profesionales, hicieron que fuera dejando los entrenamientos. Han pasado más de veinte años de mi última participación en un campeonato, y por esas casualidades que tiene la vida, cayó en mis manos hace unos días, un libro cuyo título me resultó curioso, "Manual del buen atleta". Llamó poderosamente mi atención y decidí leerlo. Revivir aunque fuera en la piel de sus personajes, mis años de gloria en las pistas.
Nunca imaginé que aquella fantástica historia pudiera cambiar mi vida. Devoré con avidez las primeras páginas. Me enganchó el modo en que a través de las experiencias deportivas de aquellos corredores, el autor, no hacía sino describir la propia vida, con sus retos, éxitos, fracasos, alegrías y frustraciones. Tras unos cuántos capítulos de abrumadora descripción de la realidad, el tono fue cambiando hacia un enfoque algo más fantástico. Cuando quise darme cuenta, había dejado de verme reflejado en el joven deportista, para desear llegar a la madurez del mismo modo que él. Rozando los límites entre ficción y realidad. Explicaba que el buen atleta, debe saber cuándo retirarse y pasar a lo que el autor describía como la "reserva". Descubrir el momento justo para ingresar en la "élite".  Esos momentos de transición de la gloria al olvido, o del anonimato al éxito, eran cuándo a su juicio, debía recurrirse al manual del buen atleta. Las instrucciones estaban tan claras que decidí probar. "Vístase con el atuendo propio de su disciplina deportiva. Prepare, en caso necesario, los accesorios correspondientes (pértiga, martillo, testigo, vallas, jabalina...). Colóquese delante de una pared, a ser posible de mortero u hormigón. Realice los estiramientos adecuados (ver anexo I). Dedique unos minutos a concentrarse, respirar y sobretodo, creer. Expulse el miedo de su cuerpo. Comience su actividad, alcanzando la máxima, velocidad, impulso, fuerza, salto, distancia o altura justo en el instante, en que debería impactar contra el muro de cemento. Abra los ojos y observe. Ya será usted un buen atleta".
Me parecía surrealista, y al mismo tiempo tenía la sensación de tener una vida vacía y llena de rutinas desmotivadoras, así que decidí probar. "Es ridículo, una estupidez. Me empotraré contra el tabique". Decía para mis adentros, pero aún así, me moría de ganas de experimentar. Seguí las indicaciones al pie de la letra. Coloqué la valla a la distancia justa de la pared para que al saltarla pudiera darme de bruces contra ella. ¡Aaaale hop!. Mi nariz quedó casi rozando el muro. Fue maravilloso. Durante el breve espacio de tiempo hasta que mis dos pies volvieron a  estar sobre el suelo, pude ver, a pesar de tener los ojos cerrados, cientos de deportistas de todas las edades y razas. Hombres, mujeres, gordos, flacos... Todos participando en una olimpiada libre. Sin premios, clasificaciones, jueces, ni público. Los oponentes eran los kilos de más, la artritis, los años que no perdonan, las muletas y las sillas de ruedas. Eran los complejos, la falta de confianza, la timidez y el miedo. Eran el trabajo, las cargas familiares y la escasez de tiempo. En ese instante comprendí, que aquel libro un tanto mágico, no era sino un compendio de la propia vida. Una ventana a través de la que visualizar nuestra existencia, como una consecución de batallas, que libramos contra nosotros mismos y nuestras limitaciones. Un canto a la vida. Un grito desesperado de ¡Sí PUEDO!. Cada vez que mi rutina me abruma, tomo el libro de la estantería y ... Ya sabéis, busco la pared más cercana.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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