La Foto del día: 14-07-2011 "Pegaso"

Edurne Iza, Pegaso

El día amaneció sumido en una densidad que transportaba a épocas pasadas. Decidí dar un paseo por la playa y relajarme del estrés de mis obligaciones cotidianas. La luz era especialmente intensa. Se reflejaba en el mar, en la arena y en el blanco pelaje de aquellos caballos. Qué bellos animales, pensé y decidí acercarme para acariciar sus crines. Eran ásperas en contraste con su aterciopelado hocico. Bajaban su enorme cabezota con gesto relajado, solicitando más de aquellas caricias que casi me gustaban más a mí que a ellos. Cerré los ojos y respiré profundamente. Al abrirlos, me encontré a mi misma a lomos de uno de aquellos bellos corceles del color de la nieve. Sin embargo, algo había cambiado. De los laterales de su cuerpo, se habían extendido dos enormes alas. ¡Pegaso!, exclamé.
Tras un ligero trote, alzó el vuelo. Al principio planeaba a escasa altura. Sus pezuñas acariciaban la superficie del mar, levantando pequeñas ondas. Me miraba de reojo y cuando me notó confiada y disfrutando del paseo, se elevó por encima del espigón, luego más arriba de los tejados y después se dirigió hacia el  horizonte. Aferrada a su vigoroso cuello, era lo más próximo a la libertad que había sentido desde aquel fatídico día. Volamos durante horas, disfrutando del paisaje, de la brisa y de la velocidad. Cuando el sol amenazaba con hundirse en el océano, un poderoso relincho me hizo comprender que era hora de regresar a casa. Con suavidad comenzamos el descenso y el paseo terminó con el mismo galope lento con que había comenzado. El animal recogió sus alas, mientras el último destello del sol antes de desaparecer bajo el firmamento, me hizo retirar la mirada por un segundo. Al girarme de nuevo, comprendí que nadie puede escapar a la realidad. Volvía a estar postrada en mi silla de ruedas. Aquella en la que llevaba postrada más de tres años. La condena que cumplía desde que un conductor ebrio, invadió mi carril, arrancando en pocos minutos parte de mi vida.
Todos los sábados me acerco paseando con mi silla hasta la orilla y busco a mi peludo amigo, para que me ayude por unas horas a trasladarme a una fantasía que me permita seguir luchando el resto de la semana.
La Foto del día de hoy, la dedicamos a todos los que salen de fiesta y regresan en taxi, en bus nocturno o paseando.


Foto: Edurne Iza

Texto: Onintza Otamendi Iza

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La Foto del día 13-07-2011 "Biodiversidad Hollywoodiense"

Edurne Iza, Biodiversidad Hollywoodiense

En su pequeño fragmento de paraíso, era feliz. Heredó de sus padres y éstos de sus abuelos, un amplio terreno ubicado en una colina espectacular, mirando al Mediterráneo. Concibió en su jardín del Edén, un mundo independiente del resto del mundo. Las normas eran básicas. Respeta la naturaleza y ella te proporcionará lo necesario para vivir. Cultivaba hortalizas, cuidaba del ganado. Tenía un corral con gallinas. Recogía moluscos y pescaba de tanto en tanto. Plantó una parcela con árboles frutales. Vivía en una casa de piedra, rehabilitada desde las ruinas de una antigua fortificación de defensa del litoral. Se acercaba una vez cada mes al pueblo para comprar otros productos de primera necesidad. Libros, ropa, artículos de limpieza, higiene personal y también caprichos. Helados o alguna botellita de buen Rioja. Disfrutaba de suministro eléctrico, agua, teléfono y gas que hacían su vida mucho más confortable, sobretodo en invierno y sucumbió ante lo que denominaba el mejor invento de la civilización moderna, Internet. Esto le permitió estudiar a distancia, inscribiéndose en una universidad virtual. Biología, ¿qué otra disciplina hubiera podido ser?. Decidió crear un auténtico jardín de la biodiversidad. Estudió los líquenes, se encargó de repoblar su territorio, con las especies autóctonas más tradicionales. Algunas casi extinguidas, al menos en la zona. Sembró árboles que habían sucumbido hacía décadas a la avaricia del bum inmobiliario. Consiguió equilibrar el ecosistema hasta el punto de recuperar flores silvestres que los más ancianos del lugar ni siquiera recordaban. Los pájaros, mariposas, e infinidad de especies anfibias y terrestres, muchas de ellas microscópicas, se convirtieron de forma espontánea en sus más apacibles vecinos.
A las gentes de los pueblos cercanos les gustaba su filosofía de vida. Acercarse paseando hasta los límites de su propiedad, era como asomarse a una ventana de perfección y equilibrio. De armonía natural, que la mayoría de los seres humanos habíamos perdido hacía demasiado tiempo.
Aquella mañana abrió el buzón que había colocado en el sendero de acceso a la entrada principal. Hacía varios días, que inmersa en sus estudios y análisis no recibía informaciones escritas del exterior. Efectivamente, al entornar la portezuela, vio varios sobres apilados en el interior del casillero. Facturas, facturas, facturas, propaganda de Telepizza... Son increíbles estos de Telepizza, llegan hasta el fin del mundo, pensó. Finalmente había un sobre diferente, con un membrete de algún organismo oficial. Tuvo un mal presentimiento. Comenzó a leer con avidez y al terminar la escueta carta, no pudo evitar clavar las rodillas en el suelo con gesto desconsolado. Le notificaban la expropiación de la finca, para ampliar la red de carreteras de la zona. Pasó varias horas allí, leyendo y releyendo aquel documento, sin poder dar crédito a su contenido. Buscó soluciones, pero nada venía a su mente. ¿Qué podía hacer?. Aquella misma tarde, contactó con asociaciones de protección del medio ambiente, de la naturaleza, de flora y fauna en peligro de extinción, ecologistas e incluso partidos políticos. Explicó su historia hasta el cansancio. Las respuestas vagas, difusas, poco coherentes. Agotada, se recostó un rato y no pudo evitar romper a llorar. Cuando la tensión hubo salido expulsada por sus lagrimales, se quedó dormida. Al despertar, decidió desconectar un rato del problema y ojear una revista que había comprado en su última excursión a la ciudad. Haciendo un gran esfuerzo por dejar su cerebro en blanco, llegó a un artículo sobre un conocidísimo actor de Hollywood y su gran compromiso en la lucha por la defensa de nuestro planeta. ¡Eso es! exclamó, ¡él es la respuesta!.
Invirtió todas las horas, minutos y segundos de los tres siguientes días en localizar el modo de contactar con quien presentía, sería su salvador. Finalmente después de reenviar por correo electrónico la respuesta del contacto de la respuesta de una de las personas de su equipo de marketing, logró su propósito. Mantuvieron una larga conversación telefónica, tras la cual acordaron verse en persona. No daba crédito a todo lo que estaba sucediendo.
Dos días después, recién aterrizado en el pequeño aeropuerto local, llamaba a su timbre el oscarizado personaje. Le resultó curioso, observar como "al natural" aquel apuesto hombre, repetía muchos de los gestos que ella tantas veces había visto a través de la pantalla. Es lógico, detrás del personaje hay un ser humano, pensó. La mirada profunda, la sonrisa pícara. Era mucho más guapo y próximo de lo que nunca hubiera imaginado. Sin embargo el mayor magnetismo y atracción, procedían del modo en que se había interesado por ella y el futuro de su pequeño mundo. Por momentos retiraba la mirada, para no parecer otra fan hipnotizada por sus encantos. Caminaron durante varias horas, deteniéndose en cada rincón, donde ella deseaba explicarle el origen de un cactus, el modo en que una charca había sido recuperada hasta generar unos fangos apropiados para el crecimiento de diminutas especies anfibias... Agotados, se sentaron en el porche a disfrutar de una taza de café humeante, mientras continuaban con la animada charla. Después de cenar, ella se quedó por primera vez sin palabras. Con la sensación de haber sacado todo cuanto tenía dentro de su alma y su corazón. Entonces simplemente se quedó mirándole fijamente con un desamparado gesto de socorro. El hombre se levantó y estrechando su mano con firmeza dijo: "mañana estará resuelto, he traído conmigo a mis asesores legales y tenemos una reunión a primera hora con las autoridades. Descanse, la necesito en plenas facultades. Ha hecho usted un trabajo magnífico".
No pegó ojo en toda la noche, pero al alba, estaba preparada para luchar, con uñas y dientes. La estrategia de los abogados, fue abrumadora. Habían estudiado las leyes locales con absoluto detalle, conocían los plazos de alegación, los vacíos legales, los atajos y vericuetos. Finalmente declararon mi propiedad, patrimonio de la naturaleza lo que le otorgaba una etiqueta de impermeabilidad contra una expropiación o ataque urbanístico de cualquier índole. La firma le supo a gloriosa victoria, de esas que se escriben en los libros de historia.
Han pasado algunos años, pero los habitantes de la zona, afirman que el apuesto artista visita la finca con frecuencia. Se aloja en la casa de piedra. Comparte la experiencia de una vida natural en compañía de su desde entonces amiga. Él nunca se casó y hay quien afirma que son amantes. A mí me encanta imaginarlos disfrutando de un amor atemporal al cobijo de la madre naturaleza.





Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza




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La Foto del día 12-07-2011 "El gran golpe de mi vida"

Edurne Iza, El gran golpe de mi vida

Era noche cerrada. El puerto había quedado silencioso, tras detener la frenética actividad que lo mantenía ocupado hasta bien entrada la madrugada. Las tranquilas aguas, servían de espejo al edificio, que majestuoso se alzaba ante mis ojos. Bien, pensé, ha sido fácil hasta aquí, ahora comienza la diversión. Introduje la boquilla de mi equipo de respiración, verifiqué por última vez la válvula y la manguera y me sumergí. Avancé sigilosa por debajo de las aguas. Un par de metros sobre mí podía ver con claridad el reflejo de las luces del exterior. Cuando llegué al extremo del muelle, lo bordeé para salir a la superficie en una zona menos expuesta. De la tranquilidad y la discreción, dependía en buena parte, el éxito de mi aventura.
Llevaba años investigando. Después de tanto trabajo, por fin había descubierto un cargamento por el que valía la pena arriesgarse. Harta de jugar infructuosamente al Euromillón, decidí encontrar el modo de retirarme. Comencé a averiguar cómo se transportaban los cargamentos de diamantes. Cuáles eran las rutas habituales de venta, la forma de devolver al mercado de  las piedras robadas, una vez habían sido "limpiadas". Hice contactos, me gané la confianza y el respeto de algunos y el miedo de otros. No fue sencillo. Digamos que vendí mi alma al diablo... en más de una ocasión. Me gustaba trabajar sola. Era meticulosa hasta el extremo y no me apetecía compartir las ganancias. Pagaba bien por el silencio de mis "colaboradores" y tenía un plan B por si algo fallaba durante la operación. Descendí hasta el corazón del edificio. Efectivamente, la rejilla de los desagües estaba abierta. Me introduje por ella, pataleando con fuerza. Era un poco claustrofóbico la verdad, pero no podía ahora andarme con miramientos. Salí a la superficie en el punto justo. Caminé unos cuantos pasos a la izquierda, luego recto y nuevamente a la izquierda. Ese era el lugar. Estaba por debajo de la cámara acorazada, en el único punto donde el sistema de seguridad era más débil. Las tuberías de los baños. Introduje la carga explosiva y apartándome lo necesario accioné el dispositivo. Contaba con la complicidad del guardia que vigilaba la puerta, aunque no estaría tranquila hasta estar lejos de aquel lugar. Un enorme agujero se abrió ante mí, dándome acceso al punto justo donde la cámara tenía su puerta principal. El celador abrió la puerta, llené la bolsa acuática con más de tres kilos de diamantes de la mejor calidad. Volvió a cerrar programando la clave de seguridad y entonces nos miramos.
- Llega el momento duro.
- Hágalo cuanto antes.
- Mañana tendrás la transferencia en la cuenta en Suiza que me facilitaste.
- Ha sido un placer trabajar contigo.
- Espera a recuperarte para decir eso..., sonreí.
Entonces le asesté un golpe brutal que rompió su ceja. Luego otro estratégicamente en la cabeza, para que cayera desmayado.
Recogí rápidamente el botín, guardé todo en la mochila que traía en la espalda y deshice el camino hasta llegar al muelle, nuevamente,  al borde del edificio. Ya sobre el espigón, respiré hondo y comencé mi transformación. Me oculté en una esquina oscura, me despojé del traje impermeable y quedó al descubierto el monísimo vestido de cóctel de color verde pistacho, nada discreto, con el que había decidido entrar en escena. Guardé los bártulos subacuáticos, en la mochila, junto a todo lo demás. Tomé el vanité, unos guantes cortitos que adornaban algo más de la mitad de mis manos y me subí en unos tacones de vértigo que hacían juego con el conjunto. Escondí la bolsa tras un contenedor, del que previamente me había agenciado la llave a escasos metros. Me recompuse y me dirigí a la entrada principal.
- Buenas noches, ¿me permite su entrada?
- Por supuesto, aquí tiene, dije mostrando la mejor de mis sonrisas. Disculpe, ¿tiene hora?
- Si señora, la una y cuarto.
- Gracias.
Mi plan estaba saliendo perfecto. Eran más de las tres de la mañana, pero gracias al artilugio digno del mejor espía, que llevaba escondido en el bolso, había desmagnetizado el reloj del vigilante, y había conseguido retrasar las manecillas, hasta una hora que me permitía asegurarme una buena coartada. Entré en el salón. Pedí un Martini blanco, con mucho hielo. Me entretuve un rato dando conversación a un viejo aristócrata y pasada una media hora, abrí discretamente el bolsito y accioné un diminuto dispositivo que activó la bomba que destrozó, varios pisos más abajo, la puerta de la cámara acorazada. Esto daría cobertura a mi cómplice que sería encontrado herido junto a la puerta destrozada. Entonces, me deshice del detonador, que por supuesto no tenía huellas, gracias a mis preciosos guantes. Lo enterré en una de los maceteros gigantes que decoraban la sala. Tardarían meses en encontrarlo. Las paredes retumbaron, sonaron las alarmas de emergencia y en pocos segundos el descontrol era absoluto. Evacuaron a los asistentes a la fiesta, incluida yo. Nos tomaron declaración uno a uno. En el registro constaba que yo había entrado a la fiesta pasada la una de la mañana, el caballero juró estar hablando conmigo en el momento de la explosión, no había huellas... Era evidente, que nadie sospechaba de mí. Cuando pasados unos días la policía me confirmó que ya no necesitaban nada más de mí, tomé un avión hacia una isla caribeña. Me dirigí al puerto y recogí mi contenedor. Pagué una generosa suma al de aduanas para que no hiciera muchas preguntas. Realicé la transferencia a la cuenta Suiza y aún sigo disfrutando de la vida, el sol... ¡y los diamantes!.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza

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La Foto del día: 11-07-2011 "Guerreros en la habitación"

Edurne Iza, Guerreros en la habitaciónHabía escuchado más de una vez cómo mi madre contaba a sus amigas, mientras bebían una taza de café humeante, lo impresionable que yo era. "Es un niño muy sensible", a lo que todas asentían con gesto benevolente, como si tuvieran que perdonarme por ello. Yo estaba allí, de pie en una esquina y todas se comportaban como si no existiera. Como si no pudiera oírlas ni verlas. Patético. Odiaba esas reuniones y a menudo soñaba con boicotearlas vomitando sobre el almidonado vestido de alguna de aquellas cotillas. Sin embargo, me gustase o no, tenía una imaginación desbordante y debía procurar no ver en la televisión según qué programas antes de acostarme. Películas de guerra o ciencia ficción, podían convertirse en una pesadilla de varias horas. Aquel día había visto una de animación, Toy Story. Me encantó la idea de que por las noches, todos los juguetes de la habitación tomaran vida. En el fondo, creo que es el sueño de cualquier niño, disfrutar de aventuras inimaginables con sus muñecos favoritos.
Para cuando terminé de hacer los deberes del colegio, el grupo de chismosas ya se había marchado. Mi madre tenía una apacible cara de satisfacción, como si hubiera recargado las baterías. Canturreaba mientras preparaba la cena. Luego me permitió ver un rato la tele. Era uno de mis momentos favoritos del día. Saboreaba cada instante deseando que nunca llegara el momento de escuchar "¡A la cama!".
Aquella noche, como todas, me lavé los dientes y me acosté con la sensación de que no podría dormir. Para entretenerme, tenía escondido en el cajón de la mesita de noche un paquete de chicles de fresa ácida. Estaba prohibido masticar chicle en la cama, pero a mí me encantaba. Claro, no estaba permitido. Sólo lo tendría en la boca, un par de minutos, hasta extraerle el sabor y luego lo envolvería en un pañuelo de papel. En el preciso instante en que la luz se apagaba, mis ojos se abrían como platos, para reafirmarme en la idea de que estaría toda la noche en vela. Sin embargo, no recuerdo con exactitud el instante en que mis pensamientos volaron hacia el mundo de los sueños. Aquel lugar en el que todo era posible, en el que siempre terminas despertando y sonriendo porque lo malo ha quedado atrás. Mi figura de William Wallace había cobrado vida. Estaba haciendo guardia en la puerta de mi habitación con su espada en alto.
- William ¿qué haces?
- He visto a un malvado robot acechando por las proximidades de nuestro reino, estoy cubriendo la puerta. Tu deberías ir a mirar que la ventana esté bien cerrada.
- ¡Ahora mismo!, dije con gran diligencia.
Casi no había terminado de darme la vuelta, cuando escuché un gruñido procedente del otro lado de la habitación.
-¡Sabía que vendrías a emboscarnos en medio de la noche, pero no te saldrás con la tuya! rugió Wallace.
Espadas de acero contra rayos láser, una forma humana contra un androide, la valentía y la fuerza física, contra la parsimonia de una máquina. Estaba allí observando la lucha sin saber bien cómo podía ayudar a mi valiente amigo, cuando de pronto, su espada se partió en dos. La mitad que salió despedida ,dio varias vueltas en el aire, yo presenciaba la escena como en cámara lenta. El trozo de metal subió sin parar de girar para luego detenerse por un instante y comenzar a caer. En su bajada la punta de la espada, apuntó directamente a mi cuello. No era posible, la espada me había atravesado la garganta y no me permitía respirar ni moverme. Sólo emitir un angustioso sonido ronco.
La luz se encendió al tiempo en que mi madre me ayudaba a sentarme en la cama y me propinaba un par de golpes secos en la espalda, a la altura de los pulmones. El chicle salió despedido y se enganchó en el edredón. Me había quedado dormido antes de poder retirarlo de la boca y el trozo de espada que me ahogaba y no me permitía respirar no era otra cosa que la goma de mascar atorada en mi tráquea.
-¡Mira que te tengo dicho que no comas porquerías en la cama! ¡Me vas a matar de un disgusto!
- No mami, no me riñas.
- ¿Ah no? dame una buena razón para no hacerlo
- Es que soy un niño muy sensible, dije con tono lastimero intentando buscar la compasión del momento "taza de café con las amigas"
Ella  me abrazó tiernamente diciendo:
- Si es que eres un zalamero, ven aquí y abrázame. ¡Ah, pero el chicle requisado!.
Me dio sendos besos en las mejillas, apagó la luz y salió de la habitación. Allí nos quedamos Will, el robot y yo, sin saber cómo continuar nuestra aventura.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza


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