La Foto del día: 04-07-2011 "El padre de R2D2"

Edurne Iza, El padre de R2D2Paseando por la máquina de un viejo barco mercante en el que navegó hace años, descubrió este artilugio que le recordó inevitablemente a R2D2. Bien podía haber sido su "padre", de no ser porque el famoso personaje de ficción, era un robot del tipo R2, que había pertenecido a las fuerzas de defensa en Naboo sirviendo al Rey Veruna. En sus orígenes, su función se limitaba a reparar cualquier parte de la nave. Sin embargo tomó un gran protagonismo en la popular sextología cinematográfica, puesto que entre otras muchas hazañas, como la de reconstruir a su compañero de aventuras, C3PO, salvó la vida a la reina Padmé Amidala. Fue inseparable compañero de viaje de Anakin Skywalker y Obi-Wan Kenobi a quienes ayudó en su empresa de rescatar al canciller. Sin embargo, ¿sabíais que no en todos los países al entrañable droide se le conoce con el mismo nombre?. Curiosamente, en los países latinoamericanos, se le llamó Arturito. Castellanización de la fonética anglosajona de R2D2 (ar tu di tu). Le hubiera encantado, al caminar por entre los castigados motores de aquel buque, haber escuchado tras de sí el conocido, bip biru bip. Parece que no era la única nostálgica, puesto que, además de poder encontrar figuras suyas en plástico, fibra de vidrio e incluso en formato Lego, hay quien ha inventado un traductor al lenguaje R2D2. Es decir, se introducen las palabras que se deseen y el programa devuelve los sonidos que emitiría nuestro entrañable amigo. Podéis probarlo en este link, no tiene desperdicio http://www.r2d2translator.com/. La única limitación es que no admite, más de treinta caracteres, que tampoco es cuestión de volverse loco. Espero que los amantes de una de las más geniales sagas del cine fantástico de todos los tiempos, disfruten con La Foto del día de hoy.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 03-07-2011 "Si mis piedras hablaran II"

Edurne Iza, Si mis piedras hablaran IIEl vomitivo puré, se quedaba empastado entre sus dientes. Le costaba tragarlo y tenía un sabor repugnante, pero era consciente de que necesitaría comer algo para soportar la fría noche. La torre norte, donde se hallaba presa, era circular, con gruesos muros de piedra y un tejado cónico de pizarra. A lo largo del perímetro del torreón, había seis saeteras, o vanos abocinados. Grandes por dentro, pero terminados en pequeñas ranuras verticales hacia el exterior,  que servían para disparar las flechas y ballestas protegidos por la estructura del edificio. Encaramó su tembloroso cuerpecillo a un saliente de la pared y asomó su carita pálida y asustada por una de aquellas aberturas. El cielo nocturno estaba raso, ni una nube, pero salpicado por cientos de estrellas brillantes y coronado por una preciosa luna, cuyo reflejo plateado alumbraba todo el valle. Una lágrima furtiva rodó por su mejilla. La enjugó rápido con su mano, aún pringosa por la pestilente melaza. De pronto, una paloma posó sus extremidades diminutas en la rendija y la pequeña saltó hacia atrás sobresaltada. Observó que en una de sus patas llevaba algo enroscado. Con su corazón latiendo a toda velocidad, liberó el objeto y comprobó que era una especie de canutillo de piel, que contenía una  nota enroscada. La leyó con avidez y cerrando los ojos con un gesto de infinita felicidad, la apretó contra su corazón. Era de su amado. Un joven plebeyo, que vivía al otro lado del río, y al que había conocido en uno de sus largos paseos a caballo. Desde el primer día que se vieron, surgió entre ambos un amor infinito y puro que se esforzaron por ocultar. Eran aún muy jóvenes, así que disfrazaron su cariño de amistad, hasta que pasaran unos años y el momento fuera más propicio. Sin embargo, el destino les había sorprendido con el descabellado pacto del padre de la joven, que estaba dispuesto a vender la felicidad de su hija, a cambio de un acuerdo sustancioso y de reforzar su posición entre los nobles del reino. El duque, era un gordo entrado en años, de cara sebosa y dientes ennegrecidos. Conocido entre los lugareños por su vileza y crueldad. Su primera esposa, otra joven doncella que desposó por la fuerza unos años atrás, había muerto de tristeza y soledad, tras haber traído al mundo siete niños en siete años. Ahora ella estaba destinada a correr una suerte similar, a no ser que el plan del joven vasallo funcionara. Le pidió a la joven que sacara por una de las grietas de la torre, su largo cabello, sujeto en coleta. El muchacho, diestro en las artes de la caza, ataría un cabo terminado en una barra de hierro, a unas boleas, que hábilmente enroscaría en sus cabellos. Ella tendría que recoger el artilugio, izarlo hasta la abertura, desenganchar las boleas, introducir el hierro y colocarlo de forma horizontal, para que hiciera tope en ambos lados de la saetera. Al otro extremo de la soga, el chico había preparado un carro cargado de heno fresco y tirado por cuatro musculosos jamelgos, acostumbrados a tirar con fuerza en las labores del campo. "¡Ahora!", les gritó dando un golpe con las riendas en sus lustrosos lomos. Los animales salieron al galope hasta que la barra hizo tope en la pared de piedra y rebotaron hacia atrás, con un relincho de dolor que retumbó en el silencio de la noche. Sin darse por vencido, repitió la operación hasta cinco veces. En el último intento, los caballos rechinaron sus dientes por el esfuerzo, pero lo consiguieron. Un enorme fragmento de roca salió despedido, dejando un agujero en la pared de la torre, que permitía que la prisionera pudiera saltar. Acercó el carro a los pies de la atalaya e hizo un desesperado gesto a la joven. Ahora o nunca, vida o muerte, pensó ella y cerrando los ojos, se precipitó al vacío. Su cuerpo cayó perfecto entre el mullido heno, en el preciso instante en que los percherones, iniciaban su carrera animados por los gritos de "¡arre!". El estruendo había alertado a los vigilantes del castillo, que desde la muralla comenzaron a lanzar flechas a los fugitivos.
-¡Basta, insensatos! bramó el padre. Muerta no vale nada. Hay que capturarla sana y salva. Con su amante podéis hacer lo que os plazca.
La brisa gélida de la madrugada golpeaba sus mejillas y dejaba casi insensible su enrojecida nariz, sin embargo, jamás había notado una sensación de libertad tan intensa. Sentada sobre el aromático heno, cruzó sus ojos con los del joven, que en medio de la vertiginosa carrera le dedicó una fugaz y dulce mirada, para comprobar que se encontraba bien. El plan había funcionado. Ahora, debían alejarse tanto como fuera posible y asegurarse de esconderse para no ser encontrados nunca. En aquel preciso instante, la pequeña, abrió los ojos y vio a su profesora, que con gesto extrañado le decía,
- ¿Estás bien?. Te has quedado rezagada del grupo. No has escuchado la última parte de la historia y no pienso repetirla para ti. Pide los apuntes a alguno de tus compañeros y recuerda que mañana, debéis presentar una redacción de tres folios, inspirada en la excursión de hoy. ¡Y no quiero excusas!.
- ¿Tres folios?
- Sí, tres y no aceptaré que los rellenes haciendo una letra más grande de lo normal.
Sonriente, se unió al grupo, pensando que podría escribir incluso diez folios, contando la historia de la doncella. Al salir, le pareció escuchar un susurro que salía de lo más profundo del castillo y le decía "recuerda ser fiel a la verdad, y vuelve pronto, tengo muchas más historias para que vivas y puedas contar. Cuídate pequeña".


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día 02-07-2011 "Si mis piedras hablaran I"

Edurne Iza, Si mis piedras hablaran

Hace años que me reconstruyeron. Mis torres estaban medio derruidas, algunas de las paredes laterales, destrozadas. Realizaron un arduo trabajo de investigación, para ser capaces de reunir la información necesaria para dejarme, prácticamente igual, a como lucía en mis años de mayor esplendor. Ahora me visitan por una módica entrada. Soñadores y románticos que imaginan historias medievales al caminar por los pasadizos de piedra. Estudiosos e historiadores. Niños de colegio... esto son los peores, corriendo por todas partes, desgastando con sus zapatos todo terreno, los cansados escalones que llevan a mis almenas. Y todos ellos descargan sus flashes y secan sus ojos al abrirlos como platos, sin apenas imaginar las maravillosas historias, que podrían relatar cada una de mis piedras. Entre los muros más sólidos de esta fortaleza, se escribieron importantes capítulos de la historia de la humanidad. Al calor del hogar del salón principal, se planearon batallas. En alguna de las alcobas se consumaron los más tórridos amores y se planearon no menos sórdidas venganzas. Llevo esperando un día como el de hoy, varios siglos. Observo con atención a los visitantes, deseando descubrir un espíritu, lo suficientemente puro para compartir con él alguna de las crónicas que tengo para contar. Inocente, para creer lo que le mostraré. Fuerte, para soportar la violencia que sus ojos presenciarán y con la personalidad para transmitirlo a las generaciones venideras, sin desvirtuarlo ni quitarle valor. Hoy he detectado ese corazón puro, al que quiero donar mi legado. No será fácil, porque tendré que transportarle a cada uno de los momentos del tiempo en que sucedieron los hechos, para que vea con sus propios ojos, para que crea.
La profesora les había prometido un día inolvidable y para ella, desde luego, lo estaba siendo. Escuchó con mucha atención, todas las explicaciones de la "seño", como ellos la llamaban. Era su tutora en la escuela pública del pueblo. Al llegar el recorrido a una de las torres con cónico tejadillo de pizarra, rematado con un puntiagudo chapitel, la pequeña se quedó rezagada del grupo. Pensativa, observaba las paredes de fría piedra, la altura de la estancia, las vigas de madera dibujando el esqueleto coniforme. Su imaginación voló y voló y se convirtió en el instrumento preciso que el castillo llevaba tanto tiempo esperando.
Sin apenas darse cuenta, se vio rodeada de soldados, caballeros y doncellas. Se miró y se descubrió ataviada con una curiosa indumentaria. Dos vestidos, una capa y una cofia. Llevaba el cabello largo, más abajo de la cintura, adornado en la cabeza con una guirnalda de flores. Tenía las manos atadas por las muñecas, que doloridas, reposaban sobre su graciosa túnica. Hacía frío. El aire se colaba amenazando el fuego de la chimenea, que respondía con sonoros chisporroteos. Estaban en una salón muy grande, había tapices decorando las paredes. La estancia impregnada de un intenso olor, mezcla de humo, piel mal curtida, carne asada y vino agrio. Amenizando, el sonido lejano de la zampoña y el dulzimer. Pasados unos minutos, comprendió que de algún modo había sido proyectada al siglo XII. Intentando salir de su asombro escuchó con atención a un hombre corpulento, desaliñado que se acercaba a ella con gesto desafiante.
- ¡Te casarás con el duque, por las buenas o por las malas!
Estupefacta, contestó sin apenas ser consciente de sus palabras. Era como si estuviera presenciando la escena desde fuera, pero viviéndola en carne propia.
- Padre, no consentiré este matrimonio. ¡Antes la muerte!.
- ¡Maldita niña malcriada!. No vas a arruinarme el acuerdo con el duque por tus caprichos de amor y felicidad. ¡Harás lo que se te ordene!. ¡Subidla a la torre norte! Sin mantas ni fuego. Unos días de frío y hambre harán que cambie de opinión.
- ¡No, no, por caridad!. ¡Os suplico clemencia! ¡Padre!. Gritaba mientras se retorcía por el suelo intentando zafarse de las manos de los soldados, que la arrastraban escaleras arriba.
Una vez sola en el torreón, sentada en una esquina. Escuchó una voz que le hizo comprender.
- Hola pequeña. Soy el espíritu del castillo. Te he escogido a ti, para que me ayudes.
- Pero... no entiendo nada. Por favor díme que está pasando, yo estaba de excursión con mis compañeros de clase y de pronto...
- Lo que sucede es que necesito que vivas las aventuras y tragedias que han presenciado mis paredes, para dejar de ser visitado como un mero objeto decorativo. Deseo que alguien transmita todo esto, con la pasión de haberlo vivido. Y esa eres tú. Tranquila, siempre te devolveré a tu época, a tiempo de que nada malo te suceda. He pronunciado demasiadas veces la frase, "si mis paredes hablaran". Ha llegado el momento de romper el silencio. Tú lo harás por mí.  
- ¿Tengo elección acaso?
- No, contestaron las frías piedras justo en el momento en que la trampilla de la robusta puerta de madera se abría para lanzar dentro de la estancia un pequeño cuenco con algo de comida.
- ¡Come niña, necesitarás fuerzas para soportar la gélida noche!, bramó el centinela entre risotadas.
Haciendo esfuerzos por aceptar que aquello no era una pesadilla, tomó el recipiente entre sus manos. Contenía una especie de melaza caliente que desprendía un olor nauseabundo. Entre llantos y arcadas tomó con sus dedos un pellizco de aquel mejunje y lo introdujo en su boca. Continuará...


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 01-07-2011 "Camino de la felicidad"

Edurne Iza, Camino de la felicidad

Caminaba por aquella vereda de tierra, sin prisa. Lejos del estrés de la ciudad. Del CO2 y el ruido de los cláxones. De los empujones en las aceras estrechas y las luchas por subir en el ascensor. De la rigurosidad del traje y la corbata. A izquierda y derecha, brotaban florecillas blancas y la hierba alta bailaba juguetona con la brisa. Se quitó los zapatos, dejó la senda y caminó sobre la verde alfombra con los ojos cerrados. Los brazos separados, acariciando el prado con los dedos. Respiró hondo y se sintió en paz. El camino, desaparecía serpenteante en un bosquecillo cercano y parecía conducir al mismo lugar, que las veloces nubes que decoraban el cielo. Pensó en la vida, corta en comparación con la inmensidad de la naturaleza. Y sin poder evitarlo, se preguntó, ¿vale la pena? ¿compensan los sinsabores del trabajo? ¿la falta de sueño? ¿el no ver crecer a mis hijos? ¿el circular a toda velocidad, en bucle por los tirabuzones de la competitividad sin límites? ¿el pretender tener una segunda residencia y un coche de gama alta? ¿ser socio del club de hípica o del de golf?. En definitiva ¿soy feliz?. La respuesta fue un abrumador y mayúsculo monosílabo que comienza por "n". NO. "Fantástico, me paso media vida construyendo lo que se supone es un modelo de vida ideal y ahora que lo he conseguido, soy consciente que nunca fue lo que yo quería. Jamás soñé con llegar hasta aquí. Este era el sueño de otro. De mi padre, de la sociedad o de mis petulantes compañeros de colegio de pago."
Intentó recordar sus anhelos de juventud. Estrujó su cerebro tratando de separar el "qué quieres" del "qué debes". El atardecer le sorprendió, sin ninguna respuesta y llegó a una triste conclusión. "Toda mi vida he sido la perfecta proyección de la obediencia, del hijo, el alumno, el esposo y el empleado modelo. ¡Basta!. Pienso recuperar el tiempo perdido".
Esa misma noche telefoneó a su mujer, elegante dama aburguesada, que no podía dar crédito a las palabras que le llegaban desde el otro lado del aparato.
- ¿Que te quieres ir a vivir al campo?. No pienso seguirte ¿has perdido el juicio?
- Cariño, quiero que disfrutemos juntos de una vida sencilla, cerca de la naturaleza. No nos faltará de nada, pero no nos sobrará tanto como ahora. Podremos cultivar nuestras aficiones, y nuestros hijos estarán aún a tiempo de no cometer nuestros mismos errores.
- ¡No pienso seguir escuchando ni una sola insensatez más! ¡Quiero el divorcio!
Un violento sonido metálico le hizo comprender que ella había colgado. Esa noche su vida había dado un giro de 180 grados. Había iniciado un viaje que le hubiera gustado realizar, con la que un día fuera el amor de su vida. Pero también había descubierto con dolorosa desilusión que de ese amor apasionado, había pasado ya mucho tiempo y demasiadas cenas y viajes de negocios. El cristal estaba hecho añicos y recompuesto con el pegamento del interés. Esa noche de paz interior y reflexiones, dejó atrás las ataduras sociales y emprendió el camino de la felicidad. 



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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