La Foto del día: 22-06-2011 "Cuerpo 10"

 Edurne Iza, Cuerpo 10

Está de moda cuidarse. Moldear el cuerpo, jogging, spinning, footing, streching... Me canso sólo de pensarlo. En cualquier paseo de nuestro barrio, podemos encontrar a forofos del deporte y del estilo healthy and cool, sudando la gota gorda con el objetivo de estar sanos y tener un cuerpo perfecto. Realmente, me parece muy bien, sin llevarlo a extremos, pero comparto esta filosofía. Hace algún tiempo descubrí la dieta Dukan. Seguro que habéis oído hablar de ella. Está basada en la ingesta de proteínas, primero solas, luego combinadas con verduras y por último, añadiendo frutas. En realidad no tiene mucha ciencia. Al eliminar grasas, hidratos y azúcares, no es tan difícil adelgazar ¿verdad?. Sin embargo, lo que más me fascina, son las diversas modalidades de gimnasia combinada con baile. Aerobic, batuka y un sin fin de divertidas alternativas, para los que necesitan un aliciente extra para mover el esqueleto. Ahora que se aproxima el verano, os animo, más que nunca a conseguir vuestro cuerpo 10. El que os haga sentir bien, sin sufrimiento, sin traspasar las barreras de la lógica. Al aire libre o en el gimnasio, a solas con vuestros pensamientos o con la música a todo volumen. Disfrutad de un ejercicio moderado y saludable. Comed sano y sed felices. ¡Hasta mañana!.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 21-06-2011 "Un naufragio salvó su vida"

Edurne Iza, Un naufragio salvó su vida

Eran un grupo de sin techo. Cuando llegaron al pueblo, la gente les miraba con recelo. Desarrapados, pensaban algunos. Vagos, remataban otros. Sin embargo, poco a poco comenzaron a formar parte de la comunidad. La diferencia la marcó una gran tormenta. De esas que agitan las olas del Cantábrico, con furia infinita. Uno de los pesqueros, arribaba a puerto medio escorado, destrozado por las embestidas de las olas. Sólo regresaban tres tripulantes. El resto... se los tragó la mar. El espectáculo era sobrecogedor. Dos marineros llegaban tumbados sobre cubierta. Agotados de luchar contra los elementos, de intentar salvar a sus perdidos compañeros. El patrón, atado al timón con la cabeza caída hacia adelante. Había perdido el sentido, en cuanto el buque había dado la vuelta al espigón y había entrado en las tranquilas aguas del puerto. Un enorme revuelo agitó el muelle. Amigos, conocidos y familiares corrieron en su auxilio. Primero acercaron cuanto pudieron el barco al muelle. Llegaba escorado, y un poco sumergido, parecía tener una vía de agua. Después recuperaron a los dos pescadores. Se disponían a practicarles los primeros auxilios cuando el barco, herido de muerte, comenzó a inclinarse más y más con una constante y vertiginosa velocidad. El capitán estaba aún dentro. Inconsciente y amarrado aún a la madera del timón. Sin pensarlo dos veces, uno de los nuevos vecinos, se lanzó al mar, se sumergió con rapidez y no sin dificultad, consiguió liberar al hombre y sacarlo a la superficie, desde donde lo izaron al atracadero. Pasaron varias semanas, hasta que los hombres se recuperaron de sus heridas, aunque les quedó el alma rota para siempre. El patrón quiso conocer a su salvador, sin el que de forma increíble y tras haber sobrevivido a la gigantesca tormenta, hubiera perecido. Era un chico joven, de aspecto agradable, aunque muy delgado y mal vestido. Hablaron durante horas. Del mar, de política, de economía. Hablaron de la indignación de no tener una vivienda digna, un trabajo. De la desolación de visualizar un futuro sin esperanzas. Se acercaron hasta el puerto. El viejo cascarón seguía en el mismo lugar donde lo habían dejado tiempo atrás. Estaba realmente destrozado, la pintura había saltado de los golpes de mar y el salitre, y dejaba al descubierto sus distintas etapas, vidas, patrones y colores. Era un barco multicolor.
- He hablado con el astillero y mañana lo reflotarán.
- Pero ¿tiene arreglo?.
- Bueno, con paciencia y unos cuantos euros...
- Ya, claro.
- Estoy pensando algo... ¿Tú me ayudarías a arreglarlo?. Te pagaré bien
- ¡Por supuesto!. No sé mucho de carpintería, pero aprendo rápido. Incluso mis amigos, estarían dispuestos a echar una mano.
- No se hable más. Comenzaremos mañana  mismo.
Pasaron dos meses de sierra, martillo y lija. Pintura, tablones y estachas. Había quedado como nuevo.
- Bien chaval, habéis cumplido vuestra parte del trato. Ahora me toca a mí. Dijo el hombre entregando un sobre con un buen puñado de dinero
- Gracias, muchas gracias
- No me las des. Es barato el precio por salvarme la vida. He pensado más... dijiste que no teníais casa ¿no?
- No dormimos hoy aquí mañana allá
- Y qué os parecería ¿una vivienda flotante?
- ¿Cómo? no entiendo
- Que el barco es vuestro chicos
Y así es como el viejo barco comenzó una nueva vida, con un color distinto y unos insospechados habitantes. Así es como aquellos jóvenes recibieron por fin la oportunidad que tanto habían anhelado. Casa y trabajo de un soplo. Y así es como el viejo patrón se reunió de nuevo con su familia, cuando a punto estuvo de perderlo todo.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 20-06-2011 "Glamour a cambio de sueños"

Edurne Iza, Glamour a cambio de sueñosLlenó de sueños la cabeza de miles de niñas en los años posteriores a la Guerra Civil. Proporcionalmente, sólo unas pocas afortunadas tuvieron la dicha de poder jugar con ella, ya que la mayoría, no recibían mucho más que muñecas de cartón. Durante sus largos paseos por la playa de La Concha en Donosti, Leonor Coello, una de tantas damas, que veraneaban por tierras vascas, gustaba de llamar la atención de los paseantes, por llevar a su hija Leonor de Góngora de dos añitos, vestida a imagen y semejanza, de su preciosa muñeca de porcelana alemana. Tanta expectación, generaban los vestidos, que Leonor, se entretenía dibujando, cortando y cosiendo los trajes, tanto para la niña, como para su juguete favorito. Pronto comenzó a tomar forma, la idea de ir más allá y diseñar también la muñeca en sí. Debía ser idéntica a la pequeña Leonor, debía tener nombre y apellido, árbol genealógico, una biografía incluso. Ayudada por su esposo, Manuel de Góngora y por otros pensadores de la época como Luis Escobar, Jacinto Guerrero o Felipe Sassone, llegaron a denominarla, Mariquita Pérez. El nombre como diminutivo del popular “María” y Pérez, por tratarse de uno de los apellidos más extendidos del país. Así, el 11 de Noviembre de 1940, nacía Mariquita Pérez, de manos del artesano juguetero alicantino, Santiago Molina. Se fabricaron 1000 unidades que se vendieron en poco más de un mes, a un precio de 85 pesetas, cuando el salario medio de la época, no superaba las 150 pesetas. Durante su trayectoria hasta 1976, en que se detiene la fabricación de la muñeca, tuvo colecciones de ropa cada año, hermanitos, muebles, maletas, baúles… un completo ajuar, infinitamente más rico que la mayoría de las pertenencias de la población. Se abrieron más de cuarenta tiendas en toda la península y algunas incluso en Estados Unidos. Convertida en artículo de coleccionismo, fue durante décadas, el juguete preferido o el sueño imposible de alcanzar de muchos niños y niñas. Leonor Coello, ganó muchísimo renombre y dinero gracias a la creación de Mariquita. Hizo infelices a muchos más niños, que nunca pudieron recibir la muñeca, de los que fueron felices por tenerla. Hoy, esta dama de nobles apellidos, es recordada por su genial extravagancia convertida en gran negocio, ya que no olvidemos, que todo comenzó, por vestir a su hija igual que al juguete… Quizá Doña Leonor, podía haber pasado a la historia, por comercializar un entretenimiento barato y asequible, incluso para los bolsillos de la posguerra. Probablemente, hubiera ganado el mismo, o incluso más dinero, vendiendo cientos de miles de unidades a menor precio. Sólo por su importancia histórica, serían igualmente, piezas de coleccionismo. Pero claro, olvidamos que una gran dama de la nobleza, debía ante todo mantener su glamour...


Foto: Edurne Iza
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La Foto del día: 19-06-2011 "Salvado por una foca"

Edurne Iza, Salvado por una foca

Aquel año, las vacaciones de invierno prometían ser inolvidables. Una semana con los compañeros de colegio en Groenlandia. Estaríamos en una cabaña y conoceríamos de cerca, las especies animales más fascinantes de la zona. Incluso, con un poco de suerte, ¡veríamos osos polares!. El avión sobrevolaba una extensa llanura blanca. Un precioso manto de nieve y hielo, cuando de pronto, el motor comenzó a sonar de modo extraño. El monótono ronroneo, se convirtió en un intermitente estertor. Luego el silencio y un extraño traqueteo, que movía el aparato de lado a lado. El capitán habló por megafonía, dijo que mantuviéramos la calma, que nos abrocháramos bien los cinturones de seguridad y que apoyáramos la cabeza entre los brazos. Teníamos que realizar un aterrizaje de emergencia. Probablemente no pasaron más de dos o tres minutos, pero se hicieron interminables. A mi alrededor, oía gritos de pánico y llantos. Tenía tanto miedo, que no era capaz, ni siquiera de chillar. Me temblaban las rodillas y la mandíbula. Mi corazón latía muy deprisa. Entonces un tremendo impacto, sacudió todo el aparato. Intenté sujetar mi cabeza, tal y como había indicado el piloto, pero lo último que recuerdo, es una brutal sacudida, que hizo que todo mi cuerpo rebotara contra el asiento. Ese fugaz momento, vuelve a mi mente una y otra vez, como en cámara lenta. Es difícil calcular cuánto tiempo pasó hasta que volví en mí. Abrí los ojos, muy aturdido. Recuerdo que lo primero que noté, fue un intenso frío en las piernas. Seguía sentado en mi butaca, con el cinturón puesto. Lo extraordinario fue encontrarme solo, en mitad de la nieve. El asiento se había arrancado de cuajo, unido a un trozo de fuselaje y la ventana que tenía en mi lado izquierdo. Miré a mi alrededor, buscando a mis compañeros, al resto del avión, la tripulación... Nada. Sólo un intenso y cegador manto blanco. Entumecido, me levanté y comprobé que aparte de algunas magulladuras, estaba sano y salvo. Comencé a caminar desorientado. Tenía miedo de alejarme del trozo de metal del avión. Aunque por otro lado, quizá el resto se encontraba tan solo a unos cientos de metros. Decidí continuar. Pasado un buen rato, me senté en la nieve y no pude evitar romper a llorar. Dónde estaban los demás, qué les habría pasado, tenía miedo. Tapé mis ojos con las manos, y sollocé sin consuelo. Entonces, percibí un intenso olor a pescado y un cosquilleo en mis mejillas. Levanté las manos y allí estaba ella. Una enorme foca, que me olisqueaba con curiosidad. La miré con recelo, porque no estaba seguro de sus intenciones, pero pronto comprendí que no corría ningún peligro. Era preciosa y me hizo sentir bien, acompañado y protegido. Un gélido viento comenzó a soplar, tan fuerte que la nieve se levantaba en violentas oleadas. Haciendo gala de un increíble instinto protector, el animal me rodeó entre sus aletas, protegiendo mi cabeza bajo su cuello y utilizando su gigantesco cuerpo, como parapeto contra la ventisca. Permaneció en la misma postura, hasta que la tormenta amainó. Olía realmente mal, pero estaba tan calentito allí dentro, que hubiera deseado que el temporal durara unas horas más. Con gigantesca torpeza, se alejó de mí, desapareció tras un pequeño montículo y volvió pasados unos minutos, con un enorme pescado en su boca. Mordió un trozo y dejó el resto a mis pies, invitándome a que hiciera lo propio. Odiaba el pescado crudo. Lo abrí entre náuseas con mis manos, le saqué las tripas e intenté comer algunos trozos. Sabía que mi cuerpo necesitaba alimento. Mezclaba los pedazos con puñados de nieve, para suavizar el sabor. La foca me observaba con gesto de extrañeza. Pasó el tiempo. Quién sabe cuánto, en medio de aquella eterna blancura. Un ruido de motor se escuchó a lo lejos. Era un helicóptero de rescate. Supongo que los pilotos, debieron comunicar nuestra posición antes de la caída. Cuando bajaron los de salvamento, me preguntaron si estaba bien. Señalándola dije
- Gracias a ella estoy vivo. Me ha dado calor, alimentos y me ha protegido hasta que habéis llegado.
- ¡vaya!, pues has tenido suerte de encontrarla, entonces.
Antes de subir al aparato, abracé a mi salvadora, besé su pestilente hocico y me despedí. Mientras nos elevábamos, no podía dejar de mirarla, como una pequeña mancha en medio de la inmensidad. Ella levantó la cabecita, siguiéndonos con sus ojos hasta el infinito.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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