La Foto del día: 19-06-2011 "Salvado por una foca"

Edurne Iza, Salvado por una foca

Aquel año, las vacaciones de invierno prometían ser inolvidables. Una semana con los compañeros de colegio en Groenlandia. Estaríamos en una cabaña y conoceríamos de cerca, las especies animales más fascinantes de la zona. Incluso, con un poco de suerte, ¡veríamos osos polares!. El avión sobrevolaba una extensa llanura blanca. Un precioso manto de nieve y hielo, cuando de pronto, el motor comenzó a sonar de modo extraño. El monótono ronroneo, se convirtió en un intermitente estertor. Luego el silencio y un extraño traqueteo, que movía el aparato de lado a lado. El capitán habló por megafonía, dijo que mantuviéramos la calma, que nos abrocháramos bien los cinturones de seguridad y que apoyáramos la cabeza entre los brazos. Teníamos que realizar un aterrizaje de emergencia. Probablemente no pasaron más de dos o tres minutos, pero se hicieron interminables. A mi alrededor, oía gritos de pánico y llantos. Tenía tanto miedo, que no era capaz, ni siquiera de chillar. Me temblaban las rodillas y la mandíbula. Mi corazón latía muy deprisa. Entonces un tremendo impacto, sacudió todo el aparato. Intenté sujetar mi cabeza, tal y como había indicado el piloto, pero lo último que recuerdo, es una brutal sacudida, que hizo que todo mi cuerpo rebotara contra el asiento. Ese fugaz momento, vuelve a mi mente una y otra vez, como en cámara lenta. Es difícil calcular cuánto tiempo pasó hasta que volví en mí. Abrí los ojos, muy aturdido. Recuerdo que lo primero que noté, fue un intenso frío en las piernas. Seguía sentado en mi butaca, con el cinturón puesto. Lo extraordinario fue encontrarme solo, en mitad de la nieve. El asiento se había arrancado de cuajo, unido a un trozo de fuselaje y la ventana que tenía en mi lado izquierdo. Miré a mi alrededor, buscando a mis compañeros, al resto del avión, la tripulación... Nada. Sólo un intenso y cegador manto blanco. Entumecido, me levanté y comprobé que aparte de algunas magulladuras, estaba sano y salvo. Comencé a caminar desorientado. Tenía miedo de alejarme del trozo de metal del avión. Aunque por otro lado, quizá el resto se encontraba tan solo a unos cientos de metros. Decidí continuar. Pasado un buen rato, me senté en la nieve y no pude evitar romper a llorar. Dónde estaban los demás, qué les habría pasado, tenía miedo. Tapé mis ojos con las manos, y sollocé sin consuelo. Entonces, percibí un intenso olor a pescado y un cosquilleo en mis mejillas. Levanté las manos y allí estaba ella. Una enorme foca, que me olisqueaba con curiosidad. La miré con recelo, porque no estaba seguro de sus intenciones, pero pronto comprendí que no corría ningún peligro. Era preciosa y me hizo sentir bien, acompañado y protegido. Un gélido viento comenzó a soplar, tan fuerte que la nieve se levantaba en violentas oleadas. Haciendo gala de un increíble instinto protector, el animal me rodeó entre sus aletas, protegiendo mi cabeza bajo su cuello y utilizando su gigantesco cuerpo, como parapeto contra la ventisca. Permaneció en la misma postura, hasta que la tormenta amainó. Olía realmente mal, pero estaba tan calentito allí dentro, que hubiera deseado que el temporal durara unas horas más. Con gigantesca torpeza, se alejó de mí, desapareció tras un pequeño montículo y volvió pasados unos minutos, con un enorme pescado en su boca. Mordió un trozo y dejó el resto a mis pies, invitándome a que hiciera lo propio. Odiaba el pescado crudo. Lo abrí entre náuseas con mis manos, le saqué las tripas e intenté comer algunos trozos. Sabía que mi cuerpo necesitaba alimento. Mezclaba los pedazos con puñados de nieve, para suavizar el sabor. La foca me observaba con gesto de extrañeza. Pasó el tiempo. Quién sabe cuánto, en medio de aquella eterna blancura. Un ruido de motor se escuchó a lo lejos. Era un helicóptero de rescate. Supongo que los pilotos, debieron comunicar nuestra posición antes de la caída. Cuando bajaron los de salvamento, me preguntaron si estaba bien. Señalándola dije
- Gracias a ella estoy vivo. Me ha dado calor, alimentos y me ha protegido hasta que habéis llegado.
- ¡vaya!, pues has tenido suerte de encontrarla, entonces.
Antes de subir al aparato, abracé a mi salvadora, besé su pestilente hocico y me despedí. Mientras nos elevábamos, no podía dejar de mirarla, como una pequeña mancha en medio de la inmensidad. Ella levantó la cabecita, siguiéndonos con sus ojos hasta el infinito.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 18-06-02011 "El Brujo de la Cruz"

Edurne Iza, El Brujo de la Cruz

Erase una vez, una abuelita muy sacrificada, que vivía en un pueblo lejano. Caminaba durante horas cada día, debía buscar alimentos para sus nietos. Se adentraba en el bosque, recolectaba setas, bayas y otros frutos silvestres y luego regresaba a casa. Su vida era muy dura, pero mientras estuvieran bajo el hechizo del malvado Brujo de la Cruz, era lo único que podía hacer, para proteger a sus adorados niños. Tiempo atrás, cuando los hermanitos, que eran gemelos, acababan de nacer, todo era felicidad. Su hija, su yerno, los bebés y ella, formaban una adorable familia. Un día, llegó al pueblo el Brujo, un viejo amargado y malévolo, que hechizó a casi todos los vecinos. Los que le plantaron cara, murieron con terribles dolores. Los únicos que consiguieron escapar a su doloroso influjo, fueron los padres de los pequeños. Como castigo, fueron desterrados para siempre del lugar, y para asegurarse de que no intentaran nada en su contra, hechizó a sus hijos. El único modo de mantenerlos con vida, sería recolectar frutas del bosque y preparar un antídoto, cuyo efecto duraría  escasamente veinticuatro horas. Así que decidió no hechizar a la abuelita, pero cargarla con la enorme responsabilidad, de conseguir todos los días, los ingredientes para la pócima. Cuando le faltaban sólo unos metros para llegar a su morada, tenía que subir las escaleras que pasaban junto a la iglesia. Al final de todos los peldaños, girando a la derecha, estaba su puerta. Cada vez, se encontraba más cansada. Tardaba más en realizar el tortuoso recorrido, y aquellos escalones, con el peso de la bolsa, le estaban destrozando la espalda. El Brujo, se divertía estirando la bolsa desde una esquina, de modo que la subida fuera aún más empinada. "Debo pensar algo", no aguantaré mucho más, pero sin el antídoto, mis adorados nietos están perdidos. Al día siguiente, al adentrarse en el bosque, decidió canturrear una antigua melodía que su madre le enseñó siendo muy joven. "Es mágica, le decía, y te ayudará a comunicarte con los animales, si un día necesitas su ayuda". Tal era su desesperación, que aquel 18 de Junio, decidió intentarlo. Habían pasado apenas unos minutos, cuando ardillas, conejitos, gorriones, búhos, zorros, jabalíes y hasta un oso, se acercaron a ella. Llorando de emoción, cayó de rodillas al suelo. "Gracias, gracias". Una juguetona ardillita trepó hasta su hombro y con increíble delicadeza, enjugó sus lágrimas.
- ¿Necesitas nuestra ayuda?
- Cada día estoy más débil. Mis nietos me necesitan, pero yo casi no tengo fuerzas. ¿Qué puedo hacer?
- Debiste haber recurrido a nosotros hace mucho tiempo. Pero no sufras, acabaremos con el malvado Brujo de la Cruz. Sólo necesitamos que nos guíes hasta su refugio y cuando estemos ante su puerta, pronuncies tres veces estas palabras "Conjurum evadum est. Brujum evanescentium". El resto corre de nuestra cuenta.
- ¡Vayamos cuanto antes!
La fantástica comitiva emprendió camino. Para ir más rápido, sentaron a la abuelita a lomos del jabalí y entre varios gorriones y dos búhos, transportaron la pesada bolsa, agarrándola con sus picos.  
- Aquí es, balbuceó la anciana, señalando hacia la morada del villano.
- ¡Chicos, preparados!.
- Conjurum evadum est. Brujum evanescentium. Conjurum evadum est. Brujum evanescentium. Conjurum evadum est. Brujum evanescentium. Repitió con determinación.
Entonces, una especie de torbellino rodeó a los animales, envolviéndolos como en el centro de un tornado. Los elevó muy alto, por encima del pueblo, cada vez a más velocidad. De pronto, se detuvo, adquirió forma de flecha y descendió meteórico, introduciéndose por la chimenea. Protegida tras una pared de piedra, observó asombrada, cómo la casa retumbaba y tras una sonora explosión, la robusta puerta de madera, caía desplomada al suelo, levantando una gran polvareda. Y así el villano, desapareció para siempre. Sobrecogida, esperó unos segundos y vio salir en fila caminando airosamente a conejitos, ardillas y demás héroes, sanos y salvos y con la satisfacción de haber cumplido su misión. El último, era el oso y traía en brazos a sus nietos, que somnolientos se desperezaban, ajenos a todo cuánto había acontecido.
La normalidad regresó a sus vidas. Los vecinos despertaron de sus hechizos. Los padres de los pequeños, pudieron regresar junto a su familia. Desde entonces, cada 18 de Junio los habitantes del lugar y todos los animales del bosque, celebran la gran hazaña, y recuerdan que con un poco de ayuda mágica, los deseos, pueden hacerse realidad. Y colorín colorado...


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 17-06-2011 "El Billy Elliot español"

Edurne Iza, El Billy Elliot español

Rubén Orihuela es un joven que ha roto moldes. Con tan sólo 11 años, tuvo que enfrentarse a una larga lista de estereotipos, que encasillan la gimnasia rítmica, como una actividad puramente femenina. Tan sólo el tesón, el trabajo duro y la profesionalidad, hicieron que este joven valenciano, pudiera seguir  adelante con su sueño. Sin embargo, no fue hasta 2009, cuando por primera vez, pudo participar en una competición oficial. A sus veinticuatro años, ya ha hecho historia. Es leyenda viva y referente para otros muchos jóvenes que como él, sueñan con practicarla de forma oficial. De hecho, en su Valencia natal, ya son cinco, los muchachos que entrenan en esta disciplina, convirtiendo a su Comunidad de origen, en la zona con más participantes masculinos, en el último campeonato nacional. El resto de gimnastas, hasta un total de quince, procedían de Canarias, Aragón, Andalucía, Galicia y Murcia. Orihuela, afirma que la rítmica masculina, terminará por tener la misma repercusión que la femenina, pero sin duda para ello deberá adaptarse a las condiciones físicas del hombre, de modo que se puntúe más la fuerza física y menos la flexibilidad, donde se encuentran en clara desventaja ante las féminas. Sin embargo, Rubén tiene claro que la mayor barrera, que aún hoy en día tiene que superar un gimnasta masculino, se llama prejuicios. Comenzando por la familia, habitualmente reacia a apoyar que sus hijos practiquen este deporte; siguiendo por el entorno, el colegio, los amigos, aún hoy en día, tras haber obtenido el reconocimiento de jueces y público, Rubén recuerda las burlas y el rechazo; terminando por la dificultad para encontrar entrenadores, dispuestos y preparados para formar a un niño en esta disciplina. Lo cierto es, que él ha colocado la primera piedra de una muralla, que deseamos sea con el tiempo larga y sólida. No olvidemos, que hubo una mujer, que por primera vez utilizó pantalones, y otra que se puso un bikini, otra que defendió el sufragio... Rubén Orihuela, el llamado Billy Elliot español, es un ejemplo a seguir, por todos aquellos que tienen un sueño en sus vidas. Un pionero que será recordado, no sólo por sus éxitos en el deporte, sino por el valor de llevar adelante sus convicciones.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 16-06-2011 "Pont du Diable"

Edurne Iza, Pont du Diable

La guerra había terminado. Tras varios años en un campo de trabajo, aún no podía explicarse cómo había conseguido sobrevivir. Un día simplemente, abrieron las puertas y a gritos y empujones, del único modo que se dirigían a ellos, los sacaron fuera del recinto. Sois libres. Marcharos. Así, sin más explicaciones. Se qué suena horrible, pero estaba tan débil, y hacía tanto tiempo que había dejado de pensar en el mundo exterior, que no sintió alegría. Obediente y resignada, comenzó a caminar, sin rumbo. Tan sólo unos cientos salieron con vida de su encierro. Como autómatas, caminaban en todas direcciones. Famélicos, con vestidos harapientos. Con la cabeza muy baja, producto de años de humillaciones. Pasaron minutos, quizá horas y llegó a un pequeño pueblo donde había una tienda con un escaparate de cristal, que le devolvió su reflejo. El espanto invadió su alma. Era una silueta desgarrada. Huesos vestidos con jirones de dignidad, era lo único que quedaba de la hermosa joven, que un día había sido. De las cuencas huesudas de sus ojos, brotó una lágrima, voluptuosa y salada. No recordaba la última vez que había llorado. Continuó caminando. Ahora un poco más erguida. Algo más rápido. La lágrima recorrió solitaria su mejilla y desapareció, dando paso a un esbozo de sonrisa. Miró al cielo, estaba nuboso, amenazando tormenta, pero le pareció lo más bonito que había visto en años. Sin darse cuenta, comenzó a tararear una canción que siempre le había gustado. Sintió hambre. Se acercó tímidamente a un bodegón que vio al final de la calle. Abrió la puerta con cautela. El aroma era indescriptible, a guiso de carne con patatas, a vino de barrica, a pan recién horneado. El mesonero se acercó a ella. Le miró el número que llevaba grabado en su brazo. La tomó cuidadosamente del hombro ofreciéndole asiento, y sin mediar palabra, llenó su mesa de viandas. Ella le miró con prudencia. "Come hija, come sin miedo, ya has debido pasar bastante". En unos minutos apareció con un abrigo de lana, una bufanda y unas botas. "Ponte esto, es de mi hija, te ayudará a seguir camino". Era el primer gesto humano que podía recordar, después de las caricias de su madre cuando era niña. El resto, se lo había llevado la guerra. Tras reponer fuerzas, continuó su camino. Unos metros antes de llegar a la entrada de un puente, se cruzó con un pequeño de unos 8 años. Escuálido, sucio y harapiento, llevaba el inconfundible número grabado en su brazo. Se pararon uno frente al otro. Se observaron con disimulo y miraron hacia el puente, como preguntándose qué habría al otro lado. "Será mejor que lo que dejamos atrás, ¿no crees?", musitó la mujer. El niño asintió en silencio. Ella tomo su mano, diminuta y congelada. Ahora sí, sus ojos se encontraron en el espacio y el tiempo. Sonrieron y con paso firme comenzaron a cruzarlo altivos y con la fuerza que da el sentirse arropado por otro ser humano. De soslayo, miraron el cartel donde estaba escrito el nombre del puente "Pont du Diable"...Simbólico, si consideramos que dejaban atrás un infierno.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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