La Foto del día: 12-06-2011 "Misterio a bordo"

Edurne Iza, Misterio a bordo

Caía la noche. El sol, en su despedida de este día teñía el cielo de un tono entre naranja, rosa y morado. La temperatura era ideal para salir a cubierta, disfrutar de un cóctel y mirar como el horizonte se iba apagando poco a poco. Los últimos bañistas, hacía ya un rato que habían abandonado, las ahora tranquilas aguas de la piscina de a bordo. En la discoteca, a popa, ya se escuchaban las primeras notas de lo que auguraba ser una noche llena de diversión, música y fiesta. Charlaban animados, acompañados por el suave murmullo de las aguas chocando contra el casco, cuando de pronto, un espeluznante grito, cortó el momento. ¡Hombre al agua!. El desconcierto era general. Los pasajeros se abalanzaron sobre la regala, intentando vislumbrar en la oscuridad de las aguas la silueta de alguna persona flotando o quizá luchando por mantenerse a flote. El barco redujo la marcha, comenzó a dibujar círculos sobre sí mismo, intentando encontrar el cuerpo perdido. Al cabo de unos interminables minutos, se escuchó un gran revuelo a proa. Los marineros estaban descendiendo por la amura de babor. Efectivamente, poco después izaban sobre cubierta el cuerpo inerte de un hombre. De unos cincuenta años, con atuendo informal. Bermudas, chancletas y una camisa de flores un tanto chillonas. Los que estaban más cerca en ese momento pudieron  distinguir perfectamente un cuchillo clavado en su pecho que sujetaba un papel ensangrentado y medio deshecho por el agua. Entre la sangre y la tinta medio borrada, podía aún leerse "Asesino". El capitán tomó medidas de inmediato. Registraron el cuerpo, por la documentación, sin duda era uno de los pasajeros. Estaban a varias horas de tierra y el cuerpo aún estaba templado. Sin duda el asesino estaba a bordo. Debían interrogar a cada pasajero. Descubrir al culpable e intentar evitar que cundiera el pánico. Por megafonía, convocaron a todos en el salón principal. Preparado para grandes fiestas, era el único lugar del navío donde podrían congregarse, con un mínimo de comodidad los 1.200 pasajeros y la tripulación. Todos estaban bajo sospecha. No permitieron a nadie pasar por sus camarotes. De ese modo, el capitán pudo nombrar un grupo de hombres de su entera confianza y registrar todas las cabinas en busca de una pista razonable. Nada. Todo era normal. Vestidos de fiesta, souvenirs, cremas solares, bañadores... nada que apuntara hacia un asesino. Mientras tanto el cuerpo fue trasladado a la enfermería y el médico de a bordo le realizó una primera inspección. No había huellas, pero pudo determinar que el cuchillo no provocó su muerte. Ya estaba muerto cuando se lo clavaron. Por tanto, el asesino levantó el cuerpo para poder lanzarlo por la borda. Un peculiar tono liliáceo en la cuenca de sus ojos, delataba la utilización de algún tipo de veneno. Los venenos son armas femeninas, pero eso con concordaba con la fuerza necesaria para izar al hombre, bastante corpulento, por encima de la barandilla. El capitán investigó si el hombre viajaba solo. Habían embarcado en la última escala, él y sus tres hijas. El capitán decidió interrogarlas de un modo discreto. Desconsoladas, la viuda y las huérfanas, no paraban de sollozar. ¿Por qué?, ¿Por qué?, repetían sin cesar. Al capitán le pareció poco probable, que aquellas dulces féminas hubieran podido cometer el sórdido crimen. Cuando estaba a punto de dejarlas marchar, reparó en una pequeña mancha roja, en el vestido de la hija menor.
- Un segundo, ¿qué es esa mancha?
- ¡Oh!, una gota de sangre, me he caído en cubierta esta tarde.
- Ya veo, y ¿dónde te has herido? no puedo ver ningún rasguño sobre tu piel.
- Yo... esto...
- ¡Déjela!, ¿no ve que ya ha sufrido bastante por hoy?, espetó una de sus hermanas.
- Te dije que esto no saldría bien, ¡Te lo dije!, perdió los nervios la más joven.
- ¡Silencio!, bramó el capitán. Creo que nos espera una larga noche.
Tras un largo y penoso interrogatorio, el capitán logró una confesión en toda regla. La madre se había casado por cuarta vez, después de enviudar en tres ocasiones, con el magnate del petróleo que yacía ahora inerte en la enfermería de a bordo. Esta vez, había envenenado al pobre desdichado. Luego había clavado el puñal con la nota, como mero elemento de despiste, y entre las cuatro, habían lanzado el cuerpo por la borda. No esperaban que uno de los marineros de guardia, viese caer el cuerpo y diera tan pronto la voz de alarma. No pudieron asearse, ni asegurarse de que ninguna huella del crimen, quedaba visible. Su plan hubiera sido esperar hasta la madrugada, e ir personalmente en busca del capitán, para denunciar, conpungidas, la desaparición. Esta vez, el malévolo plan falló.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 11-06-2011 "Regreso a la caza de Hyena"

Edurne Iza, Regreso a la caza de Hyena

Protegidos por la fortaleza de Lyon, en pocos días comenzamos a recuperar fuerzas. La comida y el descanso fueron recomponiendo nuestros castigados cuerpos, aunque nuestros corazones, habían sido heridos de muerte para siempre. Pasada una semana, comenzaron los entrenamientos. Lyon era un duro guerrero, nos entrenaba para fortalecer nuestros músculos, para estar preparados contra lo inesperado. Aprendimos a blandir todo tipo de armas, a proteger nuestras espaldas y a canalizar todo el odio acumulado en brazos y piernas. Éramos pocos. No más de una veintena de hombres y mujeres, dispuestos a entregar sus almas no sólo por recuperar las Tierras de la Luz, sus casas y sus vidas, si no por honrar a todos los seres amados y perdidos por la maldad y ambición del villano Hyena. Pasaron los meses y una mañana Lyon les comunicó que ya estaban preparados para iniciar la lucha.
- Habéis dejado de ser sencillos campesinos. Ahora sois bravos guerreros y estáis preparados para iniciar el regreso a vuestro país y culminar la venganza.
- Pero estamos en pleno invierno, nuestras posibilidades de éxito serán menores...
- Te equivocas. Los hombres de Hyena no esperan que ataquemos ahora. Piensan que el hielo y la nieve ejercerá de escudo protector y que jamás nos atreveríamos a cruzar las montañas para llegar hasta ellos en esta época del año. Ahora están confiados. Comiendo, bebiendo y desatendiendo sus guardias de vigilancia.
Así que se abastecieron de víveres, agua, armas, mantas y todo lo necesario para emprender tan arriesgado viaje. Avanzaron sin descanso. Soportaron tormentas de nieve. Vientos huracanados. Lluvias torrenciales. Unas semanas después habían llegado a las Tierras de la Luz. Desde la colina vieron a lo lejos, las que habían sido sus casas, habitadas ahora, por los asesinos de sus familias. Otrora alegre y llena de vida, se les presentaba ahora triste y apagada. Los recuerdos trágicos atormentaban sus mentes y la impaciencia de culminar la venganza invadía sus corazones.
- Aún no, rugió Lyon. Está anocheciendo. Descansaremos aquí, en silencio. Atacaremos al alba.
Fue una noche fría. No tenían miedo. El miedo es de aquellos que tienen algo que perder. A ellos no les quedaba nada. Los primeros rayos de sol comenzaron a reflejar en la nieve. Había llegado el momento. Avanzaron sigilosos hasta el pueblo. Efectivamente, los soldados de guardia estaban dormidos o demasiado borrachos, como para percibir su presencia. Los filos de sus espadas, sesgaron los cuellos de cuantos encontraron a su paso. El blanco del suelo se tiñó de rojo. Algunos no pudieron resistir entrar en sus antiguas viviendas y expulsar a los invasores. En el frío dorado del amanecer sólo se escuchaba el chirriar del acero y pequeños gritos de exhalación ahogados entre sorpresa y alcohol. Ahora el objetivo era claro. Hyena. Avanzaron hacia la parte alta del pueblo. Varias filas de soldados, esta vez en plenas facultades, protegían la morada del villano. El silencio se rompió, en un valeroso "¡Al ataque!". La batalla se endurecía, las primeras bajas castigaron las tropas de Lyon. Hyena que ya estaba avisado de la situación, preparaba su huída por la parte trasera de la casa. "¡No permitáis que Hyena escape!, cerrar la salida!" gritaban desesperados. En una frenética carrera a vida o muerte Lyon alcanzó a Hyena, le desgarró la carne, alcanzándole con su espada. La sangre manaba a borbotones. Hyena estaba gravemente herido, pero consiguió un caballo. Sus hombres se cerraron en círculo para protegerlo. Nuestros bravos guerreros lucharon hasta su último aliento, pero no pudieron evitar que malherido, el asesino escapara. Consiguieron recuperar la ciudad. No hubo prisioneros. Una cuarta parte de los que lucharon aquel día, cerraron los ojos en la batalla. El resto, se quedaron para intentar reconstruir las casas, las vidas y devolver con mucho tiempo y trabajo la alegría al pueblo. Al día siguiente, en un valle cercano al pueblo, organizaron una enorme pira, para incinerar a todos los soldados muertos. En el camino, encontraron a Hyena, colgando del caballo. Enganchado por un pie al estribo. Desangrado. Ahora sí podían cicatrizar sus heridas. El Sol había vuelto a las Tierras de la Luz.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 10-06-2011 "Hyena y las Tierras de la Luz"

Edurne Iza, Hyena y las Tierras de la Luz
Dejamos atrás las Tierras Oscuras. Tras semanas caminando, sin apenas comer y racionando las gotas de agua. Se abrió ante nosotros un paisaje, con colorido de cuento de hadas. Habíamos sido desterrados de nuestro propio país, por el líder de los seres de la penumbra. Una criatura, a mitad de camino entre hombre y hiena. Con afilados colmillos y sonrisa desgarradora. Con astucia desmedida y maldad sobrenatural. Nómadas durante décadas, llegaron a las fértiles Tierras de la Luz. Así se llamaba, el lugar que nos vio nacer, donde crecimos fuertes y sanos, y en el que por desgracia, asistimos impotentes a la llegada de las hordas de Hyena, su despiadado rey. Éramos gente de paz. Campesinos y ganaderos, que hicimos frente, con corazón pero sin armas, al más sanguinario ejército que jamás hubiera existido. Los pocos que sobrevivimos, sólo pudimos huir. Cargar con lo indispensable, intentar acarrear con heridos, familiares y amigos y emprender un éxodo lleno de dolor e incerteza. Los más débiles quedaron en el camino. Ancianos, bebés, mutilados... Enterramos sus restos en algún lugar en medio de la noche, para no ser descubiertos. Éramos la imagen de la desolación, de la derrota y el desconsuelo. Ahora nuestro sufrimiento parecía llegar a su fin. Se alzaba ante nuestros ojos un panorama indescriptible. Piedras de colores, recubiertas de musgo de un verde intenso. Un lago amplio, tranquilo, con una capa de misteriosa neblina cubriendo su superficie. Al fondo, en lo alto de una colina se divisaba una fortificación. Decidimos enviar una avanzadilla con los dos hombres más jóvenes y fuertes, para inspeccionar el terreno. Al llegar junto a la entrada de la pétrea estructura, escuchamos un poderoso rugido que salía del interior.
- ¡¿Quién anda ahí?!, retumbaron las paredes.
- Venimos de las Tierras de la Luz, escapando de Hyena. Estamos agotados, tenemos hambre y sed.
- Pasad, viajeros.
Hicimos un gesto al resto del grupo que se acercó confiado. Una vez en el interior, conocimos a Lyon, rey de aquellos parajes y enemigo natural de Hyena. Comimos, bebimos y descansamos, no sin antes explicar a Lyon nuestras tristes peripecias. Había anochecido. Un rugido estremeció el brillo de la luna, reflejado en las aguas del lago.
- Hyena destruyó mi hogar, asesinó a mi familia. He vivido todos estos años, preparándome para la venganza. Ha llegado el día. Vosotros me ayudaréis. Llegaremos hasta él y vengaremos a  cuantos han caído en sus fauces.
- ¡Pero sólo somos campesinos!
- Tenéis manos, músculos y cerebro. Tenéis un corazón lleno de tristeza y odio. Con un poco de ayuda, seréis guerreros muy pronto.
Ese día comenzó a urdirse la venganza contra Hyena, pero eso ya... será otra historia.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 09-06-2011 "Operación paracaídas"

Edurne Iza, Operación paracaídas

Nos habían entrenado para luchar en tierra, pero comenzando la batalla desde el aire. Fui reclutado por las fuerzas aerotransportadas. Nos transportaban en aeronaves, hasta colocarnos detrás de las líneas de las fuerzas enemigas. Una vez allí nos soltaban y nos dispersábamos de forma discreta para llevar a cabo nuestra misión. Casi siempre lográbamos atrapar al enemigo por la espalda y desprevenido, lo cual ayudaba a los buenos resultados obtenidos por nuestras operaciones. Sin embargo, yo no me veía como un héroe. Ni un guerrero, ni un profesional. Me había encontrado envuelto en una guerra, como tantos otros jóvenes. Había sido llamado a filas, para defender a mi país. Pero yo, no me sentía un patriota. Sólo era capaz de tener miedo y de pensar que estaba dando mi vida, no por mi país, que al fin y al cabo es una causa noble, si no por defender unos acuerdos que no conocía, firmados por unos señores a los que tampoco conocía, pero que por lo visto me representaban como ciudadano y decidían sobre mi destino, sin siquiera consultarme. El caso es que ya había conseguido sobrevivir a varias misiones y centenares de saltos. Pensaba que mi racha de suerte debía estar a punto de acabarse, así que decidí cambiar el curso de mi destino. Se acabó el que otros tomen las decisiones por mí, pensé. Hoy comienza la operación paracaídas. Hoy es el primer día de mi nueva vida. Así que aprovechando una misión que sobrevolaba un pequeño pueblo de costa, manipulé mi paracaídas con destreza para separarme del grupo, en el preciso instante en que una pequeña colina me servía de parapeto visual con el resto del grupo. Aquel día me despedí con un abrazo muy especial del resto de los chicos. La mayoría, como yo, eran soldados por accidente. Muchos murieron ese día, otros meses después. Muy pocos sobrevivieron. Esa misión está escrita en los libros de historia como una de las mayores carnicerías de las fuerzas aerotransportadas. Han pasado más de cuarenta años y aún recuerdo la sensación de libertad, de aquel descenso. Todavía puedo percibir el olor de la brisa marina y aquellas calas de arena gruesa escondidas entre las rocas, los veleros fondeados en la bahía, las casitas salpicadas entre los árboles. Escogí un recodo tranquilo para bajar, esconder el paracaídas, cambiarme de ropa y esperar oculto en un bosquecillo a que anocheciera. Hubiera gritado de felicidad, hubiera celebrado mi libertad a todo pulmón, de no ser porque a lo lejos escuchaba el eco de los disparos y sabía que muchos de los chicos, no disfrutarían de un  nuevo amanecer. 


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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