La Foto del día: 08-06-2011 "Pánico en la gruta"

Edurne Iza, Pánico en la gruta

Los rayos de sol, rebotaban juguetones en las paredes de piedra y alumbraban la salida al exterior del pasadizo, como si de una gran ventana a la esperanza se tratara. Caminaba a paso ligero, cada vez más rápido, ya casi corriendo. Envolvente, me perseguía el sonido de aquellas pisadas, pausadas, pero contundentes. Aterradoramente incesantes. Era domingo y había decidido salir de excursión. Conoceré un poco los alrededores, pensé. Me habían hablado, de un precioso paseo al borde del mar. Salpicado de grutas de piedra. Algunas naturales, otras excavadas por el hombre, para dotar a la zona de un peculiar y salvaje romanticismo. Llevaba ya un buen rato caminando, ensimismada con el paisaje, cuando al doblar uno de los recodos del camino, observé una sombra que se escondía tras un gran árbol. Me sobresalté, para luego tranquilizarme, diciendo para mis adentros, "ya está bien de ver películas de cine negro". Me dediqué una mueca burlona y continué mi relajante paseo. Unos minutos y bastantes pedruscos más allá, volví a detectar la sombra y decidí prestar atención. Efectivamente, tras cada vericueto del recorrido, el eco me devolvía aquellos pasos. Constantes, rítmicos y escalofriantes. La situación era complicada y al mismo tiempo absurda. ¿Por qué querría alguien seguirme?. No podía volver sobre mis pasos, porque eso sería encontrármelo de cara. Desconocía lo que había al final del camino. Sólo podía intentar avanzar y llegar a una zona poblada, lo más rápidamente posible. Ya veía el sol, una valla de madera dibujaba el siguiente tramo. Alargué la zancada tanto como pude y por fin, salí al exterior. La angustia invadió todo mi ser. La esperanzadora valla realizaba un dibujo cerrado y circular, un mirador a un acantilado de unos diez metros de altura, que caía vertical y se sumergía en las profundidades marinas. Agarré la madera con mis dos manos. Medio cuerpo asomado al vacío. Me giré para controlar la distancia con el desconocido y efectivamente, estaba a punto de salir de la gruta. Aterrorizada, giré mi cabeza en todas direcciones. No había salida. Mi paseo de domingo, se había convertido en una trampa, una ratonera. No estaba dispuesta a que el desconocido se saliera con la suya. Con determinación, trepé sobre la barrera. el hombre comenzó a gritar. "¡No, no lo haga, no quiero hacerle daño, sólo quiero...!". Introdujo su mano sospechosamente en el bolsillo de su chaqueta y sin pensarlo dos veces, me precipité al vacío, al tiempo que escuchaba el final de la frase del desconocido ¡... que me firme un autógrafo, soy fan de La Foto del día!. Me dolió mucho más, la vergüenza de tener que salir a la superficie, que el impacto contra el agua. Decidí dedicarle a mi anónimo fan, la foto de hoy. Es lo mínimo que podía hacer...


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 07-06-2011 "Manos del pasado"

Edurne Iza, Manos del pasado
Asistimos casi sin darnos cuenta, al final de una larga serie de generaciones dedicadas a la artesanía. De manos diestras y esforzadas que golpe a golpe, puntada a puntada, han contribuido durante siglos a la evolución de nuestra especie. Las nuevas tecnologías y  la introducción de las máquinas en nuestra cotidianeidad, hasta límites que a menudo ni somos capaces de cuantificar, están acabando con centenares de profesiones que han acompañado al ser humano, como parte indispensable de su rutina diaria. Hoy, no concebimos en nuestro entorno a  un carbonero, un herrero, arriero o mecanógrafo. Son sólo algunos ejemplos de oficios desaparecidos no hace tantos años y que ya suenan a libro de historia. Los zapateros artesanos, pueden en nuestros días, contarse con los dedos. No obstante, los períodos de crisis económica ayudan en ocasiones, a prolongar tímidamente la actividad de estos profesionales, ya que ante las apreturas de fin de mes, se incrementa el número de personas dispuestas a remendar y reparar su viejo par de zapatos, antes de gastar en unos nuevos.
La Foto del día de hoy, va dedicada a todos aquellos artesanos que se defienden con sus manos de las nuevas tecnologías y a aquellos que han podido y sabido adaptar sus ancestrales profesiones a los tiempos modernos. La imagen de este auténtico maestro de manos curtidas en la sacrificada tarea, concedió a Edurne Iza, un  primer premio de fotografía hace algunos años. ¡Qué la disfrutéis!


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día 06-06-2011 "El espectáculo debe continuar"

Edurne Iza, El espectáculo debe continuar

Tin, tin, tin, tan, tan... sonaba una musiquilla, mientras el mimo se movía rítmicamente, con gestos de muñeco articulado. De pronto el soniquete, cambió de velocidad y el arlequín se detuvo impertérrito. La mirada fija en el infinito, el brazo izquierdo ligeramente levantado. Ni un solo músculo de su cara se alteraba. A sus pies, había colocado un pequeño carrusel, parecía muy antiguo, un poco descolorido incluso. Me paré a observar los detalles de su traje y del maquillaje. Escuchaba la música de fondo, que acompañaba a la escena de un modo inmejorable. Y el carrusel giraba y giraba... había varios personajes. Una especie de elefante, pero delgado y con un cinturón, que simulaba un cuerpo femenino, un león con un tutú de bailarina de ballet, una jirafa de cuello corto, un burro con una ortodoncia en los dientes y por último, un niño con el pelo de color verde. Asombrada, me quedé mirando tal sublime grupo de personajes. Era sencillamente genial. De fondo, la música continuaba, cada vez con un ritmo más intenso. El carrusel daba vueltas, más y más deprisa, hasta que de pronto salió disparado de su eje y los personajes se desperdigaron por la calle. Mi primer instinto, fue acercarme a recogerlos uno por uno y ver si se habían roto. Primero el asno. Le agarré la cola y me lo puse en la palma de la mano. Noté un golpecito, como una patada. ¡No era posible!, había cobrado vida.
- ¡Podría usted tener más cuidado!, protestó, ¡con lo caros que son estos brackets!
- Lo lamento mucho, balbuceé, sin apenas dar crédito a lo que estaba sucediendo.
Miré alrededor... el león bailaba de puntillas, moviendo graciosamente su tutú de color rosa. La jirafa, corría sin dirección, intentando estirar su cuello diminuto, para ver algo más allá. El elefante, miraba con coquetería su esbelta figura,  reflejada en un trozo de botella rota que había en el suelo y por último, el niño del pelo verde, se colocó a los pies del mimo y comenzó a estirar su arlequinado pantalón.
- ¡Eh, mimo!, gritó mientras continuaba jalando de la tela. El mimo cambió su postura y replicó
- Dime pequeño
- ¿Ya no te acuerdas de mi?
- ¿Cómo podría olvidarme de mi mismo?
Ahora sí que no entiendo nada, suspiré, frotándome los ojos con incredulidad. Verás, me contestó el artista callejero, con una voz pausada, dirigiendo hacia mí su mirada, estoy en esta esquina, cada día del año. La gente, se para a observar mi concentración, mi maquillaje, intentan incluso, que cambie de postura regalándome unas monedas. Sin embargo, tú has sido el único, que te has fascinado más por el carrusel, que por mi. Y eso merecía un premio. Mi padre que era ebanista, me lo construyó con sus propias manos, para que nunca olvidara, lo bello que se puede ser, siendo diferente a los demás. Por eso, representó a cada animal, justo con el atributo contrario al que lo asociamos. Cuando todos los niños jugaban al futbol, yo me apasionaba con el teatro. Y así, en una representación, me pinté el pelo de color verde, para encajar mejor con mi personaje, y no conseguí quitarme el tinte en meses. Los niños me burlaban y no quería ir al colegio. Hasta que el carrusel sonó, y giró y me fascinó tanto, que nunca más me importó lo que dijeran los demás. ¿y sabes por qué?. Porque el espectáculo, debe continuar. Recogió las figuras con delicadeza, recompuso el carrusel, recuperó su postura, la música sonó y todo volvió a la normalidad. Miré a mi alrededor y vi que la gente pasaba de largo, sin siquiera reparar en el artista. Lo miré nuevamente y me guiñó un ojo con complicidad, mientras depositaba unas monedas a sus pies.
- Adiós arlequín. Gracias por hacerme sentir, tan especialmente diferente.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día 05-06-2011 "Las apariencias engañan"

Edurne Iza, Las apariencias engañan

Efectivamente, las apariencias engañan. En un mundo gobernado por la estética, los prejuicios y las leyendas urbanas, me gustaría romper una lanza a favor de este, en nuestro país, minoritario deporte. Estoy convencida, de que si muchos padres y madres conocieran en profundidad sus valores, dejarían de lado los sueños de contratos multimillonarios para sus hijos y los inscribirían en alguno de los equipos de rugby de sus ciudades. Injustamente mal afamado, es un deporte de contacto, efectivamente, pero donde no se concibe, entre otras muchas, la palabra discriminación. Quince jugadores saltan al terreno de juego. Altos, bajos, gordos, flacos, rápidos y lentos, todos tienen una misión sobre el césped. Humildad, compañerismo, compromiso, motivación, perseverancia y amistad, son sólo algunos de los valores fundamentales, que se inculcan en esta disciplina. En rugby, se repiten las jugadas dudosas en pantalla gigante, desde diferentes ángulos, para asegurar la justicia de las decisiones arbitrales, evitando de este modo estúpidas sospechas sobre la honestidad de uno u otro contrincante. En rugby, la palabra de un árbitro, no es cuestionable, incluso estando equivocado. El jugador, simplemente se retira y continua luchando en el campo. El rugby es, por encima de todo, un trabajo en equipo. Un equipo, que utiliza esfuerzo físico y estrategia a partes iguales. Es un deporte, en el que no se fingen las lesiones. Donde la contienda termina, en el momento en que suena el silbato. En el que las aficiones conviven antes, durante y después del partido. Es un juego, con dos partes de enfrentamiento deportivo y un tercer tiempo en el que ambos equipos, comentan, comen y beben con la armonía propia, de un grupo de amigos. No en vano es conocido, como un deporte de rudos, jugado por caballeros.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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