La Foto del día: 04-06-2011 "La Pedrera"

Edurne Iza, La Pedrera
La Pedrera, es un emblemático edificio modernista, situado en el Paseo de Gracia de Barcelona y que con el paso de los años se ha convertido en uno de tantos símbolos de la obra del magnífico arquitecto, Antoni Gaudí. De Vilafranca del Penedés, se trajo expresamente la piedra calcárea con que se construyó su fachada. La parte superior se cubrió de azulejos blancos evocando a una montaña nevada. Sin duda llama la atención, su azotea, donde el genial Gaudí, remató las salidas de las escaleras, con la ya legendaria cruz gaudiniana de cuatro brazos y camufló las chimeneas, cubriéndolas con fragmentos de cerámica, que simulan yelmos de guerreros.  En ocasiones y a fuerza de cotidianeidad, las obras de arte salpicadas por nuestras ciudades, dejan de tener protagonismo. Somos capaces de caminar cada día,  junto a auténticas maravillas arquitectónicas, y ni siquiera dedicarles un segundo, una mirada. No es posible, que esto suceda con la
Pedrera. Majestuosa, con sus planos curvos y sus balcones de hierro forjado, no deja indiferente al viandante. Personalmente, siempre me ha hecho pensar en una casa encantada. Morada de hadas y personajes mágicos del bosque. Atemporal y bella, en blanco y negro o color, La Pedrera es una joya abierta al público, en plena milla de oro barcelonesa.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 03-06-2011 "El valle del castigo"

Edurne Iza, El valle del castigo

Recuerdo cuando leía cuentos infantiles. Fábulas imposibles, donde lo inanimado cobraba vida. Donde los vivos, se volvían objetos inertes. Me gustaba especialmente uno que se titulaba "El valle del castigo". Intentaré hacer memoria, era algo así como...  Erase una vez, en un remoto país, una pequeña aldea, donde las gentes vivían felices. Cultivaban las tierras y cuidaban los animales. Compartían en armonía, todo lo que tenían. De pronto un día, un forastero, llegó con la noticia de un increíble descubrimiento. A unos kilómetros del pueblo, habían encontrado petróleo. Oro negro, decían deslumbrados, los hasta entonces pacíficos vecinos. El recién llegado, no cesaba de parlotear, de remarcar lo maravilloso que sería aquello para su futuro. Lo mucho que cambiarían sus vidas. Lo felices que serían a partir de ahora. Al principio, le escuchaban sin prestarle demasiada atención. Paparruchas, decían los más ancianos del lugar. Sin embargo, los días pasaron y la semilla de la avaricia comenzó a germinar en algunos lugareños. Poco a poco, fueron desatendiendo sus cultivos. Los plantíos se secaron, las cosechas se perdieron. Muchos animales murieron de hambre y de sed, encerrados en los establos. Otros, más afortunados consiguieron huir y sobrevir en las montañas, sacando su lado más salvaje. Hombres y mujeres perforaban por doquier, en busca del ansiado tesoro. Cuenta la leyenda, que un día la tierra, cansada de que cortaran sus entrañas para extraer sus riquezas, agotada de la usura de sus otrora cuidadores, decidió poner fin a tan destructiva actitud. Mientras trabajaban a destajo en la extracción de miles y miles de barriles, una enorme grieta se abrió ante sus atónitos ojos. Una gran raíz asomó de las profundidades y adquiriendo por unos segundos una gigantesca forma humana les gritó: "Habéis destruido mi corazón, estáis robando mi sangre. Os di frutas y verduras que os sirvieran de alimento, os ofrecí árboles para protegeros con su sombra, ríos para calmar vuestra sed, lagos para nadar y pescar, y ¿es así cómo me lo agradecéis?, ¿rasgando mis entrañas para robarme mis tesoros, mientras dejáis morir todo mi legado allí en la superficie?. Bien, este será el castigo: Todo aquel que ose volver a extraer una sola gota de petróleo, todo el que clave sus zarpas sobre mi... será convertido para siempre en tronco, seco y abandonado en los páramos." La raíz desapareció y la grieta se cerró. Pasado el primer estupor, víctimas de la avaricia, continuaron extrayendo el codiciado fluído. A la mañana siguiente, un abuelo que se acercó a curiosear por la zona encontró un espectáculo dantesco. Cientos de troncos secos, con fantasmagóricas formas de manos pidiendo auxilio, poblaban el valle. Sólo se escuchaba la brisa, acariciando las abandonadas ramas. Hay quien dice que eran las voces de los castigados, pidiendo perdón y clemencia. Demasiado tarde, murmuró el anciano, demasiado tarde.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 02-06-2011 "El mensaje que nunca llegó"


Edurne Iza, El mensaje que nunca llegó

Cuando era pequeña, en el colegio, había un niño que siempre estaba triste. No hablaba mucho. No reía nunca. Casi no jugaba. Siempre suspendía. Me generaba una gran curiosidad, me llenaba de respeto su gesto cabizbajo y melancólico. Un día al salir de clase, decidí seguirle, para saber algo más de él. Se dirigía a la playa. Arrastraba la mochila con los libros, como si pesara el doble que su cuerpo. Extrajo de su bolsa una botella de cristal, de color verde. Parecía haber estado llena, en algún momento, de alguna clase de alcohol. Llevaba en su interior un papelito enroscado y estaba tapada con un corcho encajado a presión. La lanzó con mucha fuerza, hasta que quedo flotando y jugueteando con las olas. Se sentó en la arena. Muy cerca de la orilla. Mirando al infinito. Las rodillas encajadas entre sus diminutos brazos. Permaneció allí durante bastante tiempo y luego caminó igual de apesadumbrado, hasta su casa. Vivía en una planta baja, con un pequeño patio a ras de calle, rodeado por una desaliñada valla de madera. En el interior se oían gritos. Una voz masculina y ebria, hacía retumbar los cristales. Se acercó hasta la puerta. Esperó unos minutos en el umbral, inmóvil, como si lo siguiente en suceder, fuera parte de un guión cotidiano que conocía a la perfección. Con violencia, se abrió una de las ventanas laterales. Una botella grande, de color verde, igual a la que acababa de lanzar al mar, salió volando y rebotó en uno de los cubos de basura del exterior. El pequeño se acercó a recogerla. La sostuvo en sus manos unos segundos. Sacó de su mochila un trozo de papel, escribió algo, lo enroscó y lo introdujo en el interior del vidrio. La taponó con el corcho y la guardó en la mochila. Con mano temblorosa, introdujo una llave en la cerradura de la puerta y entró en su casa. ¿Dónde estabas haragán?, se escuchó gritar desde el interior. ¡Deja al niño tranquilo!, espetó una voz de mujer. Siguieron golpes, ruido de muebles, de puertas, gritos y sollozos. Voces infantiles y femeninas. Después el silencio. Sobrecogida, regresé a la playa. Necesitaba saber qué ponía en aquel mensaje flotante, que viajaba hacia ningún sitio. No con pocos esfuerzos, rescaté la botella. Desenrosqué la nota. "Papá, no bebas más. A mamá y a mi nos duelen más tus gritos y tu desprecio que tus golpes. Por favor, quiérenos aunque sólo sea un poquito. Ojalá leyeras este mensaje y entendieras que tu violencia, convirtió el amor en miedo y el miedo en odio." Mis lágrimas empaparon la hoja. Lloraba de impotencia. De tristeza, al comprender el motivo de su desolada actitud. De angustia, al descubrir que el mensaje de auxilio de una criatura indefensa, nunca llegaría a su destinatario. Corrí hasta mi casa con desesperación. Le entregué la botella a mi madre y le expliqué mi horrible descubrimiento. "Lucharé para que se haga justicia", me dijo. Esa noche no pude dormir, pero sus palabras me reconfortaron. Sabía que se haría justicia.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 01-06-2011 "La velocidad, una cuestión de ombligo"

Edurne Iza, La velocidad, una cuestión de ombligo
La primera vez que escuché decir que los corredores de raza negra eran mucho más rápidos, pero que para nadadores, los blancos, pensé... ¡leyendas urbanas!. Imaginaréis pues mi sorpresa, al descubir un estudio científico realizado por Andre Bejan, profesor de la universidad de Duke y publicado en el Journal Ecodynamics, según el cual, existe todo un detallado análisis que explica los motivos. Parece ser que las personas de raza negra, tienen las piernas más largas y su ombligo, situado, de media, un 3% más arriba, que los de raza blanca. Esto hace, que su centro de gravedad, se encuentre más alto, y por tanto que la locomoción, que se produce en un sprint, se vea favorecida. Él define la locomoción, como un proceso de continua caída hacia adelante. Por tanto, la masa corporal, que cae desde una altura superior, lo hace a mayor velocidad. Sin embargo, en la natación, tiene ventaja aquel que sepa de algún modo, surfear mejor. Es decir, el que genere una mayor ola con su propio cuerpo  y además sepa aprovecharla de modo eficiente en su desplazamiento. En este caso, el tener un torso más largo, un 3% superior de media, favorece a generar un mayor desplazamiento de agua y por tanto a obtener aproximadamente, un 1,5% más de velocidad natatoria. Así que hoy podemos afirmar sin miedo a equivocarnos, que la velocidad es una cuestión de ombligo.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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