La Foto del día: 02-06-2011 "El mensaje que nunca llegó"


Edurne Iza, El mensaje que nunca llegó

Cuando era pequeña, en el colegio, había un niño que siempre estaba triste. No hablaba mucho. No reía nunca. Casi no jugaba. Siempre suspendía. Me generaba una gran curiosidad, me llenaba de respeto su gesto cabizbajo y melancólico. Un día al salir de clase, decidí seguirle, para saber algo más de él. Se dirigía a la playa. Arrastraba la mochila con los libros, como si pesara el doble que su cuerpo. Extrajo de su bolsa una botella de cristal, de color verde. Parecía haber estado llena, en algún momento, de alguna clase de alcohol. Llevaba en su interior un papelito enroscado y estaba tapada con un corcho encajado a presión. La lanzó con mucha fuerza, hasta que quedo flotando y jugueteando con las olas. Se sentó en la arena. Muy cerca de la orilla. Mirando al infinito. Las rodillas encajadas entre sus diminutos brazos. Permaneció allí durante bastante tiempo y luego caminó igual de apesadumbrado, hasta su casa. Vivía en una planta baja, con un pequeño patio a ras de calle, rodeado por una desaliñada valla de madera. En el interior se oían gritos. Una voz masculina y ebria, hacía retumbar los cristales. Se acercó hasta la puerta. Esperó unos minutos en el umbral, inmóvil, como si lo siguiente en suceder, fuera parte de un guión cotidiano que conocía a la perfección. Con violencia, se abrió una de las ventanas laterales. Una botella grande, de color verde, igual a la que acababa de lanzar al mar, salió volando y rebotó en uno de los cubos de basura del exterior. El pequeño se acercó a recogerla. La sostuvo en sus manos unos segundos. Sacó de su mochila un trozo de papel, escribió algo, lo enroscó y lo introdujo en el interior del vidrio. La taponó con el corcho y la guardó en la mochila. Con mano temblorosa, introdujo una llave en la cerradura de la puerta y entró en su casa. ¿Dónde estabas haragán?, se escuchó gritar desde el interior. ¡Deja al niño tranquilo!, espetó una voz de mujer. Siguieron golpes, ruido de muebles, de puertas, gritos y sollozos. Voces infantiles y femeninas. Después el silencio. Sobrecogida, regresé a la playa. Necesitaba saber qué ponía en aquel mensaje flotante, que viajaba hacia ningún sitio. No con pocos esfuerzos, rescaté la botella. Desenrosqué la nota. "Papá, no bebas más. A mamá y a mi nos duelen más tus gritos y tu desprecio que tus golpes. Por favor, quiérenos aunque sólo sea un poquito. Ojalá leyeras este mensaje y entendieras que tu violencia, convirtió el amor en miedo y el miedo en odio." Mis lágrimas empaparon la hoja. Lloraba de impotencia. De tristeza, al comprender el motivo de su desolada actitud. De angustia, al descubrir que el mensaje de auxilio de una criatura indefensa, nunca llegaría a su destinatario. Corrí hasta mi casa con desesperación. Le entregué la botella a mi madre y le expliqué mi horrible descubrimiento. "Lucharé para que se haga justicia", me dijo. Esa noche no pude dormir, pero sus palabras me reconfortaron. Sabía que se haría justicia.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 01-06-2011 "La velocidad, una cuestión de ombligo"

Edurne Iza, La velocidad, una cuestión de ombligo
La primera vez que escuché decir que los corredores de raza negra eran mucho más rápidos, pero que para nadadores, los blancos, pensé... ¡leyendas urbanas!. Imaginaréis pues mi sorpresa, al descubir un estudio científico realizado por Andre Bejan, profesor de la universidad de Duke y publicado en el Journal Ecodynamics, según el cual, existe todo un detallado análisis que explica los motivos. Parece ser que las personas de raza negra, tienen las piernas más largas y su ombligo, situado, de media, un 3% más arriba, que los de raza blanca. Esto hace, que su centro de gravedad, se encuentre más alto, y por tanto que la locomoción, que se produce en un sprint, se vea favorecida. Él define la locomoción, como un proceso de continua caída hacia adelante. Por tanto, la masa corporal, que cae desde una altura superior, lo hace a mayor velocidad. Sin embargo, en la natación, tiene ventaja aquel que sepa de algún modo, surfear mejor. Es decir, el que genere una mayor ola con su propio cuerpo  y además sepa aprovecharla de modo eficiente en su desplazamiento. En este caso, el tener un torso más largo, un 3% superior de media, favorece a generar un mayor desplazamiento de agua y por tanto a obtener aproximadamente, un 1,5% más de velocidad natatoria. Así que hoy podemos afirmar sin miedo a equivocarnos, que la velocidad es una cuestión de ombligo.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 31-05-2011 "Amnesia 2"

Edurne Iza, Amnesia 2

Cuando quise reaccionar, algo había volteado la canoa y estaba ya medio hundida y sumergida en el océano. Comencé a tragar agua, entraba por mi nariz, escocía con la sal marina. Medio aturdido e intentando patalear para subir a la superficie, comencé a recordar. Visualicé nuevamente la escena en la tienda de El Niño, de hecho al salir de la tienda, tiré la bolsa de plástico en el primer contenedor y estrené la camiseta. Caminé por la calle, feliz por mi nueva adquisición, cuando un tipo vestido de hombre rana se acercó a mí. Acercó algo punzante a mis costillas, me agarró fuertemente por el brazo y mientras sonreía con cordialidad, me dijo, “sigue andando si no quieres respirar por última vez. ¿Tienes coche?”. “Sí, contesté asustado, ese de la esquina” Bien, pues sube conmigo y no hagas tonterías o no vivirás para contarlo.” Una vez dentro del vehículo me contó una historia un tanto extraña. Me dijo que había encontrado un tesoro submarino. Un cofre lleno de doblones de oro, de la época pirata. Me dijo que necesitaba que le llevara a un lugar en la costa y que remara en un kayak hasta el punto que él me indicaría. Que le esperara allí y le ayudara a transportar el botín hasta el coche, que quedaría aparcado cerca de la playa. Me dijo que por mi seguridad y por la suya, me inyectaría un medicamento que borraría de mi memoria este capítulo de mi vida. De ese modo él huiría con el botín y yo no podría ni denunciarle, ni perseguirle para robarle. Buen plan, ¿no?. Ahora lo comprendía todo, por eso desperté en medio del mar a bordo de la canoa, pero algo debió fallar porque supuestamente no tenía que haberme despertado tan pronto… Ya a flote, noté como algo tiraba de uno de mis pies. Metí la cara en el agua y lo vi. Era el hombre rana, buceando con un arpón en su mano y una cuerda amarilla que desaparecía lejos tras él. Salimos a la superficie. Parecía muy enojado, se retiró la boquilla del oxígeno y comenzó a gritarme como loco. “¡Qué haces aquí!. Sabía que sólo me traerías problemas”. Mientras no paraba de gritar y gesticular, colocó sus manos alrededor de mi cuello y comenzó a apretar con fuerza. “Ya no me sirves para nada, estúpido”. Luché con todas mis fuerzas, intentando zafarme de la tremenda presión. De pronto, cuando todo comenzaba a volverse oscuro, las manos me soltaron. El hombre se presionaba el pecho con intensidad. Su gesto mostraba mucho dolor. Pocos segundos después, su cuerpo flotaba inerte. Era increíble, la fortuna había querido que me librara de una muerte segura en el último instante. Masajeé mi cuello deseando que el dolor desapareciera. Me recuperé durante unos minutos y luego seguí la cuerda amarilla aún atada a la cintura de mi raptor. Efectivamente, unos cuantos metros más allá en el otro extremo de la soga, estaba en cofre, no muy grande pero repleto de antiguas monedas, que bajo una gruesa capa roñosa, dejaban entrever su color dorado. Con esfuerzo y en varios viajes, transporté el contenido de la caja hasta el interior del kayak, que había quedado junto a las rocas. Paleé hasta la orilla. Despacio, aún sin dar crédito a la extraña aventura que acababa de vivir. Llegué a la orilla. Esperé que anocheciera. Trasladé con discreción mi cargamento hasta el maletero del coche y desde una cabina telefónica realicé una llamada anónima para que recogieran el cuerpo de mi involuntario benefactor. Jugueteando con una de las monedas, entre mis dedos, pensé “quiso asesinarme, y murió por avaricia”.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 30-05-2011 "Amnesia"

Edurne Iza, Amnesia

Lo último que recordaba, era estar comprando una camiseta de la marca El Niño, en una tienda surfer de mi ciudad. Lo siguiente, "despertar" en un kayak, en medio del mar, paleando rítmicamente. Hacía un día precioso. Lucía un sol espléndido y el cielo se divisaba raso. Continué avanzando, hacia unas rocas cercanas. No sabía qué hacía allí, ni cómo había llegado hasta tan lejos con mi canoa. Por delante el firmamento infinito y un yate navegando al fondo. Alcancé las piedras. A duras penas desembarqué, oteé el horizonte y detecté una remota sombra. Parecía una playa. No entendía nada. Me senté en una de las escarpadas rocas, me refresqué la cara, intentando aclarar mis ideas. Todo estaba confuso, pequeños flashes irrumpían de modo repentino en mi cerebro. Veía a la dependienta, una guapa joven que me devolvía la tarjeta de crédito, con una amable sonrisa. Yo la introducía en el bolsillo de mi pantalón, junto con la documentación. De forma instintiva, palpé mis bolsillos en busca de algo que pudiera ayudarme a seguir recordando. Estaban vacios. Ni rastro de la tarjeta, ni de papeles de ningún tipo. Ni siquiera el recibo de la Visa. De nuevo un fogonazo en forma de imagen. Ahora agua, por todas partes, como si hubiera caído de una gran altura. Tragaba  mucha, la sensación era de ahogo. Sin embargo, ahora, estaba completamente seco. Mis ropas no parecían estar impregnadas de salitre. Decidí registrar el interior de mi canoa. Quizá allí hubiera algo... encontré un arpón. ¿Sería pescador? También encontré las llaves de un coche. La tarde avanzaba y llegué a la conclusión de que permaneciendo en aquella piedra no iba a resolver mis problemas. Decidí volver a subir al kayak y remar hasta la playa. Al menos, en tierra firme, podría intentar investigar. Comencé pues a palear en dirección a tierra firme, de pronto me pareció ver pasar una sombra por mi lado derecho. Me asusté y con el movimiento de mis piernas desequilibré por un momento la embarcación. Tranquilidad, en el mar hay peces, pensé. Seguí avanzando y tan sólo unos minutos después, escuché un chapoteo por la popa y nuevamente la sombra. Esta vez, no me dio tiempo, ni siquiera de asustarme. Cuando quise reaccionar, algo había volteado la canoa y estaba ya medio hundida y sumergida en el océano... Continuará...


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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