La Foto del día: 31-05-2011 "Amnesia 2"

Edurne Iza, Amnesia 2

Cuando quise reaccionar, algo había volteado la canoa y estaba ya medio hundida y sumergida en el océano. Comencé a tragar agua, entraba por mi nariz, escocía con la sal marina. Medio aturdido e intentando patalear para subir a la superficie, comencé a recordar. Visualicé nuevamente la escena en la tienda de El Niño, de hecho al salir de la tienda, tiré la bolsa de plástico en el primer contenedor y estrené la camiseta. Caminé por la calle, feliz por mi nueva adquisición, cuando un tipo vestido de hombre rana se acercó a mí. Acercó algo punzante a mis costillas, me agarró fuertemente por el brazo y mientras sonreía con cordialidad, me dijo, “sigue andando si no quieres respirar por última vez. ¿Tienes coche?”. “Sí, contesté asustado, ese de la esquina” Bien, pues sube conmigo y no hagas tonterías o no vivirás para contarlo.” Una vez dentro del vehículo me contó una historia un tanto extraña. Me dijo que había encontrado un tesoro submarino. Un cofre lleno de doblones de oro, de la época pirata. Me dijo que necesitaba que le llevara a un lugar en la costa y que remara en un kayak hasta el punto que él me indicaría. Que le esperara allí y le ayudara a transportar el botín hasta el coche, que quedaría aparcado cerca de la playa. Me dijo que por mi seguridad y por la suya, me inyectaría un medicamento que borraría de mi memoria este capítulo de mi vida. De ese modo él huiría con el botín y yo no podría ni denunciarle, ni perseguirle para robarle. Buen plan, ¿no?. Ahora lo comprendía todo, por eso desperté en medio del mar a bordo de la canoa, pero algo debió fallar porque supuestamente no tenía que haberme despertado tan pronto… Ya a flote, noté como algo tiraba de uno de mis pies. Metí la cara en el agua y lo vi. Era el hombre rana, buceando con un arpón en su mano y una cuerda amarilla que desaparecía lejos tras él. Salimos a la superficie. Parecía muy enojado, se retiró la boquilla del oxígeno y comenzó a gritarme como loco. “¡Qué haces aquí!. Sabía que sólo me traerías problemas”. Mientras no paraba de gritar y gesticular, colocó sus manos alrededor de mi cuello y comenzó a apretar con fuerza. “Ya no me sirves para nada, estúpido”. Luché con todas mis fuerzas, intentando zafarme de la tremenda presión. De pronto, cuando todo comenzaba a volverse oscuro, las manos me soltaron. El hombre se presionaba el pecho con intensidad. Su gesto mostraba mucho dolor. Pocos segundos después, su cuerpo flotaba inerte. Era increíble, la fortuna había querido que me librara de una muerte segura en el último instante. Masajeé mi cuello deseando que el dolor desapareciera. Me recuperé durante unos minutos y luego seguí la cuerda amarilla aún atada a la cintura de mi raptor. Efectivamente, unos cuantos metros más allá en el otro extremo de la soga, estaba en cofre, no muy grande pero repleto de antiguas monedas, que bajo una gruesa capa roñosa, dejaban entrever su color dorado. Con esfuerzo y en varios viajes, transporté el contenido de la caja hasta el interior del kayak, que había quedado junto a las rocas. Paleé hasta la orilla. Despacio, aún sin dar crédito a la extraña aventura que acababa de vivir. Llegué a la orilla. Esperé que anocheciera. Trasladé con discreción mi cargamento hasta el maletero del coche y desde una cabina telefónica realicé una llamada anónima para que recogieran el cuerpo de mi involuntario benefactor. Jugueteando con una de las monedas, entre mis dedos, pensé “quiso asesinarme, y murió por avaricia”.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 30-05-2011 "Amnesia"

Edurne Iza, Amnesia

Lo último que recordaba, era estar comprando una camiseta de la marca El Niño, en una tienda surfer de mi ciudad. Lo siguiente, "despertar" en un kayak, en medio del mar, paleando rítmicamente. Hacía un día precioso. Lucía un sol espléndido y el cielo se divisaba raso. Continué avanzando, hacia unas rocas cercanas. No sabía qué hacía allí, ni cómo había llegado hasta tan lejos con mi canoa. Por delante el firmamento infinito y un yate navegando al fondo. Alcancé las piedras. A duras penas desembarqué, oteé el horizonte y detecté una remota sombra. Parecía una playa. No entendía nada. Me senté en una de las escarpadas rocas, me refresqué la cara, intentando aclarar mis ideas. Todo estaba confuso, pequeños flashes irrumpían de modo repentino en mi cerebro. Veía a la dependienta, una guapa joven que me devolvía la tarjeta de crédito, con una amable sonrisa. Yo la introducía en el bolsillo de mi pantalón, junto con la documentación. De forma instintiva, palpé mis bolsillos en busca de algo que pudiera ayudarme a seguir recordando. Estaban vacios. Ni rastro de la tarjeta, ni de papeles de ningún tipo. Ni siquiera el recibo de la Visa. De nuevo un fogonazo en forma de imagen. Ahora agua, por todas partes, como si hubiera caído de una gran altura. Tragaba  mucha, la sensación era de ahogo. Sin embargo, ahora, estaba completamente seco. Mis ropas no parecían estar impregnadas de salitre. Decidí registrar el interior de mi canoa. Quizá allí hubiera algo... encontré un arpón. ¿Sería pescador? También encontré las llaves de un coche. La tarde avanzaba y llegué a la conclusión de que permaneciendo en aquella piedra no iba a resolver mis problemas. Decidí volver a subir al kayak y remar hasta la playa. Al menos, en tierra firme, podría intentar investigar. Comencé pues a palear en dirección a tierra firme, de pronto me pareció ver pasar una sombra por mi lado derecho. Me asusté y con el movimiento de mis piernas desequilibré por un momento la embarcación. Tranquilidad, en el mar hay peces, pensé. Seguí avanzando y tan sólo unos minutos después, escuché un chapoteo por la popa y nuevamente la sombra. Esta vez, no me dio tiempo, ni siquiera de asustarme. Cuando quise reaccionar, algo había volteado la canoa y estaba ya medio hundida y sumergida en el océano... Continuará...


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 29-05-2011 "La Cosa"

Edurne Iza, La CosaLa naturaleza, a menudo, nos ofrece contrastes extremos. Delicadeza, frescura y belleza, junto a rudeza, resistencia y fortaleza. Se trata, no obstante, de un mensaje, en ocasiones directo y en otras, subliminal, que es reiterativo en nuestra vida diaria. Personajes reales y de ficción, han irrumpido en nuestro día a día mostrándonos un claro ejemplo de ello. Quién no recuerda a Margaret Thatcher, apodada la Dama de Hierro. Implacable en sus decisiones como líder de la oposición, como primera ministra o durante la guerra de Las Malvinas, derramar desconsolada, miles de lágrimas por su hijo secuestrado. Quien no ha temblado de niño con la fábula del astuto lobo, disfrazado con piel de cordero. Pero sobre todas las imágenes representativas de este fenómeno, me quedo sin duda, con La Cosa.  Sí aquel curioso personaje creado por el guionista Stan Lee y el dibujante Jack Kirby, que junto a sus tres compañeros, Reed Richards, Susan Storm y Johnny Storm, se colaron en nuestros hogares, como Los Cuatro Fantásticos. Todos ellos, tripulaban un cohete experimental, cuando al atravesar una tormenta cósmica adquirieron sorprendentes habilidades. Ben Grimm, alias, La Cosa, fue el único cuyo aspecto exterior se vio transformado, convirtiéndose en una mole de aspecto pétreo y fuerza sobrehumana. Ben sufre mucho, puesto que su aspecto monstruoso, no deja ver la bondad y ternura de su corazón. A él, va dedicada nuestra Foto del día de hoy.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 28-05-2011 "Canción del pirata"

Edurne Iza, Canción del pirata
"Con diez cañones por banda, viento en popa, a toda vela, no corta el mar, sino vuela un velero bergantín. Bajel pirata que llaman, por su bravura, El Temido, en todo mar conocido del uno al otro confín" Así comienza la mítica obra de Espronceda, "Canción del pirata". Y con cañones como este, convertidos en monumentos callejeros, se recuerda hoy, en muchos de nuestros pueblos de costa, a los temidos corsarios. Hombres crueles, sin escrúpulos. Capaces de cometer las mayores atrocidades, sin siquiera pestañear. Dejaban a su paso un rastro de terror, sangre y muerte. El cine y la televisión, se empeñan en ofrecernos su inexistente cara amable. Crean pintorescos personajes como Jack Sparrow, que son la viva imagen, de lo que coloquialmente conocemos como malos buenos. O sea, seres crueles y despreciables, que tras una vida llena de maldad, dejan un reguero de puntuales actos de generosidad, destinados a salvar su alma. Sin embargo, ¿qué hay del turco Barbarroja, de Salah Rais, Bartolomeo el Portugués, John el Largo, Abraham Samuel y tantos otros que invadieron de terror las costas de medio mundo?. Todos ellos vivían en, por y para el mar. Desarrollaban una extraña relación con su barco, con la brisa, las olas y el salitre. Así que no encuentro mejor modo de terminar la historia de hoy, que diciendo... Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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