La Foto del día: 14-05-2011 "El mejor amigo del hombre"

Edurne Iza, El mejor amigo del hombre
Suelo pararme a observar a la gente que camina. A veces recibo una caricia perdida. A veces una patada al grito de "fuera chucho". Recuerdo cuando yo paseaba junto a ellos, siguiendo sus pies. Cuando llegaba a casa y tenía una mullida colchoneta donde dormir y un plato de suculenta comida, al que dirigirme para saciar mi apetito. Las cosas no eran perfectas, sobretodo desde que llegó el nuevo miembro de la familia. Ellos le llamaban el bebé. A partir de ese momento, el cariño que yo recibía, fue evolucionando de forma inversamente proporcional al crecimiento del pequeño. Una mañana, llegó el fin de mi cómoda vida. Subimos al coche, yo estaba contento, porque eso siempre significaba un largo paseo para disfrutar del campo o la playa. Ese día, el trayecto duró más de lo normal. De pronto la puerta se abrió y yo salté emocionado, para descubrir el lugar. Apenas habían mis patas tocado el asfalto, escuché como las puertas se cerraban y el vehículo se alejaba chirriando a toda velocidad. Corrí con todas mis fuerzas. No podía ser que me olvidaran allí. Puse toda mi energía en aguantar el máximo tiempo posible, para no perderles de vista. Se darán cuenta, pararán el vehículo y podré reunirme con ellos, pensaba. Pero al cabo de un par de minutos, apenas podía distinguirles en el horizonte. Caminé sin descanso hasta que oscureció. Tenía miedo, estaba desorientado. Aquella noche hizo mucho frío. Nunca había dormido a la intemperie, desde que me arrancaran del lado de mi madre con apenas unos días de vida. Me acurruqué junto a unos matorrales, sin aún dar crédito a lo sucedido. Entonces, exhausto y hambriento, recordé las últimas palabras que escuché al saltar del automóvil. "Hacemos bien, cariño, no podemos cuidar del niño y de él. Es un perro, seguro que sabe buscarse la vida". Mi instinto y mi olfato, me ayudaron a llegar a una ciudad algunos días después. Al principio caminaba sin descanso, mirando a las caras de la gente. Buscando aquellos rostros que me criaron y mimaron siendo apenas un cachorrito. Nunca entendí qué sucedió. Porqué pasé de ser el juguete de la casa, a un molesto estorbo. La vida en la calle es dura. El otro día encontré a un Yorkshire que me dijo que si te atrapan los de la perrera, te llevan a un lugar lleno de jaulas con muchos perros y que si al cabo de un tiempo ningún humano te ha querido, te ponen una inyección para que desaparezcas y no ocupes espacio. Desde ese día, me alejo cuando les veo con objetos sospechosos en las manos. Ellos nos llaman "el mejor amigo del hombre". Me invade la tristeza al pensar, cuan distinto al suyo, es nuestro concepto de lealtad.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 13-05-2011 "Latxa y Dolly"

La creación en un laboratorio de la oveja de la raza Finn Dorset, a la que pusieron por nombre Dolly, fue todo un acontecimiento en el mundo ovejuno. Yo soy una oveja Latxa de cara negra. Soy originaria del País Vasco. Vivo en los ricos pastos y montes de la zona y mi leche es muy apreciada para elaborar, entre otros, el suculento queso de Idiazabal. Produzco aproximadamente un litro de leche al día, durante ciento cuarenta días. Mis períodos de gestación son de ciento cincuenta y cuatro días, así que mis crías nacen fuertes y grandes. Dolly necesitó para venir al mundo, cinco meses en un laboratorio y doscientas setenta y siete fusiones de óvulos anucleados, con núcleos de células mamarias. No me hubiera gustado ser Dolly... vivió siempre en el Roslin Institute. Tuvo seis corderitos, fruto de su relación con un macho Welsh Mountain. A los cinco años, comenzó a sufrir una dolorosa artritis y a los ocho, tuvo que ser sacrificada por contraer un cáncer de pulmón. Nunca correteó por los prados verdes, no pudo sentir la lluvia mojando sus lanas. Se convirtió, y nunca mejor dicho, en un roto juguete de la ciencia. Me hubiera gustado conocerla y ver su hocico agitarse con el intenso olor a tierra mojada. Refugiarse bajo la sombra de un árbol en las sofocantes tardes de agosto.


Querida Dolly, la comunidad de ovejas Latxas de cara negra, queremos desde aquí rendirte nuestro particular homenaje. Tu sacrificio habrá servido, o no, para la evolución de la ciencia de los humanos. Ahora tus restos disecados, se exhiben en el Museo Real de Escocia. Ni siquiera después de muerta, has podido descansar en un prado. Dolly, un beso y un clavel rojo de las Latxas de cara negra. Descansa en paz... cuando las luces del museo se apaguen.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 12-05-2011 "Padre volador"

Edurne Iza, Padre volador
Recuerdo que hace años, me encantaba leer Las Aventuras de Tintín. No recuerdo el título del libro, pero en uno de ellos, había un sacerdote que levitaba y le llamaban el padre volador... al ver esta imagen no he podido evitar recordarlo. Dejando a un lado la irreverencia, lo que es innegable es la atemporalidad de esta imagen. No consigo ver ni un solo detalle, que pudiera indicarme la época en que la fotografía fue tomada. Quizá la perfección del adoquinado, pudiera revelar una cierta modernidad en la toma, pero aún así, podría igualmente haber sido sacada en los años setenta o hace quince días. No obstante, y mucho más suculento que adivinar esa fecha, me resultaría descubrir qué pensamiento cruzaba el cerebro del hermano, en ese preciso instante. ¿Analizaría quizá la pérdida de la fe en nuestra civilización, o el hambre que asola a demasiados pueblos?. ¿Tal vez valorara un mejor reparto de las riquezas en esta sociedad, o por qué no, el imparable crecimiento del SIDA en África?. Siendo sincera, creo que estaba sencillamente observando el paisaje. PD: Para vuestra información, si escribís "padre volador" en la pestaña de imágenes de Google, no sale ni una sola foto de curas volando... ¿curioso no?.


Foto: Edurne Iza
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La Foto del día: 11-05-2011 "Elfos"



Edurne Iza, Elfos

Abrí los ojos con dificultad. Mi cuerpo estaba entumecido. No sabía dónde me encontraba, ni qué hora o día de la semana era. Sólo escuchaba el silbido de la brisa acariciando los árboles y el piar de las aves afanadas en sus quehaceres cotidianos. Durante varios minutos observé las hojas doradas por el otoño. Brillantes, en contraste con el cielo azul. Experimenté una indescriptible sensación de paz, hasta que mis sentidos estuvieron del todo despiertos, y me percaté de que me dolía mucho la espalda. Poco a poco comencé a recordar. Había salido esa mañana de sábado con mi bicicleta, dispuesta a hacer un poco de deporte. Miré a mi alrededor, y descubrí la causante de todos mis males. Una enorme piedra, medio escondida bajo la hojarasca. Emocionada pendiente abajo, solté las manos de los frenos, sin reparar en el pedrusco que acabó con el placentero paseo sobre ruedas. Poco a poco me incorporé y verifiqué con cuidado mis piernas, tobillos, manos, brazos… todo en orden, tan sólo un par de magulladuras. La inspección terminó cuando escuché algo desde la profundidad del bosque. Era como una risita, un cuchicheo. La curiosidad mitigó los dolores y comencé a caminar hacia el sonido. Bajé una pequeña ladera, giré a la derecha, luego a la izquierda, subí una loma… las voces cada vez se oían más cerca. El paisaje había cambiado un poco, ya no era tan idílico, ni me transmitía tranquilidad. Más bien todo lo contrario, había algo de inquietante en todo aquello. El bosque era cada vez más frondoso. Oscuro. Las  risas sonaban ya como si estuvieran a mi lado, pero no podía ver nada. Me detuve y asustada pensé que estaba perdida, en medio de aquella interminable arboleda. Tomé aire e intenté calmarme. Me senté sobre un tronco seco y entonces aparecieron. Diminutas personitas que saltaban, jugaban y reían entre la maleza. Eran monísimos, igualitos que los elfos de los cuentos. Uno de ellos descubrió que los observaba. Comenzó a correr gritando “¡peligro, peligro, nos han descubierto!”. Entonces vi como una pequeña masa de seres huía despavorida. Había muchos más de los que en un principio había detectado. “¡Pongamos en marcha el plan de olvido!, ¡Plan de olvido!, ¡Plan de olvido!”… Todo se volvió oscuro a mi alrededor. Cuando abrí los ojos, estaba en una cama de hospital.

-       Está usted viva de milagro, estas caídas en bicicleta son realmente peligrosas. Sólo tiene un par de arañazos, nada serio. A ver, ¿qué es lo último que recuerda?
-       Hombrecillos verdes corriendo por el bosque, respondí con una sonrisa sarcástica
-       Muy bueno, muy bueno. ¿Cuántos dedos hay aquí?
-       Tres
-       Perfecto, unas horas en observación y podrá irse a casa.
-       Pues ha funcionado el plan de olvido, ¿cómo explico yo esto ahora?
-       ¿Cómo dice?
-       Nada, nada… estoy contenta de no haberme roto ningún hueso.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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