La Foto del día: 25-04-2011 "Noche de verano"

23:57 horas, corría el verano de 2010. Era una noche densa, húmeda, silenciosa. La barca había surcado el puerto y se había aproximado con sigilo al muelle. En pocos minutos había atracado y la aventura había llegado a su fin. Desde las piedras del espigón, se quedó observando las embarcaciones, el agua tranquila de la bahía, las luces de los restaurantes, llenos de vida. Todo en calma, todo bien. Nadie podía imaginar lo que acababa de hacer. Para ella, era el principio de una nueva vida. Extraña, la sensación de paz. No tenía remordimientos. Se dirigió a la autoridad portuaria. Tuvo que ir corriendo para que la agitación y la respiración entrecortadas fueran reales. "Ayuda, por favor, ayuda, mi marido, no consigo encontrarlo, por favor, que alguien me ayude." Y cayó desmayada a los pies del policía.

Edurne Iza, Noche de verano

12 horas antes, había comenzado el principio del fin. Llevaban pocos años casados. Él nunca fue demasiado cariñoso, pero poco después de la boda, comenzó el calvario. Su alma despiadada, se apoderaba de él por el motivo más insignificante, primero fueron gritos, luego empujones, después palizas, insultos, humillaciones... Ella aguantó, dialogó. Luego se encerró en sí misma, perdió sus amigas, se alejó de la familia, le afectó en el trabajo. Un día, supo que estaba embarazada y eso le dio fuerzas, para evitar que el bebé creciera en un infierno. Comenzó a tramar su plan. Era primavera, disponía de unos tres meses hasta las vacaciones. A él le encantaba el submarinismo. Organizó una salida en barca, para hacer una inmersión sencilla. Ella no bajaría, claro, estaba de dieciséis semanas. Se asesoró, investigó en Internet, descubrió el modo de manipular la bombona sin dejar huellas. Todo estaba listo, el sol lucía, la brisa marina sería su cómplice. A punto para la bajada, el la abrazó, acarició su barriga, ya algo abultada. Ella por un momento, pensó en dar marcha atrás, pensó que las personas pueden cambiar, pensó en las segundas oportunidades. Entonces, sin querer, tropezó con una estacha y derramó una botella de agua sobre la cubierta... Fue suficiente para comprender que hay personas que no cambian, ni con dos, ni tres, ni cuatro oportunidades. "¡Inútil, no sirves para nada, quítate de mi vista, que todo lo tienes que estropear!". Ella no lloró, ni tuvo miedo, esta vez no.
Cuando volvió en sí, lo primero que vio fue a un doctor, con su bata blanca.
- ¿El bebé está bien?, balbuceó.
- Si señora, el bebé está perfectamente, pero su marido... hizo un gesto negativo con la cabeza.
Ella miró al infinito mientras una lágrima rodaba por su mejilla.
- Ha sido muy valiente, ahora todo irá bien, dijo el doctor, mientras apretaba su mano con gesto afectuoso.
Por un momento, pensó que él lo sabía, su sonrisa le parecía cómplice. Luego vio al policía, el del puerto.
- Ha hecho usted lo correcto, señora. Su marido nunca debió echarse a la mar con la radio de a bordo en mal estado y usted embarazada. No ha sido culpa suya. Lo peor ya ha pasado. Nos encargaremos de todo. Descanse.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 24-04-2011 "Abra la puerta"

Edurne Iza, Abra la puerta
La desesperación comenzaba a hacer mella en su ánimo. Había visitado todas las agencias de empleo de la comarca, había repartido currículums por tiendas, gasolineras, restaurantes. Hacía ya muchas semanas, que había olvidado su experiencia en oficinas, sus trajes y corbatas, y estaba dispuesto a aceptar cualquier tarea, que de forma honrada, le permitiera mantenerse a flote. Hacía un par de días, el dueño de un pequeño hotel rural, a las afueras del pueblo, le dijo que se pasara a verle al cabo de una semana, necesitaba un empleado. Tendría que limpiar las habitaciones una vez que los huéspedes se hubieran marchado. Estaba entusiasmado, por fin podría ir al supermercado, comprar comida, tomar un café los domingos en el bar de la esquina leyendo el periódico...  Al fin y al cabo, llevar una vida normal, que es lo que anhelaba, por encima de todo. Aquella mañana, se duchó, se arregló lo más que pudo, dentro de sus limitados medios. Pasó por el centro comercial, antes de su cita en el hotel, para tomar prestada un poco de colonia, de las muestras que había expuestas para los clientes. Quería causar una buena impresión, quería ese trabajo, más que cualquier otra cosa. Llegó a la puerta del establecimiento, era de madera, robusta, antigua. A la altura de sus ojos, había una aldaba de hierro, redonda y erosionada por el uso y el paso de los años. Respiró hondo, cojió la anilla con su mano y propinó dos golpes secos. Esperó unos minutos, pero la madera sólo le devolvió silencio. Volvió a tocar, esta vez, de forma más enérgica: toc, toc, toc. Nadie acudió a su llamada. Dio la vuelta a la casa, intentando descubrir otra entrada, algún modo de acceder al interior. Todo estaba perfectamente cerrado. Nervioso, gritó "Abra la puerta", "Abra la puerta, por favor". A punto ya de renunciar, vio un pequeño letrero de papel, "Cerrado por jubilación". No atinaba a comprender qué había sucedido, ¿le había tomado el pelo?, ¿podía haber gente con tanta maldad?, ¿por qué?... Desesperado, descorazonado, comenzó a aporrear la puerta con la aldaba, gritando y llorando, "Abra la puerta, abra la puerta por favor". Con aquella llamada sin respuesta, se había marchado casi su última esperanza.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 23-04-2011 "La rosa y el libro"

Edurne Iza, La rosa y el libroHoy es 23 de Abril. Me he despertado pronto, él aún dormía plácidamente. Me he levantado y he caminado hacia el comedor. He escuchado un ruido extraño procedente de la cocina. Me he acercado con sigilo y he podido ver una sombra que se movía. Con cuidado he abierto la puerta y lo he visto... un enorme dragón que con sus fauces devoraba todo cuanto encontraba a su paso. No sabía que hacer, de golpe me ha percibido, se ha girado y ha lanzado una bocanada de fuego que me ha chamuscado las cejas, ha estado cerca. De un respingo, he conseguido abrir uno de los cajones de la cocina y sacar el cuchillo más grande que tenemos. Poca cosa para un dragón, pero afilado,  al fin y al cabo. El dragón me ha mirado indiferente, y ha vuelto a escupir fuego. Se ha dirigido al dormitorio y ha acercado peligrosamente sus fauces al cuerpo dormido de mi amado, me ha mirado amenazante. He cerrado los ojos y con toda la fuerza que he conseguido reunir, he clavado una y otra vez el cuchillo en su cuello hasta que el dragón, abatido se ha desplomado estrepitosamente. En ese momento su cuerpo ha desaparecido, como por arte de magia, dejando tan sólo un charco de sangre donde antes había violencia y muerte. Con tanto ajetreo, él se ha despertado, ajeno al peligro que acabábamos de vivir, y tan sólo a tiempo de presenciar cómo, de forma mágica, brotaba un espléndido rosal del suelo de la habitación, justo donde la sangre del dragón había caído. "Pareces asustada, cariño", con gesto protector, corta la rosa más hermosa de la planta y con gran delicadeza me la ofrece. Yo sonrío aún temblorosa. Tomo la flor entre mis manos, y del cajón de la mesita saco un libro con una bella dedicatoria, que ofrezco al muchacho en agradecimiento por tan bello gesto. En letras rojas de estilo gótico, podía leerse en la portada: "San Jordi y el dragón, la historia que nunca te contaron".

Hoy hemos querido hacer un guiño a la tradicional y bella historia del patrón de Cataluña y reivindicar nuestro derecho a ser las heroínas, aunque sólo sea por una vez. Disfrutad del día y os esperamos mañana.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 22-04-2011 "El peine del viento"

Edurne Iza, El peine del viento

Hace muchos años, un pequeño barco pesquero, naufragó en las costas del Cantábrico. El mar, que nos cautiva con su cara dulce, también nos castiga con toda su furia cuando está enfadado. Uno de los pescadores que desapareció en la profundidad y fiereza de las aguas, dejó en tierra a una bella joven, que lo esperaba para compartir juntos el resto de sus vidas. Cuando amainó el temporal, otros barcos salieron a buscar a los desaparecidos, pero el océano no devuelve a sus presas. Pasaron los días y la búsqueda cesó. Las semanas cayeron del calendario y las esperanzas de volver a verlos, se esfumaron de los corazones de todos los que en tierra, quedaron condenados a aguardarlos para siempre. Sin embargo, la joven no se resignaba a su pérdida, y se pasaba las horas, sentada en el puerto, al borde del mar, esperando el regreso de su amado. Cuenta la leyenda, que un día de tormenta, una ola se compadeció de su tristeza y su soledad y la arrastró hacia el fondo para que pudiera reunirse con él. Siempre que camino por la bahía de la Concha, por ese mágico y espectacular  paseo, me acerco al peine del viento y pienso que quizá ellos vivan felices en esas aguas, disfrutando de su felicidad eterna. Imagino a la muchacha sentada en la escultura de acero retorcido, que con sorprendente delicadeza, peina sus cabellos alborotados por el viento. Imagino cuánto hay que amar, para morir por amor. Nuestra Foto del día de hoy, ha sido posible gracias a una de las tres esculturas de Eduardo Chillida, que forman El peine del viento. Obra que el autor finalizó en 1976.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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