La Foto de la semana: 25-03-2012 "Volcanes bajo el mar"

Edurne Iza, Volcanes bajo el mar
Hawaii es el único de los Estados de Norte América que está formado por rocas volcánicas, procedentes de los cráteres que comenzaron a desarrollarse hace más de setenta millones de años. Cada uno de los volcanes que forman las islas Hawaianas erupcionaron numerosas veces hasta lograr que una parte de ellos quedara emergida sobre la superficie marina y crear lo que hoy conocemos como uno de los archipiélagos más atractivos del planeta. Como sucede con los iceberg, tan sólo una pequeña fracción queda visible sobre las aguas.
El más antiguo de Hawaii es Kohala, con más de quinientos mil años de antigüedad y actualmente está clasificado como volcán inactivo, ya que la última erupción se calcula que tuvo lugar unos ciento veinte mil años atrás. La superficie visible de Kohala representa el cinco coma ocho por ciento del territorio hawaiano. El contrapunto nos lo ofrece Mauna Loa o montaña larga, cuyas sesenta millas de largo y treinta de ancho, le hacen abarcar el ochenta y cinco por ciento del territorio de Hawaii. Presenta una elevación sobre el nivel del mar de cuatro mil cien metros, por lo que su cima aparece nevada en invierno. Desde mil ochocientos cuarenta y tres hasta mil novecientos ochenta y cuatro, el Mauna Loa ha entrado en erupción un total de treinta y tres veces y en la actualidad se encuentra en constante observación, ya que los expertos prevén en breve una nueva explosión.
Una de las curiosidades de Mauna Loa, es que se trata de un volcán acorazado. Es una montaña con una generosa inclinación, generada por numerosos y fluidos ríos de lava. Este tipo de volcanes pueden formarse también en otros planetas. El más grande descubierto hasta la actualidad es el Monte Olimpo en Marte, con una elevación sobre la superficie marciana de entre veintidós y veintitrés mil metros.
De regreso al planeta Tierra, a más de cinco mil metros bajo el mar Caribe, en la depresión de Caimán, ha sido descubierto gracias al trabajo de investigación de una expedición científica británica, el volcán más profundo de nuestro mundo. A esa profundidad la temperatura es lo suficientemente elevada como para fundir el plomo y la presión es insorpotable. El fenómeno geológico pudo ser descubierto gracias a un vehículo para inmersiones profundas utilizado por control remoto desde el buque de investigación James Cook. La mayor parte de estos accidentes geográficos sumergidos y descubiertos hasta la actualidad, no se encuentran más abajo de los tres mil ochocientos metros. Teniendo en cuenta que supuso todo un reto tecnológico el acceder a los restos del naufragado Titanic a cuatro mil metros de la superficie, nos encontramos ante todo un desafío para la ciencia.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto de la semana: 18-03-2012 "Fábula del Sastre y las Tijeras"

Edurne Iza, Fábula del Sastre y las Tijeras

Érase una vez una aldea rodeada de montañas en la que vivían dos jóvenes sastres. Ambos trabajaban como aprendices en el taller del señor Lino y soñaban con poseer, algún día, su propio atelier. Diseñaban trajes elegantes y vestidos glamurosos. Por sus manos pasaban las telas más selectas y al tocarlas su imaginación volaba hasta elevarles al reino de la fantasía, donde cualquier deseo podía convertirse en realidad.
Cada año, coincidiendo con las fiestas navideñas, se celebraba un sorteo de lotería. Era un acontecimiento importante, puesto que muchas familias depositaban sus esperanzas en el premio. Resultaba divertido, sobre todo para los más jóvenes y entusiastas, elucubrar acerca de viajes, casas, joyas y todo cuanto el boleto agraciado les permitiría disfrutar.
Los dos alfayates vivían en sendas habitaciones en la posada de la señora Mesón, famosa por su pulcritud y las deliciosas recetas que nacían en su cocina. Por las noches llegaban extenuados, tras un día repleto de dobladillos, pespuntes e hilvanes, se sentaban en una de las mesas de madera y disfrutaban de la cena. Su modesto sueldo, sólo alcanzó para comprar un décimo que compartieron y sujetaron con los ojos cerrados, mientras el bombo giraba y las bolas eran seleccionadas. Cuando el último número estuvo fuera, comprendieron que eran ellos, los humildes aspirantes a modisto, los portadores del billete ganador.
Pasada la confusión inicial, cada uno tomó decisiones para que su sueño, unas horas antes imposible de cumplir, se materializara. Así, en pocas semanas, la aldea contaba con otras dos sastrerías: Cremallera y Tijeras. Podríamos pensar que nuestros jóvenes amigos, no se esforzaron demasiado en escoger los nombres para sus establecimientos y sin embargo la historia demostró que no podían haber sido más apropiados, ya que la estrategia empresarial de cada uno, reflejaba exactamente lo mismo que los objetos seleccionados.
Cremallera ofrecía a sus clientes productos de alta calidad y basaba su éxito en las duras horas de trabajo y en seleccionar las mejores materias primas. Empleó numerosos recursos en la investigación de tejidos y técnicas de fabricación que le permitieran aumentar el número de prendas por hora. Sus ventas crecieron a la vez que su fama y pronto necesitó contratar un ayudante. Decidió pagarle un buen salario, que le permitiera vivir con comodidad. El joven empresario se sentía motivado y orgulloso de la marca que representaba y reinvertía gran parte de los beneficios en el progreso de su negocio.
Tijeras mientras tanto, optó por lanzar una colección de bajo coste. Adquirió maquinaria de segunda mano, algo anticuada pero muy económica. Elaboró la ropa con fibras sintéticas y consiguió unas ventas iniciales muy elevadas, por lo atractivo de sus precios. Sin embargo, tan pronto los consumidores comprobaron la escasa calidad de su producción, los pedidos disminuyeron en picado. Los que se interesaban por sus productos, buscaban el precio más bajo del mercado, con lo que la presión por reducir costes se fue incrementando. El dueño de Tijeras decidió cambiar de local a uno más reducido y alejado del centro. Contrató operarios para manejar las viejas máquinas. Sólo podía pagarles la mitad del sueldo estipulado, pero tenían que trabajar el doble, por lo que los empleados apenas permanecían en Tijeras un par de meses. Tras los cuales, nuevas e inexpertas manos eran destinadas a controlar las agotadas cosedoras automáticas. Una fría mañana de Marzo se pararon. Habían dado demasiadas puntadas, sin reparaciones ni descansos. Sencillamente dejaron de funcionar. El sastre no tenía dinero para reemplazar el utillaje y se vio forzado a cerrarTijeras.
Pocos días después una mano temblorosa llamó a la puerta de Cremallera. Ambos amigos se encontraron uno frente al otro. Los recortes de Tijeras, en su irreflexiva persecución del mejor precio, le habían condenado a la bancarrota. El paso firme de Cremallera, buscando la excelencia y la innovación, le convirtieron en una empresa de referencia en el sector. Aquel día sus vidas volvían a cruzarse. Uno triunfador, el otro necesitado de ayuda. Se fundieron en un abrazo y frente a una taza de café caliente hablaron durante horas, como aquellas noches que habían pasado en la posada de la señora Mesón. Hicieron planes de futuro, trabajaron juntos aprendiendo de la experiencia y sólo utilizaron las tijeras para recortar las finas telas de sus creaciones.
Moraleja: ¿calidad, I+D+i, trabajo duro y salarios dignos o recortes indiscriminados, pérdida de la capacidad de consumo y regresión?


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto de la semana: 11-03-2012 "Photographer"

Edurne Iza, Photographer
Entre sus colegas de profesión era conocido como Photographer. Como si eso le hiciera diferente a los demás. Como si ellos no fueran también periodistas y fotógrafos. Ya nadie recordaba que su madre, Marie, al nacer lo había bautizado con el nombre de Pierre. Tampoco podían precisar desde cuando vagaba por los campos de batalla captando con su cámara desolación y muerte. Desde siempre, contestaban, como si formara parte del inventario de la tragedia. Comenzó cubriendo el conflicto bélico de Angola, después llegaron Bosnia, Ruanda, Afganistán e Irak. Sus colegas cuentan, que siendo aún un joven novato y casi desconocido en la profesión, una granada de mano le alcanzó en una revuelta en algún lugar de África. Pasó meses desaparecido, todos le daban por muerto, incluso su anciana madre. Una mañana lluviosa hizo sonar el timbre de la casa de Marie. Ella abrió con curiosidad, no esperaba visita. Ante sus ojos, su pequeño al que había dado por muerto. Delgado y demacrado pero vivo. Una ancha y profunda cicatriz le cruzaba el cuello. Lo tomó entre sus brazos como cuando era niño. Intentando protegerlo de cualquier peligro. Pero ya era tarde, pues pronto comprendió que su querido Pierre no volvería a hablar. La granada que no pudo arrancarle la vida, dañó de forma irreversible las cuerdas vocales. Sin embargo Photographer, como firmaría todos y cada uno de sus reportajes a partir de entonces, no contempló, ni por un instante, la opción de permanecer callado. La cámara sería su voz y donde las luces y las sombras no fueran suficientes, las palabras que manaban del teclado de su portátil, pondrían los matices para no dejar a nadie indiferente. Para remover las conciencias de quienes sentados en la paz de nuestros hogares asistimos impotentes al genocidio de millones de seres humanos.
Photographer, con sus manos delicadas y su cámara en ristre, captó el horror, la sangre, el miedo y la injusticia. Vivió rodeado de muerte y murió mientras realizaba una crónica sobre las escuelas improvisadas en un campo de refugiados africano. Rodeado de niños ávidos de aprender a leer y a escribir. Soñando con ser maestros y médicos. Con tener hijos que conozcan un mundo mejor. Que vivan donde ser mujer no signifique no tener oportunidades. Photographer murió rodeado de la esperanza que crecía en el corazón de esos pequeños.
Este es un homenaje a los reporteros y reporteras que ponen sus vidas en peligro para dar a conocer la realidad de los conflictos bélicos, de las crisis internacionales, las grandes hambrunas, las guerras tribales. Este es un tributo a todos los Photographer que evitan que la tragedia pase desapercibida.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto de la semana: 04-03-2012 "Crimen y perdón"

Edurne Iza, Crimen y perdón
Ahora tenía tiempo para pensar. Nunca antes había experimentado esa sensación de regularidad, monotonía y ausencia de prisa. Si trataba de hacer balance de su vida, ésta, se presentaba ante su memoria como una vertiginosa consecución de imágenes inconexas. De decisiones no meditadas que desembocaban en grandes errores de consecuencias irremediables. Una carrera por la supervivencia en la que la principal regla era la falta de ellas. En la que al podio subían los malos y la medalla era poder abrir los ojos una mañana más. No había perdedores, porque en el barrio marginal donde creció, nadie daba segundas oportunidades. Perder era recibir un navajazo o aparecer en un callejón con una jeringa vertiendo veneno adictivo en las venas. Un error se pagaba con una bala entre los ojos. Ser bueno era ser más rápido, no conocer la piedad,  el perdón, ni la vacilación.
Ahora tenía tiempo para pensar y recordó que siendo muy niño le gustaba ir al colegio. Su madre le animaba a estudiar. "Algún día serás un hombre de provecho", le decía. Pero a él le costaba concentrarse durante las lecciones de la señorita Inmaculada. Él siempre tenía prisa. Por volver a casa antes que su padre, por colocarse delante de su mamá para evitar que los golpes volvieran a destrozar su joven rostro envejecido antes de tiempo. Prisa por esconder las botellas medio vacías. Y sin embargo cada mañana, él intentaba estudiar y convertirse en ese hombre con el que su madre soñaba. Pero seguía sin concentrarse, hasta que descubrió que el alma de la profesora no era tan inmaculado como su nombre. Fue el día en que por no prestar atención durante la clase, le dijo "¡Tú sólo podrás ser yonki o ladrón, abandona el aula!". Salió a la carrera de la clase y se apresuró a refugiarse en los brazos de la única persona que sabría consolarle. Entró en la cocina. Vio a su padre, tambaleándose con una botella rota en la mano derecha. Había sangre por todas partes y su madre agonizaba en un charco rojo de líquido viscoso.
-¡Mamá! -gritó al tiempo que la abrazaba horrorizado-
Se giró para increpar al asesino que un día contribuyera a crear su vida y que ahora le arrancaba lo más importante de ella, pero ya no estaba. No volvió a verle nunca.  Permaneció sentado junto a ella mucho después de que el aire abandonara sus pulmones. Le acariciaba el pelo, pegoteado de sangre. Besaba sus ojos enneblinados de muerte. Tomaba su mano inerte en la suya y la miraba. Quería recordar su rostro. Le aterraba olvidar sus facciones. Entró la policía, luego los camilleros y al fin los servicios sociales. La colocaron en el interior de una bolsa enorme y cerraron una cremallera que impidió que pudiera verla de nuevo. Tenía ocho años y ese día el reloj se detuvo en su corazón. Comenzó a caminar al filo del abismo. Desfiló por centros de menores y casas de acogida. Robó gasolineras, pequeños supermercados, vendió pastillas de colores en las puertas de las discotecas. Limpió la sangre de su navaja, tras ver caer a muchos osados que intentaron demostrar quién era más fuerte. Luego llegaron los coches, las pistolas y más muerte. Noche, oscuridad y callejones. Prisa, mucha prisa por vivir. Sin pensar en que eso, sólo acelera la muerte.
Una madrugada de octubre, dejó de correr. Entró en un bar, que aún tenía luz dentro. Quería un café. Desde la cocina oyó un golpe seco. Un  alarido, seguido de pasos bruscos. Un hombre ebrio salió a la carrera con las manos manchadas de sangre y los bolsillos rebosando billetes de veinte Euros. Entró en la cocina y la encontró tirada en el suelo. Le tendía la mano pidiendo ayuda. Aquella mujer, en su recuerdo, tenía el rostro de su madre. Quiso ayudarla, sacó el puñal de su pecho y la sangre manó como un rió de muerte. Ella asió su mano. Su cuerpo se contrajo y expiró un velado "Gracias". Esta vez la policía tardó menos. Sus huellas estaban por todas partes y las evidencias claras. No hubo duda en cuanto al veredicto. El reloj volvió a ponerse en marcha la primera mañana que despertó en la celda 145 del pabellón de presos comunes. Desde su cama podía ver al hombrecillo que ocupaba la otra litera. Viejo, regordete y con unas gafas descoloridas que resbalaban hasta la punta de su nariz. Los primeros días sólo se observaban. El anciano leía a todas horas, libros grandes y pequeños, con dibujos y sin ellos. Cuando pasados unos días, ambos descubrieron que la intención del otro era pasar por aquel trance del modo más cómodo posible, llegaron a mantener largas conversaciones. Intrascendentes al principio y vitales después. Una mañana, tras el desayuno, el viejo le entregó un paquete envuelto en papel de periódico. Le abrazó emocionado y desapareció por el pasillo mientras decía:
- ¡Soy libre! ¡Ha llegado el día! ¡Ábrelo cuando me haya ido!
Aquella tarde se sintió muy solo. Rompió el envoltorio y descubrió un libro con las tapas encuadernadas en piel de color negro. El filo de cada hoja estaba pintado de rojo, lo cual le daba un aspecto de libro importante, sagrado. Lo abrió por la primera página y había una dedicatoria manuscrita "Lee, estudia, se un hombre de provecho. Tu corazón es bueno y hay algo inmaculado en el fondo de tu alma. Llena estas hojas con la historia de tu vida y encuentra tu perdón. Yo ya lo hice".
Salió a caminar durante la hora de patio, portando el libro en su mano derecha y a cada paso escuchó el tic tac del reloj de su nueva vida.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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