La Foto del día: 30-09-2011 "Eran otros tiempos"

Edurne Iza, Eran otros tiempos
Paseaba, como tantas veces, por el camino empedrado que bordeaba la costa. Al pasar por una calita de fina arena de color dorado, dejé a mi derecha, las barcas alineadas una detrás de otra y protegidas, lo más posible, de la furia del mar. Me detuve allí, mirando al infinito, deslumbrado por los reflejos del sol sobre la arena y ausente, trasladándome, casi sin querer, al universo de mis recuerdos. Como una película en blanco  negro, pasaban ante mí, imágenes de otra época. En realidad, no habían pasado tantos años, pero sí los suficientes para que el mundo en el que paseaba mi madurez, no fuera en absoluto comparable al que viví en mis años mozos. Visualicé los amaneceres rojizos, en los que mi padre y yo, arrastrábamos el bote que teníamos varado en la arena y lo hacíamos flotar en la orilla. Subíamos a bordo todos los aparejos y nos echábamos a la mar. Pasábamos horas. Primero buscando la zona adecuada, inspeccionando el fondo, intentando detectar algún suculento banco de peces, donde soltar nuestras redes y sacar las cañas. La preparación de los cebos, la colocación de los aparejos... Pero sobretodo la paciencia. Cómo esperábamos horas, hasta conseguir nuestro botín y cómo a veces, tras la larga espera, volvíamos a casa con las manos vacías. 
Eran otros tiempos. Épocas de meticulosidad, de artesanía, de pesca para el consumo. Ahora, la imagen de aquellas lanchas olvidadas, vestigios minúsculos de tiempos felices, eran para mí el símbolo de cómo había cambiado el mundo.
De pronto, de debajo de una de las lonetas que protegía la embarcación más próxima a mi posición, salió un hombre. Menudo, con ropas muy flojas y destartaladas. Por el tono de  su piel, parecía africano. Se giró por un momento y nuestras miradas se cruzaron. La mía era tan sólo de sorpresa, no esperaba ver salir una persona de allí abajo. La suya, una mezcla de terror y desesperada petición de socorro.
Pronto comprendí, que se trataba de algún desdichado, que huyendo de la hambruna de su país natal, habría recorrido muchas millas hasta llegar a la tierra donde probablemente, le habían asegurado que encontraría trabajo. Que podría ahorrar y enviar dinero a los suyos, que esperaban allá, al otro lado del mar. Sentí curiosidad por su historia y solidaridad por su desgracia. Pensé que debía estar solo y asustado y quise ayudarle.
-¡Hola!, me llamo Javier ¿y tú?
Era una pregunta tonta, a la que obviamente no obtuve respuesta. Con toda seguridad, ni siquiera me entendió. En lugar de eso, abrió mucho los ojos, acentuando el contraste del blanco, con el negro de sus pupilas y echó a correr, ágil como una gacela. Intenté perseguirle y hacerle comprender, que no le haría ningún daño. Pero  fui casi tan torpe en mis movimientos, como en mi comunicación gestual, por lo que sólo conseguí aterrorizarlo y perderlo de vista.
Apesadumbrado, continué mirando las barcas de pesca. Pasados unos minutos, decidí que probablemente había un modo de ayudar al joven. Compré varias bolsas de comida, un par de mantas y algo de ropa y zapatos. Lo coloqué todo bajo la lona de la que había salido y me marché.
Al día siguiente, regresé y vi que la ropa no estaba, las mantas habían sido utilizadas y faltaba una parte de la comida. Repuse los alimentos y dejé varias hojas de papel con nombres de países. Nigeria, Kenia, Etiopía... Regresé por la mañana y sólo uno de los letreros continuaba allí, Nigeria. Gracias  a un traductor online, pude escribir algunas frases cortas, presentándome, hablándole de mis intenciones de ayudarle y preguntándole su nombre. Parecía haber encontrado el modo de acercarme a aquel hombre. Pronto supe que se llamaba Kingsley, que había sido pescador en su país, hasta que la necesidad de conseguir una vida mejor para los suyos, le había empujado a arriesgar su vida, en un mundo desconocido. Pasada una semana, conseguí aproximarme a él. Llevé mi portátil, para asegurarme que conseguiríamos comunicarnos, gracias al traductor.
Han pasado cinco años. Kingsley habla mucho mejor mi idioma que yo el suyo, pero con esfuerzo, ambos conseguimos charlar durante horas. Ahora trabaja en la sección de pescado del mercado mayorista, ha logrado traer a su familia y algunos domingos, salimos con la vieja barca de mi padre y recordamos épocas anteriores. Él sonríe, porque siempre repito con nostalgia las mismas palabras... Eran otros tiempos.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 29-09-2011 "La rivalidad acaba en el terreno de juego"

Edurne Iza, La rivalidad acaba en el terreno de juego

Así debería ser, desde luego. Que una vez el árbitro ha pitado el final del partido, la competitividad y los nervios propios del juego, queden sobre el césped y prime el espíritu deportivo de los jugadores profesionales. Sin embargo, en el fútbol de este país, estamos asistiendo constantemente a espectáculos bochornosos en los que hombres adultos, con nóminas de cifras impronunciables, intentan buscar excusas, culpar al rival, al árbitro, al juez de línea, al césped, a la climatología... Sería tan sencillo decir, "el equipo contrario jugó mejor", "nuestro oponente mereció la victoria". Por desgracia, cada vez es más difícil, escuchar estas palabras de boca de entrenadores o jugadores. En lugar de un deporte parece que practiquen el estúpido juego de niños de "yo no he sido". Lo que estos hombres hechos y derechos parecen olvidar, es que tienen una responsabilidad, que va mucho más allá de los colores de la camiseta que defienden. No parecen tener presente que no juegan en el patio de su casa, que son ídolos de masas y se han convertido en referente de miles de jóvenes y niños. Que de algún modo, sus actitudes, son replicadas por la sociedad. Son seres admirados por su habilidad deportiva, por el club al que defienden y por los millones que mueven alrededor del negocio del balompié. Todo ello debería hacerles tener muy presente, que sus palabras, gestos, protestas y actitudes son seguidas de cerca y tomadas, en muchos casos, como palabra de ley.
Igual que sucede con otros muchos aspectos sociales, creo que las leyes deportivas deberían ser modificadas. No basta con decir "me han golpeado", "han jugado sucio", "el árbitro nos tiene manía". Pienso que todo este tipo de acciones deben demostrarse. Existen cámaras grabando cada instante de los encuentros, desde diversos ángulos y perspectivas. ¿Por qué no se utiliza la información que se obtiene en esas grabaciones para sancionar y actuar de forma contundente a los que practican el juego sucio?. Del mismo modo, podría demostrarse cuando los protagonistas mienten o desvirtúan la realidad y aplicar los correspondientes castigos.
En mi opinión, la respuesta de que tal o cual acción no figuraba en el acta del partido, es bastante pobre. Es evidente que el ojo humano no puede percibir lo que sucede en el otro extremo del campo, por tanto, debería ser válido lo captado por las cámaras, aún sin constar en el acta del partido, para infringir el correspondiente castigo a quienes llevan la picaresca hasta traspasar los límites de la ética.
Hacen falta sanciones ejemplares, que demuestren a la población que el poderío de un club, los millones de Euros o la popularidad no lo son todo. Al contrario, deberían ser precisamente el premio al trabajo duro, a la deportividad y al juego limpio.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 28-09-2011 "Mi tesoro"

Edurne Iza, Mi tesoro¡Hola!, os presento mi tesoro. A muchos humanos, que viven en una sociedad rodeada de aparatos electrónicos, de alta tecnología, de palabras casi impronunciables como WIFI, GPRS, 4G... Una pelota pinchada les puede parecer una estupidez y sin embargo, es la más preciada de mis pertenencias. Lo que me consuela es que si a un niño de cinco años le permites escoger entre un iPad 2 con 64Gb y 3G y un balón, en la mayoría de casos, no dudará en dar la primera patada al esférico y comenzar a gastar energía corriendo arriba y abajo a toda velocidad, y velocidad es una de las palabras clave de este mundo civilizado en el que viven los humanos. Para mí, termina siendo una paradoja. Fabrican coches cada vez más potentes, que pueden circular a 180 kilómetros a la hora sin ningún tipo de problema, pero luego limitan la circulación en sus autopistas a 120. Tienen mucha prisa para todo, necesitan más velocidad de descarga de datos, ahora piensan en redes de fibra óptica, trenes de alta velocidad, cargadores rápidos... Pero yo, con mi humilde cerebro perruno, me hago una pregunta ¿con tanta celeridad, tienen al menos un minuto al día para disfrutar? ¿son conscientes de que con tantas urgencias, en el fondo también están teniendo prisa porque se les pase la vida?. Nuestro período vital es limitado, el de las personas, algo más largo que el de los canes, pero aún así breve y ellos se empeñan en condensar tanta actividad y extraer el máximo rendimiento de cada uno de los minutos de su existencia, que el día que levanten los ojos de la pantalla del ordenador, los dedos del teclado táctil o las orejas del móvil... serán ancianos enfermos de tecnología a punto de agotar sus baterías. Algunos de ellos, cerrarán los ojos, y expulsarán su último aliento intentando aún, enviar un sms, para que familiares y amigos estén informados con puntualidad de que está muriendo. Otros, descubrirán que han enfilado por la recta final de su existir e intentarán echar la vista atrás y hacer balance de sus biografías. Su decepción será hallar, que hay muy poco que evaluar... ¡Fue todo tan rápido!.
Por eso yo, me dedico a jugar con mi pelota pinchada siempre que puedo, que la climatología me lo permite y si además hay algún pequeño humano cerca con quien compartir carreras, mejor que mejor. Por eso queridos humanos... ¡Disfrutad, que son cuatro días!.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 27-09-2011 "Cuando el invierno entra en casa"

Edurne Iza, Cuando el invierno entra en casa
Se abrió la puerta. Como cada tarde, pasadas las seis y media. Hacía un tiempo precioso, soleado, cálido. Conforme su cuerpo avanzaba hacia el interior de la casa, el ambiente se tornaba frío, oscuro. Donde hacía unos minutos había paz, armonía y color, ahora sólo quedaban sombras. No dijo hola. Se derrumbó en el sofá y gritó pidiendo una cerveza. A los pocos minutos, ella salió temblorosa de la cocina, llevaba una pequeña bandeja plateada, con un mantelito bordado, un vaso alto con la cerveza dorada y espumosa y un plato lleno de crujientes cacahuetes. Depositó la bandeja con mucho cuidado en la mesita auxiliar, junto al sillón. Él tomó el vaso con fuerza, se giró hacia ella y le vació su contenido en la cara, al tiempo que gritaba "¡maldita inútil! ¡cuántas veces tengo que decirte que la cerveza me gusta sin espuma! ¡sin espuma!". Luego se levantó airado, mientras ella se arrodillaba gimoteando a recoger con un trapo, todo el líquido vertido por el suelo y aprovechando la debilidad de su postura, le propinó una brutal patada en las costillas. Cogió su chaqueta y salió a la calle, cerrando, al salir, con un brusco golpe. 
Allí se quedó ella, acurrucada en el suelo, protegiendo con sus brazos la magullada zona lateral. Desde su posición, podía ver en uno de los muebles, un jarrón, decorado con  pequeños cuadraditos en relieve. En su interior, unas flores acompañadas de ramas verdes, cuyos tallos terminaban en hojas pequeñas y ovaladas,  de color anaranjado. Con el portazo, la corriente de aire y la vibración, habían hecho que algunas de las hojas cayeran sobre la mesa de cristal. A medida que el dolor y el miedo aumentaban, toda la escena perdía tonalidad. Se volvía blanca y negra. Fría, triste...
Pasaron varias horas, en las que se quedó recostada e inmóvil sobre el suelo. Observando como el invierno había entrado en su casa, en su vida y en su corazón. Se incorporó, acercó su mano hacia una estantería y recuperó un viejo álbum de fotografías. Pasaba las páginas lentamente, recorriendo con las yemas de sus dedos, una cara que ya no existía. El rostro de una mujer joven y bella, llena de ilusiones, de esperanza y de frescura. Se acercó al espejo del salón y éste le devolvió un reflejo de amargura y terror. Esa no era ella. Ella era primavera, sol y música. Ella era la muchacha de las fotografías. Ahora, tan sólo quedaban las frías sombras de un invierno, que había irrumpido en su  alma, antes de tiempo. Estaba acarreando las frustraciones de un ser débil, sin personalidad y que subsistía en este mundo, a costa de robar la energía de aquella, que un día, le entregara su vida por amor. Por cariño y lealtad le entregó flores y sólo recibió a cambio hojas secas.
Aún dolorida, se dirigió al dormitorio, abrió el armario y sacó una maleta, que colocó sobre la cama. Miró al interior del ropero y vio, colgados en las perchas, retales de infelicidad, que tan sólo le recordaban golpes, gritos y humillaciones. Miró a su alrededor y no vio nada que valiera la pena llevar consigo. Cogió su bolso de mano con algo de dinero y la documentación. Atravesó el salón, haciendo volar las hojitas naranjas que habían caído del jarrón. Tomó una en la palma de su mano, la observó por unos instantes y al introducirla en uno de sus bolsillos dijo, "te llevo conmigo, para no olvidar que aún es primavera y  me queda todo un verano por delante hasta llegar al otoño. Para tener presente, que falta mucho, para que a mi vida lleguen las primeras nieves". Abrió la puerta de la calle dejando entrar un torrente de luz y sencillamente, se marchó. Para siempre.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día 26-09-2011 "El fantasma de la grada"

Edurne Iza, El fantasma de la grada

Allí estaba él. Sentado a sus anchas. Disfrutando del sol de justicia que reverberaba sobre los asientos de plástico blanco. La mayoría del escaso público asistente, estaba colocado en la grada de enfrente, bajo el tejadillo que protegía de la brillante luz veraniega y el calor. Pero él, se enfundó en el bañador más pequeño que tenía por casa y se dirigió al estadio. Una vez allí, se colocó una máscara para preservar su intimidad, se desprendió de la camiseta y estiró su generoso físico, ocupando cuatro asientos. Pasados unos minutos, el partido se tornó tedioso y el público disfrutaba más señalando e intentando fotografiar al individuo del traje de baño, que apreciando el esfuerzo de los jugadores por recorrer el campo arriba y abajo, atenazados por la brisa húmeda y bochornosa. Ajeno a la expectación suscitada, nuestro protagonista, parecía ser el único que atendía al juego. Llegó el tiempo de descanso y sacó un enorme bocadillo envuelto en papel de plata y un refresco en lata. Los engulló con avidez y fue el primero en levantarse a aplaudir a su equipo, cuando los sofocados deportistas regresaron al terreno de juego. Sus vecinos del otro lado, se entretenían haciendo la ola humana y no tardó en aparecer el espectador ocurrente, que megáfono en mano comenzó a corear ¡fantasma de la grada, eo eo ehh! ¡fantasma de la grada, eo eo ehh! ¡la la la laaaa, la la, la la la la laaa laaaaa, eeeeo eeeeo ehhhhh!. Lejos de amilanarse, nuestro protagonista se vino arriba, al comprender que varios cientos de desconocidos, acababan de bautizar su ocurrencia de combinar, bañador, máscara y pelo en pecho, con partido dominguero y decidió regalarles el momento más cómico al menos, del fin de semana. Así que, sin dudarlo un instante, se bajó el diminuto pantalón azul, dejando libertad a sus oprimidos genitales, saltó de una en una, el puñado de filas que le separaban del campo y recorrió a la carrera la banda izquierda. Luego, se internó en el centro del campo, dribló a un par de jugadores que lo miraban atónitos y continuó de regreso por el lateral derecho, hasta que finalmente quedó estampado contra el césped, bajo el pesado cuerpo de un sudoroso guardia de seguridad, que sujetó sus muñecas a la espalda y lo condujo al túnel de vestuarios ante las sonoras protestas de la grada, que coreaban a voz en cuello el simpático soniquete ¡fantasma de la grada, eo eo ehh! ¡la la la laaaa, la la, la la la la laaa laaaaa, eeeeo eeeeo ehhhhh!. A la mañana siguiente y para desesperación de los jugadores, que terminaron el partido con la misma parsimonia con que había comenzado, los principales periódicos deportivos, coronaban sus portadas con una fotografía, más o menos enfocada de nuestro amigo y un enorme titular ¡El Fantasma De La Grada, man of the match!.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 25-09-2011 "Rodando hacia una nueva vida III"

Edurne Iza, Rodando hacia una nueva vida III
Llegué al trabajo y no era capaz de concentrarme en nada. Veía las enormes piezas de carne colgadas, fantasmagóricas, balanceándose en los ganchos de acero y no podía evitar imaginarme a los hombres de Gael, introduciendo los paquetes de coca en su interior. ¡Debía evitarlo como fuese!. Poco a poco, llegué a la conclusión, de que no podría confiar en una única persona. Hablábamos de ingentes cantidades de dinero. Suficiente para corromper a políticos, policías o periodistas. Por tanto pensé que la solución no era uno de ellos, si no todos al mismo tiempo. Si contactaba por separado, con los medios de comunicación, con algún político que me inspirara relativa confianza y con la policía, sería difícil que Gael pudiera controlarlos a todos de forma simultánea.
Así, decidí continuar simulando que aceptaba el acuerdo. Gael, me enviaba emisarios, gente desconocida, en forma de cartero, empleado de la compañía de aguas, de la luz... Todos ellos con instrucciones acerca del siguiente paso que yo debía dar. Colocar una determinada partida de carne en una zona específica de las cámaras frigoríficas, modificar en el registro los números de lote... Pequeños cambios que iban cimentando su malévolo plan. Cada vez que me veía forzada a ejecutar alguna de sus indicaciones, me preocupaba de dejar constancia. Intentaba establecer mi propia coartada por si algo salía mal. Me grababa en vídeo con un periódico del día en cuestión, y explicaba lo que me estaban obligando a hacer, luego recopilaba documentos, fotografías o cualquier dato que me parecía importante para demostrar mi inocencia. Pasaron los días y un hombre en moto, vestido de negro y que decía ser empleado de un servicio de mensajería, me entregó las últimas órdenes. El primer envío, se realizaría aquella misma noche. Estaba muy nerviosa. No podía evitar la angustia de pensar que algo podría salir mal. Preparé meticulosamente doce sobres, cada uno con un CD y un paquete de fotografías y documentación idénticos. Los puse por correo certificado, dirigidos al redactor jefe, de cada uno de los periódicos europeos más importantes. Guardé uno de los sobres en una consigna de la estación del tren, este era especial, puesto que contenía una información mucho más detallada y los originales de todos los documentos que había ido reuniendo en mi investigación. Mis nervios crecían conforme pasaban las horas. Las 17:15, era el momento en que se realizaría la operación. Yo debía asegurarme que durante quince minutos, nadie tuviera acceso a la sala de despiece. En lugar de eso, una vez estuvieron dentro los hombres de Gael, cerré todas las puertas de entrada. Fue fácil convencerles de que era el mejor modo de garantizar su seguridad. Luego conecté las alarmas y comencé a realizar llamadas. Tenía exactamente trece minutos hasta que los esbirros, se percataran de que estaban encerrados y empezara "la fiesta". Contacté con varias comisarías, con los bomberos, llamé al alcalde de la ciudad, radios televisiones y periódicos. En escasos diez minutos comenzaron a sonar alarmas, a llegar apresurados coches con estrepitosas sirenas y luces giratorias. Los hombres de Gael, se estaban inquietando, intentaban desesperadamente salir de la sala y al no conseguirlo, sacaron las armas y dispararon a discreción. Las cámaras de televisión se agolpaban en las inmediaciones, los efectivos policiales y de bomberos intentaban mantener a los civiles lejos del área que habían acordonado para intentar garantizar su seguridad. En pocos minutos, todo había acabado, con sólo un herido leve. Los secuaces de Gael, fueron conducidos al interior de los furgones policiales y trasladados a comisaría.
En realidad, esto había sido la parte fácil. Ahora, debía mantenerme con vida, así que tomé un taxi para que me llevara a casa de Ismael Gael. Abrió él mismo la puerta al escuchar  el sonido de la gravilla bajo las ruedas del coche y me recibió batiendo suavemente las palmas, clap, clap, clap
- Bien, bien, bien Elena. Me las has jugado. ¿Eres consciente de que tu vida está a punto de terminar?
- Hola Ismael. No tuve opción. Pero vengo a proponerte un trato. Soy consciente de tu poder y me conformo con que dejes de traficar con drogas.
- ¡Estúpida niñata! ¡Con quién te crees que hablas!
- Tengo pruebas esparcidas a lo largo y ancho de Europa. He diseminado tanto la información, que te será imposible corromperlos a todos. Por si esto fallara, tengo además un seguro de vida en una caja que nunca encontrarás. Documentos fotografías y grabaciones que te involucran. Así que no pierdes nada por escucharme.
- Adelante...
- Tienes una fortuna incalculable. Olvídate del tráfico de drogas y desaparece. Garantízame que no correré peligro. No quiero dinero, sólo continuar con mi vida. 
- ¡Maldita soñadora!

Entonces Gael, sacó del bolsillo un arma y se acercó apuntándome con ella entre los ojos.  Con mucho cuidado, deslicé mi mano derecha en el bolsillo del abrigo y apreté el botón rojo del pequeño dispositivo que había preparado. Una gran explosión sacudió el lugar, el techo comenzó a desmoronarse y aproveché la confusión para salir corriendo. Cuando el último milímetro de mi cuerpo abandonaba el lugar, que se vino abajo por completo, me giré con el tiempo justo para ver como el cuerpo de Gael, se agitaba presa de los estertores de la muerte, atrapado bajo una enorme lámpara de cristal que se había desprendido del techo durante la detonación. Caminé y caminé durante horas. Llegué al centro de la ciudad y tomé una de las bicicletas del Bicing. Rodé sin rumbo y llegué, sin querer a la Villa Olímpica. Era ya noche cerrada, la ciudad estaba en calma. Al pasar por delante de una cafetería llena de turistas vi en la pantalla de televisión la noticia de la central cárnica, seguida de la explosión en la casa de Gael.
Apoyé la bicicleta sobre su pata auxiliar, me senté mirando al mar y pensé en mis diseños. Miré mis manos, enrojecidas por el duro trabajo en la industria cárnica y suspirando profundamente,  me dije, hoy comienza mi nueva vida. Hoy voy a luchar por ser la diseñadora que llevo dentro. La Elena conformista ha muerto y ha nacido una nueva yo, la que siempre quise ser. La que no se rinde ante lo imposible, la que no desfallece ante lo inalcanzable. La que lucha por sus sueños hasta conseguirlos.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 24-09-2011 "Rodando hacia una nueva vida II"

Edurne Iza, Rodando hacia una nueva vida II





Un elegante coche me recogió en la puerta del hospital y rodamos por diversas calles de la ciudad hasta adentrarnos en una lujosa urbanización. Me puse algo nerviosa al comprender que el conductor me llevaba a casa de Gael. Yo había dado por hecho que el almuerzo, tendría lugar en un restaurante, en un lugar público. Al fin y al cabo, acababa de conocer a aquel hombre. Atravesamos una enorme puerta negra de hierro forjado , engalanada por puntas de lanza de color dorado. Recorrimos un camino empedrado hasta una pequeña plaza con una preciosa fuente de piedra en el centro. La puerta de la casa se abrió y Gael me recibió con una enorme sonrisa. Almorzamos en el comedor, decorado con muebles modernos de estilo minimalista y donde predominaba el color blanco y gris perla. Era una estancia relajante y muy agradable. Durante la comida hablamos un poco de todo, actualidad, política, sociedad... Durante el café, Gael abordó el tema que había ocasionado aquel encuentro.
- Elena, ¿me permite llamarle Elena?
- Sólo si yo puedo hacer lo mismo
- Por supuesto, mi nombre es Ismael. Disculpa mis modales
- No hay por qué, todo ha sido algo precipitado
- Bien, Elena, creo que tu talento está desperdiciado
- En fin, no es fácil abrirse camino en el mundo del diseño. Soy completamente desconocida, no tengo dinero y eso se paga caro
- Lo entiendo pero ¿qué me dirías si te ofrezco cambiar todo eso?
- No comprendo...
- Muy sencillo, hagamos un trato
- ¿Un trato? no veo qué podría ofrecerle yo a cambio
- Mucho más de lo que piensas. Trabajas en una de las compañías cárnicas más importantes del país y eso a mi me interesa sobremanera. Pero deberás ser extremadamente discreta. No hacer preguntas. Ver, oír y callar.
Ismael dio muchos rodeos, poca información y bastante ambigua, pero pronto comprendí de lo que se trataba. Querían utilizar los envíos de carne hacia el norte de Europa para camuflar alijos de cocaína. Yo debía facilitarles el acceso a las instalaciones y asegurarme, que mientras manipulaban las piezas, no pudieran ser descubiertos. Tuve que realizar verdaderos esfuerzos, por no dejar traslucir mi sorpresa, mi inquietud y sobretodo mi repulsa hacia semejante propuesta. No estaba dispuesta a prestarme a aquellos negocios sucios, pero al mismo tiempo, era consciente de mi posición. Si me negaba, era posible que me mataran allí mismo e hicieran desaparecer mi cuerpo. En realidad, no llegué a hablar con nadie desde el accidente. Podrían inventarse una complicación, involucrando a algún médico que firmara un informe falso y utilizar el atropello como coartada.
Conseguí convencer a Gael de mi entusiasmo con el plan. A cambio él me ofrecía un mecenazgo total, para dar a conocer mis diseños y poder trabajar en lo que siempre había sido mi sueño. Sólo me pedía dos envíos. Me dijo que tras esos "encargos", pensaba retirarse a algún paraíso fiscal y disfrutar de su fortuna. Que entonces yo sería libre y tendría un prometedor futuro por delante. Como es evidente, mis principios morales me lo impedían.
El chófer me devolvió a casa bien entrada la noche. El primer envío se produciría en una semana así que tenía pocos días para urdir un plan que me sacara de aquel embrollo.
A la mañana siguiente regresé a la parada del Bicing, para encaminarme al trabajo. El sol reflejaba en los charcos de la calzada y las bicicletas, perfectamente colocadas en hilera, me recordaron mi propia vida. Una repetición interminable de escollos que salvar. Como no sabía por cual empezar, decidí hacerlo por el primero. Ir a trabajar. Agarré el primer manillar disponible y comencé a pedalear. Continuará...


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 23-09-2011 "Rodando hacia una nueva vida I"

Edurne Iza, Rodando hacia una nueva vida I
Aquella fría mañana de invierno amaneció lloviendo. Hacía unos días que había recibido el carnet, que me acreditaba como socia del Bicing, el sistema de alquiler de bicicletas del ayuntamiento de Barcelona. Era cómodo, ecológico y un buen modo de hacer algo de deporte, antes de sentar mi trasero en la oficina durante las siguientes ocho horas. Así que dispuesta para mi primera aventura ciclista de la temporada, coloqué mi pie derecho en uno de los pedales, enderecé el manillar y comencé a rodar. Me encantaba la sensación de la brisa fresca en las mejillas. Avanzaba a buen ritmo, así que pensé que llegaría con tiempo suficiente como para tomar un café caliente antes de subir al despacho. Tan sólo me faltaba girar una esquina, cruzar un semáforo y llegaría a mi destino. En el preciso instante en que la luz del semáforo cambiaba a color verde, inicié mi marcha con la torpeza propia de los vehículos no motorizados. No vi nada. Tan sólo un brutal impacto en el lado izquierdo, noté que mi cuerpo se elevaba por los aires, daba vueltas y luego, todo quedaba oscuro a mi alrededor. Nunca supe cuanto tiempo transcurrió con exactitud, hasta que lentamente conseguí levantar mis pesados párpados y distinguir frente a mí una figura masculina.
- ¡Ya vuelve en sí! ¿Se encuentra usted bien?
- Yo... ¿Qué ha sucedido? me duele mucho la cabeza.
- Recibió usted un fuerte impacto en el accidente y estará algo aturdida durante un buen rato. El médico le ha examinado y está perfectamente. No hay nada roto, ni aparente riesgo de lesiones internas. No obstante y dado que me siento culpable por lo sucedido, me he encargado de que le traigan al mejor hospital de la ciudad, tenga una habitación individual y no le falte absolutamente de nada.
- Gracias, es usted muy amable.
- No debe dármelas, es lo mínimo que podía hacer.
Dormí durante varias horas más y cuando me desperté parecía que el sueño había sido realmente reparador. El hombre con el que había mantenido la breve charla, seguía en la habitación, se había recostado en un sofá de color marrón situado junto a la ventana y se había quedado adormilado en una postura que parecía bastante incómoda. Le observé durante varios minutos. Tendría unos cuarenta años, alto, fornido y muy elegante. No destacaba por su belleza pero tenía algo atractivo y magnético. Como si presintiera que estaba siendo observado, abrió los ojos y me miró fijamente.

- Hola, creo que me he dormido. ¿Se siente algo mejor?
- Sí, muchas gracias, me gustaría marcharme a casa. Ha sido muy atento al tomarse tantas molestias por mí.
- Como le dije antes es lo menos que podía hacer. No se marchará usted mientras el doctor no le de el alta. Sería un riesgo innecesario.
- Pero mi trabajo, tengo que avisar a mi jefe.
- No se preocupe, encontramos sus tarjetas de visita en su bolso y nos hemos encargado de arreglarlo todo. Por cierto, ¿es usted artista?
- Sí. Soy diseñadora de muebles. ¿Cómo lo ha sabido?
- Disculpe, como le dije hemos hurgado un poco en sus pertenencias para encontrar un teléfono de algún familiar, de su empresa, un contacto para avisar que había sufrido un accidente. Entonces, encontré una carpeta con bocetos hechos a carboncillo y sus tarjetas. Me extrañó que trabajara usted en una conservera cárnica. ¿Cuál es la relación con los muebles?
- Ninguna. Cuando las facturas se acumulan y el tiempo corre en contra... No siempre se puede una dedicar a lo que le gusta. Así que acepté un trabajo de 9 a 5 para llegar a fin de mes.
- Entiendo...
En ese momento el doctor entró en la habitación. Hizo salir a mi nuevo amigo y me reconoció minuciosamente, mientras iba realizando anotaciones en unos informes sujetos por una pinza de color negro.
- Ha tenido usted mucha suerte. Podrá marcharse a casa esta misma tarde. Haré que una enfermera le traiga el informe completo con todas las pruebas que le hemos realizado.
- Gracias doctor.
- Déselas al señor Gael.
- Lo haré.
El señor Gael, como me acababa de enterar que se llamaba mi benefactor, entró en la habitación y con gran determinación me dijo:
- Me gustaría terminar nuestra charla. Si le parece bien, haré que un coche le pase a recoger en una hora. Le invito a almorzar.
Aún estaba aturdida por todo lo acontecido. No terminaba de comprender lo que había sucedido, me faltaban piezas en el puzzle. Así que pensé que un almuerzo no podía ser arriesgado en absoluto. Acepté, sin tener la menor idea de que mi vida, estaba a punto de cambiar para siempre... Continuará.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 22-09-2011 "¿Quiénes fueron los Indigetes?"

Edurne Iza, ¿Quiénes fueron los indigetes?
No, no me he equivocado. Realmente existieron y se llamaban Indigetes. Fueron un asentamiento íbero establecido en la provincia de Geirona, varios siglos antes de Cristo. Ocupaban las comarcas catalanas del Ampurdán, La Selva y el Gironés y se extendían hasta los Pirineos.
Los estudios demuestran, que una de sus ciudades principales fue, Indika, que podría ser la actual Ullastret, aunque no se han encontrado restos que nos puedan llevar a una conclusión precisa. Otros núcleos urbanos importantes de esta civilización, fueron Emporidae, Rhoda, Juncaria, Cinniana y Deciana. Que podríamos asociar a las actuales Ampurias, Rosas, La Junquera y Cerviá.
Su moneda era el Undikesken, que en lengua ibérica nororiental quería decir "los de Undika". Los principales yacimientos arqueológicos que nos muestran la vida de estos hombres y mujeres, los podemos visitar en Ullastret, Castell Fosca y Puig Castellet. Situados respectivamente en el Bajo Ampurdán, Palamós y La Selva.
Los indigetes lucharon para evitar ser conquistados por el Imperio de Roma, pero fracasaron en el 195 a.c. frente a las tropas de Marco Porcio Catón.
Los poblados indigetes, solían estar situados, por norma general, en zonas de terreno elevado. Lugares con visión privilegiada, como cerros o colinas, que les permitían controlar el acceso, las tierras y las vías de comunicación y facilitar la protección de los habitantes en caso de ataque.
Las edificaciones no poseían cimientos, como puede observarse en la imagen de hoy, comenzaban por una primera línea, que aún se conserva, sobre la que se levantaban las paredes de barro, totalmente desaparecidas, al igual que las techumbres, construidas mediante una cubierta vegetal entrelazada y fijada con arcilla.
Disponían de áreas comunes. Silos, cisternas, plazas, templos o los dedicados a las labores artesanas como hornos de pan, de cerámica etc.
Vestían con diferentes tipos de tejidos, en función de su poder económico y social. Así los guerreros, utilizaban un vestido con un ribete rojo similar al de los romanos o las sacerdotisas, que cubrían su cabello y parte del cuerpo con una peineta y mantilla. En invierno, la mayoría de habitantes, se protegían del frío con el sagum, una gruesa capa de lana, y con botas confeccionadas con piel y pelo de animal.
Cultivaban fundamentalmente cereales, olivas y uvas. Los frutales más habituales eran manzanos, higueras y granados. No eran grandes ganaderos y sólo practicaban esta actividad como complemento a la agricultura.
Completaban su alimentación con la caza de jabalíes y ciervos, que les proporcionaban además pieles para mantas y vestidos.
Los vestigios artísticos más destacados los encontramos en escultura y cerámica. Asombrando por su perfección, los restos encontrados de vasijas, cuencos, kalathos y grandes recipientes.



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 21-09-2011 "Buf, buf"

Edurne Iza, Buf, buf
¡No me lo puedo creer!, ahí abajo hay algo que se mueve muy rápido. No veo bien desde aquí... Voy a estirar un poco más el cuello. ¡Vaya! ha desaparecido. Creo que ahora lo veo de nuevo. No estoy seguro si es una pelota o una botella de plástico, pero sea lo que sea, parece divertido.
¡Genial! ¡es una pelota y detrás viene corriendo un niño!. Es el mejor regalo que podía recibir hoy. Me acercaré rápido para ver si quiere jugar conmigo. Quizá me lance la pelota muy lejos y me deje que se la traiga. ¡Me encanta pasar el rato con ellos!.
- Hola perrito ¿cómo te llamas?
- Buf, buf
- Hola Buf, buf ¿Jugamos a la pelota?
¡Bien! ¡A correr!. Qué divertido. Me gusta que me llame Buf buf, porque así suena cuando intento comunicarme con él, pero estoy seguro que me entiende. Toma, aquí te dejo el balón. ¡Otra vez! ¡otra vez!.
-¡Muy bien Buf buf! ¡vamos corre! ¡yupi!
- Buf, buf
¡Ya la he recuperado!. ¡Es el mejor entretenimiento del mundo!. ¡Oh Caramba!. El niño se ha caído y está llorando. Voy raudo a su encuentro. Así, no pasa nada, tranquilo, te lameré las mejillas.
- Buf, buf
- Gracias Buf, buf, ya estoy mejor. Ahora tengo que marcharme, porque en casa me esperan para cenar, pero otro día si estás por aquí jugaremos de nuevo ¿de acuerdo?.
Vaya, ha sido estupendo. Intentaré convencerles en casa, para que me traigan más a menudo a este parque. Tengo un nuevo amigo.
La Foto del día de hoy, va dedicada a todos los pequeños y grandes peludos, que con su curiosidad, energía y vitalidad, nos llenan de cariño y compañía. A ellos, que no nos guardan rencor, por dejarlos solos, por reñirles o por ignorarles mientras pasamos horas frente a la caja tonta. Que nos respetan igual si vestimos pijama, traje de noche o pantalones vaqueros. Que nos regalan ternura, sin importarles el estado de nuestra cuenta corriente. Porque son la esencia del amor desinteresado.

Si un animal comparte casa con nosotros, debemos ser responsables. No es un juguete, ni un pasatiempo, ni un artículo que pasa de moda. Si no estás dispuesto a darle al menos la mitad del amor y respeto que recibirás de él, entonces... ¡cómprate un Furby!. http://es.wikipedia.org/wiki/Furby



Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 20-09-2011 "El gato común europeo"

Edurne Iza, El gato común europeo
También llamado gato común europeo, pasea por las calles de nuestros pueblos y ciudades a sus anchas. Convertido en animal doméstico, es uno de los grandes reyes de muchos hogares. Tienen el pelo corto, que puede ser de colores diversos y a menudo combinados en rayas o manchas de distinta forma. Las tonalidades predominantes son negro, blanco, amarillo y naranja. Como curiosidad, podemos comentar que los ejemplares tricolores y cuatricolores son siempre hembras, y que en caso de que nazca un macho con estas características, suele ser estéril. Por lo general, los especímenes con pelo largo, son el resultado de cruces con otras razas. Son animales astutos, observadores y magníficos cazadores, por lo que son muy apreciados en las zonas rurales, ya que libran las casas de incómodos roedores.
Los gatos tienen diversos modos de comunicarse. Uno de los más conocidos es el maullido. Existen más de cien tipos diferentes de vocalización, en función de su condición masculina o femenina, de la edad e incluso del estado de ánimo. Pueden maullar para llamar la atención de un humano, pidiendo comida o quejándose por algún dolor o molestia. A pesar de que asociamos el ronroneo a un estado de felicidad, relax o placidez del felino, también puede significar nerviosismo, aflicción o dolor. Normalmente el ronroneo por tranquilidad, lleva consigo un lento parpadeo, elevación de cabeza y estado de somnolencia.
Los gatos además, gruñen, bufan o silban cuando están en peligro, se sienten bajo amenaza o están enfadados.
Desde la antigüedad, el hombre ha creado diversas leyendas entorno a la figura de estos animales. Su sigilo, inteligencia y elegancia, han llevado la imaginación humana hasta límites insospechados.
La leyenda del gato negro, procede de la cultura celta. Decían que los gatos eran los mejores aliados de las brujas y que éstas podían transformar a las personas en uno de ellos doblegando su voluntad o transformándose ellas mismas en gato, por esta razón en la edad media se quemaron muchos gatitos en las hogueras, seguros de que éstos representaban al diablo.
En África los brujos de las tribus zulúes, también gustan de ser acompañados de gatos como símbolo de magia y poder, pero éstos prefieren a los que son de color cobrizo. Según cuenta la leyenda, en el Arca de Noé, los ratones se reproducían de una manera alarmante, haciendo peligrar las provisiones, por lo que Noé, preocupado, solicitó ayuda divina, y recibió instrucciones, para acariciar tres veces la cabeza del león. Noé hizo lo indicado y el león estornudó, surgiendo de sus fosas nasales una pareja de gatos que restablecieron de inmediato el equilibrio en la embarcación.
Os recomiendo echar un vistazo a esta página http://paginasarabes.wordpress.com/2011/07/06/el-gato-negro-la-leyenda/ donde podéis encontrar otras muchas creencias y tradiciones interesantes.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 19-09-2011 "El resplandor II"

Edurne Iza, El resplandor II
Otro estrepitoso trueno justo sobre mi cabeza, seguido de una enorme cantidad de agua, fueron los acicates para zambullirme hacia el interior de la fortaleza. Al menos, estaría a salvo de la tormenta y evitaría coger una pulmonía. Rebusqué en los bolsillos y encontré una cajita de cerillas. Prendí con ellas unos papeles de períodico arrugados y pronto alumbró la estancia una llama generosa, que además, me reconfortaba con su calor. Miré a mi alrededor un tanto preocupada, pero tan sólo descubrí un par de murciélagos colgando de una viga curvada, que al ver el fuego, salieron volando bastante más atemorizados de mí, que yo de ellos. El resto estaba tranquilo. Sólo el ruido de la tormenta, resultaba inquietante. Respiré hondo, extendí el mapa sobre el suelo y seguí las indicaciones. Debía buscar una raíz de árbol, con una forma arqueada, que sobresalía entre el suelo de piedra destrozado por los años de abandono. Lo reconocería porque sobre él, habían fosilizado líquenes de color blanco verdoso, como si de plantas de las profundidades marinas se tratara. Por fin, en un rincón, encontré el tronco, exactamente como el tío Winslok lo había descrito. Mi corazón, latía cada vez con más fuerza. Estaba muy cerca. Ahora debía levantar las baldosas que se encontraban delante de la raíz y tendría en mis manos, el mayor tesoro que nadie hubiera descubierto jamás. Palanqueé con nerviosismo la loseta de piedra y encontré una pequeña caja de madera. Tenía tallada, una figura en bajo relieve. Yo conocía aquel símbolo. ¡Era el escudo de familia de mi abuela!. Levanté la tapa y encontré un libro con tapas de cuero repujado y de nuevo la misma figura. Sobre él, descansaba una carta, con el papel amarilleado por el paso del tiempo. Era la letra de tío Winslok. Abrí la carta e iba dirigida a mí:

"Querida sobrina,
Si estás leyendo hoy esta nota, es porque mi vida llega a su fin y el orgullo mal entendido, ha evitado que tu padre y yo hagamos las paces. Necesito que halle la paz que le falta. Ha vivido atormentado por una idea equivocada. Pensando que tu abuela me quería más a mí, a pesar de haber estado ausente tantos años y de haber sido él, quien velara su lecho de muerte. Me hubiera gustado explicarle la verdad y sentir el abrazo reconfortante de mi hermano, mi querido hermano, pero nuestra terquedad no lo ha permitido y ahora posiblemente, es demasiado tarde. El libro al que acompaña esta carta, es el diario de nuestra  madre. El correspondiente a sus años de juventud y de mi nacimiento. Cuenta una parte importante de la historia de la familia. La que permitirá a tu padre comprender y perdonarnos a mamá y a mí, por haber mantenido este secreto durante tantos años. En realidad, yo recibí el libro tras su fallecimiento. Fue la herencia que ella me dejó, junto con las escrituras de este caserón abandonado, que ahora lego a tu padre y algún día, espero que muy lejano, pasará a tus manos. Os quiero y os he llevado siempre en mi corazón. Os ruego que me recordéis por lo bueno y tratéis de pasar por alto lo malo.
Con amor,
Winslok"

Al terminar la carta, estaba casi más confundida que antes. La tormenta seguía arreciando en el exterior. Recogí varios troncos y ramas secas y preparé un pequeño fuego. Me senté junto a él y abrí sobrecogida el diario de la abuela. En él descubrí, un relato tierno, sincero. Escrito por una pluma joven, valiente y llena de vida que abrió su corazón, para dejarnos un hermoso legado. Describía su casamiento, con apenas 17 años, con el abuelo, del que no estaba enamorada, pero por el que sentía un profundo respeto y del que muy pronto quedó embarazada de mi padre. Me pareció espeluznante la resignación con la que describía una boda pactada por ambas familias. Y escalofriante el pensar en tu esposo con "respeto" en lugar de con amor o ternura, que indiscutiblemente llevan a otro tipo muy diferente de respeto. Narraba cómo a los meses de contraer matrimonio, se trasladaron a África, donde él ejercía labores diplomáticas y cómo a los dos años de casarse, cuando mi padre tenía apenas catorce meses, el abuelo murió aplastado por un carro de caballos. Verbalizaba su soledad. Viuda a los 19 años, sola en un continente hostil. Aislada y aterrorizada, hasta que se cruzó en su camino un tal Winslok. Un arqueólogo europeo, del que quedó perdidamente enamorada. Detallaba cada beso, cada minuto de pasión, con un realismo que me hacía vibrar palabra a palabra. Y así, en el medio de la nada africana, entre promesas imposibles, concibió al pequeño Winslok ¡A mi tío Winslok!. Cuando comunicó la noticia a su amado, este sencillamente desapareció, en una de sus muchas misiones en busca de la historia de nuestros antepasados. El dolor era tan profundo, que mi abuela prefirió inventar para sí una explicación razonable que consolara su alma. Decidió que algún hipopótamo lo había aplastado, que alguna roca había taponado la gruta donde excavaba, que algo totalmente superior a sus fuerzas, había impedido su regreso. Así que alejada de la familia y los condicionamientos sociales, y dado su corto estado de gestación, no le fue difícil convencer a la familia de que había enviudado ya embarazada del pequeño Winslok. Regresó a Europa y sacó a sus hijos adelante. Admirando la seriedad del mayor y viendo reflejado el amor de su vida en los ojos del pequeño. Al final del diario, una nota me hizo romper en un llanto desconsolado. "Hijos míos. Os amo a cada uno por lo bueno que hay en vuestros corazones. Winslok, eres igual de magnético que tu padre y por eso te quiero y te malcrío. Pero eres egoísta, como él y aunque tienes buen corazón, me abandonas constantemente buscando aventuras. Tu hermano, sin embargo, es la sensatez, mi compañía, mi consuelo y el verdadero apoyo de mi vida. Igual que vuestros padres. La razón frente a la pasión". Allí la letra se emborronaba y desaparecía en un garabato. Dormí un rato abrazada al diario. Me desperté con los primeros rayos del sol. La tormenta había pasado. Contacté de inmediato con mi padre y conseguí que los dos nos reuniéramos en África con el tío Winslok. En su lecho de muerte, les leí el diario. Revelador para mi padre y reconfortante para mi tío. Cuando entorné la última página, se fundieron en un tierno abrazo, en el justo instante en que mi tío expiraba.
- Adiós tío Winslok, gracias por dejarme el tesoro más grande, que nadie haya descubierto jamás.
- Adiós hermano... te echaré de menos.


Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 18-09-2011 "El resplandor"

Edurne Iza, El resplandor
El mapa indicaba el lugar claramente, con una enorme X de color rojo. Hacía ya un rato que había oscurecido, pero estaba muy cerca. Según las indicaciones, una veintena de pasos al oeste y unos doscientos al norte. De hecho, por las dimensiones que me habían descrito, era extraño que no lo viera ya. Aunque, debo decir, que la noche cerrada y sin luna, no ayudaba demasiado. Uno, dos, tres, cuatro... iba contando en voz alta, cuando un enorme relámpago iluminó el cielo por unos segundos, permitiéndome descubrir, justo delante de mí, la enorme estructura de piedra, cuyo perfil dejaba intuir, la majestuosidad que albergó hace muchos años. Ahora, medio derruido e invadido por la vegetación, parecía tan solo un fantasmagórico castillo abandonado.
Hubiera preferido poder inspeccionar el lugar a plena luz del día, pero había realizado un largo viaje hasta allí, había invertido todos mis ahorros en cruzar el mundo, siguiendo el mapa que heredé de mi tío Winslok, como para esperar ahora, porque era de noche. En el fondo de mi ser, sabía que no era una buena idea, que en este tipo de edificios abandonados, pueden esconderse alimañas para protegerse del frío, puede haber piedras sueltas que hagan un camino inestable y se conviertan en una trampa para quien intenta cruzarlo, pero la pasión superó a la razón y decidí seguir adelante.
El tío Winslok fue un aventurero toda su vida. Considerado un viejo loco incluso por sus propios hermanos, que no daban crédito a ninguna de sus historias de fantasmas, tesoros escondidos, reliquias arqueológicas y mundos maravillosos. Desde pequeña, fui su sobrina favorita y las pocas veces que pasaba por casa, me deleitaba con sus fantásticas aventuras que yo soñaba con repetir algún día. A mi padre no le hacía ninguna gracia.
- ¡Winslok, deja tranquila a la niña!. Bastante imaginación tiene ya, como para que invadas su cabecita con tus estúpidas mentiras. ¡Mataste a nuestra madre a disgustos!
- ¡No voy a consentir semejante falacia!. Sabes perfectamente que mamá llevaba muchos años enferma. No es justo que intentes cargar sobre mi espalda esa responsabilidad.
La discusión continuó durante largo rato. Se recriminaban mutuamente quién había querido más a mi abuela o quién la había cuidado hasta sus últimos momentos. En el fondo, mi padre estaba resentido porque mi abuela adoraba a Winslok. Su espíritu aventurero, su imaginación y fantasía eran clara herencia genética suya. Ella, era una tradicional ama de casa y madre de familia, que mantenía los usos y costumbres de la época, salvaguardando el buen nombre de su esposo y sus hijos, pero escondía un corazón libre, que viajaba alrededor del mundo a través de las palabras de Winslok. Por eso era su preferido, porque poseía su energía vital y su condición de hombre, le permitía, dada la época, descubrir mundo. A cada regreso de un viaje, madre e hijo pasaban horas hablando. Winslok realizaba dibujos de los lugares que había visitado y regalaba los oídos de su ya enferma progenitora, con todo lujo de detalles, que le permitieran cerrar los ojos y transportarse mucho más allá de las paredes de su casa.
- ¡Yo estuve con ella hasta el final! ¡mientras tú estabas en uno de tus estúpidos viajes!
- ¡Tú eras una continuación de su aburrida existencia! ¡yo le traía energía, vida y alegría! yo entendía sus frustraciones, y le quería con todo mi corazón... y ella a mí y eso no puedes soportarlo.
- ¡Vete y no vuelvas!
Yo tenía trece años y fue la última vez que vi al tío Winslok. Pero no la última noticia que tuve de él. Nos las ingeniamos para recibir correspondencia en casa de mi amiga Elaine y continuó narrándome sus aventuras durante años. Su última carta fue desgarradora. Había contraído unas extrañas fiebres en un país africano y le quedaba muy poco tiempo de vida. Me encargaba una misión. Encontrar un tesoro, según él, mucho más valioso que todo el oro del mundo. Adjuntaba un mapa, que yo había seguido escrupulosamente. Así que allí estaba, delante del destartalado castillo, dudando entre entrar o no y con el cielo amenazando con partirse en dos... Continuará.

Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi Iza
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La Foto del día: 17-09-2011 "Esta es mi casa II"

Edurne Iza, Esta es mi casa II
Hasta hace algún tiempo, esta marisma era un paraíso natural, donde las aves zancudas como yo, vivíamos en plena armonía con la naturaleza. Por desgracia, el ser humano, incapaz de apreciar los tesoros de este planeta, se ha pasado años vertiendo de forma indiscriminada residuos de todo tipo a ríos y mares y eso hace que donde antes había una enorme riqueza natural y aguas transparentes que servían de hogar a miles de especies microscópicas o no, ahora encontremos un fluido denso, amarillento y cubierto de espuma, en el que flotan todo tipo de residuos.
Algunos dicen que hemos sido afortunados de adaptarnos a las nuevas circunstancias y ser capaces de vivir aquí. Otros maldicen cuando deben enfrentarse a los dolores por las llagas en el pico, en las patas, la pérdida de plumas o de visión. La historia de nuestra especie cuenta que una vez fuimos aves hermosas, que contribuíamos a mantener el equilibrio del ecosistema. Hoy sólo somos tristes fantasmas, reflejos en un cristal roto.
Una vez vi un ser humano. Se movía rápido y miraba a todos lados y de pronto lanzó un extraño objeto metálico, como una caja con ruedas que quedó clavado en el fondo del río. Pronto comenzó a oxidarse y a verter sustancias nocivas al agua. A su alrededor aparecieron flotando un enorme grupo de peces muertos. Varias aves ingirieron los peces y padecieron terribles sufrimientos para finalmente morir.
Un amigo me ha explicado que no todos los humanos son así. Dice que algunos se preocupan por los animales, por el medio ambiente, por el futuro de nuestro hogar. Incluso se enfrentan a quienes no quieren escucharles. Pero también me dice que esas buenas personas son pocas y débiles, en comparación con los enormes intereses de quienes carecen de escrúpulos y sólo se dedican a enriquecerse.
Sé que no tengo futuro. Ayer apareció en mi pata derecha la primera llaga. Hacía días que no veía con claridad, pero no quise darle importancia. Me queda poco tiempo. Lo que más me preocupa es que será de mis polluelos. Nacerán pronto y no tengo claro que sería peor para ellos, si nacer sin madre o con una moribunda, que podría contagiarles cualquier enfermedad irreversible. Dispuesta a acabar con su sufrimiento, antes que éste comenzara, elevé el nido con los huevos en un vuelo desesperado. Pensaba dejarlos caer desde la mayor altura que mis alas pudieran alcanzar y así evitar su desgraciada existencia, pero en ese momento, vislumbré lo que me pareció un paraíso. Era una marisma bastante alejada de la nuestra, pasadas las montañas. Descendí y comprobé que el agua estaba limpia. Coloqué el nido a salvo y me di un reconfortante baño. Sumergí la pata dañada en el fango reparador del fondo y me dediqué a cuidar a mis niños. Aquel día comprendí, que no debe perderse la esperanza porque siempre hay una salida. Aquel día descubrí, la que hoy es mi casa.




Foto: Edurne Iza
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La Foto del día: 16-09-2011 "Esta es mi casa I"

Edurne Iza, Esta es mi casa I
Hola a todos, dejadme que me presente, soy un ave zancuda, también me llaman de patas largas o ave de la marisma. Vivo en áreas de tierras bajas, mal drenadas y generalmente cerca de la costa en la desembocadura de los ríos. A causa de las mareas, el agua dulce se mezcla en cierta medida con la salada y contribuye al depósito de sedimentos, limo, arcilla y arena, que se mezclan con la turba. Todo ello convierte mi hogar, en una tierra fértil y muy rica en diferentes especies, que convivimos en perfecta armonía.
Últimamente, tenemos una actividad frenética, es época de cría y los mayores de la familia, se dedican a amenizar los ratos aburridos contando historias fantásticas. Algunas son vivencias de su juventud. Otras, sencillamente invenciones que les gusta explicarnos para conseguir nuestra admiración.
Sin embargo, hay un relato que se repite de forma periódica y me tiene algo preocupado. Habla de un futuro próximo en el que una especie llamada ser humano, destruirá nuestras casas. Contaminará las marismas, los ríos y los mares y no podremos sobrevivir. Dice que algunos de nosotros, los individuos más fuertes, mutarán en especies sobrenaturales, como único modo de resistir a la falta de alimento y a la desaparición de nuestro hábitat. Describe terribles sufrimientos para quienes consigan resistir, tales como ceguera, caída de plumas, sarpullidos sobre la piel e incluso la caída del pico.
Mi hermano y yo nos reímos cuando los mayores comienzan con lo que nosotros denominamos el momento apocalíptico, porque estamos convencidos que ningún ser vivo de este mundo, podría ser tan estúpido, como para destruir el bello planeta que nos ha sido regalado. Solemos dejar a los más jóvenes horrorizarse con los cuentos para niños y nos vamos a dar un baño en la orilla, donde el fondo es fangoso y revitaliza nuestro plumaje.
A veces pescamos pequeños pececillos, capturamos insectos o rebuscamos bajo el fondo hasta encontrar algún suculento gusano. A la caída del sol, me encanta alzar el vuelo y observar desde las alturas, como el laberinto de agua que viene desde las montañas, se diluye en la inmensidad del océano. La vegetación, el colorido y la belleza de la naturaleza en su máximo esplendor. Luego desciendo, me acurruco en mi nido para pasar la noche y me duermo satisfecho pensando, esta es mi casa.



Foto: Edurne Iza
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La Foto del día: 15-09-2011 "Twister"

Edurne Iza, Twister
Hacía un día precioso y mi hermana y yo, decidimos acercarnos paseando hasta una zona boscosa, que termina en unos acantilados, que descienden casi en vertical hasta el mar. Desde allí, las vistas son preciosas. Parece que se pudiera tomar el océano con una mano, tocar la línea del horizonte y casi acariciar el sol. Corría el mes de Mayo y aunque la temperatura era agradable, la fresca brisa marina, recordaba que aún no había llegado el verano. Me senté en la rama de un árbol que sobresalía retorcida entre la hojarasca y miré hacia el infinito. Disfruté de una sensación de relax indescriptible. Mi hermana se entretenía observando pequeñas flores, arbustos y cualquier especie que no hubiera visto antes. Cerré los ojos para sentir en la profundidad de mi ser que en aquel momento, el tiempo no importaba, ni los correos electrónicos, ni las llamadas. Por un momento, creo que incluso me dormí. Sin embargo, al cabo de unos minutos, noté por encima de mis párpados cerrados, que la intensidad de la luz había disminuido. El sol ya no calentaba mi rostro. Una nube, pensé, e instintivamente miré al cielo. Observé una especie de mancha oscura y vertical. Parecía salir del mar y la vista se perdía antes de que acabara, muy arriba. Llamé a mi hermana para que me diera su opinión sobre el extraño fenómeno y pronto comprendimos que se trataba de un tornado. Se movía en círculos y avanzaba a gran velocidad. Escuchamos el ruido de un  motor y casi de la base del remolino, vimos aparecer una embarcación fuera borda. No era muy grande, pero navegaba a toda potencia. En su interior viajaban dos ocupantes. Un hombre y una mujer. Con espanto, comprendimos su lucha por escapar de la masa de aire, el motor gemía cada vez más fuerte y nosotras observábamos impotentes la escena. Se estaba acercando hacia la costa a gran velocidad y sabíamos que una vez tocara tierra, su fuerza disminuiría, pero no sin antes, causar una larga lista de pérdidas humanas, sin contar con los destrozos materiales. Pensé que sería genial poder elevarme por encima de la vorágine, introducirme en su zona central y desde allí provocar una explosión que consiguiera desintegrarlo. Me concentré tanto, que perdí la noción del tiempo. Noté como mi cuerpo se transformaba, lentamente. Comencé a ascender y podía ver cómo eso sucedía, sentada en el árbol, como si otro yo, hubiera salido de mi interior y fuera él, quien se alejaba del lugar, subiendo cada vez más. Pronto estuve tan arriba, que podía distinguir perfectamente el ojo del twister. Tenía bastantes metros de diámetro, lo cual me permitió introducirme en su zona central. Era una sensación extraña, rodeada de una pared de aire, agua y objetos en movimiento. Una falsa calma que podía quebrarse en cualquier instante. Entonces, aspiré con fuerza y mi cuerpo comenzó a inflarse, más y más hasta que podía tocar con mis manos, ambos lados del fenómeno natural. Desde donde me encontraba, era imposible saber, si los desdichados de la motora, habían conseguido huir, pero decidí no alargar más el sufrimiento, ni correr el riesgo de que la ventisca llegara a tierra, así que, como quien respira profundamente, solté todo el aire de una vez. Me deshinché como si de un globo se tratara, con tanta fuerza, que generé un agujero sobre la superficie del mar, capaz de absorber, toda la furia del tornado. El sol volvió a lucir, el viento cesó y divisé, como la lancha llegaba a puerto, con sus ocupantes sanos y salvos. Yo seguía allí, sentada sobre el raigón y mi hermana continuaba mirando la vegetación,como si nunca hubiera sucedido nada.

- ¿Has visto eso?
- ¿Qué?
- El tornado, yo volando por encima, el globo, la lancha...
- No se de que me hablas
- Pero si estabas junto a mí, hace unos minutos
- Creo que tanto sol te está afectando. Anda, vámonos a casa, es hora de comer.



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