
Dolorosa?, sonaba extraño, viniendo de aquel tipo desalmado y sin escrúpulos... Dolorosa. Por eso, viéndome sola, desvalida, sin trabajo, sin el techo que me había dado cobijo desde hacía mas de veinte años, no me lo pensé dos veces cuando aquella mañana fría del mes de Enero, el azar que es sin duda caprichoso, me había hecho cruzarme con él en aquel acantilado solitario. Más de cien kilómetros al norte de mi ciudad de residencia. Nada podía relacionarme con ese lugar. Sólo había decidido pasear cerca del mar para intentar aclarar mis ideas. Tomé el primer autobús y me bajé en aquel pequeño pueblo de costa al que nada me unía, con el que nadie podría jamás relacionarme. Caminé durante horas a la orilla del mar, al borde de los acantilados solitarios. Hacía frío, pero iba enfundada en una gruesa bufanda y unos guantes de lana que me protegían. A lo lejos apareció una silueta que me resultaba conocida. Mis ojos se encontraron por un segundo con los del hombre, una vertiginosa sucesión de imágenes atravesó mi mente. Mi casa, las escrituras, los documentos de la hipoteca, el momento en que la policía me obligaba a abandonar mi hogar... Simplemente le empujé y observé su cara de horror mientras caía al vacío.
Foto: Edurne Iza
Texto: Onintza Otamendi IzaPuedes descargarte esta foto libremente. La única restricción es su venta y/o el uso lucrativo de la misma. No olvides que toda obra pertenece a su autor, haz un buen uso de ella.
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